02-09-2026, 11:48 PM
En el toldo de las medicinas, uno de los primos, el más alto de los tres, con las mangas de la camisa remangadas hasta los codos, revuelve durante unos segundos entre las cajas apiladas antes de sacar no uno, sino dos botiquines y los deja caer sobre las manos abiertas de Taito con un golpe seco – “Toma, llévate dos, que como te conocemos seguro que el primero lo pierdes antes de cruzar la puerta” – dice entre risas, dándole una palmada en el hombro que hace que Grigori se remueva incómodo sobre el otro – “si te diriges a la ciudad ten en cuenta lo que decía el abuelo Waldo: Ciudad Pinion, llena de putas, más de ladrones, mira tu capa donde la pones.” – apenas terminan de despedirse cuando, desde el otro lado del campamento, a unos veinticinco metros de distancia entre la niebla, aparece una de las primas con los mejores dotes del clan saltando de arriba abajo mientras trotaba hacia ellos con un paño anudado en ambas manos, deteniéndose frente a Taito – “Primo Taito, cambio de pasto, engorda a la ternera, ¿eh?” – le dice con mirada lasciva, tendiéndole un paño del que asoma el borde de dos raciones envueltas todavía calientes – “toma guapetón, para el camino” – y con un guiño de ojos se regreso a cuchichear con el resto de primas que observaban con curiosidad la escena.
En los siguientes minutos, mientras Taito guarda como puede los botiquines y la comida, el resto de la familia comienza a desperdigarse hacia las caravanas, entre bostezos, últimos abrazos y palmadas en la espalda, y más de una docena de voces se despiden de él con variaciones del mismo deseo de suerte – “que los caminos se te abran como las piernas de las mozuelas, primo” – le deseaban a su modo suerte en su próxima y última prueba, algunas gritadas desde varios metros de distancia, otras susurradas de cerca al oído. Haruto es de los últimos en retirarse, deteniéndose apenas un instante para apretarle el hombro con la mano derecha antes de darse la vuelta hacia su caravana, no sin antes decirle – “que los caminos se te abran como las piernas de las mozuelas, Taito.” – y así, en menos de diez minutos, el campamento que hace un rato bullía de gente queda reducido a las brasas moribundas de la hoguera principal, algún farolillo todavía encendido, y el silencio espeso de la niebla que ya cubre por completo las ruedas de las caravanas. Taito, con Grigori de nuevo posado sobre su hombro derecho, cruza el límite del círculo por el mismo punto por el que entró y comienza a caminar hacia el norte, dejando atrás el resplandor cada vez más débil del campamento a su espalda. El sendero que conduce a Ciudad Pinion serpentea entre montículos irregulares de chatarra oxidada y restos de metal que sobresalen de la tierra como huesos mal enterrados, apenas visibles entre la niebla que la luna, oculta casi por completo, no consigue atravesar. Durante media hora, el único sonido que lo acompaña es el crujido de sus propias botas sobre la grava suelta, algún graznido bajo de Grigori de tanto en tanto, y el silbido frío del viento colándose entre placas de metal abandonadas.
Son cerca de las 22:03 horas cuando, poco a poco, la silueta de Ciudad Pinion comienza a levantarse entre la bruma, primero como manchas oscuras y verticales que podrían confundirse con más chatarra amontonada, hasta que la distancia se acorta lo suficiente como para distinguir tejados irregulares, unas pegadas a otras, algunas inclinadas de forma preocupante sobre las calles que las separan. No hay muralla que rodee la ciudad, ni puerta que cruzar, ni guardia alguno apostado en la entrada. El camino de tierra se va ensanchando poco a poco hasta convertirse en la primera de las tres calles paralelas que componen Ciudad Pinion, todas ellas cruzadas a medio camino por una cuarta calle perpendicular que las atraviesa de lado a lado, dividiendo la ciudad en un tablero irregular que, según calculan quienes la conocen, puede recorrerse entera en menos de una hora a pie. A esta hora, la ciudad se muestra mayormente dormida, las tres calles paralelas permanecen casi vacías, apenas iluminadas por algún farol de aceite colgado en las esquinas y las ventanas encendidas de un puñado de viviendas donde alguien todavía trasnocha. Pero en la calle perpendicular, la que corta transversalmente a las otras tres, un único edificio rompe la quietud del resto de la ciudad, se trata de una antigua nave industrial de dos plantas, con la fachada de chapa reforzada llena de grafitis de múltiples colores electrizantes y ventanales altos por los que escapa una luz amarilla e intensa, además de un bullicio de voces, risas y algún grito ocasional que se distingue incluso desde la distancia a la que se encuentra Taito. Dos siluetas armadas flanquean la entrada, una a cada lado de una puerta doble de metal oxidado, y frente a ellas se extiende una fila de al menos una docena de personas, apoyadas contra la pared o pateando el suelo con impaciencia, esperando su turno para algo que ocurre dentro.
