20-09-2026, 10:44 PM
Al principio, sus alas se agitaron con fuerza, sorprendidas ante la mordedura del agua caliente sobre sus plumas. Pero, en cuanto se dieron cuenta, intuyeron que cuanto más se movían, más se mojaban; simplemente se erizaron con futilidad a la espera de un hundimiento que nunca llegó. Y ella, sin embargo, con los ojos cerrados, escuchó el crujido de la electricidad estática del marine resonando en la oquedad de la cueva poco antes de que él la alcanzara.
Entonces, Bai abrió los ojos justo para atrapar el crepúsculo del destello azulino que lo imbuía antes de perderse en los iris esmeraldinos del felino. Mientras tanto, su mano, conducida por una torpe necesidad de anclaje, se atenazó a ciegas en un punto de su anatomía que prefirió no identificar, pero cuyo firme roce amenazaba con los límites de una indecencia que prefirió no averiguar.
Así se quedó un instante, suspendida sobre el agua, pero manteniendo a flote la mitad superior de su torso antes de que la profundidad terminara de devorarla.
Abrió la boca para hablar. Pero el vapor del manantial parecía estar sofocando sus sentidos y acalorando un vientre de una forma que la prudencia le dictaba que no debía acalorarse. Se pasó la lengua por los labios, dejando en ellos el brillo de la humedad mientras registraba la rigidez y la tensión del mink a escasos centímetros de su rostro... y después, él, simplemente se apartó.
Ante aquel gesto, Bai se quedó inmóvil, sentada en el borde de la pila termal, con el pecho agitado e hilillos de vapor ascendiendo desde sus alas mojadas. Las plumas, ahora pesadas y apelmazadas por el agua caliente, colgaban a sus espaldas goteando con languidez, pero su atención estaba completamente clavada en la espalda de Kibai, quien se afanaba rígidamente en hurgar entre sus pertenencias para otorgarle una privacidad que ella, bajo la frialdad de sus deducciones, no comprendía del todo.
¿Por qué se disculpaba? ¿Acaso pensaba que la culpa de su torpeza recaía en él?
No respondió al momento.
La yema de sus propios dedos buscó las correas que mantenían fija la prenda de metal mientras se inclinaba hacia adelante para observar el dibujo que el joven mink había hecho sobre el suelo. Encontró la hebilla y tiró de ella con suavidad, dejando que reverberara por la caverna un repiqueteo metálico. En ese momento, gracias a la presión liberada, por su abdomen finos hilos de agua comenzaron a deslizarse hasta empapar la cinturilla del pantalón.
Alzó la vista hacia Kibai y negó con la cabeza tras haber entendido lo que le estaba proponiendo en aquellos rudimentarios trazos de carbón. A su vez, dejó caer la pechera, mostrando que debajo de ella solo había un pedazo de tela empapada que se pegaba de forma translúcida a las vendas compresivas que sujetaban con firmeza su pecho mojado. Miró hacia la armadura, húmeda por dentro tras haber sido alcanzada por la salpicadura y, con toda la naturalidad del mundo, se estiró hacia la fogata y la dejó cerca de las llamas para que se secara.
—Kibai —murmuró, con los ojos anegados de una confusión indescifrable incluso para ella misma.
No deseaba que se marchara, pero, a la vez, su instinto le suplicaba que estuviera lejos de ella para que su cabeza no volviera a hacerle pensar de más.
Abrió la boca para decir algo más y, sin embargo, pronto la volvió a cerrar. Tragó saliva, observando al marine mientras por su cuerpo bronceado un rosario de gotas peregrinaba por su clavícula y su pecho, inclinado por una pulsión que intentaba domeñar. Por primera vez en toda su vida sentía que quería arrancarse aquel vendaje y respirar con libertad. Y lo más aterrador es que estaba a punto de hacerlo: su mano había quedado suspendida sobre el límite del vendaje, rozando la tela con una urgencia febril; pero, al darse cuenta, desvió el gesto a un movimiento torpe que humedeció sus dedos. Y, conteniendo el aliento, bajó la mirada y para servirse de esa misma humedad y deslizarlos sobre la roca para así borrar la línea que los separaba, uniendo ambos lados del dibujo en una clara respuesta.
—No... ir —articuló con aspereza, forzando a su desgarrada garganta a romper el pesado silencio—. Kibai, quédate.
