Hace 9 horas
Kibai respiraba con pesadez, notando como todos los músculos le tiraban por la tensión y la herida que seguía sangrando a la altura de su hombro derecho. Pero no era ni por asomo su única herida. Varias puntas de flecha seguían clavadas en su carne, mientras que otras se habían ido desprendiendo como consecuencia del traseigo del combate. No obstante, aquello no había cerrado mágicamente sus heridas, de modo que el uniforme del mink estaba manchado de su propia sangre, así como de la de Bertram por todas partes. Asimismo, la tela exhibía una curiosa cantidad nueva de agujeros, unidos a los que aún no había tenido tiempo de zurcir apropiadamente desde que el Royal Quiver había naufragado en la desastrosa bajada desde el cielo, hacía ya unos días.
Casi como si hubiese estado esperando al final del enfrentamiento entre el mink y el pelirrojo, Moja apareció de nuevo entre los árboles que cerraban el promotorio al resto del bosque de la isla. El compañero de Kibai, manteniendo su silencio habitual, se dirigió directamente hacia Bertram, agachándose de la mejor manera que podía empleando las dos muletas que seguía empleando para desplazarse, las cuales al parecer le habían resultado en general de lo más útiles, pues se las había apañado para salir de aquella zona más o menos inaccesible y largarse a saber dónde.
Una vez que hubo terminado de atender al contramaestre el cual estaba en bastante peores condiciones que el propio Kibai, Moja se giró hacia el leopardo, alargándole un rollo de gasa. Entendiendo el mesaje sin mayores aspavientos, el mink desprendió el cierre del abrigo, dejando que la tela cayese por detrás de sus hombros, mientras sus músculos dejaban escapar la tensión del Electro, el cual se evaporó a su alrededor con una última oleada de chispas azules.
Con cuidado de no forzar demasiado la posición de su brazo más afectado, Kibai se deshizo de su camisa, dejando su torso al descubierto, y procedió a vendar con varias vueltas de gasa la herida del hombro, echando un ojo de vez en cuando hacia su compañero por si este le hacía alguna corrección en su hacer.
Por su parte, Bertram, en cuanto hubo recuperado el aliento, no perdió el tiempo y se dirigió directamente a Moja, increpándole por haberse esfumado sin decir nada a nadie. Kibai se calló, ocultando de esa manera que él seguramente habría recibido una regañina parecida, pues tal era su intención cuando se había despertado para ir a buscar algo de comer, pero como ahora parecía que las palabras iban en otra dirección, optó por sumirse en un oportuno mutismo, mientras terminaba de anudarse el vendaje de la gasa y asentía vigorosamente con la cabeza ante las palabras del contramaestre hacia Moja.
Casi como si hubiese estado esperando al final del enfrentamiento entre el mink y el pelirrojo, Moja apareció de nuevo entre los árboles que cerraban el promotorio al resto del bosque de la isla. El compañero de Kibai, manteniendo su silencio habitual, se dirigió directamente hacia Bertram, agachándose de la mejor manera que podía empleando las dos muletas que seguía empleando para desplazarse, las cuales al parecer le habían resultado en general de lo más útiles, pues se las había apañado para salir de aquella zona más o menos inaccesible y largarse a saber dónde.
Una vez que hubo terminado de atender al contramaestre el cual estaba en bastante peores condiciones que el propio Kibai, Moja se giró hacia el leopardo, alargándole un rollo de gasa. Entendiendo el mesaje sin mayores aspavientos, el mink desprendió el cierre del abrigo, dejando que la tela cayese por detrás de sus hombros, mientras sus músculos dejaban escapar la tensión del Electro, el cual se evaporó a su alrededor con una última oleada de chispas azules.
Con cuidado de no forzar demasiado la posición de su brazo más afectado, Kibai se deshizo de su camisa, dejando su torso al descubierto, y procedió a vendar con varias vueltas de gasa la herida del hombro, echando un ojo de vez en cuando hacia su compañero por si este le hacía alguna corrección en su hacer.
Por su parte, Bertram, en cuanto hubo recuperado el aliento, no perdió el tiempo y se dirigió directamente a Moja, increpándole por haberse esfumado sin decir nada a nadie. Kibai se calló, ocultando de esa manera que él seguramente habría recibido una regañina parecida, pues tal era su intención cuando se había despertado para ir a buscar algo de comer, pero como ahora parecía que las palabras iban en otra dirección, optó por sumirse en un oportuno mutismo, mientras terminaba de anudarse el vendaje de la gasa y asentía vigorosamente con la cabeza ante las palabras del contramaestre hacia Moja.
La Caja de Pandora
