03-09-2026, 04:20 PM
[personajeinvalido=4119]
Nuestra estancia en aquella isla llegaba a su fin. Apenas una semana había pasado desde que surcamos aquella peculiar corriente marina para llegar a esta aún más peculiar tierra, si es que se puede llamar asi a un reino sostenido sobre las nubes. La ciudad dorada, los juegos del soberano, el entrenamiento con Jalindra... Todo había supuesto una gran aventura. Una en la que me pude medir con otros piratas y marines que surcaban los mares. No tanto como mule hubiese gustado y con un resultado muy distinto del deseado. Derrotado. Me hizo sentir pequeño, insignificante al lado de los otros participantes. Y aquello, sin lugar a dudas, me había cambiado.
Cerré el libro que sujetaba desde el lomo. El sonido seco que produjeron sus páginas al chocar me devolvió a la realidad. No tenía sentido seguir pasando la vista por las letras, sin tan siquiera detenerme a pensar que significaban. Mi mente estaba en otras tareas. Más en concreto, en la decisión tras aquella llamada de Uker. ¿Debía acudir a aquel evento o estaría bien quedarme descansando antes del gran viaje de mañana? Algo dentro de mi me frenaba, como si mis talones estuvieran atados a la mesa en la que reposaban y mi trasero hubiese sido cosido a la silla sobre la que me balanceaba. En dos patas, sí. Una postura peligrosa, pero en la que se producía un rechinar de la silla a cada bamboleo que siempre me ayudaba a pensar. Me había prometido a mí mismo que debía ser más social. No podía seguir recluido en nuestro barco a lo largo de nuestro viaje. Tantos años encerrado en aquel sótano de la familia Reena me llevaron a ser esquivo, a desconfiar de la gente. Pero ahora todo era distinto. Había participado en un evento en el que parecía que todos se conocían. Todos excepto yo. Y nunca había pensado que tal vez, alguien ahí fuera podría ayudarme con mi objetivo.
Me levanté de la silla de un salto. Recorrí la habitación de un lado al otro. A cada vuelta, mis pasos se aceleraban un poco más. Me acerqué al perchero tras la puerta. Tomé mi chaqueta sobre mi brazo. Agarré el pomo. Corrí de nuevo hasta la ventana. Solté la chaqueta sobre la mesa. Un paso hacia la puerta. Otro en la otra dirección. Mi mirada saltaba entre la entrada y el catre. Me senté de nuevo en la silla en mi posición de pensar. Tal vez, tener los pies en alto me ayudaba a acumular más sangre en la cabeza. Tal vez no. Comencé a balancearme de nuevo, hasta que al fin me vino la solución. Lanzaría una moneda al aire. Cara, para dar la cara. Cruz, para quedarme en la residencia. Agarré una moneda del bolsillo y la lancé al aire. El ímpetu fue tal que la moneda no subió en linea recta. Estiré el brazo por encima de mi cabeza para atraparla al vuelo. La silla crujió y perdí el equilibrio.
Avancé entre las calles hasta encontrar la explanada que nos había incldicado Uker. Apoyé la mano en mi nuca. Aún podía sentir el calor que se había producido tras el golpe. Incluso, si me concentraba, podía saborear ese regusto metálico. Atravesé la vegetación y pude ver una zona de la que salía un pequeño haz de luz y el bullicio propio de una reunión. Debía ser allí. Reajusté el sombrero a su posición correcta; debía mantener mis modales, aunque la forma de mi sombrero coincidiese a la perfección con mi nuevo chichón. Revisé que el cuello de mi camisa estuviese bien doblado y pasé las manos sobre la piel de mi cazadora. Carraspeé un par de veces para aclarar mi voz y entré a aquel lugar.
