02-09-2026, 12:50 PM
La noche sigue cerrada sobre el campamento, la niebla baja aún enroscada entre las caravanas y espesándose poco a poco conforme el fuego consume la leña más seca, mientras Taito termina de hablar con la vista clavada en la columna de humo que sube desde la hoguera hasta perderse entre las estrellas, a varios metros por encima de sus cabezas. Haruto lo escucha sin interrumpirlo en ningún momento, los codos todavía apoyados sobre las rodillas y la mirada fija en su hijo, asintiendo apenas con la cabeza en un par de ocasiones mientras Taito enlista sus logros y quejas, consciente de que es normal que el muchacho sienta como una traición el escuchar que hay algo más que resolver después de cinco años de prueba. Cuando Taito se pone en pie apoyando ambas manos sobre las rodillas para tomar impulso, Haruto se toma un par de segundos antes de responder, dejando que el silencio se llene solo con el crepitar de las brasas.
“No es un recado de última hora, hijo” – dice al fin, alzando la vista hacia Taito desde el tronco donde sigue sentado, a menos de un metro de distancia – “siempre existió una prueba final. Volver, demostrar que puedes valerte por ti mismo entre gente que no es tu familia, en territorio que no conoces, todo con el objetivo de prepararte para esto.” – le explica su padre viendo directamente al fuego, rememorando tiempos pasados, de cuando el mismo volvió tras cinco años y se sentó junto a su padre a escuchar estas mismas palabras que ahora le decía a su hijo, en un ciclo que no tiene fin – “Lo del tesoro como tal es nuevo, sí, este tema de la fruta llegó a mis oídos hace solo once días y el momento es curioso, lo reconozco. Pero la idea de fondo era la misma desde que te fuiste. Ahora simplemente tienes un objetivo más claro que perseguir en vez de volver solo con historias que contar.” – confiesa, para luego ponerse en pie y avanzar hasta quedar junto a Taito, mirándolo de frente a menos de un metro de distancia con las manos apoyadas en las caderas. – “Yo no tengo más que ofrecerte, hijo. Ni consejos de cómo entrar ahí, ni mapas en la cabeza, ni contactos que puedan meterte dentro de esa guarida. Lo mío son los cuervos y los mensajes” – dice con media sonrisa, señalando con la barbilla hacia el resto del campamento que sigue moviéndose alrededor de ellos entre la niebla, algunas siluetas todavía yendo y viniendo entre las caravanas a quince o veinte metros de distancia – “pero tienes una familia enorme ahí fuera, y en una familia así siempre hay alguien que sabe algo que a ti te falta. Apóyate en ellos esta noche, que para eso están.”
Haruto se estira entonces, llevándose ambas manos a la zona baja de la espalda, y suelta un suspiro largo antes de continuar – “Yo en media hora me voy a la cama, que ya no tengo edad para trasnochar como antes, y me juego el cuello a que la mayoría hará lo mismo en cuanto se les pasen las ganas de verte la cara. Así que no tienes mucho tiempo si quieres hablar con alguien esta noche. No podrás con todos, pero si fuera tú” – hace una pausa, mirando de reojo hacia el toldo donde siguen los preparativos del botiquín, a unos quince metros de distancia, y luego hacia las mujeres junto a las ollas de cobre, algo más allá – “empezaría por los médicos y las cocineras. Esos siempre tienden una mano a quien la necesita, sea la hora que sea.”
“No es un recado de última hora, hijo” – dice al fin, alzando la vista hacia Taito desde el tronco donde sigue sentado, a menos de un metro de distancia – “siempre existió una prueba final. Volver, demostrar que puedes valerte por ti mismo entre gente que no es tu familia, en territorio que no conoces, todo con el objetivo de prepararte para esto.” – le explica su padre viendo directamente al fuego, rememorando tiempos pasados, de cuando el mismo volvió tras cinco años y se sentó junto a su padre a escuchar estas mismas palabras que ahora le decía a su hijo, en un ciclo que no tiene fin – “Lo del tesoro como tal es nuevo, sí, este tema de la fruta llegó a mis oídos hace solo once días y el momento es curioso, lo reconozco. Pero la idea de fondo era la misma desde que te fuiste. Ahora simplemente tienes un objetivo más claro que perseguir en vez de volver solo con historias que contar.” – confiesa, para luego ponerse en pie y avanzar hasta quedar junto a Taito, mirándolo de frente a menos de un metro de distancia con las manos apoyadas en las caderas. – “Yo no tengo más que ofrecerte, hijo. Ni consejos de cómo entrar ahí, ni mapas en la cabeza, ni contactos que puedan meterte dentro de esa guarida. Lo mío son los cuervos y los mensajes” – dice con media sonrisa, señalando con la barbilla hacia el resto del campamento que sigue moviéndose alrededor de ellos entre la niebla, algunas siluetas todavía yendo y viniendo entre las caravanas a quince o veinte metros de distancia – “pero tienes una familia enorme ahí fuera, y en una familia así siempre hay alguien que sabe algo que a ti te falta. Apóyate en ellos esta noche, que para eso están.”
Haruto se estira entonces, llevándose ambas manos a la zona baja de la espalda, y suelta un suspiro largo antes de continuar – “Yo en media hora me voy a la cama, que ya no tengo edad para trasnochar como antes, y me juego el cuello a que la mayoría hará lo mismo en cuanto se les pasen las ganas de verte la cara. Así que no tienes mucho tiempo si quieres hablar con alguien esta noche. No podrás con todos, pero si fuera tú” – hace una pausa, mirando de reojo hacia el toldo donde siguen los preparativos del botiquín, a unos quince metros de distancia, y luego hacia las mujeres junto a las ollas de cobre, algo más allá – “empezaría por los médicos y las cocineras. Esos siempre tienden una mano a quien la necesita, sea la hora que sea.”
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