[Pasado] Cocina ogristica
#5
La mano de Vesper parecía la pata seca de un cangrejo sobre la arena, minúscula y pequeña en comparación a la gran mano fuerte de Hanma. Hanma la miró desde sus siete metros y medio sin mover un músculo del rostro. El cazo de hierro chisporroteaba sobre el rescoldo con el aceite hirviendo y el jengibre dorado. El humo tapaba la peste a salitre rancio del mercado. El Gran Oni no alargó la suya; cualquiera de sus dedos doblaba en grosor la muñeca entera del músico, de darle la mano entera probablamente resultara en que con su mano pudiera agarrar todo el cuerpo del mismo. En lugar de estrecharla, agarró el cazo ardiente por el metal pelado, sin trapo ni protección, con la palma curtida que ni sintió el calor. Sacó una tabla limpia de su costado, la plantó sobre el muelle con un golpe sordo y volcó la mitad de la pieza frita justo delante de la mano abierta del trovador. La piel crujía todavía con la grasa caliente. Ratatouille bajó de su hombro con soltura, deslizándose por el brazo izquierdo, y se colocó en la esquina de la madera. La rata olisqueó el vapor, clavó su ojo sano en el hombre del laúd y le arrancó la cabeza al pescado de un bocado limpio. Hanma esperó a que la comida reposara y ni se le ocurrió corregir a la rata; ella era la primera en probar bocado siempre.

-Dije que si la tonada y la respuesta valían, el trato se cerraba con el pescado en el plato. Yo no rompo lo que digo.-

Habló sin levantar la voz. La historia del marinero y los uniformes de la Marina le había quedado grabada, sabia lo que era perseguir ese tipo de cosas. Hanma conocía bien a esa clase de perros, aunque no fueran los fantasmas de su hisoria: siervos con órdenes ajenas que se creían dueños del mar por llevar una gaviota en la espalda. Lo que le importaba no eran los soldados, sino el veneno que el tipo guardaba en la garganta. Quien busca ajustar cuentas tiene algo real por lo que sangrar. Lo que no le gustó fue la mención del alce. Hanma clavó sus ojos oscuros en el trovador bajo la sombra de sus cuernos rojizos. Un bicho cornudo más grande que él, según decía, este insignificante ser no sabia lo que era ser grande y cornudo. En su cabeza asomó por un instante la sombra colosal de Akuma, aquel gigante que lo despreció por nacer pequeño y que reventó a su madre contra el suelo. La mandíbula del oni se apretó, pero su rostro siguió liso como una roca.

-Un alce que no aguantaría un puñetazo mio, mida lo que mida. El tamaño no salva a nadie si la carne es blanda por dentro. Y si tienes que partirle el cuello a un marine para cobrarte lo tuyo, hazlo y no llores por las tabernas.-

Hanma se sentó al borde del muelle. Los maderos gimieron bajo sus trescientos cincuenta kilos de peso, un crujido seco que recorrió la estructura. Sus piernas colgaban hacia el agua verde de algas. Agarró su mitad de la caballa con dos dedos y le arrancó un trozo enorme de un mordisco. Masticó despacio, quebrando espinas y carne crujiente con un chasquido sordo, tragando todo de golpe. El jengibre picaba en la garganta. Vesper seguía allí abajo en la arena con su laúd y cara de hambriento. Hanma se limpió la grasa del labio con el pulgar y lo midió de arriba abajo. Las palabras sobre la soledad y las canciones del alma le sonaban a tontería de borracho, a cuentos de hombres débiles que necesitan compañía para no caerse de bruces.

-Te inventas demasiadas palabras bonitas para tapar el hambre. Nadie camina acompañado en este mar a menos que pueda matar por el que tiene al lado. Y los ogros no guardamos música por dentro; lo único que guardamos son deudas, dolor y sangre.-

Señaló con la punta del cuchillo el pescado que humeaba frente al músico, enfriándose bajo la brisa de Isla Karate. A sus espaldas, el puerto despertaba con el trajín de las carretas de fruta y los marineros arrastrando hielo, pero nadie se acercaba al rincón del coloso pelirrojo. Ratatouille se relamía los bigotes en la tabla limpia, vigilando a Vesper con su parche torcido. Hanma volvió la vista hacia el horizonte gris donde las olas rompían contra el arrecife, masticando otro bocado con parsimonia. El trato estaba saldado. La comida estaba servida y el trovador ya no tenía excusa para seguir con la boca abierta a menos que fuera para tragar.

-Come antes de que se enfríe y déjate de discursos. Si quieres sentarte en mi madera, mastica y cállate. Luego ya veremos si sabes tocar algo que no me dé dolor de cabeza.-

El humo de la grasa se disipaba despacio en el muelle, dejando solo el aroma a jengibre frito, el sonido de los bocados y el rumor de la marea contra los pilares.
[Imagen: AL4aO9R.jpeg]
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[Pasado] Cocina ogristica - por Hanma - 03-09-2026, 09:40 PM
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