Hace 2 horas
El viento arreciaba contra las paredes y ventanas de las viviendas de la isla Karate, era un día de esos que piensas que lo mejor es no salir de casa bajo ninguna circunstancia, y puede que eso sea lo mejor en la mayoría de ellos. Por mi parte, desoí esos instintos y me aventuré a investigar la ciudad a la que hacía poco que había llegado. La gente, por lo general me había tratado bastante bien, tanto comerciantes, como fuerzas de seguridad, como transeúntes y vendedores varios. Los mercados solían estar abarrotados, los puestos cerca de las playas hasta arriba de gente y un flujo constante de viandantes, luchadores o lo que fuera hacía los campos y dojos de la isla.
Aunque yo hoy me decanté por el bosque de bambú. Me llamaba la atención esa forma de moverse mecidos por el fuerte viento, pero sin llegar a caerse o ser arrancados como les pasaba a árboles más gruesos o viejos. Esa flexibilidad, y resistencia al cambio me llamaban la atención. Era como si se adaptarán a las circuncisas de su alrededor, no era una resistencia inamovible, eran cambios destinados a un solo objetivo, prevalecer, y eso era una de las cosas que más me atraía. Para mí eran el máximo exponente de lo que isla Karate era, una isla de luchadores que se sobreponen y siguen adelante.
Entre los bambús había otro tipo de hierbas, habituadas y sincronizadas con ellos, creando un ecosistema precioso. Y dentro de ese ecosistema estaban los hongos. Los ricos y misteriosos hongos, de los que me gustaría saber más aparte de como cocinarlos. Sabía que algunos soltaban partículas y que otros eran mortales, pero como salían o si eran como una fruta o verdura, me resultaba interesante de descubrir. No parecían tener raíces como otras plantas, y dependiendo el tipo salía en unos sitios u otros con una mayor frecuencia. No hacía mucho que me había interesado por estas cosas, principalmente para conocer el origen de mis ingredientes, pero me estaba gustando.
Entre aquellos hongos terminé recogiendo los que me habían dicho que eran comestibles, tenía pensado hacer con ellos un guiso para mi cuidadora, la carne la había comprado en el mercado el día anterior, pero quería coger yo misma las setas. Me habían dicho que los días ventosos eran buenos días para recogerlos y que al año siguiente salieran más, y ese era el motivo de estar allí. Encontré junto a unos brotes de bambú un grupito de setas, una de ellas especialmente grande, aunque sin duda de la misma especie que los cercanos. No había probado nunca este tipo de alimento sin cocinar, aunque me habían dicho en varias ocasiones que se podía.
Así que decidí que qué mejor momento que este para probarlos, y más teniendo un ejemplar tan grande. El sabor era diferente al cocinado, más terroso y seco, pero no era malo. Estando allí también descubrí una cosa interesante, los bambús también daban fruto. No los había visto hasta ahora, y me llamaron mucho la atención. Quizás pudiera hacer algún postre con ellos, aunque lo más llamativo es que los frutos que encontré estaban cerca de plantas adultas marchitas. Parecían ser peras, aunque más alargadas y de una cubierta más dura. Abrí uno de los pocos que había, necesitaba saber como era y cual era su sabor.
A veces me pasaba que hacía estas cosas impulsivas, aunque luego lo fuera a pagar. Su sabor era extraño, incluso algo desagradable, pero no podía dejar de comerlo. Cogí los demás, más pequeños que el que yo había comido y con la cascara más lisa en lugar de con formas raras. Pensé que era por el estado de maduración, que estos se habían caído antes de tiempo. O puede que el que me comí les hubiera quitado nutrientes, en cualquier caso, había encontrado algo interesante y ya tenía para la comida de hoy.
Aunque yo hoy me decanté por el bosque de bambú. Me llamaba la atención esa forma de moverse mecidos por el fuerte viento, pero sin llegar a caerse o ser arrancados como les pasaba a árboles más gruesos o viejos. Esa flexibilidad, y resistencia al cambio me llamaban la atención. Era como si se adaptarán a las circuncisas de su alrededor, no era una resistencia inamovible, eran cambios destinados a un solo objetivo, prevalecer, y eso era una de las cosas que más me atraía. Para mí eran el máximo exponente de lo que isla Karate era, una isla de luchadores que se sobreponen y siguen adelante.
Entre los bambús había otro tipo de hierbas, habituadas y sincronizadas con ellos, creando un ecosistema precioso. Y dentro de ese ecosistema estaban los hongos. Los ricos y misteriosos hongos, de los que me gustaría saber más aparte de como cocinarlos. Sabía que algunos soltaban partículas y que otros eran mortales, pero como salían o si eran como una fruta o verdura, me resultaba interesante de descubrir. No parecían tener raíces como otras plantas, y dependiendo el tipo salía en unos sitios u otros con una mayor frecuencia. No hacía mucho que me había interesado por estas cosas, principalmente para conocer el origen de mis ingredientes, pero me estaba gustando.
Entre aquellos hongos terminé recogiendo los que me habían dicho que eran comestibles, tenía pensado hacer con ellos un guiso para mi cuidadora, la carne la había comprado en el mercado el día anterior, pero quería coger yo misma las setas. Me habían dicho que los días ventosos eran buenos días para recogerlos y que al año siguiente salieran más, y ese era el motivo de estar allí. Encontré junto a unos brotes de bambú un grupito de setas, una de ellas especialmente grande, aunque sin duda de la misma especie que los cercanos. No había probado nunca este tipo de alimento sin cocinar, aunque me habían dicho en varias ocasiones que se podía.
Así que decidí que qué mejor momento que este para probarlos, y más teniendo un ejemplar tan grande. El sabor era diferente al cocinado, más terroso y seco, pero no era malo. Estando allí también descubrí una cosa interesante, los bambús también daban fruto. No los había visto hasta ahora, y me llamaron mucho la atención. Quizás pudiera hacer algún postre con ellos, aunque lo más llamativo es que los frutos que encontré estaban cerca de plantas adultas marchitas. Parecían ser peras, aunque más alargadas y de una cubierta más dura. Abrí uno de los pocos que había, necesitaba saber como era y cual era su sabor.
A veces me pasaba que hacía estas cosas impulsivas, aunque luego lo fuera a pagar. Su sabor era extraño, incluso algo desagradable, pero no podía dejar de comerlo. Cogí los demás, más pequeños que el que yo había comido y con la cascara más lisa en lugar de con formas raras. Pensé que era por el estado de maduración, que estos se habían caído antes de tiempo. O puede que el que me comí les hubiera quitado nutrientes, en cualquier caso, había encontrado algo interesante y ya tenía para la comida de hoy.

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