Ayer, 04:58 AM
El hombre, al ver el agradecimiento de la muchacha, pareció encender sus mejillas en un leve rubor, pero sonrió amablemente hacia la chica y sacudió la mano, aceptando que pudiera ir por sí misma si así lo deseaba. Finalmente, tomó el camino adecuado para darse media vuelta, dando un golpe con ambas manos en sus mejillas y terminar de despejarse, regresando de vuelta al puerto y poniendo en orden su propio trabajo.
Por otro lado, Pucca había elegido el camino. Ese camino era un sendero que, a medida que caminaba, éste comenzaba a estrecharse cuanto más se alejaba del puerto. Los sonidos y el bullicio del mismo comenzaban a verse cada vez más y más alejados hasta que la muchacha dejó de escuchar nada más que sus pasos. Si la mujer contemplaba con detenimiento, podía ver marcas recientes por el suelo, pudiendo guiarla fácilmente por ese sendero.
Aunque el aspecto del camino parecía descuidado y peligroso inicialmente, no hubo inconveniente alguno, la calma parecía existir en la zona, sin interrupciones, solo el ruido de sus propios pasos y las hojas que pudiera pisar con sus pies. Con eso, no hubo dificultad para que Pucca pudiera llegar sin ningún problema hasa el punto que Milo había señalado previamente en el mapa que se le había mostrado. Su alrededor parecía desierto, ahora con otros tres caminos. Uno que tomaba una dirección hacia la colina, la otra por la zona señalada que era la ruta del desvío que habrían tomado los trabajadores y, por último, el atajo más convincente, que era el que iba de forma directa sin desviarse de la ruta en la zona de peligro. El sonido de las voces se distinguía claramente desde su posición gracias al afilado oída de la muchacha desde una pequeña explanada que se encontraba oculta entre las colinas no demasiado lejos de su posición. Desde ese mismo camino que había elegido Pucca como buena sabia había encontrado que la vegetación y el terreno irregular permitieran que se acercase sin exponerse, guiándola con mayor facilidad por el paso que debía proceder. Cuanto más cerca estaba, más claramente escuchaba las voces de lo que parecían varios varones.
—¡Te digo que no pienso volver a mover ese carro hasta que alguien arregle esa maldita rueda! ¡Estoy hasta los cojones de escucharlo chirriar ñiiiic ñiiic ñiiic! ¡Su putísima madre! — se apreció un golpe, claro y molesto, de lo que podría reconocer una madera. Uno de los individuos estaba golpeando la misma rueda que había estado emitiendo el sonido.
—¡Pues deja de quejarte! — contestó una segunda voz con disgusto. —Ya suficiente tenemos con mantener este sitio en secreto como para que encima te pongas a gritar maldito imbécil.
Desde su posición, Pucca podría ver una explanada donde existía un carro de carga con una de sus ruedas ligeramente torcida, lugar de donde provenía el sonido del chirrido. De hecho, los hombres que se encontraban, cuanto más trataban de empujar dicho carro más lo hacían sonar. El sonido coincidía perfectamente con la descripción que había dejado caer Milo ante la mujer. Dicho carro, además, poseía una enorme lona que cubría el contenido de lo que había en el carro. Sin embargo, había un lateral ligeramente elevado que revelaba una caja y, gracias a la desarrollada vista de la muchacha, podía verlo con claridad desde su posición. Estaba claro que había dado exactamente con la mercancía. También podía ver cómo estaban todos estructurados y ordenados a su alrededor. En total habían 4 hombres. Dos de ellos eran los que estaban discutiendo al lado del carro, un tercero se encontraba en la entrada, distraído tratando de encender el cigarrillo, mismo que habló.
—¿Qué tal si dejáis de discutir los dos? Me pitan los putos oídos, mierda. Tsk... — Chasqueó la lengua, peleándose con el mechero y con una mueca de desagrado, sin prestar atención a lo que debía hacer realmente, que era vigilar la entrada de lo que parecía un pequeño almacén algo abandonado. La cuarta y última persona, por otro lado, estaba de brazos cruzados frente a lo que parecían otras tres personas más. Dos de ellas eran varones y uno una mujer. Los tres estaban atados con sogas por las muñecas tras la espalda y los tobillos. Los tres se encontraban sentados en el suelo, espalda con espalda. La mujer parecía estar temblando asustada, los tres parecían alimentados, pero seriamente agotados y las bolsas bajo sus ojos revelaba el miedo y estrés al que se sometieron a lo largo de ese tiempo. Esos tres cargaban con un uniforme, exactamente el mismo que Valerie le había mostrado a “Shiroi” cuando abrió el armario. Allí estaban los tres, quienes habían resultado ser no más que víctimas de unos maleantes.
