La afirmación de Taito apenas termina de salir de su boca cuando Haruto suelta una carcajada sacudiendo la cabeza de lado a lado mientras sigue caminando con el brazo derecho todavía apoyado sobre los hombros de su hijo arrastrándolo los últimos metros hacia el resplandor de las llamas – “Bwahahaha” – ríe de forma breve – “¿Hombre? Siéntate primero y come, que no es bueno comer y hablar de estas cosas y como decía mi abuela: el que come y canta loco se levanta. Y no quieres levantarte loco ¿verdad?” – dice, señalando con la barbilla el tronco vacío que alguien ya ha acercado junto al fuego, sin detener el paso, mientras dos o tres primos cercanos que alcanzan a escucharlo sueltan un par de risas. En apenas unos segundos más cubren los últimos metros que faltaban, y todo el grupo comienza a acomodarse alrededor de la hoguera principal, formando dos o tres anillos concéntricos a menos de dos metros de las llamas, algunos en troncos y taburetes de madera, otros directamente sobre la tierra.
Alrededor de ellos, el campamento sigue su propio ritmo tras el recibimiento animado inicial. A unos quince metros a la derecha de la hoguera, bajo el toldo extendido de una de las caravanas, la gente interesada en medicina del clan revisa uno por uno los frascos de un botiquín de cuero desplegado sobre una mesa plegable. Más allá, a unos veinte metros hacia el norte, tres mujeres remueven ollas de cobre sobre fuegos más pequeños, preparando lo que parecen ser provisiones. A la izquierda de la hoguera principal, un grupo de cuatro hombres se inclina sobre una mesa de madera cubierta con un mapa desplegado de la isla, marcando algo con carboncillo mientras discuten en voz baja, y no muy lejos de ellos, sentados sobre un par de mantas extendidas, dos jóvenes primos rasguean una guitarra desafinada probando estrofas de una canción nueva a media voz. Cerca del límite del círculo de luz, casi en la frontera con la niebla, un anciano hojea con cuidado un libro de tapas gastadas, de esos que hablan de historia antigua, mientras otros dos, algo más jóvenes, ordenan cajas con productos calculando en voz alta lo que sacarán al venderlo mañana en Ciudad Pinion.
Grigori aprovecha el momento para descender desde el tejado de la caravana más cercana, cruzando quince metros de distancia en un vuelo bajo y directo hasta posarse de nuevo sobre el hombro derecho de Taito, plegando las alas con un par de sacudidas. Haruto observa al ave un instante antes de volver la mirada a su hijo, el gesto de broma desapareciendo poco a poco de su rostro – “En un sentido, sí, ya eres un hombre” – dice, bajando la voz lo suficiente como para que solo Taito y quienes están a menos de un par de metros puedan escucharlo bien por encima del crepitar del fuego – “cinco años solo, sobreviviendo por tu cuenta, volviendo de una pieza. Eso ya dice bastante. Pero para el clan, para que todos aquí” – y con un gesto breve de la mano abarca el círculo de familiares a su alrededor – “te vean como el hombre que va a heredar esta caravana el día que yo falte, todavía falta la prueba final del Aramenté.” – dice con reverencia. Haruto se inclina un poco hacia adelante, los codos apoyados sobre las rodillas, y prosigue – “Hace once días, uno de mis cuervos volvió de Ciudad Pinion con un mensaje que llevaba meses esperando. Un contacto que tengo allí, alguien que hace tratos con la chatarra que vendemos, me hizo llegar un rumor que corre entre la banda que controla la ciudad. Dicen que su líder guarda un tesoro. Una fruta al parecer. Rara, distinta a cualquier otra que se haya visto.” – hace una pausa breve, mirando de reojo a Kaori y Mei, sentadas justo al otro lado del fuego, antes de continuar – “Ese es tu Aramenté, hijo. Entrar en Ciudad Pinion, meterte entre los treinta hombres que protegen a ese líder, y volver con esa fruta en la mano. Cómo lo hagas, si por las sombras o a golpes, eso ya es cosa tuya.”
Alrededor de ellos, el campamento sigue su propio ritmo tras el recibimiento animado inicial. A unos quince metros a la derecha de la hoguera, bajo el toldo extendido de una de las caravanas, la gente interesada en medicina del clan revisa uno por uno los frascos de un botiquín de cuero desplegado sobre una mesa plegable. Más allá, a unos veinte metros hacia el norte, tres mujeres remueven ollas de cobre sobre fuegos más pequeños, preparando lo que parecen ser provisiones. A la izquierda de la hoguera principal, un grupo de cuatro hombres se inclina sobre una mesa de madera cubierta con un mapa desplegado de la isla, marcando algo con carboncillo mientras discuten en voz baja, y no muy lejos de ellos, sentados sobre un par de mantas extendidas, dos jóvenes primos rasguean una guitarra desafinada probando estrofas de una canción nueva a media voz. Cerca del límite del círculo de luz, casi en la frontera con la niebla, un anciano hojea con cuidado un libro de tapas gastadas, de esos que hablan de historia antigua, mientras otros dos, algo más jóvenes, ordenan cajas con productos calculando en voz alta lo que sacarán al venderlo mañana en Ciudad Pinion.
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Grigori aprovecha el momento para descender desde el tejado de la caravana más cercana, cruzando quince metros de distancia en un vuelo bajo y directo hasta posarse de nuevo sobre el hombro derecho de Taito, plegando las alas con un par de sacudidas. Haruto observa al ave un instante antes de volver la mirada a su hijo, el gesto de broma desapareciendo poco a poco de su rostro – “En un sentido, sí, ya eres un hombre” – dice, bajando la voz lo suficiente como para que solo Taito y quienes están a menos de un par de metros puedan escucharlo bien por encima del crepitar del fuego – “cinco años solo, sobreviviendo por tu cuenta, volviendo de una pieza. Eso ya dice bastante. Pero para el clan, para que todos aquí” – y con un gesto breve de la mano abarca el círculo de familiares a su alrededor – “te vean como el hombre que va a heredar esta caravana el día que yo falte, todavía falta la prueba final del Aramenté.” – dice con reverencia. Haruto se inclina un poco hacia adelante, los codos apoyados sobre las rodillas, y prosigue – “Hace once días, uno de mis cuervos volvió de Ciudad Pinion con un mensaje que llevaba meses esperando. Un contacto que tengo allí, alguien que hace tratos con la chatarra que vendemos, me hizo llegar un rumor que corre entre la banda que controla la ciudad. Dicen que su líder guarda un tesoro. Una fruta al parecer. Rara, distinta a cualquier otra que se haya visto.” – hace una pausa breve, mirando de reojo a Kaori y Mei, sentadas justo al otro lado del fuego, antes de continuar – “Ese es tu Aramenté, hijo. Entrar en Ciudad Pinion, meterte entre los treinta hombres que protegen a ese líder, y volver con esa fruta en la mano. Cómo lo hagas, si por las sombras o a golpes, eso ya es cosa tuya.”
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