09-09-2026, 09:29 AM
El camino hacia las tabernas no pedía música, pero el trovador venía pegado a sus talones dándole a las cuerdas, innecesario. Hanma no aflojó el paso. Cada zancada de trescientos cincuenta kilos hacía crujir los adoquines, empujando a los borrachos contra las paredes para no quedar bajo sus botas. Escuchó el parloteo del muchacho sobre motes y huesos con la indiferencia con la que apartaba el humo. ¿Triturador? Otro adorno de juglar, uno mas que apuntar. Las piedras no necesitan motes para aplastar; él era cocinero a secas y sus puños bastaban para cualquier asunto serio. Tampoco compraba lo de llamarse amigos: esa palabra pesaba demasiado para regalarla tras media caballa y cuatro acordes, de hecho aun no la habia regalado y no tenia pensamiento de hacerlo. No gastó saliva en discutirlo. El aire de la plaza central ya apestaba antes de doblar la esquina: aceite quemado y grasa rancia en planchas descuidadas. En aquella isla nadie sabía tratar una sartén con vergüenza.
El barullo de la plaza se cortó alrededor del pozo, donde los puestos apretaban a un gentío que miraba sin meterse. En el suelo, encogido sobre el barro y sobras de pescado, un chiquillo apenas levantaba tres palmos del suelo. Hanma se detuvo. No estaba pasmado como creía el músico: solo medía el asco proprocional que tenia. Tres tipos con delantales tiznados y cuchillos en la faja rodeaban al crío. Uno de ellos, gordo y con los brazos pringados de manteca, acababa de sacudirle con un palo de madera en la coronilla. La sangre bajaba por la frente del mocoso, abriendo dos surcos rojizos que se hinchaban como dos cuernos torpes similares a lo de Hanma, pero no naturales. Las risotadas siguieron al golpe, escupiendo burlas sobre un padre borracho que lloraba en los rincones tras un fuego y mandando al chaval a fregar baldosas de rodillas. A Hanma se le tensó el cuello. Aquello no era fuerza; era basura cobarde, en su mete debiles y fuertes no debian mezclarse. La Ley del Ogro no admitía dudas: golpear a quien no puede defenderse no daba gloria alguna, solo asco. Ensañarse en grupo contra un crío indefenso quebraba el honor más básico.
Antes de que el gigante diera el paso, el laúd sonó como un latigazo. Vesper no se achantó. El cuerpo del trovador crujió y se ensanchó en pelaje pardo, garras y colmillos de chacal, sacando un kanabo de debajo de la tela para encarar a los tipos a grito pelado, no habia visto nunca nada asi en directo, metiendo el nombre de Hanma por delante. Hanma torció el gesto. El músico tenía más orgullo que bulto, pero no se había encogido ante tres matones armados; tenía agallas, y a quien enseña valor se le respeta. Los fanfarrones dudaron un segundo ante la bestia, pero al ver acercarse al Gran Oni, el miedo les hizo levantar las hojas de trinchar, apuntando los cuchillos al aire. Mala idea, nadie levanta un arma si no piensa usarla. Hanma dio dos zancadas y su sombra tapó las luces del puesto, sepultándolos bajo siete metros y medio de carne cobriza ¿como era posible que aquel enorme ser pudiera moverse a aquella velocidad? . Ratatouille asomó por el cuello de la camiseta, con el parche torcido, mirando a "los chefs" con desprecio. Hanma dejó caer su mano sobre el mostrador: la tabla y dos sartenes se hicieron astillas bajo su palma con un chasquido que sacudió los adoquines.
Los ojos del oni bajaron hacia los tres matones y su voz retumbó como un trueno subterráneo.
