La cortesía entre viajeros [Pasado Social - Bai]
#10
El deseo, despojado de toda fisicidad, nunca había sido en ella  una virtud o noble postulado; al menos no bajo la acepción que la generalidad de los hombres le confería, donde el Eros más visceral —fuego de la pasión erótica y romántica— anula los sentidos y convierte al individuo en esclavo. Sin embargo, que su apetencia no respondiera a la convencionalidad no significaba que en ella el deseo estuviera ausente. Al contrario, ella deseaba —a veces incluso demasiado—, solo que lo hacía bajo la forma de una imperiosa  pulsión biológica tan inapelable como el hambre o la sed; o, en su defecto, como la consecuencia de una deducción lógica que te beneficia.

No obstante, en aquella ocasión, aquel impulso no respondió a ninguna de ambas naturalezas. Y Bai no entendía por qué.

Quizá porqué obedecía a la complicidad del momento, al extraño magnetismo de los ojos del mink, como si aquellos destellos, ajenos al lenguaje verbal, le confirmaran que comprendía el fondo de sus palabras. Otra opción era que dimanara del vapor ascendente de la terma, cuyos hilos parecían arremolinarse en su vientre hasta hacerlo palpitar; o quizás procediera del propio clima atmosférico que la había conducido hasta aquel recóndito claustro. Tal vez brotase del estrago del golpe en la cabeza que, enturbiando sus más instintivos recelos, la había abocado a confiar ciegamente en su natural enemigo; o, quizás, naciera simplemente de la tibieza de aquellos dedos al rozar la superficie de su piel al tocarle el cabello.

Pero, ¿acaso importaba realmente el motivo? Le hubiera encantado responder que sí, que eso era lo que necesitaba para adivinar cómo actuar aún cuando su lengua, desgarrada e inútil ante la sorda incertidumbre de no poder articular sonido alguno, le impedía hacer otra cosa que respirar con profundidad.

Bai cerró los ojos, inconsciente de la sutil inclinación de su cabeza al buscar instintivamente el contacto con Kibai. Y, al abrirlos, sus labios, húmedos por el vapor, se entreabrieron para exhalar un suspiro que incluso hizo temblar  su bruñido pecho.

—Yo... —la birkaniana intentó articular algo más que aquel triste monosílabo pero, pronto, el hilo de su voz se quebró hasta quedar ahogado por el extraño palpitar que latía en sus sienes.

Todo le daba vueltas.

Y aunque era en el sentido más agradable de la palabra, no podía actuar. No al menos con consciencia pues, para cuando se quiso dar cuenta, su mano ya se había movido con torpeza para detener el descenso de los dedos de Kibai.

—No te entiendo...

Al volver a hablar, sus dedos apenas rozaban la muñeca del mink de una forma casi suplicante para que no se apartara. Un gesto que se complementaba con su mirada cristalina y silenciosa, una que se negaba por completo a apartar. Sin embargo, de un momento para otro, la cálida sonrisa de Kibai fracturó aquel estado de ensoñación en el que se encontraba hasta disipar la espesa bruma que embotaba su mente.

«¿Qué demonios estoy haciendo?», se preguntó, parpadeando con un súbito desconcierto.

Y, a continuación, descendió la mirada de manera involuntaria hacia los labios del mink, como si en su silueta pudiese hallar alguna respuesta. Mas no fue exactamente eso lo que encontró. Lo que brotó en su interior fue una lucidez gélida y punzante —una respuesta cobarde— que le devolvió la cruda revelación de que ella realmente ansiaba aquellas caricias; una percepción desagradable que turbó.

Entonces, al verse atrapada en aquel mar de confusión, la fría lógica que siempre había regido los cimientos de su existencia le gritó desde sus entrañas que semejante anhelo no era otra cosa que la patética consecuencia de su prolongada soledad. Y, al asimilar dicho pensamiento, sus pupilas se dilataron, aterradas ante el descubrimiento de su propia vulnerabilidad; de esta forma, en un desesperado intento por escabullirse, olvidando por completo que se hallaba al borde mismo de las termas, se impulsó hacia atrás con el propósito de ensanchar la distancia entre ambos cuerpos.

Pero, al hacerlo, su cerebro reaccionó con tardía lucidez, haciéndole comprender la insensatez de la maniobra. Por eso mismo sus alas, ligeramente temblorosas, se replegaron en cuanto empezó a resbalar sobre la piedra pulida y húmeda. Su equilibrio se había esfumado. Y, su mano, que un instante antes había estado a punto de asir la muñeca de Kibai, quedó suspendida en el aire en un gesto de absoluta inutilidad. Estiró los dedos con una urgencia febril para aferrarse al brazo del mink, buscando un no caer más y, sin embargo, sus yemas solo lograron rasgar el vacío antes de desplomarse de espaldas y fracturar violentamente la superficie del agua con sus alas.

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Bai Mudan
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RE: La cortesía entre viajeros [Pasado Social - Bai] - por Bai Mudan - 30-08-2026, 04:13 PM

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