15-09-2026, 09:18 AM
El estruendo de la madera partida todavía flotaba en la plaza cuando los dos compinches del gordo ya habían doblado la esquina. Uno rodando por los adoquines tras comerse el leño de Vesper sin enterarse de dónde venía el golpe y el otro gritando no sé qué de Baterilla con los pantalones meados. Quedaba solo el de la manteca. El cocinero rechoncho temblaba de la cabeza a las botas, pero el orgullo de taberna o la desesperación le hacían sostener la hachuela en alto como si aquel pedazo de hierro pudiera parar siete metros y medio de carne cobriza. Hanma no se molestó en cerrar el puño. Apoyó la palma sobre lo que quedaba del mostrador astillado, dejando que su sombra tapara por completo al tipo, y le miró desde arriba con la misma paciencia con la que se vigila un puchero que tarda en hervir. Había que tener la cabeza vacía o el hígado muy crecido para llamar mercenario a un Gran Oni que llevaba un delantal doblado a la faja y un cuchillo de despiece más ancho que su torso. Aquel zagal pensaba que los músculos solo servían para derribar puertas y que su grasa en el perol era cocina de verdad. No entendía nada.
Detrás de una mesa volcada a cuatro metros, el juez asomó la coronilla calva con los ojos desorbitados, tartamudeando una sarta de disculpas antes de soltar la oferta del premio: un atún de tres metros y cinco kilos. Hanma torció la comisura. ¿Tres metros y cinco kilos? O el viejo había tragado demasiado polvo en el golpe o aquel bicho era una raspa flotante muerta de hambre que no valía ni para alimentar a las gaviotas del muelle. Daba igual. La palabra atún y el olor a lumbre ya le habían despertado el apetito, y trescientos cincuenta kilos de cuerpo no se mantenían con aire de puerto. Vesper se acercó trotando sobre sus patas de chacal, rasgueando el laúd con un compás chillón que metía prisa a los mirones y soltando pullas sobre la papada del gordo y el arte de su lengua. Hasta mentó a la rata. Ratatouille sacó el hocico entre la melena cobriza de Hanma, con el parche torcido y los bigotes tiesos, oliendo el aceite requemado del puesto con un asco evidente. No hacía falta que la rata hablara: aquel puesto olía a aceite de tres semanas y a cebolla podrida.
Hanma apartó la mirada del músico y bajó los ojos dorados hacia el suelo. A metro y medio, el chiquillo de los chichones seguía de rodillas, apretando una espátula grasienta contra el pecho mientras se limpiaba las lágrimas y la sangre de la frente con la manga rota. Tenía dos bultos morados en la coronilla que parecían cuernos mal puestos, pero no había soltado el hierro ni había echado a correr cuando los otros salieron disparados. Tenía agallas de renacuajo, algo así como un perro pequeño que ladra con la pata rota antes que esconderse bajo el carro. Eso a Hanma le servía. No le tendió la mano ni le soltó palabras de consuelo, porque la compasión falsa no quita el hambre ni endereza una espalda torcida. Solo le señaló con un dedo del tamaño de un rodillo de amasar el cubo de agua que descansaba junto al pozo.
-Levántate de una vez y lávate esa cara, renacuajo. Si vas a ser mi pinche no quiero mocos ni sangre goteando sobre la tabla de cortar. Agarra esa espátula como si fuera una extensión de tu brazo y busca leña seca. Vas a aprender a avivar un fuego de verdad antes de que este charlatán termine de temblar.-
El Gran Oni dio un paso al frente y las baldosas crujieron bajo sus botas, obligando al cocinero gordo a recular dos palmos hasta tropezar con su propio caldero. Hanma no sacó su hachuela; le bastó cruzar los brazos sobre el pecho y clavarle una mirada que pesaba más que cualquier amenaza de taberna. La Ley del Ogro era clara: un desafío aceptado se honra hasta el final, y si aquel fantoche quería medirse entre sartenes, iba a tragarse su propio veneno bocado a bocado.
