11-10-2026, 11:38 AM
Hanma soltó un bufido corto que levantó un remolino de polvo sobre el borde de la barra. La comedia del chiquillo masticando con miedo al veneno era para verla apartando trozos como quien pisa cristales descalzo, diciendo que el bocado estaba pasable mientras tragaba gordo para que no se le escapase el jugo. Daba lástima mirarlo. El Gran Oni apoyó el antebrazo sobre la madera de roble, haciendo chirriar los soportes bajo su peso, y clavó las pupilas doradas en la mollera del peliblanco. La risa ronca le asomó entre los colmillos sin prisa. -Garararara. Mucho bichisuá de taberna fina y mucha pose de gallito duro, pero rebañas la grasa que da gusto, renacuajo. Si quisiera reventarte las tripas con veneno no me habría pasado diez minutos vigilando que la cebolla no amargue ni gastando pimentón de la isla en tu plato. Te habría metido la cabeza en el fango de la plaza y santas pascuas. Este bicho se llama Ratatouille. Y cuidado que puede sacarte algun pellejo si le caes mal.- La rata blanca, acomodada junto a la piedra de pizarra, masticaba su lasca de cerdo con un crujido limpio de incisivos, ignorando los aspavientos de Kai y mirando al frente con su único ojo oscuro, atenta a cualquier movimiento en falso. La bestia sabía de sobra quién mandaba a la hora del rancho.
El estrépito de la banqueta arrastrándose al fondo cortó la charla en seco. El comensal magullado, que había aguantado el guiso con la frente pegada a la loza, no pudo soportar el peso de la mole cobriza parada a cinco pasos. Le bastó sentir la sombra de los siete metros y medio y el cruce frío de miradas para levantarse como si le quemaran los calzones; soltó la cuchara en la mesa, tropezó dos veces contra las esquinas y ganó la puerta de la calle a trompicones, tragando saliva con un tembleque que se oía desde el mostrador. Hanma ni se movió. Vio perderse la espalda del tipo por el vano de la entrada, con las heridas frescas todavía tirándole del pellejo, y luego giró el cuello hacia la derecha con un chasquido seco de vértebras. Despacio. Kai ya había soltado la lengua: un club de donde venía el desgraciado con la cara hecha una pifia de moratones. Y al otro lado del mostrador, el camarero de la marca en la mejilla se permitía secar un vaso con el trapo sucio y sonreír por debajo de la nariz, soltando ese "Eso es" como quien guarda una perra gorda en el bolsillo. Hanma bajó la zarpa abierta y la plantó de plano contra el mostrador. La madera crujió en seco bajo el impacto.
-Te hace mucha gracia el asunto, tabernero.- La voz de Hanma bajó tres tonos, cavernosa, llena de la calma pesada que precede al pedrisco en alta mar. -Déjate de medias sonrisas y suelta el trapo. Si ese muerto de hambre ha salido por patas con la cara pintada de verde y morado por meterse en un club, quiero saber qué clase de agujero tenéis montado en esta colina. ¿Qué se cuece ahí abajo? ¿Peleas a puño cerrado, apuestas de borrachos o hay tipos que de verdad sepan aguantar un golpe sin pedir permiso a los jueces de los dojos? Si tenéis encerrado a algún mastodonte que merezca la pena romper o sabéis de alguna giganta con lanza que haya pasado a cobrar cuentas, ya estás largando la dirección antes de que me dé por ver cómo crujen las vigas de tu techo.-
El estrépito de la banqueta arrastrándose al fondo cortó la charla en seco. El comensal magullado, que había aguantado el guiso con la frente pegada a la loza, no pudo soportar el peso de la mole cobriza parada a cinco pasos. Le bastó sentir la sombra de los siete metros y medio y el cruce frío de miradas para levantarse como si le quemaran los calzones; soltó la cuchara en la mesa, tropezó dos veces contra las esquinas y ganó la puerta de la calle a trompicones, tragando saliva con un tembleque que se oía desde el mostrador. Hanma ni se movió. Vio perderse la espalda del tipo por el vano de la entrada, con las heridas frescas todavía tirándole del pellejo, y luego giró el cuello hacia la derecha con un chasquido seco de vértebras. Despacio. Kai ya había soltado la lengua: un club de donde venía el desgraciado con la cara hecha una pifia de moratones. Y al otro lado del mostrador, el camarero de la marca en la mejilla se permitía secar un vaso con el trapo sucio y sonreír por debajo de la nariz, soltando ese "Eso es" como quien guarda una perra gorda en el bolsillo. Hanma bajó la zarpa abierta y la plantó de plano contra el mostrador. La madera crujió en seco bajo el impacto.
-Te hace mucha gracia el asunto, tabernero.- La voz de Hanma bajó tres tonos, cavernosa, llena de la calma pesada que precede al pedrisco en alta mar. -Déjate de medias sonrisas y suelta el trapo. Si ese muerto de hambre ha salido por patas con la cara pintada de verde y morado por meterse en un club, quiero saber qué clase de agujero tenéis montado en esta colina. ¿Qué se cuece ahí abajo? ¿Peleas a puño cerrado, apuestas de borrachos o hay tipos que de verdad sepan aguantar un golpe sin pedir permiso a los jueces de los dojos? Si tenéis encerrado a algún mastodonte que merezca la pena romper o sabéis de alguna giganta con lanza que haya pasado a cobrar cuentas, ya estás largando la dirección antes de que me dé por ver cómo crujen las vigas de tu techo.-
