Ayer, 05:18 AM
(Última modificación: Ayer, 05:44 AM por Vixen Ventress.)
Evento A la caza de los sueños; Parte 2
Aquello le pareció de lo más raro. Vi ya tenía suficiente con haber fallado en su intento de nalguear a Magnus por hacerse la ingeniosa en lugar de saltar a pegarle. El muy cabrón había conseguido esquivarla y, para colmo, darle un toquecito de amor en las nachas. Pero lo peor había sido la cara de cochino que puso el viejete mientras se sonrojaba y le hablaba a su propia mano. ¡Señor, córtese un poquito! Y encima de todo eso, Centella también estaba actuando medio rara. La muchacha, que hasta entonces siempre había permanecido a su lado, decidió alejarse y colocarse junto a Waka Waka.

¿Eh?
La coneja ladeó la cabeza, con los ojos bien abiertos y la boca entreabierta. Si Casquito siempre andaba pegadita a ella, ¿qué habría pasado para que ahora la evitase? ¿Estaría molesta por algo?, poco después la vio salir disparada hacia el muchacho con el perro en la cabeza, al que secuestró para convertirlo en su nuevo subordinado. Vixen los observó sin entender ni pinga, aunque empezaba a preocuparse de verdad. ¿Le pasaría algo a su Casquito?
El tal Gulpoop seguía con su discurso mientras unos lo escuchaban embobados y otros se descojonaban en su cara. Vixen, cruzada de brazos, oyó aquello de que no pretendía mandar sobre nadie, sino formar una confederación de iguales. Sí, claro. Y ella era una monja. Lo de los siete fracasos tampoco parecía quitarle el sueño al muy cabrón. Había que reconocerle algo: para fracasar tanto, tenía espíritu. Vixen no llegó a terminar de darle vueltas a quién pagaba el circo, porque una explosión le cortó los pensamientos de golpe. Un estruendo, un chisporroteo, y la cabeza de Gulpoop se convirtió en confeti rojo para las primeras filas. La botella cayó rodando por el estrado y el cuerpo del tío se desplomó detrás con la elegancia de un saco de patatas.

¡a!
Vi se quedó un segundo inmóvil, parpadeando, con la imagen de la botella volando en pedazos y algo rojo salpicando el estandarte de los Scorn. No llegó ni a procesarlo. Antes de poder soltar un «¿pero qué cojones...?», un tipo saltó al escenario con alas desplegadas, se quitó la capucha como si esperase un aplauso y se quedó ahí, quieto, esperando que todos le admiraran la jeta. Siguiéndole otros dos: uno apoyó el pie sobre el cadáver como quien marca territorio y el otro se puso a posar, sí, a posar, con el polvo cayéndole alrededor. Tres payasos presumidos y un muerto en el suelo. La gruta entera empezó a temblar, con pequeñas piedras cayendo del techo y grietas abriéndose por las paredes.
—Pues nada, la reunión se ha jodido —mascullé para mí, metiéndome en la boca el pedazo de zanahoria que me quedaba y masticando, con la nariz dale que dale con aquel tic de conejo.
No hubo tiempo para más. El suelo se abrió de golpe bajo sus pies, tragándose a todos los que estaban allí. Vixen cayó rodando por una pendiente de tierra y piedras, dando vueltas sin saber dónde cojones tenía la cabeza ni los pies. Entre golpes, polvo y gritos ajenos, soltó un «¡Pingaaaaaa!» sin poder detenerse hasta que terminó chocando contra algo blando. Algo que, para su sorpresa, empezó a gritar debajo de ella.

Cuando por fin paró, tardó un par de segundos en atreverse a abrir los ojos. Lo primero que vio fue un hombro. Lo segundo, una nalga. Lo tercero, una montaña de tíos amontonados debajo de ella. Eran los primos que acompañaban a Taito, todos quejándose y tratando de salir de aquel montón de brazos y piernas. Vi se incorporó como pudo sacudiéndose las orejas, que le zumbaban con un pitido del carajo.
—Perdón, señores, compermisaaa —les dijo a los pobres desgraciados que le habían hecho de colchón—. Se lo agradezco de corazón, en serio. Sois los mejores cojines en los que he caído en mi puta vida. Pero ¡qué peste a dinosaurio achicoplao! ¿O serán imaginaciones mías?
Se dejó resbalar por el montón con cuidado de no pisarle la cara a nadie y miró alrededor. Una caverna enorme, con el techo en forma de cúpula y agujeritos por los que entraba una luz grisácea. El paso por el que habían caído estaba sellado. Perfecto. Encerrados como ratas y sin saber por dónde cojones salir. Al menos seguía respirando.
Los que habían terminado cayendo en aquella caverna empezaban a repartirse por los laterales. Un poco más allá, un tipo empezó a transformarse delante de todos: se le hinchó el cuerpo, se volvió pelú, se le alargó el hocico y, de repente, ahí estaba un chacal del tamaño de un armario, blandiendo un kanabo y preguntando a gritos por sus compañeros. Vixen ladeó la cabeza, entrecerrando los ojos. ¿Un zoan?. Cerca de él, un tipo con cuernos se pegaba de espaldas a la pared, preparado para combatir y mirando a todos como si hubiesen sido ellos quienes le volaron la cabeza al orador. En una de las paredes laterales una gótica se incorporaba y tanteaba el suelo buscando quién sabe qué, mientras que una chica guapísima de pelo azul se acercaba a entregarle una serpiente mientras vigilaba de reojo al resto. Pegado a la pared del sur, un gigante observaba el centro de la caverna con cara de estar calculando a cuántos podía aplastar de un pisotón, y en una esquina, apartado de los demás, un pelirrojo pedía calma a nadie en particular mientras soltaba algo sobre cierto Alex.
Y en medio de todo aquel sainete estaba su capitán. Taito seguía de pie sobre su montaña humana, tan tranquilo como siempre, como si no acabara de caerse por un puto agujero en el suelo. Vixen se acercó esquivando algunas piedras y se quedó al pie de la montaña, lo bastante cerca para hablarle sin gritar, pero sin exponerse demasiado.
—Taito, vaya mierda de emboscada nos tenían preparada —dije, sacándome un moco de tierra de la oreja—. Si me preguntas mi opinión profesional, el de las alas tenía pinta de querer que le hiciésemos una foto. Espero que los demás de la tripu estén bien… ¿Has visto a Casquito, Magnus o al peliblanco ese que lleva un perro en la cabeza? Entre tanta tierra, les perdí la pista.
Me agaché al pie de la montaña humana con un movimiento lento y felino, arqueando ligeramente la espalda antes de estirar una pierna hacia un lado y luego la otra. Me desperecé con toda la calma del mundo, alzando las caderas y dejando que mis músculos se tensaran bajo la ropa. Mis orejas permanecían erguidas mientras recorría la caverna con la mirada, atenta a cualquier movimiento. A saber si todavía quedaba algún hijo de puta con otra sorpresita preparada.
Bolsillo Táctico
![[Imagen: HC5Abkg.png]](https://imgur.com/HC5Abkg.png)