El hombre que los había estado vigilando tenía un cuchillo pequeño en la mano que pasaba de una mano a otra, con una mueca de asco, sin apartar la mirada de ellos. Había algo llamativo que Pucca podía percibir, otro pequeño detalle que pudo haberle revelado Milo: Tenía una chaqueta marrón. —¿Qué deberíamos hacer con estos inútiles?
—¿Y a mí qué mierda me preguntas? Primero hay que saber cómo cojones moveremos esas putas cajas o saber cómo arreglar la puta rueda. — Quien habló era el mismo que se encontraba en la entrada, finalmente logrando encender el cigarrillo y volteándose, dándole la espalda a Pucca.
—¿Y si alguien viene a buscarlos? — habló esta vez el segundo que había estado tratando de silenciar al primero. Lo que escuchó por parte del vigilante fue una leve risita burlesca.
—Pffft... ¿Quién te crees que nos va a encontrar aquí? Esos idiotas transportistas están convencidos de que estaremos en lo que dicen “zona de peligro”. Seguro ninguno pensó que podíamos salirnos y hacernos con un botín. Por eso es tan fácil hacerse con esta mierda... Pero sí es un problema que hayamos tenido que joder una rueda para interceptarlos. — Los demás parecieron compartir su confianza. Continuaron discutiendo y atendiendo a sus tareas, convencidos de que la distancia respecto al puerto y el aislamiento de la zona eran más que suficientes para no encontrar peligros ni miradas indeseadas, extremadamente confiados por ello. Lo mejor era que, al menos por ahora, ninguno reparó con la presencia de Pucca quien, desde su posición, pudo aprovechar ese tiempo para analizar la situación, el entorno y elegir qué hacer a continuación. Había encontrado la fuente del problema, podía ver a los hombres, quienes estaban con la guardia baja y discutiendo entre ellos. Todo parecía fácil... Si no fuera porque uno de ellos parecía tener un arma y se encontraba frente a lo que claramente eran los rehenes. La oportunidad estaba delante de ella. Ahora todo quedaba en manos de la chica.
Por otro lado, Pucca había elegido el camino. Ese camino era un sendero que, a medida que caminaba, éste comenzaba a estrecharse cuanto más se alejaba del puerto. Los sonidos y el bullicio del mismo comenzaban a verse cada vez más y más alejados hasta que la muchacha dejó de escuchar nada más que sus pasos. Si la mujer contemplaba con detenimiento, podía ver marcas recientes por el suelo, pudiendo guiarla fácilmente por ese sendero.
Aunque el aspecto del camino parecía descuidado y peligroso inicialmente, no hubo inconveniente alguno, la calma parecía existir en la zona, sin interrupciones, solo el ruido de sus propios pasos y las hojas que pudiera pisar con sus pies. Con eso, no hubo dificultad para que Pucca pudiera llegar sin ningún problema hasa el punto que Milo había señalado previamente en el mapa que se le había mostrado. Su alrededor parecía desierto, ahora con otros tres caminos. Uno que tomaba una dirección hacia la colina, la otra por la zona señalada que era la ruta del desvío que habrían tomado los trabajadores y, por último, el atajo más convincente, que era el que iba de forma directa sin desviarse de la ruta en la zona de peligro. El sonido de las voces se distinguía claramente desde su posición gracias al afilado oída de la muchacha desde una pequeña explanada que se encontraba oculta entre las colinas no demasiado lejos de su posición. Desde ese mismo camino que había elegido Pucca como buena sabia había encontrado que la vegetación y el terreno irregular permitieran que se acercase sin exponerse, guiándola con mayor facilidad por el paso que debía proceder. Cuanto más cerca estaba, más claramente escuchaba las voces de lo que parecían varios varones.
—¡Te digo que no pienso volver a mover ese carro hasta que alguien arregle esa maldita rueda! ¡Estoy hasta los cojones de escucharlo chirriar ñiiiic ñiiic ñiiic! ¡Su putísima madre! — se apreció un golpe, claro y molesto, de lo que podría reconocer una madera. Uno de los individuos estaba golpeando la misma rueda que había estado emitiendo el sonido.
