Hace 7 horas
Ni un derrumbe consigue despeinarme, porque la belleza cuesta y la mía estaba fijada con los mejores productos para casos tan extremos como este.
Rodé por aquel tobogán de roca durante lo que se sintió como una eternidad mientras iba golpeando con mis hombros cincelados cada saliente del túnel hasta que el plano inclinado me escupió al fondo de la caverna a diez metros de la pared norte de la cueva. Me incorporé sacudiéndome mis preciados muslos con dos palmadas elegantes, y lo primero que hice fue sacar el Den Den Mushi del cinturón y darle dos golpecitos en la concha para preguntar por mis polvorinchines. El caracol se quedó con los ojos entrecerrados y mudo, sin una sola señal de mi Polvo Nocturno ni de mi Polvo Mañanero; tantas toneladas de roca encima habían cortado la línea por completo. Lo guardé sin darle más vueltas: el plan seguía en pie y yo sabía perfectamente lo que tenía que hacer. Hasta entonces no me revisé las uñas, intactas gracias a los dioses que me esculpieron… una emergencia evitada gracias al cielo porque antes muerta que sencilla. Ya con la tranquilidad de conocer mis uñas en perfecto estado y mi preciosa melena rosa sin una hebra de pelo fuera de su sitio, recorrí con la mirada aquella cúpula alargada de unos cincuenta metros, iluminada apenas por los cientos de agujeritos del techo, y frente a mí, a casi cuarenta metros de distancia, conté a ocho figuras que se incorporaban en la pared sur.
Empecé a concentrarme en mi poder interior mientras que, de izquierda a derecha, de este a oeste, los fui repasando sin prisa. En el extremo izquierdo, una pelirroja con un bate rojo en la zurda ya me había encontrado y me clavaba los ojos sin ningún disimulo; un metro a su derecha, un moreno de alas negras y pelo blanco recuperaba el aliento. Unos cuatro metros más allá, un nene peliblanco de ropa holgada mantenía los puños en una guardia de boxeo tan chueca que me dolió verla incluso desde esa distancia. Detrás de él, ocupando todo el hueco hasta la pared con su descomunal tamaño, había un pelirrojo en tanga floral que no le quedaba nada mal al osito aquel. A su lado, un grandulón de piel azul ópalo de cinco metros se aferraba a un escudo, y a su espalda un tipo naranja de cabeza alargada, cubierto de tatuajes, le guardaba los flancos con sus ocho brazos. En el extremo derecho, unos seis metros más allá, una muchacha de cabello bermellón en ropa interior apretaba una sombrilla morada, y un metro detrás de ella una cosita de coletas celeste hacía lo posible por parecer valiente.
Mi memoria nunca olvida una cara, ni las de quienes se rieron de mí, ni las que se vuelven famosas por salir impresas en papel con un precio debajo de sus cabezas. Entre aquellos ocho reconocí cuatro carteles tan recientes como pan recién horneado: el grandulón del escudo era Krave, la pelirroja del bate Pucca, el moreno alado Road y el mocoso de la guardia chueca Kai. Llevé la mano izquierda a la cintura, eché el hombro derecho hacia atrás para que la luz difusa resbalara por cada fibra de mi pectoral y solté una carcajada contra la cúpula, que me la devolvió multiplicada – “¡Fififi!” – después eché a andar hacia ellos hasta reducir la distancia quedando a 18 metros al frente en línea recta de Krave, cruzando la caverna en línea recta con un pie justo delante del otro y la cadera marcando el compás, convirtiendo aquel suelo de grava húmeda en una pasarela – “¡Pero miren nada más qué grupito tan variopinto nos ha juntado el destino! Una delicia, aunque les falta aura, guapetones.” – les dije mientras abría los brazos hacia ellos con las palmas hacia arriba y empecé a subirlas y bajarlas alternadamente, sopesando el aire con la barbilla en alto, en mi ‘60-70’ más perfecto cuando me di cuenta de que diminutas y tornasoladas nubecitas blancas habían cubiert todo el suelo en un radio de cuarenta metros desde mi posición.
“¡Ay, pero qué cosa más guapa! Una cueva de nubes.” – me llevé la mano al pecho, con los ojos bien abiertos y las cejas arqueadas en mi mejor cara de sorpresa – “Seguro la cueva reconoció mi aura y quiere resonar con la misma.” – bajé las manos y crucé los brazos bajo mis tersas axilas, con la barbilla baja y los labios fruncidos en mi ‘duckface’ más letal – “Parece que estamos encerrados, el techo ya se cayó una vez y no tengo ninguna intención de morir como un insecto y menos con esta ropa puesta, que es de diseñador. No me molestaría colaborar con ustedes… a menos, claro, que alguno de ustedes sea marine” – recorrí a los ocho con la mirada, uno por uno, de izquierda a derecha – “Así que se los pregunto a todos ¿alguno de ustedes es marine?”
