07-09-2026, 11:18 AM
El sol empezaba a caer sobre el puerto cuando Hanma dio la última mordida a su mitad de caballa. Masticó de pie, mirando cómo el cielo pasaba del naranja al rojo viejo, mientras la balada del trovador seguía a su espalda. Ruda y rapida, con galope, y con la compañia de un pie golpeando un cacharro para marcar el compás, como un herrero con prisa. No le dolió la cabeza. Le sonó a otra cosa, a camino largo y a taberna donde se reparten hostias en vez de copas. Recogió mientras escuchaba. El cazo se colgó de la faja, la tabla volvió a su costado y dos pasadas de su mano barrieron las escamas del muelle. Ratatouille, con la panza llena y el parche torcido, trepó por su brazo hasta el hombro sin que la llamara; ella comía primero en su mesa y ahí no había réplica. El puerto bajaba revoluciones a su alrededor: las carretas de fruta volvían al almacén, un farolero empezaba por el muelle nuevo y las gaviotas cambiaban los gritos por un aleteo perezoso. El trato estaba comido y la tarde caía. Quedaba por saber si el crío del laúd tenía más dentro de lo que enseñaba. El muchacho había soltado dos cosas mientras comía. Que huyó una vez y se arrepiente. Y que hay un nombre en su vida, Torsent, por el que mataría. Hanma lo escuchó todo sin interrumpir, porque la comida no se discute y porque aquel parloteo olía a más verdad que todo el cuento del marinero. Nadie confiesa una huida para quedar bien; eso se suelta cuando realmente importa ya que nadie busca gloria de una huida. El otro había agradecido la comida con el corazón en la mano y un mote ridículo de por medio. Hanma no cocinaba para hacer amigos, pero la verdad, esa, se le daba por pagada. Miró abajo, al músico plantado frente a él con la reverencia a medio guardar, y habló sin subir la voz.
-La tonada no hizo que me dolera la cabeza. Eso ya te pone por delante de media docena de músicos de este mar.- Dio un paso y el muelle crujió bajo su peso; se plantó frente al trovador, enorme contra el último sol. -Corriste una vez y lo has dicho sin quitar la mirada, interesante. Eso vale más que toda tu historia del viejo marinero. El arrepentimiento no llena el estómago, pero la lengua que no se vende sirve para algo conservala asi. Y guarda las gracias: la comida se pagó con música y con verdad, que es el precio justo de mi cocina. Cocinero, a secas. Lo de chef es adorno de trovador, nuevamente te vas por las ramas.-
Le dio un segundo, el justo para que las palabras se le asentaran. El nombre era la única moneda que llevaba encima y Hanma no regalaba nada, pero sí cambiaba. Soltó lo único que faltaba por poner sobre la tabla. -Hanma. Recuérdalo, porque va a rodar mucho, no se si para bien o para mal pero rodara. Dilo en las tabernas, en los puertos, en las mesas donde se habla de gigantes. Que ruede de boca en boca hasta oídos de uno que tapa el sol. Si llega, esta caballa habrá pagado mejor de lo que crees.- Ratatouille asomó el hocico entre la melena cobriza y clavó su ojo sano en el trovador, como quien toma nota de un conocido nuevo. Hanma se giró hacia el pueblo. Las tabernas ya encendían candiles y por la mañana ninguna de las tres había soltado una palabra que valiera. Quedaba noche, y la noche era buena para hacer preguntas con el estómago lleno.
-Y ese Torsent del que hablas. Si de verdad matarías por él, no lo dejes a la vista de nadie en ningún muelle. ¿Que tanto es para que merezca que un trovador se manche de sangre?- Dio dos pasos hacia los candiles y se detuvo sin girarse del todo, con la sombra alargada cruzando el muelle entero. -Tu lengua rueda más que mis pasos, trovador. Úsala esta noche y suelta mi nombre a quien quiera oírlo. Los cuentos viajan más rápido que los barcos. Sígueme si te quedan cuerdas.-
-La tonada no hizo que me dolera la cabeza. Eso ya te pone por delante de media docena de músicos de este mar.- Dio un paso y el muelle crujió bajo su peso; se plantó frente al trovador, enorme contra el último sol. -Corriste una vez y lo has dicho sin quitar la mirada, interesante. Eso vale más que toda tu historia del viejo marinero. El arrepentimiento no llena el estómago, pero la lengua que no se vende sirve para algo conservala asi. Y guarda las gracias: la comida se pagó con música y con verdad, que es el precio justo de mi cocina. Cocinero, a secas. Lo de chef es adorno de trovador, nuevamente te vas por las ramas.-
Le dio un segundo, el justo para que las palabras se le asentaran. El nombre era la única moneda que llevaba encima y Hanma no regalaba nada, pero sí cambiaba. Soltó lo único que faltaba por poner sobre la tabla. -Hanma. Recuérdalo, porque va a rodar mucho, no se si para bien o para mal pero rodara. Dilo en las tabernas, en los puertos, en las mesas donde se habla de gigantes. Que ruede de boca en boca hasta oídos de uno que tapa el sol. Si llega, esta caballa habrá pagado mejor de lo que crees.- Ratatouille asomó el hocico entre la melena cobriza y clavó su ojo sano en el trovador, como quien toma nota de un conocido nuevo. Hanma se giró hacia el pueblo. Las tabernas ya encendían candiles y por la mañana ninguna de las tres había soltado una palabra que valiera. Quedaba noche, y la noche era buena para hacer preguntas con el estómago lleno.
-Y ese Torsent del que hablas. Si de verdad matarías por él, no lo dejes a la vista de nadie en ningún muelle. ¿Que tanto es para que merezca que un trovador se manche de sangre?- Dio dos pasos hacia los candiles y se detuvo sin girarse del todo, con la sombra alargada cruzando el muelle entero. -Tu lengua rueda más que mis pasos, trovador. Úsala esta noche y suelta mi nombre a quien quiera oírlo. Los cuentos viajan más rápido que los barcos. Sígueme si te quedan cuerdas.-