-¿Verdaderos chefs decís que sois? Un cocinero respeta el acero, el fuego y la comida que sirve para mantener a un hombre en pie. Usar instrumental de cocina para abrirle la cabeza a un crío que no puede levantarse solo demuestra que no tenéis manos ni para limpiar una sardina sin envenenar al cliente. Sois basura que se esconde tras un delantal sucio porque en un dojo no aguantaríais ni el saludo.- Miró de reojo al muchacho ensangrentado. Su tono sonó seco, sin compasión falsa. -Levántate del barro, mocoso, y límpiate la cara. Las lágrimas por lo que no pudiste salvar no llenan cazuelas ni borran las burlas de nadie. Si quieres aprender este oficio, empieza por no quedarte de rodillas mientras otros deciden lo que vales.- Volvió la vista a los tres tipos, que ya temblaban con los cuchillos en la mano sin atreverse a pestañear, y la voz de Hanma cayó con un peso cortante. -Y vosotros... si vais a apuntarme con esos hierros, más os vale saber clavarlos. Porque si tengo que cerrar el puño para enseñaros para qué sirve la fuerza en esta calle, ninguno va a volver a sostener una sartén en lo que le quede de vida. .-
El barullo de la plaza se cortó alrededor del pozo, donde los puestos apretaban a un gentío que miraba sin meterse. En el suelo, encogido sobre el barro y sobras de pescado, un chiquillo apenas levantaba tres palmos del suelo. Hanma se detuvo. No estaba pasmado como creía el músico: solo medía el asco proprocional que tenia. Tres tipos con delantales tiznados y cuchillos en la faja rodeaban al crío. Uno de ellos, gordo y con los brazos pringados de manteca, acababa de sacudirle con un palo de madera en la coronilla. La sangre bajaba por la frente del mocoso, abriendo dos surcos rojizos que se hinchaban como dos cuernos torpes similares a lo de Hanma, pero no naturales. Las risotadas siguieron al golpe, escupiendo burlas sobre un padre borracho que lloraba en los rincones tras un fuego y mandando al chaval a fregar baldosas de rodillas. A Hanma se le tensó el cuello. Aquello no era fuerza; era basura cobarde, en su mete debiles y fuertes no debian mezclarse. La Ley del Ogro no admitía dudas: golpear a quien no puede defenderse no daba gloria alguna, solo asco. Ensañarse en grupo contra un crío indefenso quebraba el honor más básico.
Antes de que el gigante diera el paso, el laúd sonó como un latigazo. Vesper no se achantó. El cuerpo del trovador crujió y se ensanchó en pelaje pardo, garras y colmillos de chacal, sacando un kanabo de debajo de la tela para encarar a los tipos a grito pelado, no habia visto nunca nada asi en directo, metiendo el nombre de Hanma por delante. Hanma torció el gesto. El músico tenía más orgullo que bulto, pero no se había encogido ante tres matones armados; tenía agallas, y a quien enseña valor se le respeta. Los fanfarrones dudaron un segundo ante la bestia, pero al ver acercarse al Gran Oni, el miedo les hizo levantar las hojas de trinchar, apuntando los cuchillos al aire. Mala idea, nadie levanta un arma si no piensa usarla. Hanma dio dos zancadas y su sombra tapó las luces del puesto, sepultándolos bajo siete metros y medio de carne cobriza ¿como era posible que aquel enorme ser pudiera moverse a aquella velocidad? . Ratatouille asomó por el cuello de la camiseta, con el parche torcido, mirando a "los chefs" con desprecio. Hanma dejó caer su mano sobre el mostrador: la tabla y dos sartenes se hicieron astillas bajo su palma con un chasquido que sacudió los adoquines.
Los ojos del oni bajaron hacia los tres matones y su voz retumbó como un trueno subterráneo.
-¿Verdaderos chefs decís que sois? Un cocinero respeta el acero, el fuego y la comida que sirve para mantener a un hombre en pie. Usar instrumental de cocina para abrirle la cabeza a un crío que no puede levantarse solo demuestra que no tenéis manos ni para limpiar una sardina sin envenenar al cliente. Sois basura que se esconde tras un delantal sucio porque en un dojo no aguantaríais ni el saludo.- Miró de reojo al muchacho ensangrentado. Su tono sonó seco, sin compasión falsa. -Levántate del barro, mocoso, y límpiate la cara. Las lágrimas por lo que no pudiste salvar no llenan cazuelas ni borran las burlas de nadie. Si quieres aprender este oficio, empieza por no quedarte de rodillas mientras otros deciden lo que vales.- Volvió la vista a los tres tipos, que ya temblaban con los cuchillos en la mano sin atreverse a pestañear, y la voz de Hanma cayó con un peso cortante. -Y vosotros... si vais a apuntarme con esos hierros, más os vale saber clavarlos. Porque si tengo que cerrar el puño para enseñaros para qué sirve la fuerza en esta calle, ninguno va a volver a sostener una sartén en lo que le quede de vida. .-
