Día previo a la salida de Skypiea.
Momento del día: tarde.
En algún lugar de las afueras de la ciudad.
En medio de la gran explanada había una mesa magnánima, tan desmesuradamente larga y atestada que, desde la posición de Bai y por pura perspectiva, se antojaba infinita. Sin embargo, hacia el cielo no se elevaba demasiado —una suerte a decir verdad teniendo en cuenta la cantidad de comensales—. Sobre ella, sobre la superficie pulida de la madera, reposaban grandes cuencos de oro, todos colmados de maíz, alternándose con otros de menor tamaño repletos de tubérculos como si fueran el plato estrella. Nada más lejos de la realidad. Pues, aunque hubieran en abundancia, formaban parte de los aperitivos. Otra cosa que llamaba la atención es que, entre plato y plato, se disponían cestas de mimbre atiborradas de pan y vasijas rebosantes de aceitunas; y, marcando un ritmo simétrico cada cinco espacios, se erigía un hondo cuenco con trozos de cordero humeante.
Cercando la explanada, muy por encima de cualquier cabeza, una multitud ceibos se mecían, y cerca, palos de campeche brotaban como setas en un sotobosque a su alrededor. Las cigarras, tostadas por el sol del media tarde cantaban desde las ramas sombrías, y a lo lejos rebaños se escuchaban balaban.
Volviendo a la mesa, y compañando a semejante opulencia, delicadas copas y vasijas para el vino aguardaban dispuestas, en tanto que las majestuosas cráteras llenas de agua, rezaban a la espera de que alguien las mezclara con el vino antes de proceder a su servicio.
Todo se hallaba al alcance de cualquiera que deseara saciar su apetito.
Sin embargo, lo más arduo de alcanzar serían los pequeños cuencos guarnecidos con queso, higos y otros frutos selectos; o bien la imponente pila de duraznos dispuesta a proposito para Mahou, una estructura colosal que desafiaba a cualquier ley de la gravedad.
—Bueno... —intervino la capitana, posando la diestra sobre su cintura— Creo que esto nos lo hemos ganado...
No resonaba música alguna en el ambiente, ni parpadeaba fuego en lugar alguno —este último era ausente porque Bai albergaba la sospecha de que habrían acabado levantando una pira funeraria y, eso, le atemorizaba—.
Cercando la explanada, muy por encima de cualquier cabeza, una multitud ceibos se mecían, y cerca, palos de campeche brotaban como setas en un sotobosque a su alrededor. Las cigarras, tostadas por el sol del media tarde cantaban desde las ramas sombrías, y a lo lejos rebaños se escuchaban balaban.
Volviendo a la mesa, y compañando a semejante opulencia, delicadas copas y vasijas para el vino aguardaban dispuestas, en tanto que las majestuosas cráteras llenas de agua, rezaban a la espera de que alguien las mezclara con el vino antes de proceder a su servicio.
Todo se hallaba al alcance de cualquiera que deseara saciar su apetito.
Sin embargo, lo más arduo de alcanzar serían los pequeños cuencos guarnecidos con queso, higos y otros frutos selectos; o bien la imponente pila de duraznos dispuesta a proposito para Mahou, una estructura colosal que desafiaba a cualquier ley de la gravedad.
—Bueno... —intervino la capitana, posando la diestra sobre su cintura— Creo que esto nos lo hemos ganado...
No resonaba música alguna en el ambiente, ni parpadeaba fuego en lugar alguno —este último era ausente porque Bai albergaba la sospecha de que habrían acabado levantando una pira funeraria y, eso, le atemorizaba—.
Información
Bai Mudan
PROCESAMIENTO DEL VACÍO
⚖️ Capitana del Wu Wei
฿105,000,000
Nv.23 — Silogista
Virtudes
Vicios