Dos figuras cruzan entonces el punto donde el camino se convierte en calle, a menos de diez metros de Taito, sin reparar todavía en su presencia, ambas con paso calmado en dirección a la nave iluminada – “Como no lleguemos antes de que cierren la lista nos quedamos sin apostar.” – dice uno de los dos – “parece que esta noche Reizā-aniki le concederá audiencia al ganador de los combates, a ver si ya nos va pagando el puto aniki de los cojones.” – le responde el otro en un tono claramente enfadado, y en pocos segundos ambos se pierden calle adentro, sus siluetas encogiéndose entre la niebla hasta fundirse con el resplandor amarillo del antro. Taito se detiene justo en el borde donde el camino de tierra da paso a la primera calle de Pinion, con Grigori tensando ligeramente las garras sobre su hombro derecho, ambos observando el contraste entre la ciudad dormida que se extiende a izquierda y derecha y ese único edificio, varios cientos de metros al frente, que respira ruido, luz y actividad como si fuera el único corazón latiendo en todo el pueblo.
En los siguientes minutos, mientras Taito guarda como puede los botiquines y la comida, el resto de la familia comienza a desperdigarse hacia las caravanas, entre bostezos, últimos abrazos y palmadas en la espalda, y más de una docena de voces se despiden de él con variaciones del mismo deseo de suerte – “que los caminos se te abran como las piernas de las mozuelas, primo” – le deseaban a su modo suerte en su próxima y última prueba, algunas gritadas desde varios metros de distancia, otras susurradas de cerca al oído. Haruto es de los últimos en retirarse, deteniéndose apenas un instante para apretarle el hombro con la mano derecha antes de darse la vuelta hacia su caravana, no sin antes decirle – “que los caminos se te abran como las piernas de las mozuelas, Taito.” – y así, en menos de diez minutos, el campamento que hace un rato bullía de gente queda reducido a las brasas moribundas de la hoguera principal, algún farolillo todavía encendido, y el silencio espeso de la niebla que ya cubre por completo las ruedas de las caravanas. Taito, con Grigori de nuevo posado sobre su hombro derecho, cruza el límite del círculo por el mismo punto por el que entró y comienza a caminar hacia el norte, dejando atrás el resplandor cada vez más débil del campamento a su espalda. El sendero que conduce a Ciudad Pinion serpentea entre montículos irregulares de chatarra oxidada y restos de metal que sobresalen de la tierra como huesos mal enterrados, apenas visibles entre la niebla que la luna, oculta casi por completo, no consigue atravesar. Durante media hora, el único sonido que lo acompaña es el crujido de sus propias botas sobre la grava suelta, algún graznido bajo de Grigori de tanto en tanto, y el silbido frío del viento colándose entre placas de metal abandonadas.
Son cerca de las 22:03 horas cuando, poco a poco, la silueta de Ciudad Pinion comienza a levantarse entre la bruma, primero como manchas oscuras y verticales que podrían confundirse con más chatarra amontonada, hasta que la distancia se acorta lo suficiente como para distinguir tejados irregulares, unas pegadas a otras, algunas inclinadas de forma preocupante sobre las calles que las separan. No hay muralla que rodee la ciudad, ni puerta que cruzar, ni guardia alguno apostado en la entrada. El camino de tierra se va ensanchando poco a poco hasta convertirse en la primera de las tres calles paralelas que componen Ciudad Pinion, todas ellas cruzadas a medio camino por una cuarta calle perpendicular que las atraviesa de lado a lado, dividiendo la ciudad en un tablero irregular que, según calculan quienes la conocen, puede recorrerse entera en menos de una hora a pie. A esta hora, la ciudad se muestra mayormente dormida, las tres calles paralelas permanecen casi vacías, apenas iluminadas por algún farol de aceite colgado en las esquinas y las ventanas encendidas de un puñado de viviendas donde alguien todavía trasnocha. Pero en la calle perpendicular, la que corta transversalmente a las otras tres, un único edificio rompe la quietud del resto de la ciudad, se trata de una antigua nave industrial de dos plantas, con la fachada de chapa reforzada llena de grafitis de múltiples colores electrizantes y ventanales altos por los que escapa una luz amarilla e intensa, además de un bullicio de voces, risas y algún grito ocasional que se distingue incluso desde la distancia a la que se encuentra Taito. Dos siluetas armadas flanquean la entrada, una a cada lado de una puerta doble de metal oxidado, y frente a ellas se extiende una fila de al menos una docena de personas, apoyadas contra la pared o pateando el suelo con impaciencia, esperando su turno para algo que ocurre dentro.
Contenido Oculto
Dos figuras cruzan entonces el punto donde el camino se convierte en calle, a menos de diez metros de Taito, sin reparar todavía en su presencia, ambas con paso calmado en dirección a la nave iluminada – “Como no lleguemos antes de que cierren la lista nos quedamos sin apostar.” – dice uno de los dos – “parece que esta noche Reizā-aniki le concederá audiencia al ganador de los combates, a ver si ya nos va pagando el puto aniki de los cojones.” – le responde el otro en un tono claramente enfadado, y en pocos segundos ambos se pierden calle adentro, sus siluetas encogiéndose entre la niebla hasta fundirse con el resplandor amarillo del antro. Taito se detiene justo en el borde donde el camino de tierra da paso a la primera calle de Pinion, con Grigori tensando ligeramente las garras sobre su hombro derecho, ambos observando el contraste entre la ciudad dormida que se extiende a izquierda y derecha y ese único edificio, varios cientos de metros al frente, que respira ruido, luz y actividad como si fuera el único corazón latiendo en todo el pueblo.
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