01-10-2026, 05:26 AM
Miedo.
Una sensación tan primitiva de la humanidad y que ha sido heredada desde antes que tan siquiera la sociedad lograra establecerse, lo único que sentía que me diferenciaba de cualquier otro e ingenuo hombre es que yo me reía ante el miedo pero en este caso. En este maldito caso. Fue extraño, como una especie de presión en el pecho que se transformó en algo que prohibía que viera una solución ante cualquier amenaza, “es normal” pensaba al intentar hilar mi propio tren mental para sobrellevar el miedo y sin embargo estaba paralizada “normal tenerle miedo a un gato tan grande y dientudo” pero ni siquiera eso lograba calmarme.
Podía morir. Morir sin haber matado al imbécil de Cihua antes. No, no podía morir. Esta isla no lo permitiría. Hay algo en el que dice peligro. No importa. No en esta isla.
Pero nada de eso había logrado calmar la fuerza y rapidez con la que mi corazón latía, una y otra vez hasta creer que se saldría de mi pecho. Solo eres humana, solo humana. Ese pensamiento había logrado resurgir como el sargazo del mar, el ceño fruncido no era más que el vil intento de la poca voluntad que me quedaba, no, de la terquedad que nunca había abandonado mi ser para no dejar que el marine presente viera el terror en mis ojos.
Las palabras no salían, no ante su pregunta y no cuando me apuntó con aquella filosa garra, solo me aferraba a la base de la rama de aquel árbol mientras mi aterrada mirada oscilaba entre la garra y los penetrantes ojos del mink, así que ese era su problema, el comercio, el asesinato e los suyos: La verdad no conocía a los minks suficientes para que esa llegara a ser una preocupación para mi pero por supuesto, ahora podía advertir que había jugado con una fibra sensible.
Escuché su presentación, al menos ahora sabía su nombre y más que eso, sus últimas oraciones me habían hecho ladear la cabeza con un interés que nunca creí encontrar en un marine ¿No era un siervo del gobierno? Entonces ¿Qué implicaba pasársela todo el día con marines y el mismo portar, en su momento, el uniforme a la par que sus símiles? —E… Eso nos hace dos ¿Me entiendes? ¿Qu-Quien lo diría? Un marine que tiene deudas que saldar con su propio régimen… Cuando creí haberlo visto todo en la vida, me sorprende. — Mi mano temblaba mientras sostenía con fuerza el medallón colgante sobre mi pecho y mis palabras lograban entorpecerse cuando mi lengua era mucho más hábil y filosa que esto. Comencé a sentir la hirviente frustración de verme de esta forma frente a un marine que por un segundo pensé en derrumbar este árbol de un golpe.
Aún así no había forma que le quitara los ojos de encima. —¿A qué te refieres con… cuentas que saldar? ¿Qué podría ser para continuar con ello si te deben? — La curiosidad podía sobre todas las cosas, por eso es que era tan mala consejera. —…Quita tu garra de mi, ambos sabemos que hacerme daño en esta isla terminará mal para ti. —
Una sensación tan primitiva de la humanidad y que ha sido heredada desde antes que tan siquiera la sociedad lograra establecerse, lo único que sentía que me diferenciaba de cualquier otro e ingenuo hombre es que yo me reía ante el miedo pero en este caso. En este maldito caso. Fue extraño, como una especie de presión en el pecho que se transformó en algo que prohibía que viera una solución ante cualquier amenaza, “es normal” pensaba al intentar hilar mi propio tren mental para sobrellevar el miedo y sin embargo estaba paralizada “normal tenerle miedo a un gato tan grande y dientudo” pero ni siquiera eso lograba calmarme.
Podía morir. Morir sin haber matado al imbécil de Cihua antes. No, no podía morir. Esta isla no lo permitiría. Hay algo en el que dice peligro. No importa. No en esta isla.
Pero nada de eso había logrado calmar la fuerza y rapidez con la que mi corazón latía, una y otra vez hasta creer que se saldría de mi pecho. Solo eres humana, solo humana. Ese pensamiento había logrado resurgir como el sargazo del mar, el ceño fruncido no era más que el vil intento de la poca voluntad que me quedaba, no, de la terquedad que nunca había abandonado mi ser para no dejar que el marine presente viera el terror en mis ojos.
Las palabras no salían, no ante su pregunta y no cuando me apuntó con aquella filosa garra, solo me aferraba a la base de la rama de aquel árbol mientras mi aterrada mirada oscilaba entre la garra y los penetrantes ojos del mink, así que ese era su problema, el comercio, el asesinato e los suyos: La verdad no conocía a los minks suficientes para que esa llegara a ser una preocupación para mi pero por supuesto, ahora podía advertir que había jugado con una fibra sensible.
Escuché su presentación, al menos ahora sabía su nombre y más que eso, sus últimas oraciones me habían hecho ladear la cabeza con un interés que nunca creí encontrar en un marine ¿No era un siervo del gobierno? Entonces ¿Qué implicaba pasársela todo el día con marines y el mismo portar, en su momento, el uniforme a la par que sus símiles? —E… Eso nos hace dos ¿Me entiendes? ¿Qu-Quien lo diría? Un marine que tiene deudas que saldar con su propio régimen… Cuando creí haberlo visto todo en la vida, me sorprende. — Mi mano temblaba mientras sostenía con fuerza el medallón colgante sobre mi pecho y mis palabras lograban entorpecerse cuando mi lengua era mucho más hábil y filosa que esto. Comencé a sentir la hirviente frustración de verme de esta forma frente a un marine que por un segundo pensé en derrumbar este árbol de un golpe.
Aún así no había forma que le quitara los ojos de encima. —¿A qué te refieres con… cuentas que saldar? ¿Qué podría ser para continuar con ello si te deben? — La curiosidad podía sobre todas las cosas, por eso es que era tan mala consejera. —…Quita tu garra de mi, ambos sabemos que hacerme daño en esta isla terminará mal para ti. —
Contrato confidencial: Tezca Norova

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