04-10-2026, 02:21 PM
Magnus observó la lágrima que descendía por la mejilla del tabernero. Después miró a la marine que había reconocido su emoción y asintió con solemnidad.
Había hombres a los que les costaba expresar lo que llevaban dentro. Por fortuna, su poesía acababa de facilitarle aquella tarea.
—No te avergüences, sensitive bastard. A mí también se me humedecieron los ojos la primera vez que leí algo mío.
Le habría dado una palmada en el hombro, pero el hombre quedaba al otro lado de la barra y Magnus empezaba a notar cuánto le dolía moverse. Se limitó a señalar la hoja que sostenía entre las manos.
—Enmárcalo y cuélgalo donde se vea desde la entrada. Que nadie tenga que preguntar si este es el establecimiento donde estuvo El último romántico.
Se arregló el cuello del abrigo y se pasó una mano por el pelo. Los gritos de admiración habían conseguido que volviera a erguirse por completo, aunque una punzada en el abdomen le obligó a interrumpir el gesto. Apoyó la palma sobre la zona dolorida y soltó el aire lentamente.
Aquella mujer le había dado una paliza considerable. Al mover la mandíbula todavía podía sentir el último puñetazo. También recordaba perfectamente lo que había venido después.
Sonrió.
—God damn it… Qué mujerón.
Avanzó hacia la salida entre las mesas dañadas, procurando no engancharse con el abrigo en las astillas. Antes de cruzar la puerta se detuvo y volvió la cabeza hacia el propietario.
—Y lejos de las bebidas. La tinta no es impermeable.
Se agachó para pasar bajo el marco y salió a la calle. El aire que corría por las islas de Karate le refrescó un poco su golpeada cara. Permaneció unos instantes junto a la entrada, dejando que el dolor del abdomen rebajase un poco la intensidad antes de buscar en el bolsillo del abrigo. Sacó un cigarrillo y su encendedor con detalles de sirena, protegió la llama con una mano y aspiró la primera calada.
Entonces le rugió el estómago.
Magnus bajó la mirada hacia su vientre, visiblemente castigado. Entre el calvo, las marines y aquel mujerón, se le había pasado la tarde.
—He tenido que arreglar un barrio, enamorar a una mujer y salvar un negocio. Y todavía no he almorzado. Estos niños de mierda van a matarme de un disgusto.
Guardó el encendedor y miró calle abajo, buscando el puesto donde había visto preparar el estofado. Recordaba el olor y una olla bastante grande.
Se puso en marcha con el cigarrillo entre los labios. Tenía hambre suficiente para pedir una ración de su tamaño.
Había hombres a los que les costaba expresar lo que llevaban dentro. Por fortuna, su poesía acababa de facilitarle aquella tarea.
—No te avergüences, sensitive bastard. A mí también se me humedecieron los ojos la primera vez que leí algo mío.
Le habría dado una palmada en el hombro, pero el hombre quedaba al otro lado de la barra y Magnus empezaba a notar cuánto le dolía moverse. Se limitó a señalar la hoja que sostenía entre las manos.
—Enmárcalo y cuélgalo donde se vea desde la entrada. Que nadie tenga que preguntar si este es el establecimiento donde estuvo El último romántico.
Se arregló el cuello del abrigo y se pasó una mano por el pelo. Los gritos de admiración habían conseguido que volviera a erguirse por completo, aunque una punzada en el abdomen le obligó a interrumpir el gesto. Apoyó la palma sobre la zona dolorida y soltó el aire lentamente.
Aquella mujer le había dado una paliza considerable. Al mover la mandíbula todavía podía sentir el último puñetazo. También recordaba perfectamente lo que había venido después.
Sonrió.
—God damn it… Qué mujerón.
Avanzó hacia la salida entre las mesas dañadas, procurando no engancharse con el abrigo en las astillas. Antes de cruzar la puerta se detuvo y volvió la cabeza hacia el propietario.
—Y lejos de las bebidas. La tinta no es impermeable.
Se agachó para pasar bajo el marco y salió a la calle. El aire que corría por las islas de Karate le refrescó un poco su golpeada cara. Permaneció unos instantes junto a la entrada, dejando que el dolor del abdomen rebajase un poco la intensidad antes de buscar en el bolsillo del abrigo. Sacó un cigarrillo y su encendedor con detalles de sirena, protegió la llama con una mano y aspiró la primera calada.
Entonces le rugió el estómago.
Magnus bajó la mirada hacia su vientre, visiblemente castigado. Entre el calvo, las marines y aquel mujerón, se le había pasado la tarde.
—He tenido que arreglar un barrio, enamorar a una mujer y salvar un negocio. Y todavía no he almorzado. Estos niños de mierda van a matarme de un disgusto.
Guardó el encendedor y miró calle abajo, buscando el puesto donde había visto preparar el estofado. Recordaba el olor y una olla bastante grande.
Se puso en marcha con el cigarrillo entre los labios. Tenía hambre suficiente para pedir una ración de su tamaño.
Off
![[Imagen: qWhXPFX.png]](https://i.imgur.com/qWhXPFX.png)
