27-08-2026, 04:41 PM
Noche del día 5 de primavera.
Ciudad de Shandora, Isla de Skypiea
Estaba agotado...
Kibai no solamente había sufrido en sus carnes la extracción de su Akuma no mi, con todo lo que aquello había implicado, y había tenido que recuperarse en un tiempo récord con la ayuda de los inestimables cuidados de Nyra y Moja, sino que después había sido sometido a un durísimo entrenamiento por parte del maestro Kaelith en su dojo. Cuando el atardecer llegó, la luz dorada del astro rey bañaba la piel del mink, que dormitaba muy a gusto sobre el tejado dorado de la vivienda que el habían asignado en la ciudad de Shandora. Con solo una tela por debajo del cuerpo para no quemarse con el material recalentado, Kibai disfrutaba enormemente de un sueño en el que se enfrentaba a todo un ejército de malvados inidividuos vestidos de oscuro, bajo los aplausos de la multitud en la arena de Shandora. Sin embargo, cuando en la agitación de aquel combate onírico rodó hacia un lado, fue devuelto a la realidad en forma de caída sorpresa hacia un suelo muy sólido.
— Iaaaaaaaaah!! — gritó Kibai antes de dar con sus huesos en el suelo. Magullado por el golpe y abriendo y cerrando la boca varias veces por el sueño del que aún luchaba por salir, vio delante de sus ojos una carta en la puerta de la vivienda que le había otorgado en usufructo el Emperador. El sombre tenía forma de tarjeta y sobre un papel con motivos vegetales podía leerse:
A todos los Marines de Skypiea.
¡Bienvenidos a Shandora!
¡Bienvenidos a Shandora!
Incorporándose mientras se masajeaba el costado sobre el que había caído del tejado, Kibai abrió la tarjeta, examinando el texto que contenía en su interior. Al parecer, una familia de la ciudad necesitaba su ayuda.
— Que raro... — pensó el mink. — Los Custodios nos dijeron a nuestra llegada que ellos eran los encargados de la seguridad en esta isla, y seguro que esta gente lo sabe. Será una trampa de alguna de las tripulaciones piratas? Quizás crean que si nos atraen a algún lugar fuera de la ciudad puedan acabar con nostros sin que las fuerzas del Emperador se den cuenta.
No obstante, sabiendo que era posible que fuese alguien que realmente necesitase ayuda, y la confianza en que pudiese adelantarse a cualquier emboscada gracias a su olfato superior, le hicieron tomar la decisión de irse a cocinar algo de cena y a descansar para estar bien temprano al día siguiente en la localización en la que lo citaba aquel mensaje.
A la mañana siguiente...
Antes de salir, metió en su morral un buen puñado de la fruta que había recogido en varias de las expediciones que había hecho en los alrededores de Shandora, junto con un pequeño bote de café bien sellado. Acto seguido, el mink cruzó el umbral de su casa y se internó en la jungla cercana. Normalmente habría ido por el camino principal, pero le interesaba abordar la situación desde un ángulo un poco distinto, aunque solo fuese por si acaso...
El mismo río de nubes le sorpendió al poco de haber iniciado la marcha, aunque le costó exactmente lo mismo cruzarlo que en la ocasión anterior. Después, con mucho ojos debido a toda la flora venenosa de la isla, el mink avanzó de arbol en árbol hasta llegar al punto designado.
Para su alivio, en aquel lugar solamente había una familia de aparentes civiles, aparte de varios compañeros de la marina, incluidos el capitán Enji, y los tres comandantes. Al parecer, la plana mayor había decidido intervenir. Aún subido a una rama, Kibai escuchó discretamente las razones por las cuales los habían convocado.
— Una sesión de fotos, en serio? — pensó mientras enarcaba una ceja con un punto de incredulidad. No era la cosa más loca que les habían pedido, desde luego, aunque tampoco la más habitual.
Tras un centellazo de luz que sucedió a la llegada del comandante Shin, el mink finalmente se animó a hacer acto de presencia. Impulsándose en la rama sobre la que estaba subido, Kibai dio un potente salto hacia arriba, describiendo una suave parábola hasta aterrizar a un metro del comandante Hasegawa, dejando que la capa a su espalda revolotease con gracia antes de incorporarse, sonriendo hacia los críos.
— Saludos, caballeros, señoritas... Confieso que me resultó muy sorprendente ver su mensaje, pero tras haber escuchado sus palabras, puedo confirmarles que estaré encantado de colaborar con ustedes en este reportaje.
Metiendo la mano en el morral, Kibai sacó dos frutos de tamaño mediano y piel de color rojizo, arrojándolas con suavidad hacia las manos de los dos pequeños.
— Aquí tenéis, hoy hará calor, os vendrá bien comer algo fresco.
Girándose hacia el Lunarian, el mink le hizo un informal saludo tocándose el lateral de la cabeza con dos dedos.
— Soldado Kibai, División 60, es un placer conocerles, caballero.
Acto seguido, Kibai se dirigió a saludar con una fuerte palmada en la espalda a Kael, que parecía haberse animado a cantar más que en las gradas, y le ofreció el frasquito de café al comandante Nanashi, a sabiendas que lo habría echado de menos en estos días que no había podido prepararselo.
La caja de Pandora
