31-08-2026, 10:22 AM
El ambiente se había tensado con la aparición de aquella mujer. Sobre todo por parte de mi tripulación. Tanto yo como Kiyoshi y Uker nos habíamos puesto en alerta por su presencia. Pero, ¿cómo no iba a ser así? Éramos piratas y ella, cito textualmente, un perro del gobierno. Éramos enemigos destinados a odiadarse. Ella buscaría atraparnos, o como poco sería una de las encargadas de poner esos precios sobre nuestras cabezas. Nosotros, con nuestra vida dedicada al pillaje y la clandestinidad.
Sin embargo, la tripulación vecina no parecía opinar de la misma manera. La chica rubia se había mostrado amigable con ella desde el primer momento. Incluso la mujer obscena y el espadachín me sorprendieron. De ellos hubiese esperado una reacción mucho más beligerante, basado en las actitudes que había visto de ellos. No obstante, ambos tuvieron una respuesta conciliadora, llegando incluso a parecer que la conocían. Akira. Su nombre me resultaba familiar, pero no había duda de que no había visto su rostro nunca antes. De cualquier manera, hubo algo que hizo que la calma volviese a mí. Eros.
El capitán se unió a la conversación con palabras que llamaban a la continuidad de la tregua que se había instalado en Skypiea. Aquello había sido norma durante los juegos y parecía que debía extenderse durante nuestra estancia en la isla. Nada de hostilidades. Ni entre bandas piratas, ni entre estas y los marines. El carpintero tenía razón. Vivíamos siempre en estado de alerta, o bien siendo perseguidos o bien causando alboroto. Estaba bien poder tomarse unos días de tranquilidad. Al fin y al cabo, estábamos en una isla en el cielo. Ya volvería todo a su cauce cuando volviésemos a la tierra y el mar azul.
Algunos de los allí presentes habían contado sus historias. Historias llenas de dificultades, de aventuras. Con vivencias de todo tipo. Incluso la mujer rubia había revelado un nombre al que debía estar buscando. Me pregunté si sería alguien de su pasado, un familiar quizá, y el objetivo detrás de su búsqueda. ¿Acaso estaría en busca de sus padres al igual que yo? Mis pensamientos y sus revelaciones me hicieron plantearme si sería mi turno también, si debía contar mi historia. Pero me contuve. No quería exponerme delante de desconocidos. Además, la presión que sentía al pensar que me tocaría contar qué me había llevado hasta allí se alivió al ver que algunos de los presentes instaban a Akira a contar su historia. Por ese motivo, escuché con atención la historia que iría a contarnos aquella mujer, sentado en mi sitio apurando mi cuenco de caldo.
Ryota, el capitán de los Hanu Mahana, cogió un peculiar instrumento y comenzó a regalarnos una canción. Yo me removía inquieto en mi asiento. No por la música. Está era una melodía que, aunque peculiar, me resultaba agradable, festiva e incluso llamaba a celebrar, aunque no fuese un estilo al que estaba acostumbrado. Mi incomodidad tenía una raíz distinta. Una que se extendía por varias razones. Una de ellas a mí izquierda. Estar tan cerca de alguien a quién el resto trataba de marine no me hacía sentir del todo cómodo, por mucho que el ambiente fuera distendido. La otra, la que más me preocupaba, a mí derecha. Kiyoshi, al igual que el resto, habría comenzado a sentir los efectos de mi habilidad. Temía si reacción. En realidad, temía haber causado el mal a cualquiera de mis amigos. Ahuequé el cuello de mi camisa, nervioso. Me incliné hacia Kiyoshi
—¿Te sabe bien la comida? Yo creo que algo no anda del todo bien. No le está sentando muy allá.
Llevé la mano a mi barriga e intenté poner cara de malestar. Tal vez mi gesto se vio ayudado por el estado de resaca en el que me encontraba, pero nunca se me había dado bien mentir. Siempre era honesto, por lo que sería fácil para cualquiera ver qué mi actitud era falsa.
La canción terminó. Yo quise desviar la atención una vez más hacia otros. Si la gente estaba centrada en la historia de Akira o la interpretación de Ryota, tal vez pasasen por alto lo que había hecho.
—Oh magnífico. Bravo —me levanté aplaudiendo de una manera exagerada y alentando al resto a hacer lo mismo—. Ha sido una grandísima actuación. ¿Dónde aprendió un pescador a tocar ese... —le di vueltas a la mano en dirección a su instrumento— lo que sea? Tiene usted una gran destreza musical. Pero creo que no tanto ojo con las apuestas. Estoy convencido de que Cariños Carlos debía ser un hombre.
Reflexioné un instante, buscando una vía para poder aclarar nuestra discrepancia. En unos primeros instantes pensé en volver a la arena o incluso ir al palacio en su busca, pero supe que aquello no sería de agrado. Tal vez preguntando a alguien de aquella ciudad, alguien que hubiese conocido de cerca a aquella persona... Entonces caí en la cuenta. La mujer rubia de los Mahana había dicho algo acerca de él (o ella. No, estaba seguro que debía de ser él). Tal vez aquella mujer o la otra, la marine podrían ayudarnos.
—Lo tengo. Su tripulante conoce a Cariños Carlos, ¿no es así? Tal vez ella nos pueda sacar de dudas. ¿O qué hay de ti, Akira? Quizá tú puedas confirmar que Cariños Carlos era un hombre. Estoy seguro de ello, vamos.
La suerte me sonreía de nuevo. Una nueva apuesta, una nueva victoria. Un poco más de dinero para nuestros intereses. Tarde o temprano, ganaría una apuesta que me permitiría viajar por todo el mundo sin problemas.
karmas
