25-09-2026, 12:10 AM
(Última modificación: 25-09-2026, 01:41 AM por Kibai.
Razón: Correcciones ortográficas menores
)
Kibai se mantenía arrodillado delante de su petate, con las manos aún sobre los muslos, crispadas en una señal obvia de frustración. Por qué tenía que haberle dado justo en aquel momento ese arranque de nostalgia? Desde luego, la cabeza del mink no tenía remedio, al menos cuando se cruzaban alas de por medio al parecer.
Un ligero tintineo metálico le hizo mover las orejas levemente. Supuso que su visitante se habría quitado la armadura que llevaba puesta, a buen seguro para secarla y evitar que se oxidase por la humedad del agua y el vapor. Al menos era lo que habría hecho él, por eso Raimei y Arashi estaban bien guardadas dentro de sus respectivas vainas y colocadas en horizontal justo al lado de la pequeña fogata que había encendido para protegerlas hasta del minimo rastro de humedad.
A pesar de que trataba de respirar unicamente por la boca para que su olfato lo dominase lo menos posible, el resto de sus sentidos seguían alerta, extrañamente afinados por algún motivo. Escuchó como el agua del manantial termal se desplazaba cuando Bai salió de allí y el goteo que a buen seguro estaba cayendo de sus alas llenaba la caverna con sus ecos. Pero un segundo, por que se estaban acerca...
Las pupilas del mink se dilataron de golpe cuando los dedos de la birkaniana volvieron a rozar su piel. Kibai notó como el pulso de Bai temblaba ligeramente al contacto con su piel, e instintivamente, cuando ella abarcó todo el lateral de su rostro con su mano morena, él entrecerró los ojos, moviendo la cabeza para acariciar la palma con su pelaje. La joven pareció sorpenderse de tal gesto, pues soltó un pequeño suspiro de aliento contenido, tan cercano que el mink ya no pudo seguir postergando lo inevitable, y tomo una profunda inspiración por la nariz.
Aquello fue la peor y la mejor idea que había tenido en todo el día.
Estando tan cerca, el aroma natural de Bai y el calor de su aliento lo golpearon con la intensidad de una bala de cañón. Los ojos esmeralda de Kibai recorrieron fugazmente su abdomen al descubierto, definido y con una línea delgada que lo hendía en dos mitades perfectamente simétricas, antes de subir hacia su torso, cubierto solamente con una tela que hacía poco o nada por ocultar lo que había debajo, y una serie de vendajes ceñidos que salvaguardaban la zona del pecho, antes de clavarse de nuevo irremediablemente en los de la birkaniana, totalmente incapaces de abandonar la fijación en aquellos iris celestes. La mano de la joven descendió de su rostro hacia su cuello, y después aún más hacia su clavícula y el inicio de su pecho, sin abandonar nunca el contacto del todo. Las respiraciones del mink se acelerron, casi como un acto reflejo a lo mismo que parecía estarle sucediendo a Bai, que de repente apartó la mano, pero antes siqueira de que Kibai pudiese lamentarse, agarró la piedra que habían estado usando todo aquel tiempo como medio básico de comunicación y, totalmente inclinada sobre ella de tal modo que los húmedos mechones de pelo le caían como una cascada sobre el rostro ocultando su expresión, comenzó a dibujar una vez más.
— Kibai... — musitó en voz baja mientras le alargaba la losa hacia él. Con su propio pulso temblando bastante más de lo que le gustaría, el mink recogió la tabla para estudiar su contenido.
El dibujo era mucho más simple que en otras ocasiones, y se podía adivinar un círculo que Kibai dedujo que era el manantial termal que estaba a su lado, pero lo que hizo que su corazón pasase de un latido rápido a una auténtico sprint fueron las dos figuras que Bai había dibujado dentro. Las manos del mink se agarrotaron momentáneamente alrededor de la piedra, al punto que esta amenzaba con partirse. No obstante, por suerte no fue el caso.
