02-09-2026, 02:51 AM
(Última modificación: 02-09-2026, 03:15 AM por Zhang Guolao.)
El peso de aquel viaje se sentía entre los huesos, de esos que curten el alma y el cuerpo. Y por eso, cansados por aquella semana en el cielo, se merecían una buena cena, pues al final, ¿cómo bajarían del cielo con la barriga vacía? Era mejor todo con la barriga llena.
Por ese motivo habían llegado a aquel lugar donde los olores se mezclaban en un perfume que embriagaba al viejo burro… Cordero humeante, pan recién hecho, aceitunas. Y por debajo de todo aquello, el olor dulce de una pila de duraznos que, sin duda, no estaba puesta ahí para él.
Antes de sentarse, Zhang escuchó. Las cigarras en las ramas altas, un rebaño muy a lo lejos, y el crujido de la madera... Un lugar así no se veía solo con los ojos.
Zhang se sentó con rapidez en una de las bancas y, controlando un poco a Silencio, esperó a que todos se acomodasen. El mono ya había calculado la distancia hasta el cuenco más cercano, y el viejo burro fingió no darse cuenta.
Observó aquella mesa llena de manjares y, agradeciendo por todo, agarró una de las copas con su mano. Hubo otra mesa larga hacía muchos años, con otra tripulación y otras voces. De aquella no quedaba más que una calavera cosida a una vela.
No era tristeza, o no del todo. Un viejo aprende que las mesas se llenan y se vacían, y que lo único que puede hacer uno es sentarse mientras haya sitio. En el Wu Wei todavía había una vivienda pequeña que nadie se había atrevido a desmontar.
A su alrededor había personas que no veía desde hacía mucho tiempo. Zhang se sintió agradecido por aquello, y ante las palabras de Uker, se sintió feliz de haber sobrevivido a aquella noche… Claro que lo recordaba, pues había algo inexplicable que los unía desde entonces.
—Un saludo, joven Uker. Claro que me acuerdo… Fue una noche oscura, pero logramos salir de ella. Y aunque costó mucho, acá estamos, y hay que ser agradecidos. Gracias a ti también por toda tu ayuda.
Se quedó en silencio por un instante, recordando aquella noche. Se le notaba distinto, y su recompensa hablaba muy bien de él.
—Veo que te has divertido desde que nos vimos… ¿Cómo te trata la vida? ¿Y los otros? ¿Se sabe algo de ellos?
Luego de esto se quedó un rato en silencio, pensando en lo que había dicho la capitana. Al final, se lo habían ganado. Zhang asintió con la cabeza luego de sus palabras y esperó a que las copas estuvieran servidas antes de levantar la suya.
—Hmmm… Nunca imaginé llegar acá, y no lo hubiera logrado solo, así que sí, nos lo merecemos. Esto y un buen viaje. Por más aventuras.
Dijo Zhang mientras sonreía, con la misma voz de siempre. Silencio aprovechó entonces para lanzarse sobre la mesa.
Y aunque intentaba controlarse, pronto se atragantó con la comida. El viejo burro le dio un par de golpes en la espalda, sin prisa, con la práctica de quien lleva años haciendo lo mismo. Un médico nunca deja de serlo, ni siquiera en su día libre.
Zhang aprovechó y, siguiendo a su amigo, le dio unos tragos a la copa y un poco de uvas, para comenzar aquel banquete inesperado. El vino de las nubes sabía distinto. Más liviano, tal vez por el aire.
—Y siempre se agradece una nueva amistad. Gracias a todos y bienvenido, joven Heras —le dijo tranquilo.
Y mientras lo decía, no pudo evitar pensar que aquel muchacho tenía un aire a alguien que había conocido días atrás... Prefirió guardarse el comentario.
Después se acomodó el sombrero. Faltaba un día para bajar del cielo, y el viejo burro no tenía ninguna prisa por que aquella tarde terminara.
Por ese motivo habían llegado a aquel lugar donde los olores se mezclaban en un perfume que embriagaba al viejo burro… Cordero humeante, pan recién hecho, aceitunas. Y por debajo de todo aquello, el olor dulce de una pila de duraznos que, sin duda, no estaba puesta ahí para él.
Antes de sentarse, Zhang escuchó. Las cigarras en las ramas altas, un rebaño muy a lo lejos, y el crujido de la madera... Un lugar así no se veía solo con los ojos.
Zhang se sentó con rapidez en una de las bancas y, controlando un poco a Silencio, esperó a que todos se acomodasen. El mono ya había calculado la distancia hasta el cuenco más cercano, y el viejo burro fingió no darse cuenta.
Observó aquella mesa llena de manjares y, agradeciendo por todo, agarró una de las copas con su mano. Hubo otra mesa larga hacía muchos años, con otra tripulación y otras voces. De aquella no quedaba más que una calavera cosida a una vela.
No era tristeza, o no del todo. Un viejo aprende que las mesas se llenan y se vacían, y que lo único que puede hacer uno es sentarse mientras haya sitio. En el Wu Wei todavía había una vivienda pequeña que nadie se había atrevido a desmontar.
A su alrededor había personas que no veía desde hacía mucho tiempo. Zhang se sintió agradecido por aquello, y ante las palabras de Uker, se sintió feliz de haber sobrevivido a aquella noche… Claro que lo recordaba, pues había algo inexplicable que los unía desde entonces.
—Un saludo, joven Uker. Claro que me acuerdo… Fue una noche oscura, pero logramos salir de ella. Y aunque costó mucho, acá estamos, y hay que ser agradecidos. Gracias a ti también por toda tu ayuda.
Se quedó en silencio por un instante, recordando aquella noche. Se le notaba distinto, y su recompensa hablaba muy bien de él.
—Veo que te has divertido desde que nos vimos… ¿Cómo te trata la vida? ¿Y los otros? ¿Se sabe algo de ellos?
Luego de esto se quedó un rato en silencio, pensando en lo que había dicho la capitana. Al final, se lo habían ganado. Zhang asintió con la cabeza luego de sus palabras y esperó a que las copas estuvieran servidas antes de levantar la suya.
—Hmmm… Nunca imaginé llegar acá, y no lo hubiera logrado solo, así que sí, nos lo merecemos. Esto y un buen viaje. Por más aventuras.
Dijo Zhang mientras sonreía, con la misma voz de siempre. Silencio aprovechó entonces para lanzarse sobre la mesa.
Y aunque intentaba controlarse, pronto se atragantó con la comida. El viejo burro le dio un par de golpes en la espalda, sin prisa, con la práctica de quien lleva años haciendo lo mismo. Un médico nunca deja de serlo, ni siquiera en su día libre.
Zhang aprovechó y, siguiendo a su amigo, le dio unos tragos a la copa y un poco de uvas, para comenzar aquel banquete inesperado. El vino de las nubes sabía distinto. Más liviano, tal vez por el aire.
—Y siempre se agradece una nueva amistad. Gracias a todos y bienvenido, joven Heras —le dijo tranquilo.
Y mientras lo decía, no pudo evitar pensar que aquel muchacho tenía un aire a alguien que había conocido días atrás... Prefirió guardarse el comentario.
Después se acomodó el sombrero. Faltaba un día para bajar del cielo, y el viejo burro no tenía ninguna prisa por que aquella tarde terminara.
Zhang Guolao
"El vacío no se mueve, pero lo contiene todo"
❄ La Calma del Vacío
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