Cuentas de Otoño [FIC]
#1
26 de Otoño del Año 18, Isla Kutsukku.
9:48 Pm Ciudad Sump.


La lluvia en la Ciudad Sump no limpiaba nada, solo movía la mugre de un lado a otro. Caía sobre los tejados del distrito portuario con una paciencia de verdugo, repiqueteando un ritmo monótono contra los toldos raídos del mercado. Vixen caminaba bajo un puente de piedra, observando cómo el agua arrastraba colillas y lo que parecía ser la mitad de un diente —vaya a saber de qué desgraciado— hacia el desaguadero central. Se había puesto la capucha, no por discreción, sino porque el viento cortaba como cuchilla de afeitar. Mientras mordisqueaba una zanahoria, la nariz le dio uno de sus habituales tics de conejo, arrugándose un par de veces antes de que arrancara otro pedazo con un crujido seco. Bajo el tejido oscuro, su cuerpo se movía con esa soltura conejil que la caracterizaba, sus ojos, del color del carmesí encendido, barrían la calle con la calculadora pereza de una prestamista contando intereses.

 

Dos días antes, Vixen había sido contratada por un sujeto que vestía un abrigo gris. El hombre le había explicado los términos del encargo y, como parte del acuerdo, le había entregado una bolsa con la mitad del pago por adelantado. La otra mitad la recibiría en el Muelle de las Cadenas, una vez que hiciera entrega del paquete. El trato era sencillo: cumplir con lo acordado y cobrar el resto de la recompensa.

El objetivo era simple, un gordo repugnante llamado Kassar que manejaba la contabilidad del mercado del puerto desde un antro llamado La Puerta Verde, o eso se rumoreaba. Kassar tenía tres vicios: el sake barato, las mujeres caras y los libros de cuentas. El tercero era el que interesaba a Vixen y a su empleador. Un cuaderno con cuentas donde se mezclaban deudas sin saldar, mercancía de contrabando, nombres de personas que preferían mantenerse lejos de los registros oficiales, algún que otro marine en su nómina de sobornos y lo verdaderamente importante para el empleador: contactos de Kassar, sus negocios ocultos y la información que había ido acumulando sobre gente importante del puerto. Y si de paso aligeraba la caja fuerte de algo de efectivo, nadie iba a llorar por el gordo.

Ahora, dos noches después, Vixen había pasado una hora en la barra de La Puerta Verde, comprando rondas y oídos, dejando que el murmullo de los dados y las cartas le contara lo que necesitaba. Kassar estaba arriba, en su oficina, contando la recaudación del día con dos contadores nerviosos y un guardia en la puerta.

Subió por la escalera trasera sin apurarse. La madera crujió tres veces bajo sus botas, y la cuarta vez fue el guardia el que crujió: Vixen le dio la espalda un instante después de que el hombre la viera, y el codo descendió sobre su nuca con la autoridad de un martillo de subastas. El guardia se deslizó por la pared hasta el suelo, soñando ya. La oficina de Kassar olía a tinta, ron y cojón de oso. El gordo estaba de espaldas, frente a una caja fuerte de hierro, y ni siquiera se molestó en girarse al oír la puerta.

—Tardas, Rudy. Si es por el recado de esa persona ya le dije que el envío sale el jueves...

Vixen cerró la puerta con el talón. El silencio que siguió tuvo forma de advertencia, y Kassar se giró con la lentitud de un buque varado. Los dos contadores, encogidos tras el escritorio, parecían dos ratas calculando la distancia hasta la ventana.

—¿Y tú quién cojones eres? —gruñó el gordo, echando mano a un garrote que dormía junto a la caja fuerte.

—Mi nombre es Aquiles Cobro—respondí, bajándome la capucha—. Vengo a informarte de que has sido seleccionado para una auditoría sorpresa. Enhorabuena, gordito. Ahora, entrégame el libro de cuentas y abre la caja fuerte.

Kassar cargó contra ella con una velocidad que no le correspondía a su cuerpo. El garrote bajó silbando; Vixen giró sobre la pierna izquierda, dejó que el golpe se estrellara contra el escritorio en un chorro de astillas, y le clavó la rodilla en el esternón mientras el brazo del gordo aún estaba extendido. Kassar se dobló como un acordeón, soltando el arma, y los dos contadores aprovecharon para correr hacia la puerta. Vixen los dejó pasar: le gustaba la idea de que fuesen yendo con el chisme a las autoridades.

El gordo intentó levantarse agarrándose a la caja fuerte. Vixen le pateó la mano, escuchó el crujido de los nudillos contra el hierro, y aprovechó el aullido para clavarle una patada lateral en el costado que lo tumbó de nuevo al suelo, jadeando.

