Escuché el golpe seco de la mesa partiéndose al otro lado de la línea, seguido del estallido del cristal reventando contra el suelo, y no me hizo falta estar presente para saber que Apolo acababa de llegar a la misma parte del periódico que ya había leído sobre la noticia de Viktor, solo que él lo había expresado muy a su manera en lugar de tragárselo como había hecho yo un momento antes. Le escuché negarlo repitiendo que aquello era mentira, y mencionando lo mismo que se me había pasado por la cabeza: que estando los dos en Sabaody nos habríamos enterado, que a Viktor le habíamos visto partir una cueva de un espadazo y que en esta zona no había nadie con el nivel para vencerle. Y aunque le dejé descargar sin interrumpirle, por dentro yo me sentía exactamente como él, pues Viktor no era un nombre más de los que llenan un periódico un martes cualquiera; era el hombre con el que había cruzado golpes, palabras, comidas y aventuras. Con quien me enfrenté en aquel entrenamiento donde acabé aprendiendo más de lo que esperaba, el que peleó a nuestro lado para liberar Risky Red de los mismos piratas que el periódico nos celebraba por haber capturado en otra página, el que compartió con nosotros una temporada lo bastante larga como para dejar de ser un aliado y pasar a ser un amigo, casi uno más de la división. Mientras Apolo descargaba lo que a mí se me había quedado atorado en la garganta, escuché a Karl empezar a recomponerse al otro extremo de la línea y nos decía que había mucho por preparar, que conseguiríamos la verdad y curaríamos a Joe entre los tres, y que nos esperaba pronto de vuelta. Luego escuché el chasquido del den den mushi cortándose de su lado. Karl había colgado, e imaginé que se habría ido a rehacerse a solas como acostumbraba, dejándome en la línea únicamente con Apolo.
Dejé pasar un par de segundos antes de hablar, para luego dirigirme a Apolo con una tranquilidad falsa que buscaba darle esperanzas no solo a él, si no a mí también – “Apolo…” – le dije con la voz baja – “yo quiero creer que tienes razón.” – hice una pausa clavando de nuevo la vista en el párrafo que llevaba un rato sin poder digerir – “Debe ser un error… una noticia como esta sería un titular, con foto de archivo y medio periódico dedicado a ella” – dije al otro lado de la línea, empezando a convencerme a mí mismo – “y no una mención de tres líneas perdida entre un anuncio que le involucra como Shichibukai que es.” – continue con más determinación de con la que había iniciado – “Seguro es una distracción para esconderle en su próxima misión, si, eso debe ser” – y mientras más hablaba más me convencía de que tenía razón – “Gowowo wowo, que cabron... bien dicen que para engañar a tus enemigos debes empezar por tus amigos, ¿no crees?” – Mientras esperaba a que mis palabras hicieran efecto en Apolo, mis ojos amarillos siguieron cayendo casi por inercia sobre el resto de las páginas que tenía extendidas, y fui tomando nota de todo lo que se mencionaba, de lo bueno y de lo malo: una banda nueva de piratas que el diario bautizaba Ragnarok, con un puñado de nombres a los que luego buscaría para machear con sus carteles de recompensa; una reorganización de divisiones movidas por fusiones y ascensos llena de rostros nuevos que serían el futuro de la marina; e incluso, el anuncio de aquel pirata con el que tomamos unas cervezas en la isla Chika, ofreciendo sus servicios musicales y de otra índole menos decorosa dejando incluso su número de den den mushi para contactarle. Guardé el periódico para leerlo de nuevo cuando tuviera tiempo y frialdad para hacerlo, que no era ni el momento ni el lugar, y volví a lo único que importaba en ese instante, que era sacar a Apolo y a mí de este archipiélago.
“¿En qué parte del cuartel te encuentras?” – dije a la vez que emitia mi haki de observación en 150 metros a la redonda – “Olvídalo, ya te encontré, gowowo wowo, voy para allá” – sentencié y sin aguardar su respuesta corté la comunicación de mi lado y me levanté en dirección a donde se encontraba para planear juntos el viaje de vuelta. Guardé el den den mushi negro en el bolsillo interior derecho de la gabardina y repasé por costumbre el resto de mi equipamiento mientras me movía en dirección a Apolo, las provisiones médicas repartidas la mañana anterior en su sitio, las cantimploras llenas, los guantes ajustados en cada puño y con el haki todavía expandido a ciento cincuenta metros llegué hasta donde se encontraba la presencia de Apolo, eventualmente.
Dejé pasar un par de segundos antes de hablar, para luego dirigirme a Apolo con una tranquilidad falsa que buscaba darle esperanzas no solo a él, si no a mí también – “Apolo…” – le dije con la voz baja – “yo quiero creer que tienes razón.” – hice una pausa clavando de nuevo la vista en el párrafo que llevaba un rato sin poder digerir – “Debe ser un error… una noticia como esta sería un titular, con foto de archivo y medio periódico dedicado a ella” – dije al otro lado de la línea, empezando a convencerme a mí mismo – “y no una mención de tres líneas perdida entre un anuncio que le involucra como Shichibukai que es.” – continue con más determinación de con la que había iniciado – “Seguro es una distracción para esconderle en su próxima misión, si, eso debe ser” – y mientras más hablaba más me convencía de que tenía razón – “Gowowo wowo, que cabron... bien dicen que para engañar a tus enemigos debes empezar por tus amigos, ¿no crees?” – Mientras esperaba a que mis palabras hicieran efecto en Apolo, mis ojos amarillos siguieron cayendo casi por inercia sobre el resto de las páginas que tenía extendidas, y fui tomando nota de todo lo que se mencionaba, de lo bueno y de lo malo: una banda nueva de piratas que el diario bautizaba Ragnarok, con un puñado de nombres a los que luego buscaría para machear con sus carteles de recompensa; una reorganización de divisiones movidas por fusiones y ascensos llena de rostros nuevos que serían el futuro de la marina; e incluso, el anuncio de aquel pirata con el que tomamos unas cervezas en la isla Chika, ofreciendo sus servicios musicales y de otra índole menos decorosa dejando incluso su número de den den mushi para contactarle. Guardé el periódico para leerlo de nuevo cuando tuviera tiempo y frialdad para hacerlo, que no era ni el momento ni el lugar, y volví a lo único que importaba en ese instante, que era sacar a Apolo y a mí de este archipiélago.
“¿En qué parte del cuartel te encuentras?” – dije a la vez que emitia mi haki de observación en 150 metros a la redonda – “Olvídalo, ya te encontré, gowowo wowo, voy para allá” – sentencié y sin aguardar su respuesta corté la comunicación de mi lado y me levanté en dirección a donde se encontraba para planear juntos el viaje de vuelta. Guardé el den den mushi negro en el bolsillo interior derecho de la gabardina y repasé por costumbre el resto de mi equipamiento mientras me movía en dirección a Apolo, las provisiones médicas repartidas la mañana anterior en su sitio, las cantimploras llenas, los guantes ajustados en cada puño y con el haki todavía expandido a ciento cincuenta metros llegué hasta donde se encontraba la presencia de Apolo, eventualmente.
Resumen
Haki

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