29-09-2026, 09:57 AM
Uno de los borrachos cometió la torpeza de creer que siete metros y medio de carne cobriza se apartarían por verle agitar una pata de silla astillada. Hanma ni pestañeó, era en todo su esplendor un moai. Cuando el tipejo llegó a su altura, la manaza del oni bajó como un mazo de carpintero, le trabó la pechera del jubón y lo levantó en vilo. No gastó fuerzas en florituras. Un tirón seco hacia arriba bastó: el tipo reventó contra las vigas dos ristras de ajos y cayó inerte sobre el mostrador, entre un barril rajado y dos jarras de cerveza. Ni rechistó. Otro marinero intentó colarse por la izquierda con un cuchillo de desollar pescado. Hanma le soltó un revés con el dorso de la mano que tendria para repartirse el guantazo durante tres dias. El pirata voló tres metros, reventó el batiente de la puerta y fue a clavarse en el fango de la calle. Fin de la fiesta. Sobre el cuello del gigante, Ratatouille agachó el morro bajo la mata de pelo rojo y áspero para esquivar una salpicadura de cerveza agria. Mesas astilladas y gritos del tabernero llenaban el local. Era una guarderia de borrachos. Hanma empujó un taburete roto, agachó la cabeza para salvar los cuernos en el dintel y enfiló la calleja sin mirar atrás.
Veinte minutos después, el jaleo de la taberna y los pitos del sereno quedaban tres cantones más arriba. Se acabó la bulla. El bochorno del verano seguía pegado a las fachadas de caliza, pero la brisa que subía de los muelles ayudaba a despejar el tufo a licor y sudor. Caminaban en fila por una empedrada hacia los tenderetes de salazón. A esas horas solo quedaban gatos callejeros y faroles de sebo en las esquinas. El alado abría la marcha con las alas plegadas, arrastrando ese perfume de rosas que ahora venía revuelto con polvo de yeso y tabaco rancio. El mono Puchero se agarraba a su cogote mirando de reojo a la rata del oni. No se fiaba un pelo. A su vera, Vesper cargaba el kanabo como si llevara una vara de pastoreo, silbando una tonada rota entre traspiés por los adoquines. Hanma marcaba el paso desde atrás. Cada pisada hacía temblar los postigos de las casas, pero nadie asomaba la nariz ante el estruendo de sus trescientos cincuenta kilos.
El coloso soltó una carcajada honda que retumbó en los canalones. -Garararara. Menudo par de bucaneros de postal estáis hechos. Desatáis una tangana por una botella vacía, rompéis medio bar y tenéis que salir por patas antes de que os cobren los destrozos.- Hanma bajó la vista hacia el lunarian, clavando sus ojos amarillos en la coronilla albina. -Buscar camorra en tabernas ajenas es fácil, canario negro. Lo que me ha dejado tieso es lo que soltaste antes de tirar la loza. ¿Cómo que solo coméis las sobras que van cayendo? ¿No tenéis para un saco de harina o es que os gusta hurgar en la basura como los perros? Si pretendes que suba a tu barco para tragar mondas podridas y pescado rancio, ya puedes ir quitándotelo de la cabeza. Mi pellejo no pisa ningún barco que pase hambre, y en mis fogones no entra carroña. Si no hay grano limpio, carne fresca y buen aceite en la despensa, el primer bulto que va a volar por la borda serás tú con tus alas.- Ratatouille asomó el hocico sobre la clavícula del gigante, enseñó dos dientes afilados y asintió con severidad, respaldando a su cocinero.
Luego Hanma torció el gesto hacia el músico, que seguía sobándose las costillas con cara de borracho satisfecho tras haber estrenado su garrote de hierro. -Y tú, trovador, guarda ese hierro antes de que tropieces y te lo claves en las tripas. Mucho "golpe de cien tejas" y mucha fanfarria, pero si no llega a ser porque el techo era alto nos cae la viga maestra encima a todos.- El gigante se detuvo en el recodo del muelle. Se apoyó contra el muro de piedra de un almacén de salitre con los brazos cruzados sobre el pecho. -Ahora hablad claro los dos. Dijiste que buscabas a un gyojin llamado Eele Trick y que ese pez gasta buenos puños. Me parece bien. Si sabe partir mandíbulas, servirá para algo más que para afinar cuerdas y presumir de plumas. ¿Dónde para ese boxeador de agua salada, o es que también tenemos que ir a buscarlo a algún callejón donde le estén partiendo el lomo por moroso?-
Veinte minutos después, el jaleo de la taberna y los pitos del sereno quedaban tres cantones más arriba. Se acabó la bulla. El bochorno del verano seguía pegado a las fachadas de caliza, pero la brisa que subía de los muelles ayudaba a despejar el tufo a licor y sudor. Caminaban en fila por una empedrada hacia los tenderetes de salazón. A esas horas solo quedaban gatos callejeros y faroles de sebo en las esquinas. El alado abría la marcha con las alas plegadas, arrastrando ese perfume de rosas que ahora venía revuelto con polvo de yeso y tabaco rancio. El mono Puchero se agarraba a su cogote mirando de reojo a la rata del oni. No se fiaba un pelo. A su vera, Vesper cargaba el kanabo como si llevara una vara de pastoreo, silbando una tonada rota entre traspiés por los adoquines. Hanma marcaba el paso desde atrás. Cada pisada hacía temblar los postigos de las casas, pero nadie asomaba la nariz ante el estruendo de sus trescientos cincuenta kilos.
El coloso soltó una carcajada honda que retumbó en los canalones. -Garararara. Menudo par de bucaneros de postal estáis hechos. Desatáis una tangana por una botella vacía, rompéis medio bar y tenéis que salir por patas antes de que os cobren los destrozos.- Hanma bajó la vista hacia el lunarian, clavando sus ojos amarillos en la coronilla albina. -Buscar camorra en tabernas ajenas es fácil, canario negro. Lo que me ha dejado tieso es lo que soltaste antes de tirar la loza. ¿Cómo que solo coméis las sobras que van cayendo? ¿No tenéis para un saco de harina o es que os gusta hurgar en la basura como los perros? Si pretendes que suba a tu barco para tragar mondas podridas y pescado rancio, ya puedes ir quitándotelo de la cabeza. Mi pellejo no pisa ningún barco que pase hambre, y en mis fogones no entra carroña. Si no hay grano limpio, carne fresca y buen aceite en la despensa, el primer bulto que va a volar por la borda serás tú con tus alas.- Ratatouille asomó el hocico sobre la clavícula del gigante, enseñó dos dientes afilados y asintió con severidad, respaldando a su cocinero.
Luego Hanma torció el gesto hacia el músico, que seguía sobándose las costillas con cara de borracho satisfecho tras haber estrenado su garrote de hierro. -Y tú, trovador, guarda ese hierro antes de que tropieces y te lo claves en las tripas. Mucho "golpe de cien tejas" y mucha fanfarria, pero si no llega a ser porque el techo era alto nos cae la viga maestra encima a todos.- El gigante se detuvo en el recodo del muelle. Se apoyó contra el muro de piedra de un almacén de salitre con los brazos cruzados sobre el pecho. -Ahora hablad claro los dos. Dijiste que buscabas a un gyojin llamado Eele Trick y que ese pez gasta buenos puños. Me parece bien. Si sabe partir mandíbulas, servirá para algo más que para afinar cuerdas y presumir de plumas. ¿Dónde para ese boxeador de agua salada, o es que también tenemos que ir a buscarlo a algún callejón donde le estén partiendo el lomo por moroso?-