—¡Pues deja de quejarte! — contestó una segunda voz con disgusto. —Ya suficiente tenemos con mantener este sitio en secreto como para que encima te pongas a gritar maldito imbécil.
Desde su posición, Pucca podría ver una explanada donde existía un carro de carga con una de sus ruedas ligeramente torcida, lugar de donde provenía el sonido del chirrido. De hecho, los hombres que se encontraban, cuanto más trataban de empujar dicho carro más lo hacían sonar. El sonido coincidía perfectamente con la descripción que había dejado caer Milo ante la mujer. Dicho carro, además, poseía una enorme lona que cubría el contenido de lo que había en el carro. Sin embargo, había un lateral ligeramente elevado que revelaba una caja y, gracias a la desarrollada vista de la muchacha, podía verlo con claridad desde su posición. Estaba claro que había dado exactamente con la mercancía. También podía ver cómo estaban todos estructurados y ordenados a su alrededor. En total habían 4 hombres. Dos de ellos eran los que estaban discutiendo al lado del carro, un tercero se encontraba en la entrada, distraído tratando de encender el cigarrillo, mismo que habló.
—¿Qué tal si dejáis de discutir los dos? Me pitan los putos oídos, mierda. Tsk... — Chasqueó la lengua, peleándose con el mechero y con una mueca de desagrado, sin prestar atención a lo que debía hacer realmente, que era vigilar la entrada de lo que parecía un pequeño almacén algo abandonado. La cuarta y última persona, por otro lado, estaba de brazos cruzados frente a lo que parecían otras tres personas más. Dos de ellas eran varones y uno una mujer. Los tres estaban atados con sogas por las muñecas tras la espalda y los tobillos. Los tres se encontraban sentados en el suelo, espalda con espalda. La mujer parecía estar temblando asustada, los tres parecían alimentados, pero seriamente agotados y las bolsas bajo sus ojos revelaba el miedo y estrés al que se sometieron a lo largo de ese tiempo. Esos tres cargaban con un uniforme, exactamente el mismo que Valerie le había mostrado a “Shiroi” cuando abrió el armario. Allí estaban los tres, quienes habían resultado ser no más que víctimas de unos maleantes.
El hombre que los había estado vigilando tenía un cuchillo pequeño en la mano que pasaba de una mano a otra, con una mueca de asco, sin apartar la mirada de ellos. Había algo llamativo que Pucca podía percibir, otro pequeño detalle que pudo haberle revelado Milo: Tenía una chaqueta marrón. —¿Qué deberíamos hacer con estos inútiles?
—¿Y a mí qué mierda me preguntas? Primero hay que saber cómo cojones moveremos esas putas cajas o saber cómo arreglar la puta rueda. — Quien habló era el mismo que se encontraba en la entrada, finalmente logrando encender el cigarrillo y volteándose, dándole la espalda a Pucca.
—¿Y si alguien viene a buscarlos? — habló esta vez el segundo que había estado tratando de silenciar al primero. Lo que escuchó por parte del vigilante fue una leve risita burlesca.
—Pffft... ¿Quién te crees que nos va a encontrar aquí? Esos idiotas transportistas están convencidos de que estaremos en lo que dicen “zona de peligro”. Seguro ninguno pensó que podíamos salirnos y hacernos con un botín. Por eso es tan fácil hacerse con esta mierda... Pero sí es un problema que hayamos tenido que joder una rueda para interceptarlos. — Los demás parecieron compartir su confianza. Continuaron discutiendo y atendiendo a sus tareas, convencidos de que la distancia respecto al puerto y el aislamiento de la zona eran más que suficientes para no encontrar peligros ni miradas indeseadas, extremadamente confiados por ello. Lo mejor era que, al menos por ahora, ninguno reparó con la presencia de Pucca quien, desde su posición, pudo aprovechar ese tiempo para analizar la situación, el entorno y elegir qué hacer a continuación. Había encontrado la fuente del problema, podía ver a los hombres, quienes estaban con la guardia baja y discutiendo entre ellos. Todo parecía fácil... Si no fuera porque uno de ellos parecía tener un arma y se encontraba frente a lo que claramente eran los rehenes. La oportunidad estaba delante de ella. Ahora todo quedaba en manos de la chica.
Cajita de Tabaco
![[Imagen: WuLqOn8.png]](https://i.imgur.com/WuLqOn8.png)