Kibai soltó la piedra, y llevó ambas manos de nuevo hacia el rostro de Bai, repitiendo el mismo gesto que había hecho anteriormente sujetándole el pelo detrás de las orejas con delicadeza, mientras asentía con una amplia sonrisa de oreja a oreja. Con agilidad, se puso en pie, y tras dejar todo lo que podía ser susceptible de estropearse con el agua (o de ahogarse, como era el caso de su Den Den Mushi) extendió la mano hacia la birkaniana, guiándola de nuevo hacia el calor del manantil termal. Sin molestarse en quitarse los pantalones del uniforme (total, Stroud insistía en que los mantuviesen limpios) soltó los botones de su camisa antes de sumergirse en el manantial.
A pesar de la muy placentera sensación al contacto con el agua caliente, Kibai se cuidó mucho de dejar que el nivel superase su pecho, pues ya notaba como las fuerzas lo abandonaban, de modo que optó por acodarse contra las piedras que conformaban el borde del manantial, mientras sus ojos recorrían con una lentitud relajada la figura de Bai. Ella no había parecido notar nada al caerse a medias antes al manantial, hecho que le hacia sospechar al mink que seguramente no tuviese ningún poder relacionado con un Akuma no mi. Algo bueno, pensó con una sonrisa, pues de lo contrario si ambos se sumergiesen demasiado, sería una muerte doble de lo más estúpida.
— Y con un punto romántico, para que mentir — pensó Kibai para si, mientras alzaba su mano para acariciar nuevamente el rostro de Bai, húmedo por el vapor humeante que se condensaba sobre su piel. Solo que en esta ocasión, desoyendo totalmente su conciencia, esa que le hablaba siempre con el tono del oficial de cubierta del Swift, la yema de su pulgar refrenó su avance, describiendo suaves círculos junto a la comisura derecha de sus labios, mientras que el resto de su mano, extendida por el rostro de la birkaniana hasta dónde alcanzaba su longitud, tiraba levemente de ella para acercarla a él.
— Bai... Yo... — el mink sabía que era inútil, que por mucho que lo intentase no lo entendería del todo, pero esperaba que su tono supliese su incapacidad de expresarse en el idioma de aquella joven. — Me alegro de que haberte conocido hoy.
Un ligero tintineo metálico le hizo mover las orejas levemente. Supuso que su visitante se habría quitado la armadura que llevaba puesta, a buen seguro para secarla y evitar que se oxidase por la humedad del agua y el vapor. Al menos era lo que habría hecho él, por eso Raimei y Arashi estaban bien guardadas dentro de sus respectivas vainas y colocadas en horizontal justo al lado de la pequeña fogata que había encendido para protegerlas hasta del minimo rastro de humedad.
A pesar de que trataba de respirar unicamente por la boca para que su olfato lo dominase lo menos posible, el resto de sus sentidos seguían alerta, extrañamente afinados por algún motivo. Escuchó como el agua del manantial termal se desplazaba cuando Bai salió de allí y el goteo que a buen seguro estaba cayendo de sus alas llenaba la caverna con sus ecos. Pero un segundo, por que se estaban acerca...
Las pupilas del mink se dilataron de golpe cuando los dedos de la birkaniana volvieron a rozar su piel. Kibai notó como el pulso de Bai temblaba ligeramente al contacto con su piel, e instintivamente, cuando ella abarcó todo el lateral de su rostro con su mano morena, él entrecerró los ojos, moviendo la cabeza para acariciar la palma con su pelaje. La joven pareció sorpenderse de tal gesto, pues soltó un pequeño suspiro de aliento contenido, tan cercano que el mink ya no pudo seguir postergando lo inevitable, y tomo una profunda inspiración por la nariz.
Aquello fue la peor y la mejor idea que había tenido en todo el día.
