Hace 44 minutos
Sabía exactamente qué estaba pensando Ann. Me lo podía imaginar, pero había pasado el suficiente tiempo junto a ella como para imaginarme por dónde iban los tiros. Los tiros, claro. Sonreí hacia mis adentros ante mi propia ocurrencia. Diablos, ya habían pasado años desde que Scorn había dejado de ser una fantasía entre cervezas (con limón y sin alcohol para mí) para pasar a ser aquel pequeño proyecto, de un pequeño sueño a un sueño mayor. Aquella siempre fue mi forma de pensar, que así se progresaba en la vida, entre ambición y ambición. Al fin y al cabo, el capitán había bautizado nuestra tripulación así por algo. Lo que iba a tener a cabo en aquel día era nada más y nada menos que el fruto de lo que habíamos meditado durante muchos días y, sobre todo, muchas noches, entre la luz de las velas y el humo de los bares, de una ciudad en otra, de una isla en otra, pero siempre con un objetivo en mente.
Me hallaba inmerso en mis pensamientos cuando el sutil gesto de Jellckama llamó mi atención, sacándome de mi sesión de nostalgia periódica. Arqueé las cejas, viendo cómo un gran mogollón comenzaba a hacerse sitio a través de la entrada de la gruta. Nuestra gruta había sido un auténtico regalo del cielo, los restos de alguna excavación que aquellos chalados habían llevado tiempo atrás allí mismo, en Kutsukku, en sus planes de montar un laboratorio de combate o una chorrada así. Creía recordar que hasta había salido en algún periódico cómo habían salido escaldados de aquello, suponía que tras haber intentado aprisionar a la gente equivocada.
El gran grupo había comenzado a avanzar desde la boca de la cueva, cuya entrada habíamos disimulado, al menos como habíamos podido, para revelar sola y únicamente en el momento adecuado. Oí cómo, entre los pasos que resonaban a lo largo de la gruta hasta mi posición, se colaba también el ruido del temporal en el exterior del fondeadero. Hasta podría haber jurado que oí los cascos de los barcos chocar entre sí. ¿Pero quién salía a navegar en un día como aquel, siendo aquel un sitio al que se podía acceder a pie? Novatos.
Aquel montón de gente, que empezaba a contarse por centenares, fue pasando hacia el interior de la gruta. —Atentos a nuestras indicaciones, por favor. El que se las salte va fuera. Id pasando, id pasando —dije con hastío, mientras hacía un movimiento circular repetitivo dándoles a entender que continuasen desplazándose hacia el fondo para no bloquear la entrada a los rezagados—. Cuidado con el suelo, que resbala. Señora, tápese, haga el favor.
Me hallaba inmerso en mis pensamientos cuando el sutil gesto de Jellckama llamó mi atención, sacándome de mi sesión de nostalgia periódica. Arqueé las cejas, viendo cómo un gran mogollón comenzaba a hacerse sitio a través de la entrada de la gruta. Nuestra gruta había sido un auténtico regalo del cielo, los restos de alguna excavación que aquellos chalados habían llevado tiempo atrás allí mismo, en Kutsukku, en sus planes de montar un laboratorio de combate o una chorrada así. Creía recordar que hasta había salido en algún periódico cómo habían salido escaldados de aquello, suponía que tras haber intentado aprisionar a la gente equivocada.
El gran grupo había comenzado a avanzar desde la boca de la cueva, cuya entrada habíamos disimulado, al menos como habíamos podido, para revelar sola y únicamente en el momento adecuado. Oí cómo, entre los pasos que resonaban a lo largo de la gruta hasta mi posición, se colaba también el ruido del temporal en el exterior del fondeadero. Hasta podría haber jurado que oí los cascos de los barcos chocar entre sí. ¿Pero quién salía a navegar en un día como aquel, siendo aquel un sitio al que se podía acceder a pie? Novatos.
Aquel montón de gente, que empezaba a contarse por centenares, fue pasando hacia el interior de la gruta. —Atentos a nuestras indicaciones, por favor. El que se las salte va fuera. Id pasando, id pasando —dije con hastío, mientras hacía un movimiento circular repetitivo dándoles a entender que continuasen desplazándose hacia el fondo para no bloquear la entrada a los rezagados—. Cuidado con el suelo, que resbala. Señora, tápese, haga el favor.
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