14-09-2026, 11:18 AM
(Última modificación: 22-09-2026, 03:17 AM por Vixen Ventress.)
Las palabras de aquel pelirrojo se quedaron dando vueltas en mi cabeza como un disco rayado. Lo observé masticar su zanahoria con esa desfachatez que solo los verdaderamente libres —o los verdaderamente idiotas— podían permitirse. Grigori trazó una sombra alargada sobre el agua grisácea del puerto, y, por un instante, sentí que el mundo se inclinaba ligeramente bajo mis pies.
—Libertad... —repetí, y mi voz sonó extraña.
Mis orejas se tensaron hacia adelante, captando cada matiz de su tono. Había algo en la forma en que Taito pronunciaba esa palabra, algo que me hizo sentir que no estaba escuchando a un cualquiera, sino a alguien que había pensado demasiado en lo que significaba no tenerla. Sus palabras eran duras, sí, pero venían cargadas de una verdad que me dolía en el pecho. Y esa honestidad brutal... me gustaba. Me gustaba más de lo que estaba dispuesta a admitir en voz alta.
Me puse de pie con una fluidez que contradecía la emoción que sentía tensando cada fibra de mi musculatura. Mis largas orejas se erizaron al instante, captando el silbido del viento antes de dar el primer paso. Caminé hacia el borde del muelle, de puntillas, permitiendo que el aire marino me revolviera el pelaje y me hincara un poco la fría humedad en la nariz. Detrás de mí, la taberna seguía vomitando risas estridentes y cerveza rancia.
—Tienes una forma incómoda de decir las cosas —dije volteándome hacia él, con Ciudad Gear como telón de fondo: aquellas casas destartaladas que se aferraban al muelle como viejas cicatrices sobre la piel—. Aunque, ¿quién soy yo para ir de mimimi si a la mínima de cambio pierdo los papeles y dejo sin pinga al primero que me saque de quicio? Hablas de libertad como quien ha calculado exactamente cuánto le falta para no perderla.
Di un paso hacia el borde del muelle, dejando que mis palmas descansaran sobre la madera gastada, llena de astillas que habían conocido miles de manos antes que las mías. Debajo de mis pies, el agua oscura lamía la madera con infinita paciencia, subiendo y bajando en un ritmo hipnótico que casi podía sentir en mi propio pulso.
—Dices que solo en el mar hay libertad verdadera —continué, mirando hacia el horizonte—. Pero aquí estás, en tierra firme, fregando platos junto a mí, en esta ciudad que huele a pescado podrido y a sueños abandonados. Si el océano es donde realmente quieres estar... —incliné la cabeza, y mis orejas se movieron con suavidad, casi pensativas—... ¿qué te detiene?
—No lo pregunto para juzgarte —añadí, y mi voz se suavizó, perdiendo el filo de acero que solía acompañar mis palabras—. Lo pregunto porque llevo dos años haciendo exactamente lo mismo. Soñando con partir, con descubrir ingredientes que no existen en ningún mapa, con sentir el movimiento del océano bajo mis pies... y sin embargo … ¿Por qué alguien que describe la libertad con tanta precisión está aquí, en el polvo de las carreteras?
Me aparté del borde y caminé hacia él, deteniéndome a una distancia que nos permitiera hablar sin gritar, pero lo suficientemente cerca como para que no hubiera espacio para mentiras cómodas. El sol de la tarde comenzaba a declinar, tiñendo de naranja las nubes bajas que se acumulaban sobre el puerto.
Tomé asiento, dejando que mis piernas colgaran sobre el agua
—Si vamos a tener esta conversación —continué, rompiendo una zanahoria por la mitad que me había ingeniado para sacar de la taberna escondida en mis bolsillos y ofreciéndole una parte—, prefiero que sea honesta. Tú me has dicho verdades que necesitaba oír, y por eso una parte de mi te está agradecida. Mordí mi mitad de la zanahoria, mirando el agua.
De repente sentí una tripa retorcerse con furia en mi interior; Pinga, creo que tengo que tirar un topo al remolino...
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