—Quédate ahí, gordito, por tu bien te lo digo—dije, agachándome a su altura—. ¿La combinación de la caja? Piénsalo bien: tus dedos están hinchados y los míos no.

El gordo escupió sangre y un número. Vixen giró la manivela, abrió la caja de hierro y encontró el libro de cuentas, encuadernado en cuero, y una bolsa de monedas que hacía el ruido de una promesa cumplida. Guardó el libro contra el costado, colgó la bolsa del hombro y se volvió hacia Kassar, que todavía intentaba incorporarse, aferrándose al borde de la caja fuerte. Vixen le soltó un último golpe seco en la mandíbula que lo mandó de vuelta al suelo, esta vez sin fuerzas para levantarse ni abrir la boca. Se quedó un instante observándolo para asegurarse de que no fuera a darle más problemas y, satisfecha, le sonrió al gordo inconsciente antes de dirigirse a la puerta. Bajó la escalera trasera con el botín a cuestas y la lluvia recibiéndola como una socia. Detrás, La Puerta Verde seguía rugiendo, sin enterarse de que Kassar acababa de quebrar en silencio.

El Muelle de las Cadenas era un desierto, salvo por un farol y tres figuras que aguardaban junto al poste de amarre. El hombre que había contratado a Vixen para el trabajo no había venido solo: lo acompañaban dos matones de abrigo largo. Vixen había tenido buen ojo al sospechar desde el principio cómo terminaría aquel encargo. A fin de cuentas, resultaba mucho más sencillo deshacerse de quien conocía demasiados detalles que pagarle por mantener la boca cerrada. Y, a juzgar por la compañía que se había traído el muy cabrón, parecía que su contratista había llegado a la misma conclusión.

—El libro —dijo, extendiendo la mano.

—El dinero —respondí, extendiendo la mía.

Los dos matones de abrigo largo se movieron a la vez, manos hacia dentro de los capotes. Vixen ya se había movido antes: patada baja al primero, hueso de la espinilla contra el borde de la cadena de amarre, un grito agudo y un cuerpo doblándose hacia adelante, justo a tiempo de recibir el codo de Vixen en la sien y quedarse dormido sobre las tablas del muelle. El segundo sacó una daga; ella le pisó la muñeca contra el poste, escuchó cómo la daga caía al agua, y le regaló una patada ascendente en la mandíbula que lo dejó mirando las estrellas que no había.

El cabrón no había corrido. Los hombres que contratan trabajos sucios saben cuándo la carrera está perdida; se quedó quieto, con el farol en la mano y la bolsa del libro bajo el brazo, calculando con la rapidez de un ahogado.

—¿Qué quiere? —preguntó, y por primera vez su voz tembló un grado.

—Lo que es mío—espeté, acercándome un paso más—. Mi puta paga y el libro de los cojones, ese último me pertenece por partida doble: primero, porque lo robé; y segundo, porque te lo he quitado a ti, pedazo de mierda, que no puedes abrir la boca para reclamarlo sin acabar colgado de una soga. Le dediqué una sonrisa de oreja a oreja, casi encantadora, mientras mis ojos le dejaban bien claro que se le había acabado la suerte.

—Ahora vamos a terminar con esta pinga. Vas a vaciarte los bolsillos, ¿me oyes? El dinero, las armas, las joyas y hasta la última moneda que lleves escondida en el puto culo. No me hagas tener que registrarte a pingazos, porque va a ser la segunda peor decisión que tomaste hoy imbécil.

—¿Sabes qué es lo mejor de todo? —solté—. Que una rata como tú va a ir derechito a contar cómo una coneja te vació los bolsillos delante de tus propios perros. Hazlo, y asegúrate de que no se te escape ni un puto detalle. Pero reza para que no vuelvas a cruzarte conmigo. Me giré de golpe y, antes de que pudiera abrir la boca, le descargué un golpe seco en la nuca. Su cuerpo se desplomó sin remedio. Lo contemplé un instante, inconsciente sobre el suelo, y me sacudí las manos con absoluta indiferencia antes de largarme de allí.

Vixen se marchó dejando al pobre infeliz tirado en el suelo, prácticamente en bolas. Los alaridos de Kassar se propagaban por todo el puerto. El gordo había conseguido recuperar la voz y, para entonces, media ciudad ya estaba al corriente del saqueo de La Puerta Verde. Ajena al revuelo que dejaba atrás, Vixen se internó en las callejuelas del puerto, cargando con tres bolsas de monedas, un reloj de plata, tres anillos y el libro de cuentas bajo el brazo. Avanzaba sin prisas, perdiéndose entre callejones con la tranquilidad de quien acababa de saldar todas sus deudas. Y, a su manera, las cuentas estaban más que cuadradas.
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Cuentas de Otoño [FIC] - por Vixen Ventress - Ayer, 04:57 AM

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