La fiesta parecía haber comenzado sin mi. Algo lógico si teníamos en cuenta tanto mis dudas como el resto que tuve que pasar aplicando me frío en la nuca. Uker ya estaba presente y se relacionaba. Había otras caras conocidas, pero sin duda la escena que más llamó mi atención se daba al fondo. Una mujer de cabeza afeitada sujetaba a otra y le daba de beber. Sin duda, ellas ya habían roto el hielo. Yo no pretendía probar el alcohol aquella noche, aunque parecía que esa iba a ser la tónica habitual de la isla. Sucios borrachos de Jaya. Sucios y brutos borrachos. Pero en ese momento es cuando vi de quién se trataba.
—Oh, pero si es usted, señorita —dije en dirección a Bai, tratando de recordar su nombre—. ¿Qué tal van aquellas clases de idiomas? Por lo que veo, puede usted relacionarse sin problema.
Hablé en la lengua que sabía que compartíamos. Aquel idioma casi extinto, dejado atrás en los libros. Uno que se sospechaba ya no pertenecía a ninguna boca. Usé esa lengua para asegurarme de que me entendía, sin saber si alguno de los presentes podría saber que estaba diciéndo. Asentí con la mano en el ala de mi sombrero en dirección a ella y luego repetí el gesto hacia todos los presentes. ¿Donde estaban mis modales? Había irrumpido en una fiesta sin siquiera presentarme. Estábamos en un mundo de piratas y no quería que pensasen que aquello era ningún intento de invasión a su privacidad.
—Ehm... Esto... Yo... —las palabras parecían no poder atravesar mi lengua con coherencia. Mi dedo apuntaba alternativamente a mi pecho y a Uker—. Yo... Compañero... Invitar... —inspiré profundo, carraspeé—. Hola a todos. Mi nombre es Varo Ganchin, aunque pueden llamarme Varo solamente. Soy compañero de Uker, él nos indicó que podíamos acudir a este evento y... Bueno, aquí estoy.
Sonreí y llevé mi mano a la nuca. Arrugué el gesto con la señal de recordamiento del golpe que me había dado en forma de dolor. En ese momento me fijé que uno de los rostros me era familiar. Se trataba de el hombre mink con el que había formado equipo durante los juegos.
—Buenas noches, señor Zhang Guolao. Es un placer que nuestros caminos vuelvan a cruzarse de nuevo. ¿Ha podido aprovechar su estancia en la isla?
Tras la interacción con el mink, giré mi mirada hacia la mesa. Un sinfín de manjares estaban dispuestos sobre platos y cuencos aún más selectos. Tomé una copa que esperaba poder llenar con agua o algún jugo de fruta y eché un vistazo a lo que podía comer. Prefería mantenerme algo distante de otros invitados, al menos hasta haber entrado en calor. O hasta que el ambiente fuese algo más distendido. Cogí algo de maíz, un trozo de queso y un higo. Saboreé cada uno de los elementos con placer. Tal vez, los cultivos en aquella altura crecían distinto, e incluso el pasto aportaba unos tonos peculiares a la leche con la que se hacía el queso. Tal vez, por encima de las nubes, toda la vegetación recibía mejor luz. El caso era que cada bocado sabía mejor que el anterior. Entonces, un aroma dulzón llegó hasta mi hocico. Giré mi mirada y vi una pila de duraznos los cuales parecían estar atrayéndome, como las sirenas que cantan para guiar a los marineros hasta las rocas. Tenían difícil acceso, pero alargué mi mano hasta tomar uno de ellos. Quizá debería haberme esforzado un poco más, haber elegido el que se situaba arriba del todo, en la punta, ya que al tomar el durazno, la pila se desmoronó.
—Ehm... Disculpad —dije apresurandome a coger todos los que rodaban—. ¿Alguien quiere alguno? —estiraba mi mano hacia cada uno de los más cercanos ofreciendo alguno de los duraznos.
Notaba el sudor brotando por mi frente. Mi sonrisa delataría a ojos de cualquiera mi nerviosismo. La fiesta no había empezado de la mejor manera para mí.