Después, no dijo nada más. Se limitó a alargar su mano hacia el rostro del leopardo, con un temblor tan ligero que delataba la guerra interna entre su contención y la contradicción de querer tenerlo cerca; posó la yema de los dedos sobre la mandíbula con una suavidad impropia y deslizó la palma entera hasta cobijar su perfil. Estaba nerviosa. Más de lo que debería. Y se notaba en cómo su pulso se había acelerado y sus dedos temblaban al ritmo de sus pulsaciones.
A su vez, se dio cuenta de que había estado conteniendo su aliento al tiempo que sus ojos se habían mantenido fijos en los de él y que su pecho había dejado de moverse durante todo aquel gesto.
Cuando por fin respiró, su hálito estaba tan caliente que incluso sus propios labios temblaron.
Entonces, su mirada descendió hacia los del mink y esbozó una sonrisa sutil, apenas un leve entreabrir de labios que no necesitaba de palabras para entenderse como una invitación implícita a romper la última frontera entre ambos, y su mano bajó hacia el cuello del animal, fibroso y cubierto por la suave densidad de su pelaje, mientras sentía de nuevo una punzada en el bajo vientre que le hizo enrojecer.
Sus mejillas se tintaron de un rojo carmesí que poco a poco se fue extendiendo hacia sus orejas y el escote expuesto, delatando la absoluta derrota de su fría lógica frente al fuego de la carne.
—Yo... —balbuceó mientras sentía de nuevo cómo las vendas le apretaban—. Por favor...
De pronto su mano bajó algo más, atreviéndose a trazar un suave camino hacia la clavícula de Kibai y, al darse cuenta del gesto, apartó los dedos con rapidez. Sintió que se había pasado con aquello, así que, con la mano temblando e intentando disimular lo que sentía, cogió la piedra y limpió el carboncillo para dibujar algo más mientras agachaba la cabeza y evitaba que el mink observara sus ojos, que parecían decir mucho más que su propia boca. El cabello cayó como una cascada de dos tonos, tapándole la cara y ocultando cómo se mordía el labio en un infructuoso intento de no imaginar lo que se sentiría al recorrer otras partes de su cuerpo.
—Kibai —lo llamó en un tono bajo, mostrándole la losa donde había esbozado lo que se suponía que eran las termas y dos pequeñas figuras dentro de ellas.
Entonces, Bai abrió los ojos justo para atrapar el crepúsculo del destello azulino que lo imbuía antes de perderse en los iris esmeraldinos del felino. Mientras tanto, su mano, conducida por una torpe necesidad de anclaje, se atenazó a ciegas en un punto de su anatomía que prefirió no identificar, pero cuyo firme roce amenazaba con los límites de una indecencia que prefirió no averiguar.
Así se quedó un instante, suspendida sobre el agua, pero manteniendo a flote la mitad superior de su torso antes de que la profundidad terminara de devorarla.
Abrió la boca para hablar. Pero el vapor del manantial parecía estar sofocando sus sentidos y acalorando un vientre de una forma que la prudencia le dictaba que no debía acalorarse. Se pasó la lengua por los labios, dejando en ellos el brillo de la humedad mientras registraba la rigidez y la tensión del mink a escasos centímetros de su rostro... y después, él, simplemente se apartó.
Ante aquel gesto, Bai se quedó inmóvil, sentada en el borde de la pila termal, con el pecho agitado e hilillos de vapor ascendiendo desde sus alas mojadas. Las plumas, ahora pesadas y apelmazadas por el agua caliente, colgaban a sus espaldas goteando con languidez, pero su atención estaba completamente clavada en la espalda de Kibai, quien se afanaba rígidamente en hurgar entre sus pertenencias para otorgarle una privacidad que ella, bajo la frialdad de sus deducciones, no comprendía del todo.
¿Por qué se disculpaba? ¿Acaso pensaba que la culpa de su torpeza recaía en él?
No respondió al momento.
La yema de sus propios dedos buscó las correas que mantenían fija la prenda de metal mientras se inclinaba hacia adelante para observar el dibujo que el joven mink había hecho sobre el suelo. Encontró la hebilla y tiró de ella con suavidad, dejando que reverberara por la caverna un repiqueteo metálico. En ese momento, gracias a la presión liberada, por su abdomen finos hilos de agua comenzaron a deslizarse hasta empapar la cinturilla del pantalón.
