El bueno, los malos y el feo [P.R - T4] [Juan & Shin]
#28
Las olas chocaron con la costa, con el mascarón del barco, con los pilares que sostenían las casitas sobre la arena. El ruido blanco envolvió a los presentes. En ese instante solo se escuchaba eso, el mar, el cual no rugía, si no que siseaba con la calma de una nana que intenta hacer dormir a un niño con una canción.
 
Era irónico.
 
Tanta calma albergaba tanta muerte.
 
En la arena seguía el cuerpo inerte de la muchacha medusa, también el de la chica inocente quien solo fue víctima de la cobardía de un tercero. No era la escena más agradable; sin embargo, ni las nubes que se cernían sobre la playa ni las aguas que las bañaban, parecían ser conscientes de lo que había ocurrido en esas costas, pues ajenas al dolor humano, seguían su curso, maravillando a la vista de cualquiera con la inmensidad del cielo o la oscuridad de los océanos.
 
Por un instante, el viento frío esparció tanta tranquilidad que, si los cuerpos no estuvieran sobre la arena, nadie creería lo que minutos antes había pasado en esa costa.
 
Aunque tal vez toda esa aura de calma y aparente indiferencia no representaban crueldad, si no compasión, pues fue en ese ambiente de sosiego en el que la niña del cuchillo despertó y sí, sus nervios estaban de punta, su piel estaba erizada y sus ojos miraban en todas las direcciones posibles para intentar salir corriendo en cuanto tuviera una oportunidad, pero, al menos, no escuchó gritos ni presenció espasmos ni huesos rotos. Incluso la sangre que podría estar en la arena poco a poco era alcanzada por el mar, borrando las huellas de la batalla previa.
 
Por supuesto, esto no sería suficiente sin la voz tranquilizadora del marine peliblanco que, aunque en un inicio provocó que la chica quisiera salir corriendo de nuevo, su imagen y sus palabras fueron suficientes para envolverla al punto de que, al menos por un segundo, la niña creyó, genuinamente, que ya estaba a salvo… ¿Por qué? Porque nadie con ese brillo luminoso en sus gafas podría ser una mala persona, además…Si quisiera hacerle daño ¿Por qué le daría sus gafas mágicas?
 
Ella estiró sus brazos, al menos lo suficiente para tocar las patas de los lentes oscuros que ahora reposaban en su cara. Le quedaban grandes, se resbalaban por su nariz, pero por algún motivo no tenía ánimos de devolverlos.
 
—¿De verdad? —Solo cuando él le informó que aquellos lentes serían un regalo, la niña se atrevió a hablar. No había dejado de temblar, tampoco se le había quitado el tic de mirar de un lado a otro, pero al menos tenía la esperanza de que quien estaba frente a ella no era un enemigo. —¿Puedo conservarlas? —De nuevo la voz de ella se quebró, más aún cuando miró hacia un lado, justo hacia el niño el cual ella estaba dispuesta a entregar a costa de su libertad. Rompió de nuevo en llanto y se abrazó a la pierna del marine.
 
—Él no despierta —. Lloriqueó mientras señalaba al muchachito que estaba con ella en la cabaña. —Estaba despierto y llorando cuando llegó, pero el tipo feo le inyectó algo y no despierta —. En una revisión médica, aunque fuera rápida, se podría comprobar que el niño respiraba y que, en verdad, la sustancia que le inyectaron solo era para mantenerlo dormido. Más tarde se daría cuenta que el efecto estaba pasando. —¿Se va a morir? ¿Es mi culpa? —Pero, claro, una niña no podría definir lo que en realidad sucedía con el otro menor y, por supuesto que se culpaba, ¿Cómo no hacerlo cuando contribuyó a vigilarlo en lugar de intentar liberarlo? Sea como sea, el sentimiento la obligó a aferrarse más a la pierna del marine, mientras que, por otro lado, el que Shin había salvado, ya empezaba a despertar.
 
Descoordinado, miró hacia varios lados, intentó ponerse de pie varias veces, pero sus piernas flaquearon y cayó una y otra vez, hasta que por fin pudo mantener el equilibrio de nuevo. No entendía mucho que sucedía, pero el ver a alguien con uniforme de la marina y luego de escuchar entre líneas las palabras que le había dedicado a la otra niña, además de saberse fuera de aquel barco, fue suficiente para que empezara a seguir las indicaciones del peliblanco.
 
Al mismo tiempo, un poco más cerca de la costa, el enorme marine cangrejo tenía sus propios problemas. No lidiaba con el llanto de los niños, si no con el de un adulto cruel, insensible, cobarde, quien había empezado a hiperventilar mientras maldecía entre dientes al haber escuchado su inevitable sentencia.
 
El feo gyojin quiso soltarse del agarre, atacar, volver al ruedo, pero lo cierto es que su estado de debilidad llegó al punto de que, al intentar soltarse para atacar a Juan, sus ojos vieron que el mundo se ponía patas arriba. Un mareo, peor que el de sus peores resacas, se apoderó de él y lo último que supo es que su cabeza cayó, dejándose llevar por la gravedad y ya no tuvo más fuerzas para luchar.
 
Era tiempo de volver al asentamiento habitado de esa isla.
 

 
En las calles del pueblo, las cercanas al mercado, el bullicio de la tarde se había apagado casi por completo. La mayoría se había retirado a sus casas; sin embargo, los faroles de las calles seguían encendidos y las luces exteriores de algunas casas y comercios seguían sirviendo de guía a los viajeros nocturnos.
 
Era momento para los marines de encontrar a algún representante de la sociedad civil en la ciudad, a algún vecino o, simplemente, al chismoso de turno, a alguien que pudiera ubicarlos para guiar a esos niños a sus casas, al menos a los vivos y para empezar los trámites correspondientes a la niña muerta, con la criminal y con el tipo que yacía inconsciente sobre el hombro de Juan Sebastián.
 
Tendrían suerte esa noche, pues en medio del caos de la tarde, cuando la señora larguirucha lloró por sus nietos, tanto por el desaparecido como el que llegó herido al mercado, un pequeño grupo de 4 pescadores decidió reunirse cerca del puerto. Llevaban en sus manos arpones y redes, además, hablaban en voz baja, tramando algo, pero tuvieron que silenciarse cuando escucharon pasos.
 
Uno de ellos, un chico joven, que no podía pasar de los 15 años, fue el primero en romper el protocolo de silencio al ver a los marines traer consigo a los niños perdidos.
 
Los ojos del chico se iluminaron y se puso de pie de un salto antes de anunciar al resto lo que podía ver desde su posición.
 
—¡Es mi prima! ¡PRIMA! ¡HEY, MARINES, POR ACÁ! ¡ACÁ! —Insistió el muchacho, llamando la atención de la niña del cuchillo, quien dejó de lado, por un momento, los temblores en sus manos, al ver, por fin a un rostro conocido. Ella volvió a sujetarse del marine de pelo blanco, de su pierna, en específico y señaló hacia el sitio desde donde su primo la llamaba.
 
—¡Lo conozco, lo conozco! ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Por favooor! —Rogó ella mientras saba saltitos, emocionada por poder volver con la familia de la que la habían separado.
 
Todo parecía tan tranquilo, un final feliz…aunque esa noche solo revelaría la punta del iceberg de lo que representaban en verdad los Piratas del Abismo.
 

 
Mercado de Mariscos
[Imagen: hyakocheja.png]
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RE: El bueno, los malos y el feo [P.R - T4] [Juan & Shin] - por Hyákinthos - 30-10-2026, 12:51 AM

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