Hace 1 hora
(Última modificación: Hace 1 hora por Vixen Ventress.)
La expedición más sigilosa de la historia duró tres pasos. Vixen ni siquiera había terminado de decidir hacia dónde tirar cuando Casquito salió disparada, se hizo un nudo con su propia capa y cayó de morros a sus pies. PLAF. Allí quedó, despatarrada en el suelo. La discreción hecha persona, vamos. Vi bajó la mirada y se encontró a Centella hecha un cristo contra el piso. Se le torció la boca. Joder, si es que hasta para darse la hostia había que tener talento.

Se agachó junto a ella, disfrutando de aquella estampa con una sonrisa que no auguraba absolutamente nada bueno.
—¿Pero qué haces ahí abajo, Casquito? —inquirió, ofreciéndole la mano con una reverencia burlonamente teatral—. Qué atrevida esta chica, llamándome BunnyVi. Aww, ni siquiera he tenido que esforzarme para tenerte a mis pies. Voy a acabar creyéndome que te gusto.
Le sacudió el barro del hombro con dos palmadas y, de paso, le estiró la capa para que no volviera a pisarla. Detalle práctico. Nada más. Que nadie se confundiera. Porque eso era lo que a Vixen le mordía por dentro desde que pusieron un pie en aquel sitio, los rumores. Cuando algo se pregonaba tanto, no era porque el tipo tuviera labia: era porque quería público. Y un pirata que quiere público, o busca aliados o busca cadáveres. A veces ambas cosas. Que el Gobierno Mundial no hubiera olido aquello era para tontos: Vixen habría apostado su zanahoria de la merienda a que entre la multitud había trajes de marina disfrazados de chupa de cuero. Había examinado a los presentes sin perder detalle, pendiente de cada gesto y cada mirada. En aquel lugar, solo su tripulación tenía un sitio reservado entre la gente en la que confiaba; los demás eran posibles enemigos.
Vixen notó algo molesto, por algún rincón del fondeadero a cercanías del gigante, una peli azul con traje escotado alzaba la voz sin moverse ni un paso del sitio, robándole protagonismo al jaleo de los Wangas como si el show ajeno fuese suyo. Tenía toda la pinta de princesa mimada y esa necesidad de aplausos que se le salía por cada poro de piel que enseñaba. Una petarda egocéntrica e insoportable, de las que confunden ser mirada con ser recordada. El fastidio le subió a Vixen por el esternón, de esos que tuercen la boca. Ni una mirada le dedicó —la misma que a las moscas en la sopa— y pasó de ella por completo.
Fue entonces cuando el cielo —o el sendero de arriba, que a efectos prácticos venía a ser lo mismo— les mandó un regalo. Un bulto enorme bajó rodando por la ladera del acantilado con la majestuosidad de un hipopótamo con problemas de tiroides, atravesó el fondeadero sin pedir permiso y se estampó contra la madera podrida del fondo. El impacto lo dejó espachurrado contra el barro, con las piernas torcidas en una dirección y el culo con los cojones al cielo.

— Pinga, hoy en día cualquiera es pirata... —murmuré rodando los ojos.
Las orejas de Vixen se movieron antes que el resto de su cuerpo. Fue un giro mínimo, dos dedos hacia el fondo de la cueva, y un segundo después el mundo entero entendió por qué. El estruendo llegó con la fuerza de un barco estrellándose contra la costa: la pared del fondo se vino abajo entera. La polvareda se tragó media cueva; cuando por fin se asentó, donde antes había piedra había una boca nueva. Una gruta profunda. Y en su interior, luces: llamas ondulando, danzando en la oscuridad como si llevaran toda la vida esperando público.
La voz del capitán cortó el murmullo como un cuchillo de carnicero, y su mano alzada apagó la fiesta como quien baja el fuego de una hornilla: las guitarras fueron callando, las palmas se quedaron a medias y ciento cincuenta y un cabrones pasaron del jaleo al murmullo con una disciplina que, viniendo de una banda de chatarreros, tenía su aquel. Nadie discutió la orden de apartarse. El capitán tenía el instinto de un tiburón viejo, y Vixen confiaba en él. Sin despegarse de su flanco, Vi se había quedado junto a su capitán, plantada a unos veinte metros escasos de la boca de la gruta que acababa de reventar la pared. Con el cuerpo en tensión, las orejas alerta y los sentidos al máximo y postura de mosquetero con paranoia de gato callejero.
— Prima Mumu, uno. Sentido común, cero — mascó Vixen para sí. Decidió que, si aquella gruta escondía un plantígrado con aquellas inclinaciones, ya sabía a quién empujar delante. No por maldad. Bueno. No solo.
— Tú quédate a mi lado, Casquito — le murmuró, con esa media sonrisa que se le quedaba pegada cuando olía jaleo cerca —.
— Y tú, menos mirarme el melocotón, grandullón, y más ojito a lo que sale o entra ahí —le soltó de reojo a Magnus, tirándole el hachazo al bulto sin molestarse en comprobar si el tipo se estaba recreando la vista o si eran figuraciones suyas. Si daba en el blanco, bien; y si no, que espabilara.
Afuera, la tormenta ya les pisaba los talones: los truenos retumbaban en el horizonte con una rabia creciente, los cascos de los barcos se daban de ostias contra los cascos vecinos, zarandeándose los mástiles como borrachos en una boda.
— Vamos a ver de qué pie cojeas, príncipe anónimo — le dijo a la oscuridad, bajito.
Bolsillo Táctico
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