Estando tan cerca, el aroma natural de Bai y el calor de su aliento lo golpearon con la intensidad de una bala de cañón. Los ojos esmeralda de Kibai recorrieron fugazmente su abdomen al descubierto, definido y con una línea delgada que lo hendía en dos mitades perfectamente simétricas, antes de subir hacia su torso, cubierto solamente con una tela que hacía poco o nada por ocultar lo que había debajo, y una serie de vendajes ceñidos que salvaguardaban la zona del pecho, antes de clavarse de nuevo irremediablemente en los de la birkaniana, totalmente incapaces de abandonar la fijación en aquellos iris celestes. La mano de la joven descendió de su rostro hacia su cuello, y después aún más hacia su clavícula y el inicio de su pecho, sin abandonar nunca el contacto del todo. Las respiraciones del mink se acelerron, casi como un acto reflejo a lo mismo que parecía estarle sucediendo a Bai, que de repente apartó la mano, pero antes siqueira de que Kibai pudiese lamentarse, agarró la piedra que habían estado usando todo aquel tiempo como medio básico de comunicación y, totalmente inclinada sobre ella de tal modo que los húmedos mechones de pelo le caían como una cascada sobre el rostro ocultando su expresión, comenzó a dibujar una vez más.
— Kibai... — musitó en voz baja mientras le alargaba la losa hacia él. Con su propio pulso temblando bastante más de lo que le gustaría, el mink recogió la tabla para estudiar su contenido.
El dibujo era mucho más simple que en otras ocasiones, y se podía adivinar un círculo que Kibai dedujo que era el manantial termal que estaba a su lado, pero lo que hizo que su corazón pasase de un latido rápido a una auténtico sprint fueron las dos figuras que Bai había dibujado dentro. Las manos del mink se agarrotaron momentáneamente alrededor de la piedra, al punto que esta amenzaba con partirse. No obstante, por suerte no fue el caso.
Kibai soltó la piedra, y llevó ambas manos de nuevo hacia el rostro de Bai, repitiendo el mismo gesto que había hecho anteriormente sujetándole el pelo detrás de las orejas con delicadeza, mientras asentía con una amplia sonrisa de oreja a oreja. Con agilidad, se puso en pie, y tras dejar todo lo que podía ser susceptible de estropearse con el agua (o de ahogarse, como era el caso de su Den Den Mushi) extendió la mano hacia la birkaniana, guiándola de nuevo hacia el calor del manantil termal. Sin molestarse en quitarse los pantalones del uniforme (total, Stroud insistía en que los mantuviesen limpios) soltó los botones de su camisa antes de sumergirse en el manantial.
A pesar de la muy placentera sensación al contacto con el agua caliente, Kibai se cuidó mucho de dejar que el nivel superase su pecho, pues ya notaba como las fuerzas lo abandonaban, de modo que optó por acodarse contra las piedras que conformaban el borde del manantial, mientras sus ojos recorrían con una lentitud relajada la figura de Bai. Ella no había parecido notar nada al caerse a medias antes al manantial, hecho que le hacia sospechar al mink que seguramente no tuviese ningún poder relacionado con un Akuma no mi. Algo bueno, pensó con una sonrisa, pues de lo contrario si ambos se sumergiesen demasiado, sería una muerte doble de lo más estúpida.
— Y con un punto romántico, para que mentir — pensó Kibai para si, mientras alzaba su mano para acariciar nuevamente el rostro de Bai, húmedo por el vapor humeante que se condensaba sobre su piel. Solo que en esta ocasión, desoyendo totalmente su conciencia, esa que le hablaba siempre con el tono del oficial de cubierta del Swift, la yema de su pulgar refrenó su avance, describiendo suaves círculos junto a la comisura derecha de sus labios, mientras que el resto de su mano, extendida por el rostro de la birkaniana hasta dónde alcanzaba su longitud, tiraba levemente de ella para acercarla a él.
— Bai... Yo... — el mink sabía que era inútil, que por mucho que lo intentase no lo entendería del todo, pero esperaba que su tono supliese su incapacidad de expresarse en el idioma de aquella joven. — Me alegro de que haberte conocido hoy.
La Caja de Pandora
