Hace 1 hora
Evento: A la caza de los sueños
Isla Kutsukku
Fecha: 39 de otoño, año 18
Hora: 6:30 PM
Ciento cincuenta y un mamarrachos, con sus gargantas desafinando al unísono: eso eran los Piratas Wanga.
Vixen había aguantado de todo en su vida, pero aquello —aquello— era un terremoto de guitarras y voces, con ciento cincuenta y un cabrones empeñados en hacer temblar el mundo. Y ella estaba encantada de estar allí y ser parte de ello. El ritmo le entraba en el cuerpo y no pensaba quejarse ni un poquito.

Caminaba en el segundo pelotón, usando la espalda azul de Krave como punto de rumbo —si el mundo entero ardía, esa montaña con bigote de morsa estreñida seguiría caminando igual, y eso la tranquilizaba más que cualquier mapa—. A su lado iba Wheke, que estaba más pintado que un crucigrama y parecía un puto faro, con brazos de sobra para compensar cualquier otra carencia; al otro, Centella. Para algunos, la loca enmascarada que asaltaba mercados con más entusiasmo que criterio; para Vi, Casquito, una tía de lo más divertida que siempre conseguía llamar su atención con una sonrisa que le daba ganas de averiguar, qué otras fechorías podía cometer a puerta cerrada. Detrás, pisándole los talones, iba Magnus. O al menos eso le parecía a Vixen, que llevaba un rato sintiendo una mirada clavada en las nalgas con la persistencia de una mosca en verano. No se giró a comprobarlo. Si al cochi… ejem, al caballero le apetecía recrearse con las vistas, que aprovechara mientras pudiera.
— ♪ ¡¡YAAVECEES SEMEOOOLVIDAAAAAA!! ♬ —
La canción de los chatarreros le entraba por las botas y le subía por las piernas como una corriente, y aunque ella no cantaba, tarareaba, y sus dedos marcaban el compás contra el muslo, secos y exactos.
El olor de Kutsukku les llevaba la delantera desde hacía rato: hierro quemado y esa humedad ácida de las ciudades que son un caos. Pero cuando la comitiva torció hacia la costa y el fondeadero se abrió ante ellos el aire cambió de registro. Salitre viejo. Moho de madera muerta. Y debajo, un tufo metálico y remojo en agua estancada.
A Vixen se le disparó la nariz. Tres tironcitos rápidos, el tic de siempre, como si tuviera una abejita haciendo zumba en la punta. Se rascó la nariz con el dorso del índice, disimulando el gesto como quien se quita una picazón, y refunfuñó una maldición sin voz. — Pinga… tú y yo vamos a tener un serio problema algún día — le advirtió a su propia nariz, entre dientes. La cueva era más grande de lo que los rumores habían escupido, y eso ya era decir mucho.
Cuando las gaviotas alzaron el vuelo en medio del tumulto y soltaron los periódicos, Vixen vio a Taito atrapar uno al vuelo, hojearlo con cara de erudito y rematar la faena con la sentencia del año: —¡No sé leer!. La risa le subió a Vixen por el esternón antes de que pudiera contenerla. Se le escapó entre los dientes, seca y corta, mientras se tapaba a medias la boca con los nudillos. —Kishishishi... El futuro Rey de los Piratas, señoras y señores. Analfabeto y sin el más mínimo complejo por ello.
Antes de que Krave decidiera por dónde empezar, Vixen ya se había colado entre su brazo y el papel, echando el cuello como tortuga chismosa que no pensaba perderse el cotilleo aunque tuviera que meter la cabeza dentro del periódico. No es que fuera una rata de biblioteca. Leía lo justo, pero los wanted eran el idioma universal del brete en los mares, y Vixen no pensaba perderse los chismes de primera mano. Y para su sorpresa, entre tanta cara de edgys, encontró una que conocía de sobra.
—Pero si es nuestra Casquito —canturreó Vixen, clavando el dedo en el papel sin pedirle permiso a nadie—. Mira qué bien sales, que perra. «Heroína local» entregada por sus propios vecinos. Los mismos a los que había salvado se habían presentado en masa ante los Marines para señalarla con el dedo y rogar, entre lágrimas, que sacaran a «esa demonio» de sus vidas. Vixen lo leyó dos veces. O dos veces y media, porque la primera se le nubló la vista de la risa.
— Kishishishi... — La gratitud, Casquito. Caduca antes que la leche. — Vixen le devolvió el periódico a Krave con una palmadita en el brazo, saboreando la ironía como si fuera el último trozo del postre—. Les salvas el culo y te lo devuelven cosido a una recompensa. Menuda panda de cabrones.
Vixen soltó una risa por la nariz y siguió andando, metiendo la mano en el bolsillo interior de la chaqueta hasta dar con lo que buscaba. Sacó una zanahoria y le pegó un mordisco sin dejar de caminar, disfrutando de su merienda tan tranquila, como si no tuviera a un montón de gente apretujándose a su alrededor.
Porque había mucho que mirar.
El primero en entrar en su catálogo fue el gigante, porque era imposible no verlo: menuda montaña con patas, el cabrón. Y, por si no bastara con semejante torre de control, llevaba a una pelinaranja instalada en el hombro. Vixen la divisó al instante y enseguida reparó en el detalle verdaderamente importante: qué melones portaba la susodicha. Vixen se quedó un par de segundos con la zanahoria olvidada a medio camino de la boca. Si aquella noche acababa en peleas, que doña mamacita melones le hiciese lo que le gustase, que ella se dejaba... y sin rechistar.
El resto del catálogo tampoco estaba nada mal: un zumbao con cara de coyote en pleno viaje de drogas, cantando a grito pelao mientras le daba a la guitarra—no sabía uno si aplaudir o llamar a un médico—, un peliblanco con aspecto un poco distrófico, de esos que se rompen si los miras muy fuerte, un tipo con cuernos que le causaba repelús, una pechugona pelirosa y para más flipados por ahí, mejor ir mirando de dos en dos, porque la cueva prometía. Ninguno de ellos había cruzado medio South Blue por turismo. En aquella cueva se respiraba hambre, y no del que se quita con zanahorias: hambre de trono, de nombre, de sitio en el mundo. Vixen lo reconoció al vuelo, porque ella llevaba años durmiendo con ese apetito.
— Daos una vuelta si os apetece, a ver qué sacáis. Si os movéis nos vemos aquí en diez minutos. — dijo Taito a lo bajito.
— Recibido, capitán — respondió Vixen con la zanahoria a medio morder, alzando dos dedos a modo de saludo. Buena idea, la verdad; diez minutos daban para mucho en una cueva con semejante escaparate.

Vixen se guardó lo que quedaba de zanahoria en el bolsillo, se estiró el cuello como quien se prepara para echar a andar... en cuanto decidiera hacia dónde, claro.
Bolsillo Táctico
![[Imagen: HC5Abkg.png]](https://imgur.com/HC5Abkg.png)
