11-09-2026, 11:36 PM
Kibai alzó un poco la ceja al ver la reacción por parte de la joven de pelo naranja. No es que por lo general los músicos que había conocido (Masami, Maki o los mal llamados artistas que se dedicaban a berrerar en la taberna del Golden Lion en la isla de Roshwan) fuesen precisamente gente muy introvertida, más bien todo lo contrario. Cuando aquella chica había saltado a la arena para empezar a tocar, o después, cuando había sido la primera en tratar de competir de manera totalmente inutil contra los potentes pulmones del propio Kibia, acompañado por el capitán Enji y el comandante Juan.
Al ver que no había recogido la fruta que le ofrecía y que procuraba cubrirse el rostro con su amplio sobrero estilo pamela, el mink optó por tratarla al igual que haría con un animal herido. Moviendose muy lentamente, y sin quitarle la vista de encima, pero evitando mirarla directamente a los ojos, Kibai dejó la pieza de fruta al lado de la joven con suavidad, antes de retirarse un poco, reacomodarse en el muro de piedra tumbándose cuan largo era de tal modo que su cabeza quedaba apuntando hacia ella pero mirando hacia el cielo y colocó uno de sus brazos por detrás de su nuca, llevándose con la mano libre la otra fruta a la boca, arrancándole un buen trozo de un mordisco.
— Oh, no te preocupes, es normal, tenías mucha gente a la que saludar después del espectáculo que disteis la Zenin y tú. Un gran concierto, si te interesa mi opinión. Felicidades, eres una auténtica artista.
El mink acompañó su última frase con una ligera carcajada que rompió el aire a su alrededor. Durante un par de segundos, se limitó a dejar que la brisa le acariciase la piel, con una pierna colgada por fuera del muro y la cola dando rítmicos golpeas de vez en cuando contra la roca.
— Oye, es cierto, quería preguntarte... Cómo te encuentras? Vi que también dicidiste recurrir a ese gyojin para sacarte la Akuma no mi de tu interior. Ya te has recuperado? A mi aún me duele por las noches, el primer y el segundo día apenas conseguí dormir, y cuando lo hacía, no es que los sueños fuesen muy agradables...
Dejando la vista perdida en el cielo, Kibai recordó los fantasmas de su pasado (algunos mejores, algunos peores) que le habían estado visitando durante su periodo de inconsciencia tras la extracción de la Haibu Haibu. Se preguntaba si a aquella chica también la habría atormentado su pasado tras pasar por aquella ordalía en el coliseo de los Juegos. Sin embargo, el mink ni siquiera se planteó preguntarle algo así, no era de su incumbencia ni tampoco pensaba ser tan descortés.
Inclinando totalmente la cabeza hacia atrás a ver si su acompañante había optado ya por coger el fruto que le había ofrecido, se atrevió ahora ya si a fijar sus ojos de nuevo en los de la joven.
— Cuéntame, siempre has tocado el violín? Uno de los chicos de la base dónde me formaron lo tocaba, aunque ni por asomo tan bien como tú. Era más bien como escuchar a un gato maullando mientras le pisan la cola y otro araña un trozo de pizarra con las garras... Pero oye, tú casi casi nos haces competencia a mis compañeros y a mi, y eso que nos estábamos dejando la voz y los pulmones en animar a Shin, y teníamos una tortuga con nosotros, eso como mínimo era un plus...
Con cuidado de no caerse, Kibai giró sobre si mismo para acabar apoyado sobre su abdomen, dando un nuevo mordisco a su fruta, antes de dejar caer la barbilla sobre sus antebrazos, cruzados delante de él. Frunció el ceño, sabía que la chica se había presentado, pero no sabía si era Mayuri, Muyari, Miyagi? Maldita sea, recordaba mejor su olor que su nombre, desde luego era todo un ejemplo de como cuplir el estereotipo que culquiera de aquellos minks inferiores tendría sobre su raza.
— Ahora creo que soy yo el que tiene que pedirte perdón, sabes? Lo cierto es que yo también conocí a tanta gente, que no recuerdo cual era exactamente tu nombre.
Tras acabarse la frut de un último bocado, el mink apoyó ambas manos en el muro, usándolas como punto de apoyo para elevar todo su cuerpo sobre ellas, haciendo el pino durante un segundo antes de curvar gracilmente el cuerpo hacia delante para recuperar la verticalidad normal empleando la cola para equilibrarse. La maniobra también había acortado la distancia con la joven, de modo que Kibai se limitó a acuclillarse al su lado y le extendió la mano con una amistosa sonrisa.
— Mi nombre, por cierto es Kibai. Es un placer conocerte, de nuevo.
