04-10-2026, 10:34 AM
(Última modificación: 04-10-2026, 10:47 AM por Vixen Ventress.)
Confieso que, cuando la justiciera giró sobre sus talones para plantarme la pose de manual de héroe —brazo alzado, pecho inflado, esa energía de recién licenciada en la academia del bien—, estuve a punto de aplaudir con dinero en la mano. Porque eso no era una chica: era una función completa con entradas agotadas. Y luego, como si el universo me hubiera leído el pensamiento, la función siguió mejorando.
—¡MENUDOS MAGUMBOS!—
Me mordí la lengua para no escupir la risa. Ahí estaba la gran Centella, emisaria de la justicia, portadora del casco sagrado, reduciendo mi presentación formal, a un piropo de albañil sobre tetorras. Y lo mejor no fue el grito: fue lo de después. Las manos tapándose la boca y el rubor subiéndole por el cuello. Yo me quedé ahí plantada, manos en los bolsillos, disfrutando del espectáculo.
—M-me llamo Fumi.
Ajá. Primera regla de toda identidad secreta: jamás digas tu nombre. Segunda regla: jamás lo digas a la primera desconocida con orejas de conejo que te invite a cenar. En diez segundos esta cosita preciosa ya me había soltado su nombre de pila y, con él, cualquier rastro de instinto de supervivencia, regalándome su total disposición a irse a cenar a solas con una perfecta extraña. Si yo fuera traficante de órganos, ya estaría buscando nevera. Y luego, el broche de oro del desfile: me guiñó un ojo, se giró con la seguridad de una almirante, avanzó un paso y pisó su propia capa. El golpe contra el empedrado sonó a melón maduro contra azulejo.

Rompí a reír Kishishishishishsishsi
Me encorvé sobre mis rodillas y me reí hasta que me dolieron las costillas, con esa risa de carraspeo que me sale cuando algo me hace mucha gracia. Cuando se me pasó, me agaché a su altura y le tendí la mano, palma arriba, sin prisa. —Venga, levántate, heroína —le murmuré, ladeando una sonrisa mientras esperaba a que tomara mi mano—. No te vayas a quedar a vivir ahí abajo... aunque, a decir verdad, no me importaría tenerte así en esa pose un ratito más.
Me puse en marcha hacia la terraza sin mirar atrás ni una sola vez, porque el hambre de esa chica tiraba más que cualquier cadena, y ella misma ya había dicho que venía encantada. El camino me dio tiempo de sobra para hacer lo que mejor se me da: observar. Porque hay cosas que se notan cuando llevas toda la vida en la calle, y esa chica las tenía todas: zapastos gastados de pisar más de lo que dormían, la mirada calculando cada esquina —o eso me pareció a mí, que de miradas entiendo—, y esa manera de oler la comida del ambiente sin admitirlo. Yo a los dieciséis ya distinguía a los hambrientos de verdad de los dramáticos.
Al llegar a la terraza, Marina nos vio aparecer desde el otro extremo y supe, por la manera en que dejó caer la bandeja sobre la barra, que mi mesa reservada acababa de convertirse en zona de guerra. —No —dijo, sin saludo ni "bienvenida" ni nada—. No, no y no. La mesa era para usted, señorita Ventress. Para una persona. Eso que trae detrás es un fenómeno meteorológico con piernas.
—Marina, reina, presenta respeto: es Centella, la emisaria de la justicia —dije, apartando una silla en su honor—. Ha venido a protegernos de los males del mundo y del hambre, que en su caso es el mismo enemigo. Marina se cruzó de brazos y miró a mi invitada de arriba abajo, y ahí, delante de la mismísima emisaria, sacó su libreta, mojó el lápiz con la lengua y dijo, con un tono plano que hacía daño:
—¿Qué va a tomar la señorita? Le aviso de que hoy el menú tiene dos opciones: estofado de rey marino, o la especialidad de la casa, la "sopa de niebla". Receta del chef: agua y humo, como la de la ciudad pero más barata.
Yo pedí para las dos antes de que nadie pudiera sufrir más: dos raciones del estofado, pan para empapar hasta el fondo, y una copa de lo que tuviera la casa que no supiera a remedio. Y, porque soy una dama, le deslicé a mi invitada el pan delante primero.
Mientras el estofado humeaba frente a ella, me apoyé atrás en la silla, con la zanahoria entre los dientes, y me dediqué a lo mío: mirar. Y lo que vi me gustó, joder. La niebla le cortaba la luz de las lámparas de la terraza y le dibujaba un contorno dorado en el pelo, y con las mejillas sonrosadas y los ojos brillándole frente al vapor, la gran Centella parecía menos emisaria de la justicia y más criatura recién rescatada de un naufragio. Adorable. Peligrosamente adorable. Del tipo de adorable que a mí me da ganas de agitar la jaula para ver qué pasa.

Pero no solo era adorable. Me di cuenta de que, aunque llevaba ese traje de heroína que parecía sacado de un cuento de ficción, había algo en ella que gritaba *peligro*. Su cuerpo no era el de una chica que se pasa el día leyendo libros en la biblioteca. Había tensión en sus hombros, incluso cuando se relajaba. Sus brazos, aunque cubiertos por el traje amarillo, tenían esa firmeza de quien ha levantado más que pesas. Y luego estaba su figura, recortada contra la niebla, con esa postura de siempre, como si estuviera lista para saltar en cualquier momento. Me incliné un poco hacia adelante, dejando que mi mirada recorriera cada detalle. Su cabello caía en mechones rebeldes sobre sus hombros, y por un momento pensé en qué pasaría si lo acariciara.
—Se te pone la cara como un tomate cuando te miran fijamente, ¿sabes? —le solté, masticando la zanahoria.
—Así que Centella —proseguí, apuntándole con la zanahoria como si fuera un sable—. Cuéntame, ¿de dónde sale una heroína con casco certificado? ¿Quién te enseñó las poses? Porque esa de la victoria, la del puño y la mirada al horizonte, tiene autor. Eso no nace, eso se aprende de alguien que se lo creía muchísimo. —Levanté la jarra y llené dos vasos, deslizando uno hacia su lado de la mesa—. Y no me vengas con "la justicia me llama" o esas pingas, quiero la versión de verdad. Levanté mi vaso hacia el suyo y lo dejé suspendido en el aire, esperando el choque, con una pícara sonrisa y los ojos fijos en ella.
Al rato bebí un trago largo, saboreando el momento, y sin darle tiempo a recuperar el aliento, apoyé el codo en la mesa, la mano abierta, palma arriba, con toda la calma de quien ya sabe que va a ganar.
—Y ahora, el postre: un pulso???. Tú y yo, aquí y ahora. Si ganas tú, me cuentas una cosa de ti que no le contarías ni a tu casco. Si gano yo... —sonreí, ladeando la cabeza, dejando que la pausa hiciera el trabajo sucio—, ya verás lo que te pido. No tengas miedo, heroína: te prometo caer con suavidad. Bueno, no te lo prometo. Pero prometo disfrutarlo.
Ahí me quedé, el codo plantado en la mesa, la mano esperando, mirándola de arriba abajo sin disimulo ninguno, porque el disimulo es de gente con menos recursos que yo. La niebla seguía enroscándose en las barandillas, el estofado seguía humeando, y yo tenía la tarde exactamente donde la quería: a un pulso de distancia.

Bolsillo Táctico
![[Imagen: HC5Abkg.png]](https://imgur.com/HC5Abkg.png)
