Hace 4 horas
(Última modificación: Hace 4 horas por Berachiah P. Erastus.)
El lugar pareció venirse abajo... de una forma que no me terminaba de gustar. En las primeras filas, algunos manifestaban su aprobación, pero otros no encontraban sino problemas en mi iniciativa. Un joven rubio de aspecto estrafalario parecía haberlo encontrado un ofertón, lo cual resultaba un consuelo. El tipo enorme, con pelirrojo y cuernos, parecía encontrarle algún interés. La mujer enorme de aspecto aniñado parecía estar de acuerdo... o esa impresión me dio. La tripulación de skypeans y brazos largos se miraban entre sí, desconcertados, como sin entender de qué cojones estaba hablando. Decenas de maleantes se habían limitado a estallar en carcajadas, el grupo de encapuchados más cercanos a mí parecían negar con la cabeza. Un tipo pelirrojo, chiquitillo pero con pintas de ser importante entre los suyos se dejó de sutilezas y me llamó inútil. Otros se habían enzarzado a cuestionar los detalles de mi plan en lo que se convirtió rápidamente en una pelotera de voceríos indignados y preguntas que no cesaban. Un enorme gigante entró entonces en la gruta, con aspecto de no tener ni idea de dónde estaba ni qué estaba ocurriendo. Un muchacho rubio, que sonaba convicente, parecía apuntarse a la iniciativa. Suspiré. Donde había esperado oír vítores y toda aquella gruta deshaciéndose en ovaciones ante mi atrevimiento, solo encontré una aprobación ciertamente limitada y multitud de agua en mi vino. Hablando de vino...
—Glup, glup.
Olvidándome por un instante del muro de realidad con el que me acababa de estampar, di un trago a la botella que sostenía en mi mano derecha, mientras con mi mano izquierda volvía a tomar The Tooth del suelo, arrancando su maltrecha punta del tablón de madera en que la había clavado. Good day to be alive, sir, pensé. Lo cierto es que no les faltaba razón. Había intentado aquello demasiadas veces como para confiar en mí una octava vez, pero en peores plazas habíamos toreado. Me tomé un instante, permitiendo que el ron atravesase mi garganta, siempre sedienta por un poco más desde aquello que ocurrió en Roshwan. Fruncí el ceño. Di unos pasos adelante, acercándome al público y situándome al borde del escenario, observándolos con descontento. No era el momento de derrumbarse, sino de atender sus inquietudes.
En un acto de autocontrol, o de búsqueda del mismo, dejé la botella sobre el suelo de madera, para volver a incorporarme. Observé al público, haciendo un ademán con ambas manos para que me dejasen hablar.
—Caballeros, damas —empecé a decir, buscando continuar con mi discurso—. Yo —intenté articular palabra, algo que jamás me había supuesto un problema, pero, por primvera vez, no supe qué decir, o por dónde empezar. Tragué saliva—... No tenéis por qué fiaros de mí, no pretendo ser vuestro jefe. Lo que propongo es una confederación, cojones, una c o n f e d e r a c i ó n, ¿entendéis? ¡Una asociación de tripulaciones! —había empezado a frustrarme, tal vez por no tener la botella a mano. Me di cuenta entonces de que alguien del público se disponía a echarle mano y ya incluso había agarrado su cuello, apenas un instante después de haberla dejado yo allí. Aquello no lo podía permitir. —¡Epa! Eso no es tuyo, grumetillo de agua dulce —lo intercepté, arrancando la botella de sus tonificadas manos a una velocidad insospechada y volviendo a echar mano de ella, quedándomela cerca en esta ocasión. Me volví a dirigir a la audiencia—. ¿Sabéis? Yo tampoco me fiaría de mí. Al fin y al cabo, ¿qué sabéis de mí, más que lo que podéis ver? Y sin embargo, os diré una cosa: recordaréis mi nombre en el día en que me veáis en los periódicos. En el día en que oigáis cómo llegué al final del Grand Line con mis Scorn. Y si me he caído siete veces, me veréis levantarme una octava. ¡Bajbajbaj!
No sabía si los iba a convencer, pero todo fuera por quedarme a gusto, al menos. Antes de arrancarme para continuar, levanté mi botella para dar otro trago, y todo se volvió negro.
—Glup, glup.
Olvidándome por un instante del muro de realidad con el que me acababa de estampar, di un trago a la botella que sostenía en mi mano derecha, mientras con mi mano izquierda volvía a tomar The Tooth del suelo, arrancando su maltrecha punta del tablón de madera en que la había clavado. Good day to be alive, sir, pensé. Lo cierto es que no les faltaba razón. Había intentado aquello demasiadas veces como para confiar en mí una octava vez, pero en peores plazas habíamos toreado. Me tomé un instante, permitiendo que el ron atravesase mi garganta, siempre sedienta por un poco más desde aquello que ocurrió en Roshwan. Fruncí el ceño. Di unos pasos adelante, acercándome al público y situándome al borde del escenario, observándolos con descontento. No era el momento de derrumbarse, sino de atender sus inquietudes.
En un acto de autocontrol, o de búsqueda del mismo, dejé la botella sobre el suelo de madera, para volver a incorporarme. Observé al público, haciendo un ademán con ambas manos para que me dejasen hablar.
—Caballeros, damas —empecé a decir, buscando continuar con mi discurso—. Yo —intenté articular palabra, algo que jamás me había supuesto un problema, pero, por primvera vez, no supe qué decir, o por dónde empezar. Tragué saliva—... No tenéis por qué fiaros de mí, no pretendo ser vuestro jefe. Lo que propongo es una confederación, cojones, una c o n f e d e r a c i ó n, ¿entendéis? ¡Una asociación de tripulaciones! —había empezado a frustrarme, tal vez por no tener la botella a mano. Me di cuenta entonces de que alguien del público se disponía a echarle mano y ya incluso había agarrado su cuello, apenas un instante después de haberla dejado yo allí. Aquello no lo podía permitir. —¡Epa! Eso no es tuyo, grumetillo de agua dulce —lo intercepté, arrancando la botella de sus tonificadas manos a una velocidad insospechada y volviendo a echar mano de ella, quedándomela cerca en esta ocasión. Me volví a dirigir a la audiencia—. ¿Sabéis? Yo tampoco me fiaría de mí. Al fin y al cabo, ¿qué sabéis de mí, más que lo que podéis ver? Y sin embargo, os diré una cosa: recordaréis mi nombre en el día en que me veáis en los periódicos. En el día en que oigáis cómo llegué al final del Grand Line con mis Scorn. Y si me he caído siete veces, me veréis levantarme una octava. ¡Bajbajbaj!
No sabía si los iba a convencer, pero todo fuera por quedarme a gusto, al menos. Antes de arrancarme para continuar, levanté mi botella para dar otro trago, y todo se volvió negro.
¿Eh?
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