Nuestra estancia en aquella isla llegaba a su fin. Apenas una semana había pasado desde que surcamos aquella peculiar corriente marina para llegar a esta aún más peculiar tierra, si es que se puede llamar asi a un reino sostenido sobre las nubes. La ciudad dorada, los juegos del soberano, el entrenamiento con Jalindra... Todo había supuesto una gran aventura. Una en la que me pude medir con otros piratas y marines que surcaban los mares. No tanto como mule hubiese gustado y con un resultado muy distinto del deseado. Derrotado. Me hizo sentir pequeño, insignificante al lado de los otros participantes. Y aquello, sin lugar a dudas, me había cambiado.
Cerré el libro que sujetaba desde el lomo. El sonido seco que produjeron sus páginas al chocar me devolvió a la realidad. No tenía sentido seguir pasando la vista por las letras, sin tan siquiera detenerme a pensar que significaban. Mi mente estaba en otras tareas. Más en concreto, en la decisión tras aquella llamada de Uker. ¿Debía acudir a aquel evento o estaría bien quedarme descansando antes del gran viaje de mañana? Algo dentro de mi me frenaba, como si mis talones estuvieran atados a la mesa en la que reposaban y mi trasero hubiese sido cosido a la silla sobre la que me balanceaba. En dos patas, sí. Una postura peligrosa, pero en la que se producía un rechinar de la silla a cada bamboleo que siempre me ayudaba a pensar. Me había prometido a mí mismo que debía ser más social. No podía seguir recluido en nuestro barco a lo largo de nuestro viaje. Tantos años encerrado en aquel sótano de la familia Reena me llevaron a ser esquivo, a desconfiar de la gente. Pero ahora todo era distinto. Había participado en un evento en el que parecía que todos se conocían. Todos excepto yo. Y nunca había pensado que tal vez, alguien ahí fuera podría ayudarme con mi objetivo.
Me levanté de la silla de un salto. Recorrí la habitación de un lado al otro. A cada vuelta, mis pasos se aceleraban un poco más. Me acerqué al perchero tras la puerta. Tomé mi chaqueta sobre mi brazo. Agarré el pomo. Corrí de nuevo hasta la ventana. Solté la chaqueta sobre la mesa. Un paso hacia la puerta. Otro en la otra dirección. Mi mirada saltaba entre la entrada y el catre. Me senté de nuevo en la silla en mi posición de pensar. Tal vez, tener los pies en alto me ayudaba a acumular más sangre en la cabeza. Tal vez no. Comencé a balancearme de nuevo, hasta que al fin me vino la solución. Lanzaría una moneda al aire. Cara, para dar la cara. Cruz, para quedarme en la residencia. Agarré una moneda del bolsillo y la lancé al aire. El ímpetu fue tal que la moneda no subió en linea recta. Estiré el brazo por encima de mi cabeza para atraparla al vuelo. La silla crujió y perdí el equilibrio.
Avancé entre las calles hasta encontrar la explanada que nos había incldicado Uker. Apoyé la mano en mi nuca. Aún podía sentir el calor que se había producido tras el golpe. Incluso, si me concentraba, podía saborear ese regusto metálico. Atravesé la vegetación y pude ver una zona de la que salía un pequeño haz de luz y el bullicio propio de una reunión. Debía ser allí. Reajusté el sombrero a su posición correcta; debía mantener mis modales, aunque la forma de mi sombrero coincidiese a la perfección con mi nuevo chichón. Revisé que el cuello de mi camisa estuviese bien doblado y pasé las manos sobre la piel de mi cazadora. Carraspeé un par de veces para aclarar mi voz y entré a aquel lugar.
