27-08-2026, 05:54 AM
Enji llegó al lugar de la cita siguiendo el cauce del río desde la Ciudad Dorada. La puntualidad nunca había sido una de sus habilidades más destacadas, pero, increíblemente, ese día se levantó temprano, salió con tiempo de la casa que Zarutsuki le facilitó a su división y, cuando dieron las diez de la mañana, su silueta ya se asomaba desde el linde del río. Allí, bajo la luz del sol y el reflejo de la ciudad, otro milagro ocurrió: Saint Vangelis Enji, Capitán de la marina y líder de la División Ochenta, estaba vestido. De pies a cabeza, punta en blanco. La chaqueta, prístina e impoluta, colocada regia sobre sus anchos hombros. Una camisa blanca se asomaba tras las solapas del chaquetón, abierta. Tres botones dejaban a la vista parte del pecho y las cicatrices del hombre, enmarcadas por un pañuelo azul que envolvía su cuello y caía como una corbata mal ajustada.
La acolchonada suela de sus botas apenas producía sonido alguno cuando golpeaba en la tierra suelta y húmeda de la costa. Levantó la mirada, perdido hasta entonces en pensamientos inconexos, y vio a todo un pelotón de marines frente a él. Un improvisado batallón.
—¿Hm? —Se detuvo a escasos metros, echó un vistazo a todos los presentes y arqueó las cejas—. ¿Voy a tener que compartir la recompensa con todos ustedes?
La idea no le hacía ninguna gracia. Había leído la nota de invitación, ignorando a consciencia la parte donde especificaba todos los marines y acudido al lugar creyendo que sólo tendría que firmar algún autógrafo, escupir en un frasco o donar un par de pelos púbicos al club de fans que naturalmente debía existir en Skypiea desde su participación en los Juegos del Soberano. ¿Por qué sino iban a citarlo a esa hora y con una excusa tan pobre como “Necesitamos su ayuda”? Nadie pedía auxilio a una hora específica. Los problemas no tenían un itinerario.
—¡Eh, eh! ¡Para tocar la pinza tienen que pagar, pollo mal tostado! —advirtió al más jóven de la familia Ka’an mientras se acercaba al grupo—. ¿Qué mierda está pasando aquí?
La invitación resultó formar parte de la estrategia de un lunarian llamado Iktan para convocarlos a todos allí. El hombre de piel morena y alas negras resultó ser un fotógrafo, un hombre dedicado a capturar el momento. Al parecer, la visita de un contingente de uniformados había disparado pasiones secretas en muchos de los locales e Iktan, que sabía leer esas tendencias, quería tomarles fotografías y venderlas antes que nadie. En otras palabras, quería hacerse rico a costa de sus cuerpos. Era prácticamente un proxeneta.
Enji le echó un vistazo a su mujer y decidió perdonarle ese detalle, aunque últimamente sentía un frío extraño correrle por la espalda siempre que veía a una rubia,,.
Tenía que visitar un psicólogo experto en traumas nada más regresar al mar azul.
—”Enji, La Salamandra. Capitán de las Fuerzas Armadas del Norte Profundo”, eso tiene que decir en el pie de mi foto —advirtió señalando al fotógrafo y padre de familia mientras se adelantaba en su dirección—. Y quiero algo bueno, eh. Quiero calidad. Buena iluminación, una buena pose, que se aprecie toda mi barbarosidad, ¿entiendes, vejete? —El insulto nunca podía faltar—. Ah, y en la foto grupal me pido todo el centro.
La acolchonada suela de sus botas apenas producía sonido alguno cuando golpeaba en la tierra suelta y húmeda de la costa. Levantó la mirada, perdido hasta entonces en pensamientos inconexos, y vio a todo un pelotón de marines frente a él. Un improvisado batallón.
—¿Hm? —Se detuvo a escasos metros, echó un vistazo a todos los presentes y arqueó las cejas—. ¿Voy a tener que compartir la recompensa con todos ustedes?
La idea no le hacía ninguna gracia. Había leído la nota de invitación, ignorando a consciencia la parte donde especificaba todos los marines y acudido al lugar creyendo que sólo tendría que firmar algún autógrafo, escupir en un frasco o donar un par de pelos púbicos al club de fans que naturalmente debía existir en Skypiea desde su participación en los Juegos del Soberano. ¿Por qué sino iban a citarlo a esa hora y con una excusa tan pobre como “Necesitamos su ayuda”? Nadie pedía auxilio a una hora específica. Los problemas no tenían un itinerario.
—¡Eh, eh! ¡Para tocar la pinza tienen que pagar, pollo mal tostado! —advirtió al más jóven de la familia Ka’an mientras se acercaba al grupo—. ¿Qué mierda está pasando aquí?
La invitación resultó formar parte de la estrategia de un lunarian llamado Iktan para convocarlos a todos allí. El hombre de piel morena y alas negras resultó ser un fotógrafo, un hombre dedicado a capturar el momento. Al parecer, la visita de un contingente de uniformados había disparado pasiones secretas en muchos de los locales e Iktan, que sabía leer esas tendencias, quería tomarles fotografías y venderlas antes que nadie. En otras palabras, quería hacerse rico a costa de sus cuerpos. Era prácticamente un proxeneta.
Enji le echó un vistazo a su mujer y decidió perdonarle ese detalle, aunque últimamente sentía un frío extraño correrle por la espalda siempre que veía a una rubia,,.
Tenía que visitar un psicólogo experto en traumas nada más regresar al mar azul.
—”Enji, La Salamandra. Capitán de las Fuerzas Armadas del Norte Profundo”, eso tiene que decir en el pie de mi foto —advirtió señalando al fotógrafo y padre de familia mientras se adelantaba en su dirección—. Y quiero algo bueno, eh. Quiero calidad. Buena iluminación, una buena pose, que se aprecie toda mi barbarosidad, ¿entiendes, vejete? —El insulto nunca podía faltar—. Ah, y en la foto grupal me pido todo el centro.

