Mientras paladeaba el guiso, Kibai notó como el aliento se le detenía de pronto cuando Bai levantó de nuevo la mano hacia su rostro. Con una delicadez sin duda impostada, la birkaniana pasó el dedo por debajo del labio inferior del mink, limpiando con cuidado la condensación que el calor reinante en el lugar, unido al vapor de la improvisada olla en la cual había cocinado el estofado de reno había dejado en la línea de la mandíbula del mink. Cerrando levemente los ojos, Kibai se permitió disfrutar del contacto levemente, preguntándose de si Bai sería consciente de la exótica combinación que resultaba su piel morena con los brillantes iris azules de su rostro, por no hablar de como el vapor procedente de las aguas termales había pegado la tela que llevaba bajo la armadura a su cuerpo como una segunda piel.
— Kibai, en serio? Otra vez con las alas a vueltas? Empieza a ser un patrón preocupante...
La vocecilla de su conciencia, la que siempre hablaba con el tono agudo del oficial de cubierta del barco del capitán Seijuru le regañó en su fuero interno. Hacía bastante que no la escuchaba, al menos desde...
— Corta ya, mink estúpido. Si la anterior ocasión era absurdo, aquí no puedes ni hacerte entender con ella de manera correcta, deja de hacer volar la imaginación.
De modo que Kibai continuó comiendo, mientras Bai se retiraba un poco de nuevo hacia atrás, observándolo a medias a él y a los glifos grabados en la piedra de la caverna.
***
Tras la pregunta del mink acerca de qué era lo que había pretendido adentrándose desarmada tan en el interior de la isla casi en plena noche, Kibai observó como la birkaniana se quedaba un momento medio traspuesta. No estaba del todo seguro si era porque aún no había conseguido entender de todo la historia que el mink había procurado trasnmitirle de la mejor manera posible, al menos dentro de las enormes limitaciones que suponía ser bastante novato tirando a pésimo con los dibujos y la barrera del idioma que seguía ahí, invisible pero presente. No obstante, poco a poco Kibai notaba como le era más facil entender si bien no exactamente lo que le decía la joven alada, si al menos entender el concepto, aunque puede que todo fuese una mera alucinación por su parte, y solo se estuviese imaginando cosas.
Bai entonces le pidió el carboncillo, y tras despejar la piedra plana de sus propios dibujos, comenzó a dibujar a su vez. Al principio, Kibai no estaba seguro de lo que la birkaniana estaba bosquejando, hasta que finalmente vio la forma de un libro, cerrado y en vista horizontal.
— Libro. Bai... Libro.
Los ojos del mink se abrieron de golpe. No podía ser, lo había entendido? O era simplemente que la palabra era la misma. Contento con cualquiera de las opciones, colocó una mano sobre la de Bai cuando esta borró de un manotazo el dibujo.
— Eh, Bai. Lo he entendido. Sigue. — dijo haciendole el gesto del pulgar hacia arriba con la otra mano antes de asentirle con la cabeza señalando a la piedra.
La joven continuó escribiendo, dibujando las siluetas de varios objetos diferentes en la improvisada tablilla. Muchos no parecían tener demasiada relación entre si, como algo que parecía una planta, y después algo con dientes de engranajes. Acaso buscaba algún tipo de saber universal? O simplemente quería aprenderlo todo? Los dos conceptos se le hacían al mink tan increíblemente abstractos y tan absurdamente inmensos que dudaba que su propia comprensión de la filosofía de Bai fuese tan completa como para entenderlo del todo.
— Bai aŭskultas, Bai legas, Bai lernas.
— Y hasta aquí hemos llegado... — pensó con un punto de desánimo Kibai, pues ya había dejado de entender las palabras de la joven alada. No obstante, procuró seguir atento a las palabras y sobre todo a los gestos de la birkaniana, esperando que poco a poco algo se le fuese quedando grabando en la mente de todo lo que le decía. Tras un pequeño rato, por desgracia, la mayoría de lo que procuraba comunicarle Bai seguía siendo un misterio para él, pero parecía tener que ver con los grabados de la cueva
— Quizás sean algo que signifique otra cosa en su idioma. — pensó Kibai. — O tal vez fuesen escritos por su gente en otro tiempo. — Cualesquiera que fuese la razón, sin duda el sacrificio y en encono de Bai para aventurarse en la ventisca solamente por unos grabados era bastante encomiable desde el punto de vista del mink.
La joven se había retirado junto al manantial, seguramente para lavarse las manos, oscurecidas por el tizón de madera. Al poco rato, le hio un gesto para que se acercase. Kibiai, con cierta curiosidad, decidió obedecer. Para su sorpresa, Bai tomó sus manos entre la suyas propias y, guiándolo suavemente, empezó a dibujar nuevos trazos con el carboncillo.
— La mondo estas nur ombro por tiuj, kiuj tenas sian rigardon fiksita sole sur la lumon de la fajro. La vera lumo estas ekstere. Sed la lumo estas malkomforta. Ni ne ŝatas ĝin. Precipe ĉar, vidante ĝin, ni sentas, ke ni devas reveni internen. Ni similas al la viro, kiu trenas ŝtonon al la montopinto, nur por vidi ĝin fali kaj rekomenci ĉion de la komenco.
A medida que la birkaniana hablaba, Kibai renunció a tratar de entender sus palabras. Parecía que solamente por alguna razón, la palabra libro era similar a la de su propio idioma. Pero mientras veía a Bai trazar un dibujjo que solamente podía ser el Sol, un pequeño nudo atrancó su garganta. Recordó su propia infancia, como había pasado años y años de su vida sin ver el astro rey, la primera vez que sintió el calor sobre su piel, y cruzó una intensa mirada con Bai.
— No sé como, pero creo que lo entiendo. Puede que no sea exactamente lo que me quieres decir, pero te entiendo...
Levantando despacio una mano, la que no tenía manchada por el contacto con el carboncillo, el mink retiró uno de los mechones sueltos de cabello, rizados y húmedos por la intensa condensación de estar junto al mamantial, que enmarcaban el rostro de la birkaniana. Desoyendo los gritos de la vocecilla interna que amenazaba con hacerle pasar bajo la quilla, Kibai se permitió que, al bajar la mano tras colocarle el mechón detrás de la oreja, el dorso de sus dedos acariciase la parte lateral del rostro de la joven, a l avez que le dedicaba una sincera sonrisa.
— Espero que sea lo que sea lo que busques, tengas la mejor de las suertes, y todo el éxito del mundo.
La Caja de Pandora
