24-09-2026, 01:13 AM
(Última modificación: 24-09-2026, 01:27 AM por Kibai.
Razón: Correcciones ortográficas menores
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Kibai se dejó caer a plomo sobre la silla en la que había desayunado aquella mañana tranquilamente, sin pensar ni por un momento que se vería arrastrado a un interminable entrenamiento junto con el capitán Enji y el comandante Juan, un entrenamiento que había incuido caminatas a ciegas, ropa no demasiado limpia debajo de sus fosas nasales y un bombardeo en forma de niños Lunarian y Skypieans. Sin embargo, el agotamiento que sentía el mink era con muchísima diferencia más mental que físico, de modo que tras acabar con las últimas provisiones frescas que le quedaban en la cocina con un apetito voraz, acudió rapidamente a su habitación, abriendo el armario de par en par.
Tras unos breves momentos de indecisión, el mink finalmente se dicidió por las mismas ropas que había empleado en sus anteriores salidas a la jungla: uno de los pares de pantalones de uniforme, pero que podían resultar levemente discretos, así como la camiseta confeccionada con loneta del Royal Quiver sin mangas que le permitía moverse por las junglas cercanas a Shandora sin el menor problema. Una vez se hubo cambiado y estuvo listo para salir, finalmente, y por una mera cuestión de costumbre, decidió llevarse también su morral, el cual se colocó como siempre en bandolera sobre su costado derecho. Ya totalmente equipado, Kibai salió de nuevo al exterior, dónde la Luna, que en aquel momento estaba en su fase más oscura, apenas resultaba visible de no ser por el revelador espacio vacío de estrellas que se adivinaba en el firmamento. Aquello, desde luego no resultaba un problema para el mink leopardo, el cual no tardó más de unos segundos en adaptar completamente su vista a la baja luminosidad de la noche, especialmente cuando rebasó las últimas paredes doradas de las viviendas de Shandora y se internó directamente en la espesura de la selva.
Imagen ilustrativa
Avanzando tanto a nivel de suelo como por las alturas de las ramas de los árboles, Kibai inició su ruta, sin ningún tipo de destino fijo, simplemente disfrutando de la placentera sensación de perderse en aquel entorno, natural y casi totalmente sin la mácula de la civilización, que le había demostrado ser a la vez acogedor y hostil, pues más de una vez si vio obligado a dar un rodeo para evitar zonas de hongos venenosos en plena esporificación, o evitar de un salto el agarrarse a troncos o ramas cubiertos de hiedra venenosa. No obstante, tras aproximadamente media hora de hacer un simple derroche de energía física para dejar a su mente, agotada por el entrenamiento matutino, vagar libre de cualquier tipo de pensamiento profundo, un aroma extraño llegó hasta las fosas nasales del mink.
Era humano, aunque no le resultaba familiar, no del todo al menos. Recordaba haber olido anteriormente algo similar, pero no del todo. Curioso por averiguar a quién más se le habría ocurrido adentrarse en una zona como aquella en una de las noches más oscuras de la estación, Kibai se dejó guiar por su olfato, permitiendo que sus piernas y brazos se moviesen por instinto, encontrando su camino entre las raíces, usando las lianas y ramas para impulsarse por el aire, y empleando sus garras traseras para ayudarse cuando era necesario para anclarse en los troncos de los árboles y así lanzarse hacia delante con un extra de velocidad.
Su rastreo le hizo describir una suerte de semicírculo en su ruta, hasta que el mink, siempre tomando la gigantesca pirámide de Zarutsuki como referencia de orientación, descubrió que había vuelto a una zona bastante cerca de los límites de la ciudad. Finalmente, cuando Kibai saltó de un árbol al siguiente, captó por el rabillo del ojo algo que nunca habría pensado encontrar: un destello de un patrón de piel muy similar al suyo propio. Sacando las garras de sus manos, lanzó su mano derecha hacia el árbol, empleando el anclaje para girar violentamente alrededor del tronco y lanzarse con el impulso provocado por la inercia de su viraje hacia la ubicación en la que había captado aquella visión.
Sus ojos no tardaron en captar a una joven, de cabellos rubios y ojos de un brillante color celeste, que estaba sentada sobre una rama a no demasiada altura del suelo, con la cabeza y la espalda apoyada contra la madera del tronco. El mink no se molestó ni un poco en tratar de amortiguar su impacto sino que directamente extendió la mano izquierda hacia la rama en pleno aire, empleandola para girar sobre su eje hasta plantar sus dos pies en ella, firmamente anclado empleando sus garras traseras. Irguiéndose a la vez que agitaba la cola lentamente de lado a lado, el mink observó a la joven. Sin duda, se trataba de una humana hermosa, con facciones finas y bien proporcionadas, y un físico bien cuidado, amén de un aroma bastante agradable ahora que la tenía más cerca. Sin embargo, había algo que hacía que las garras de Kibai no se retrayesen a su lugar habitual, y que provocaba que sus ojos esmeralda, los cuales refulgían en la oscuridad de la noche, no abandonasen la prenda de ropa que la joven humana portaba sobre su cuerpo, la cual mostraba un patrón de manchas negras sobre un pelaje de color naranja amarillento.
— Espero que esa blusa sea artificial... — musitó Kibai dejando que un quedo y grave gruñido saliese del fondo de su garganta a la vez que sus palabras, clavando ahora sus ojos en los de la joven.

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