Alzó la vista hacia Kibai y negó con la cabeza tras haber entendido lo que le estaba proponiendo en aquellos rudimentarios trazos de carbón. A su vez, dejó caer la pechera, mostrando que debajo de ella solo había un pedazo de tela empapada que se pegaba de forma translúcida a las vendas compresivas que sujetaban con firmeza su pecho mojado. Miró hacia la armadura, húmeda por dentro tras haber sido alcanzada por la salpicadura y, con toda la naturalidad del mundo, se estiró hacia la fogata y la dejó cerca de las llamas para que se secara.
—Kibai —murmuró, con los ojos anegados de una confusión indescifrable incluso para ella misma.
No deseaba que se marchara, pero, a la vez, su instinto le suplicaba que estuviera lejos de ella para que su cabeza no volviera a hacerle pensar de más.
Abrió la boca para decir algo más y, sin embargo, pronto la volvió a cerrar. Tragó saliva, observando al marine mientras por su cuerpo bronceado un rosario de gotas peregrinaba por su clavícula y su pecho, inclinado por una pulsión que intentaba domeñar. Por primera vez en toda su vida sentía que quería arrancarse aquel vendaje y respirar con libertad. Y lo más aterrador es que estaba a punto de hacerlo: su mano había quedado suspendida sobre el límite del vendaje, rozando la tela con una urgencia febril; pero, al darse cuenta, desvió el gesto a un movimiento torpe que humedeció sus dedos. Y, conteniendo el aliento, bajó la mirada y para servirse de esa misma humedad y deslizarlos sobre la roca para así borrar la línea que los separaba, uniendo ambos lados del dibujo en una clara respuesta.
—No... ir —articuló con aspereza, forzando a su desgarrada garganta a romper el pesado silencio—. Kibai, quédate.
Después, no dijo nada más. Se limitó a alargar su mano hacia el rostro del leopardo, con un temblor tan ligero que delataba la guerra interna entre su contención y la contradicción de querer tenerlo cerca; posó la yema de los dedos sobre la mandíbula con una suavidad impropia y deslizó la palma entera hasta cobijar su perfil. Estaba nerviosa. Más de lo que debería. Y se notaba en cómo su pulso se había acelerado y sus dedos temblaban al ritmo de sus pulsaciones.
A su vez, se dio cuenta de que había estado conteniendo su aliento al tiempo que sus ojos se habían mantenido fijos en los de él y que su pecho había dejado de moverse durante todo aquel gesto.
Cuando por fin respiró, su hálito estaba tan caliente que incluso sus propios labios temblaron.
Entonces, su mirada descendió hacia los del mink y esbozó una sonrisa sutil, apenas un leve entreabrir de labios que no necesitaba de palabras para entenderse como una invitación implícita a romper la última frontera entre ambos, y su mano bajó hacia el cuello del animal, fibroso y cubierto por la suave densidad de su pelaje, mientras sentía de nuevo una punzada en el bajo vientre que le hizo enrojecer.
Sus mejillas se tintaron de un rojo carmesí que poco a poco se fue extendiendo hacia sus orejas y el escote expuesto, delatando la absoluta derrota de su fría lógica frente al fuego de la carne.
—Yo... —balbuceó mientras sentía de nuevo cómo las vendas le apretaban—. Por favor...
De pronto su mano bajó algo más, atreviéndose a trazar un suave camino hacia la clavícula de Kibai y, al darse cuenta del gesto, apartó los dedos con rapidez. Sintió que se había pasado con aquello, así que, con la mano temblando e intentando disimular lo que sentía, cogió la piedra y limpió el carboncillo para dibujar algo más mientras agachaba la cabeza y evitaba que el mink observara sus ojos, que parecían decir mucho más que su propia boca. El cabello cayó como una cascada de dos tonos, tapándole la cara y ocultando cómo se mordía el labio en un infructuoso intento de no imaginar lo que se sentiría al recorrer otras partes de su cuerpo.
—Kibai —lo llamó en un tono bajo, mostrándole la losa donde había esbozado lo que se suponía que eran las termas y dos pequeñas figuras dentro de ellas.
Información
Bai Mudan
PROCESAMIENTO DEL VACÍO
⚖️ Capitana del Wu Wei
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Nv.23 — Silogista
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