Rodé por aquel tobogán de roca durante lo que se sintió como una eternidad mientras iba golpeando con mis hombros cincelados cada saliente del túnel hasta que el plano inclinado me escupió al fondo de la caverna a diez metros de la pared norte de la cueva. Me incorporé sacudiéndome mis preciados muslos con dos palmadas elegantes, y lo primero que hice fue sacar el Den Den Mushi del cinturón y darle dos golpecitos en la concha para preguntar por mis polvorinchines. El caracol se quedó con los ojos entrecerrados y mudo, sin una sola señal de mi Polvo Nocturno ni de mi Polvo Mañanero; tantas toneladas de roca encima habían cortado la línea por completo. Lo guardé sin darle más vueltas: el plan seguía en pie y yo sabía perfectamente lo que tenía que hacer. Hasta entonces no me revisé las uñas, intactas gracias a los dioses que me esculpieron… una emergencia evitada gracias al cielo porque antes muerta que sencilla. Ya con la tranquilidad de conocer mis uñas en perfecto estado y mi preciosa melena rosa sin una hebra de pelo fuera de su sitio, recorrí con la mirada aquella cúpula alargada de unos cincuenta metros, iluminada apenas por los cientos de agujeritos del techo, y frente a mí, a casi cuarenta metros de distancia, conté a ocho figuras que se incorporaban en la pared sur.
Empecé a concentrarme en mi poder interior mientras que, de izquierda a derecha, de este a oeste, los fui repasando sin prisa. En el extremo izquierdo, una pelirroja con un bate rojo en la zurda ya me había encontrado y me clavaba los ojos sin ningún disimulo; un metro a su derecha, un moreno de alas negras y pelo blanco recuperaba el aliento. Unos cuatro metros más allá, un nene peliblanco de ropa holgada mantenía los puños en una guardia de boxeo tan chueca que me dolió verla incluso desde esa distancia. Detrás de él, ocupando todo el hueco hasta la pared con su descomunal tamaño, había un pelirrojo en tanga floral que no le quedaba nada mal al osito aquel. A su lado, un grandulón de piel azul ópalo de cinco metros se aferraba a un escudo, y a su espalda un tipo naranja de cabeza alargada, cubierto de tatuajes, le guardaba los flancos con sus ocho brazos. En el extremo derecho, unos seis metros más allá, una muchacha de cabello bermellón en ropa interior apretaba una sombrilla morada, y un metro detrás de ella una cosita de coletas celeste hacía lo posible por parecer valiente.
Contenido Oculto
Mi memoria nunca olvida una cara, ni las de quienes se rieron de mí, ni las que se vuelven famosas por salir impresas en papel con un precio debajo de sus cabezas. Entre aquellos ocho reconocí cuatro carteles tan recientes como pan recién horneado: el grandulón del escudo era Krave, la pelirroja del bate Pucca, el moreno alado Road y el mocoso de la guardia chueca Kai. Llevé la mano izquierda a la cintura, eché el hombro derecho hacia atrás para que la luz difusa resbalara por cada fibra de mi pectoral y solté una carcajada contra la cúpula, que me la devolvió multiplicada – “¡Fififi!” – después eché a andar hacia ellos hasta reducir la distancia quedando a 18 metros al frente en línea recta de Krave, cruzando la caverna en línea recta con un pie justo delante del otro y la cadera marcando el compás, convirtiendo aquel suelo de grava húmeda en una pasarela – “¡Pero miren nada más qué grupito tan variopinto nos ha juntado el destino! Una delicia, aunque les falta aura, guapetones.” – les dije mientras abría los brazos hacia ellos con las palmas hacia arriba y empecé a subirlas y bajarlas alternadamente, sopesando el aire con la barbilla en alto, en mi ‘60-70’ más perfecto cuando me di cuenta de que diminutas y tornasoladas nubecitas blancas habían cubiert todo el suelo en un radio de cuarenta metros desde mi posición.
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“¡Ay, pero qué cosa más guapa! Una cueva de nubes.” – me llevé la mano al pecho, con los ojos bien abiertos y las cejas arqueadas en mi mejor cara de sorpresa – “Seguro la cueva reconoció mi aura y quiere resonar con la misma.” – bajé las manos y crucé los brazos bajo mis tersas axilas, con la barbilla baja y los labios fruncidos en mi ‘duckface’ más letal – “Parece que estamos encerrados, el techo ya se cayó una vez y no tengo ninguna intención de morir como un insecto y menos con esta ropa puesta, que es de diseñador. No me molestaría colaborar con ustedes… a menos, claro, que alguno de ustedes sea marine” – recorrí a los ocho con la mirada, uno por uno, de izquierda a derecha – “Así que se los pregunto a todos ¿alguno de ustedes es marine?”
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