-Acepto tu reto, mantecoso. Vamos a ver si esa hachuela sabe picar algo más que cabezas de críos indefensos. Poned ese atún sobre la mesa limpia y encended los quemadores. Una sola receta, el mismo pescado y fuego limpio. Si gano yo, vas a fregar esta plaza entera de rodillas con tu propio delantal hasta que se pueda comer en los adoquines y le pedirás disculpas al chaval con la frente en el suelo. Y si ganas tú... bueno, reza para que la comida esté buena, porque si me haces perder el tiempo con un plato incomible, la siguiente mesa que se parta va a ser con tus costillas. Jueces, dejad de mearos en los calzones y traed el pescado.-
Detrás de una mesa volcada a cuatro metros, el juez asomó la coronilla calva con los ojos desorbitados, tartamudeando una sarta de disculpas antes de soltar la oferta del premio: un atún de tres metros y cinco kilos. Hanma torció la comisura. ¿Tres metros y cinco kilos? O el viejo había tragado demasiado polvo en el golpe o aquel bicho era una raspa flotante muerta de hambre que no valía ni para alimentar a las gaviotas del muelle. Daba igual. La palabra atún y el olor a lumbre ya le habían despertado el apetito, y trescientos cincuenta kilos de cuerpo no se mantenían con aire de puerto. Vesper se acercó trotando sobre sus patas de chacal, rasgueando el laúd con un compás chillón que metía prisa a los mirones y soltando pullas sobre la papada del gordo y el arte de su lengua. Hasta mentó a la rata. Ratatouille sacó el hocico entre la melena cobriza de Hanma, con el parche torcido y los bigotes tiesos, oliendo el aceite requemado del puesto con un asco evidente. No hacía falta que la rata hablara: aquel puesto olía a aceite de tres semanas y a cebolla podrida.
Hanma apartó la mirada del músico y bajó los ojos dorados hacia el suelo. A metro y medio, el chiquillo de los chichones seguía de rodillas, apretando una espátula grasienta contra el pecho mientras se limpiaba las lágrimas y la sangre de la frente con la manga rota. Tenía dos bultos morados en la coronilla que parecían cuernos mal puestos, pero no había soltado el hierro ni había echado a correr cuando los otros salieron disparados. Tenía agallas de renacuajo, algo así como un perro pequeño que ladra con la pata rota antes que esconderse bajo el carro. Eso a Hanma le servía. No le tendió la mano ni le soltó palabras de consuelo, porque la compasión falsa no quita el hambre ni endereza una espalda torcida. Solo le señaló con un dedo del tamaño de un rodillo de amasar el cubo de agua que descansaba junto al pozo.
-Levántate de una vez y lávate esa cara, renacuajo. Si vas a ser mi pinche no quiero mocos ni sangre goteando sobre la tabla de cortar. Agarra esa espátula como si fuera una extensión de tu brazo y busca leña seca. Vas a aprender a avivar un fuego de verdad antes de que este charlatán termine de temblar.-
El Gran Oni dio un paso al frente y las baldosas crujieron bajo sus botas, obligando al cocinero gordo a recular dos palmos hasta tropezar con su propio caldero. Hanma no sacó su hachuela; le bastó cruzar los brazos sobre el pecho y clavarle una mirada que pesaba más que cualquier amenaza de taberna. La Ley del Ogro era clara: un desafío aceptado se honra hasta el final, y si aquel fantoche quería medirse entre sartenes, iba a tragarse su propio veneno bocado a bocado.
-Acepto tu reto, mantecoso. Vamos a ver si esa hachuela sabe picar algo más que cabezas de críos indefensos. Poned ese atún sobre la mesa limpia y encended los quemadores. Una sola receta, el mismo pescado y fuego limpio. Si gano yo, vas a fregar esta plaza entera de rodillas con tu propio delantal hasta que se pueda comer en los adoquines y le pedirás disculpas al chaval con la frente en el suelo. Y si ganas tú... bueno, reza para que la comida esté buena, porque si me haces perder el tiempo con un plato incomible, la siguiente mesa que se parta va a ser con tus costillas. Jueces, dejad de mearos en los calzones y traed el pescado.-