La fiesta parecía haber comenzado sin mi. Algo lógico si teníamos en cuenta tanto mis dudas como el resto que tuve que pasar aplicando me frío en la nuca. Uker ya estaba presente y se relacionaba. Había otras caras conocidas, pero sin duda la escena que más llamó mi atención se daba al fondo. Una mujer de cabeza afeitada sujetaba a otra y le daba de beber. Sin duda, ellas ya habían roto el hielo. Yo no pretendía probar el alcohol aquella noche, aunque parecía que esa iba a ser la tónica habitual de la isla. Sucios borrachos de Jaya. Sucios y brutos borrachos. Pero en ese momento es cuando vi de quién se trataba.
—Oh, pero si es usted, señorita —dije en dirección a Bai, tratando de recordar su nombre—. ¿Qué tal van aquellas clases de idiomas? Por lo que veo, puede usted relacionarse sin problema.
Hablé en la lengua que sabía que compartíamos. Aquel idioma casi extinto, dejado atrás en los libros. Uno que se sospechaba ya no pertenecía a ninguna boca. Usé esa lengua para asegurarme de que me entendía, sin saber si alguno de los presentes podría saber que estaba diciéndo. Asentí con la mano en el ala de mi sombrero en dirección a ella y luego repetí el gesto hacia todos los presentes. ¿Donde estaban mis modales? Había irrumpido en una fiesta sin siquiera presentarme. Estábamos en un mundo de piratas y no quería que pensasen que aquello era ningún intento de invasión a su privacidad.
—Ehm... Esto... Yo... —las palabras parecían no poder atravesar mi lengua con coherencia. Mi dedo apuntaba alternativamente a mi pecho y a Uker—. Yo... Compañero... Invitar... —inspiré profundo, carraspeé—. Hola a todos. Mi nombre es Varo Ganchin, aunque pueden llamarme Varo solamente. Soy compañero de Uker, él nos indicó que podíamos acudir a este evento y... Bueno, aquí estoy.
Sonreí y llevé mi mano a la nuca. Arrugué el gesto con la señal de recordamiento del golpe que me había dado en forma de dolor. En ese momento me fijé que uno de los rostros me era familiar. Se trataba de el hombre mink con el que había formado equipo durante los juegos.
—Buenas noches, señor Zhang Guolao. Es un placer que nuestros caminos vuelvan a cruzarse de nuevo. ¿Ha podido aprovechar su estancia en la isla?
Tras la interacción con el mink, giré mi mirada hacia la mesa. Un sinfín de manjares estaban dispuestos sobre platos y cuencos aún más selectos. Tomé una copa que esperaba poder llenar con agua o algún jugo de fruta y eché un vistazo a lo que podía comer. Prefería mantenerme algo distante de otros invitados, al menos hasta haber entrado en calor. O hasta que el ambiente fuese algo más distendido. Cogí algo de maíz, un trozo de queso y un higo. Saboreé cada uno de los elementos con placer. Tal vez, los cultivos en aquella altura crecían distinto, e incluso el pasto aportaba unos tonos peculiares a la leche con la que se hacía el queso. Tal vez, por encima de las nubes, toda la vegetación recibía mejor luz. El caso era que cada bocado sabía mejor que el anterior. Entonces, un aroma dulzón llegó hasta mi hocico. Giré mi mirada y vi una pila de duraznos los cuales parecían estar atrayéndome, como las sirenas que cantan para guiar a los marineros hasta las rocas. Tenían difícil acceso, pero alargué mi mano hasta tomar uno de ellos. Quizá debería haberme esforzado un poco más, haber elegido el que se situaba arriba del todo, en la punta, ya que al tomar el durazno, la pila se desmoronó.
—Ehm... Disculpad —dije apresurandome a coger todos los que rodaban—. ¿Alguien quiere alguno? —estiraba mi mano hacia cada uno de los más cercanos ofreciendo alguno de los duraznos.
Notaba el sudor brotando por mi frente. Mi sonrisa delataría a ojos de cualquiera mi nerviosismo. La fiesta no había empezado de la mejor manera para mí.
antología
