[Pr Rel] Me temo que traigo malas noticias
#3
Un día nuevo iniciaba en el cuartel de la marina en Sabaody, el cual se repartía entre las raíces de los manglares del 60 al 69 como uno de los edificios más importantes que proveía al conjunto de manglares de aquella seguridad que sus habitantes y visitantes tanto apreciaban. El calor del verano se dejaba sentir ya a esta hora temprana, más pegajoso que el de primavera, mezclándose con el olor a resina y salitre que se respiraba por las condiciones tan particulares de esta isla que en realidad no puede catalogarse como tal, y que impactaba en los sentidos del mismo modo que lo hace la brisa marina al navegar por las inquietantes aguas del Grand Line. A las 0700 horas el cuartel apenas empezaba a desperezarse, con la primera guardia relevando a la nocturna y las cocinas ya humeando, y gracias a mi haki de observación, el cual llevaba expandido a ciento cincuenta metros de radio más por costumbre que por necesidad, podía sentir cada una de las setenta y tantas presencias que a esta hora poblaban el recinto con sus emociones, aquel sexto sentido que había desarrollado gracias a las enseñanzas de mi otrora mentora, ahora amiga y líder, Karlglass. La variedad de sensaciones seguía siendo tan diversa como la recordaba de mi llegada, orígenes, razas y aspiraciones distintas conviviendo bajo el mismo estandarte, una reinterpretación multicultural que ningún otro cuartel de los que había pisado conseguía igualar. Tal como lo hacía todos los días, me había levantado a las cinco de la mañana, completado mi rutina de entrenamiento matutino, bañado y vestido conforme a mi rango, orgulloso del mismo. La capa de Vicealmirante firmemente ajustada a mis hombros adornaba el atuendo jovial y relajado que definía mi intención en este viaje, ir sin pretensiones ni en búsqueda de aventura alguna, y ya me disponía a bajar al comedor a por el café de la mañana cuando uno de los reclutas de reparto tocó a la puerta de mi camarote con el periódico del día doblado bajo el brazo, cumpliendo con esa costumbre de la marina de hacer llegar la prensa a los oficiales antes de las siete. Le agradecí el gesto, cerré la puerta y desdoblé las hojas sin mayor interés mientras terminaba de ajustarme los guantes, esperando encontrar las noticias de siempre, movimientos de piratas en el Nuevo Mundo, alguna redada, algún ascenso, esas cosas que uno lee de pie y olvida antes de terminar el café.
 
No fue eso lo que encontré. El titular de portada ocupaba media hoja en letras negras que no dejaban lugar a la duda, una fuga masiva en Impel Down, cientos de reclusos liberados de los niveles inferiores de la prisión más segura del mundo, y bajo el titular, en columnas apretadas, el recuento de las bajas. Fui bajando la vista por la lista con el estómago cerrándoseme a cada línea, marines heridos de gravedad durante la contención, oficiales de alto rango entre ellos, y ahí, en mitad de la columna, leí el nombre de Joe Joestar, mi anterior líder de división, el héroe de los cabos gemelos, el hombre que me acogió cuando no era más que un recluta perdido, reportado como herido de extrema gravedad. Y más abajo, en la lista que ningún marine quiere leer nunca, el nombre del Almirante Tucrow entre los caídos. Había más, un puñado de titulares secundarios en este momento, al menos para mí, porque para entonces la cabeza ya se me había puesto a girar a otra velocidad y con mi mano buscaba como loco mi den den mushi antes de que terminara de procesar lo que mis ojos amarillos acababan de leer. No estaba donde tenía que estar. Palpé el bolsillo interior derecho de la gabardina, donde lo guardo siempre, y no lo encontré; revisé el escritorio, la litera, el equipo que había dejado ordenado la noche anterior, y nada, mi den den mushi de siempre no aparecía por ninguna parte, cosa que en cualquier otra mañana me habría sacado una maldición entre dientes y poco más, pero que en esta me apretó el pecho con una urgencia impropia de mí. Lo que sí encontré, fue el den den mushi negro que cargo por costumbre, ese que sirve para captar las ondas ajenas antes que para las propias, y lo saqué sin pensármelo dos veces, ajustándole la sintonía con el pulgar con la esperanza de contactar con Karl y Apolo. Tuve suerte, o quizás no fue suerte, sino que ambos habían tenido la misma corazonada que yo aquella mañana, porque el caracol negro captó una señal ya activa casi al instante.
 
Reconocí a Apolo antes que a nadie, cómo no, montando uno de sus números con la voz impostada como si estuviera al aire en una emisora de radio de su propia invención, cantando los buenos días a golpe de percusión sobre una mesa, y al otro lado la voz cálida de Karl respondiéndole con esa alegría suya de reencontrarse con un amigo, preguntándole por el haki y por cuándo pensábamos volver, ajena por completo, como Apolo, a lo que yo tenía delante extendido sobre el escritorio. Los dejé terminar el saludo, apenas unos segundos, el tiempo justo de que Karl cerrara su bienvenida, y entonces no pude esperar más. Me acerqué el den den mushi a los labios, tragué saliva y hablé con una voz que me salió más grave y más apagada de lo que pretendía, dejando que se me borrara de la cara cualquier resto de la calma con la que había empezado la mañana – “Buenos días, amigos. Perdonen que me entrometa en la llamada, no era mi intención husmear en su conversación matutina” – dije, haciendo una pausa breve mientras bajaba la vista de nuevo hacia el nombre de Joe impreso en el periódico – “Pero necesitamos hablar de algo importante, los tres, y no puede esperar.” – Volví a callar un instante, y cuando retomé la palabra lo hice con el tono más sombrío que me había salido en mucho tiempo. – “Díganme una cosa, antes de nada. ¿Han leído el periódico de esta mañana?”
 

 
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Haki
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RE: [Pr Rel] Me temo que traigo malas noticias - por Fuguwu - 02-09-2026, 01:33 PM

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