25-08-2026, 09:22 PM
(Última modificación: 25-08-2026, 09:58 PM por Kibai.
Razón: Añadir Vestimenta
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Aquella mañana de Skypiea estaba resultando más agradable que cualquier otra que Kibai hubiese pasado hasta ahora. Por primera vez, no tenía demasiadas ocupaciones, ni entrenar los Hakis, ni tampoco preocuparse por otros asuntos como evitar morirse de dolor por la herida que aquel maldito Pawurs le había infligido. Así que, debido a que en un futuro habían hablado entre los marines de hacer una pequeña juntanza de hermanamiento, decidió salir por su cuenta de la ciudad de Shandora, esperando poder explorar la jungla cercana sin demasiados problemas. Como tanto sus espadas como el abrigo de la marina le iban a estorbar en aquella jungla tan densa, y además, confiaba de sobra en su capacidad para enfrentar a cualquier criatura simplemente con sus garras y su Electro (aunque ya no contase con sus poderes de Akuma no Mi) el mink optó por un asimple camiseta de lino, la cual dejaba sus poderosos brazos completamente al descubierto y se le ceñía bien al pecho, sin posibilidad de que se quedase enganchada en cualquier rama o espina suelta.
Vestimenta
Tras abandonar la ciudad de Shandora, el mink se perdió en la selva sin un rumbo fijo. No tardó en hacer algo que siempre acostumbraba, y tras unos cuantos metros, abandonó el nivel de suelo y avanzó de rama en rama. Con cada salto entre los árboles, su cuerpo iba recuperando más y más sensaciones que había perdido tras los días de convalecencia y posterior recuperación. Se iba sientiendo cada vez más como siempre.
― Solo que esta vez voy a poder volver a nadar... ― pensó para sus adentros. Joder, cuanto tiempo hacía? Desde Kárate? Si, había sido en aquel entonces. Había sido justo antes de zarpar hacia los Cabos Gemelos. Recordaba haberse sumergido en el mar circundante al Royal Quiver para sacar unos cuantos peces del agua empleando una red improvisada y asar aquellos pescados después para darles el desayuno a sus compañeros de División. Parecía mentira que hubiesen pasado tantas cosas desde entonces...
Sin querer alejarse demasiado de la ciudad de Shandora, la trayectoria de Kibai fue describiendo un pequeño círculo, hasta recordar el lugar desde dónde se habían precipitado todos aquellos hombres en su caída. Quizás fuese el momento de explorar aquella zona, a buen seguro tendría unas buenas vistas.
Escalando rapidamente el árbol más alto que encontró en las inmediaciones, el mink alzó la cabeza por encima del mar vegetal en el que se hallaba inmerso, valiéndose de la inmesa pirámide del Emperador Zarutsuki para poder orientarse mejor. No tardó en localizar el acantilado en cuestión, y en apenas unos cuantos minutos más de marcha, llegó hasta sus pies. Mirando hacia arriba, Kibai decidió que ya era hora de un pequeño reto, y, tras crujirse los nudillos, sacó las garras y comenzó a escalar. A medida que ascendía, todos sus músculos se tensaban por el esfuerzo, y los dedos comenzaban a agarrotarsele por la tensión de mantenerse en una posición estable, sujetando todo el peso de su cuerpo junto con sus garras traseras.
Cuando finalmente llegó a la cima del acantilado, Kibai se dejó caer de espaldas, permitiendo que el suave calor del sol matutino bañase su rostro, antes de incorporarse para ver el impresionante paisaje que se plantaba ante el: los edificios dorados, todos empequeñecidos bajo la enorme pirámide en forma de zigurat, brillando en el amanecer.
― Un auténtico regalo para la vista sin duda... ― se dijo el mink para si, sentándose con las piernas cruzadas, disfrutando simplemente del paisaje mientras recuperaba el aliento.
Al poco rato, una suave melodía llegó a sus oídos, con un tono de voz que le sonaba vagamente de haberlo escuchado antes, aunque no recordaba exactamente de qué. Cerrando los ojos, Kibai inspiró profundamente, filtrando todos los aromas que la brisa del cielo traía hasta él: Humo de las chimeneas, plantas silvestres y los animales cercanos y... naranjas?
― La chica del concierto! ― exclamó Kibai. Por supuesto, recordaba el aroma a naranjas que la envolvía cuando se había presentando en las gradas. Se preguntaba qué tal talante tendría...
Fiándose más de su olfato que de su vista, el mink dejó que sus pies hiciesen el trabajo de llevarlo a través de la jungla a lo largo de todo el risco superior que se erguía sobre Shandora. A su paso, con cuidado de no seleccionar ninguna de las numerosas especies venenosas que poblaban la isla, recogió varias frutas que recordaba haber visto en los puestos cercanos a la arena de los Juegos del Soberano, antes de que los árboles cediesen terreno a una pequeña explanada. Justo contra el horizonte, un muro de piedra se alzaba sobre el vacío del risco, y sentada, tarareando suavemente, estaba la joven humana.
― La verdad es que no se puede negar que canta maravillosamente... ― pensó Kibai mientras se acercaba al muro, con la cola moviéndosele a ambos lados de manera casi inconsciente. Al llegar junto al muro, el mink dio un potente salto, torsionando su cuerpo en el aire para caer sentado al lado de la joven humana, extendiéndole una de las frutas que había recogido, con todos los sentidos atentos por su aparición la desiquilibraba y necesitaba sujetarla.
― Buenos días por la mañana! Una fruta?

![[Imagen: Kibai-Deja-Vu-Miyo.png]](https://i.ibb.co/XZNhv6Fs/Kibai-Deja-Vu-Miyo.png)