Ayer, 07:02 AM
Dicen que la envidia es el peor de los venenos, pero en mí luce mejor que cualquier perfume.
Aquel chico de pelo blanco, Kai según su wanted, empezó a mover la boca a un ritmo frenético el cual rebotó contra la cúpula. Tenía su gracia, lo admito, podía farmear aún más aura con el mismo, aunque le faltaba un buen bajo. Lo cortó en seco en cuanto le devolví la mirada, y en el instante en que mi carcajada rebotó contra la piedra, el muchacho arqueó la espalda y salió disparado hacia mí corriendo diez metros y saltando veintisiete con los puños por delante, pero para entonces yo ya había empezado mi pasarela y no pensaba detenerla por nadie. Lo vi venir con total claridad, seguí contoneando las caderas sin perder el compás y lo dejé pasar a mi costado, me gritó que parara mientras cerraba los brazos con todas sus fuerzas alrededor del aire donde yo había estado un parpadeo antes, y terminó aterrizando a veinte metros a mi espalda, justo donde yo había caído inicialmente, abrazando la nada.
A mi derecha, la muchacha de cabello bermellón por lo visto también aceptó la batalla de aura pues su piel se cubrió de escamas, su cabeza se coronó con un domo de hueso rodeado de cuernitos, y de su espalda brotó una cola robusta que golpeó la grava con un chasquido seco – “¡Que guapo!” – pensé al ver que había gente que traían cosplays preparados y toda la cosa. La chica arrancó a correr hacia mí con los ojos clavados en mi pecho, y ¿quién podría culparla?, se detuvo a varios metros de donde me había detenido yo, claramente una afronta directa en una batalla de aura, ¿se sabría el Sush el duckface?, mientras que mis nubes de jabón empezaban a cubrir toda la cueva. Su zarpazo cortó el aire a un par de metros de mi abdomen; luego dio un saltito hacia delante y giró sobre sí misma para barrerme con la cola hacia el sur, pero lo único que barrió fue el vacío que tenía delante. Se quedó ahí, a un metro escaso de mí, resoplando de frente, ¿atacar?, no conocía ese movimiento, seguramente era algo que su personaje de cosplay dice normalmente.
Detrás de ella, la cosita de coletas celestes había respondido a mi pregunta antes que nadie, y le creí; no tenía ningún motivo para no hacerlo. Luego se pegó a la pared con una pistola entre las manos. El resto de la sala se desparramó en todas direcciones. El tipo naranja de los tatuajes saltó en diagonal hasta la pared oeste, se dio la vuelta con seis brazos en guardia y me llamó cerdo sin mirarme siquiera. El grandulón del escudo avanzó catorce metros a saltos y zancadas hasta plantarse a menos de cuatro de mí, cubierto tras el metal. La pelirroja del bate se alejó ocho metros de un salto hacia mi izquierda, sin quitarles el ojo de encima a mis nubes. Y el pelirrojo de la tanga floral, el único con buen gusto en toda la cueva, que me había dedicado un piropo nada más verme, salió corriendo por la pared este, saltó dieciocho metros y aterrizó de panza con un estruendo que hizo temblar las estalactitas, sin dejar de gritar.
Antes de todo esto, sin embargo, aquel guapetón moreno alado se movió a una velocidad que ni mis hermosos ojos pudieron seguir. En un parpadeo ya estaba treinta metros por encima del grupo, con sus las alas negras abiertas y una cara de asco que reconocí de inmediato y se atrevió a insultar mi preciado cabello. Aplaudió una sola vez y bajo mis pies, entre mis piernas paralizadas, una estaca de galleta coronada por un puño subió disparada directo a mis bolitas que solo podían ser tocadas por mis polvorinchines. El golpe me lanzó dieciséis metros hacia la cúpula, rompiendo de un tajo la concentración que estaba poniendo en potenciar los poderes que emanaban de mi maravilloso ser, pero, mientras subía, mi mar de nubes subió conmigo y en cuestión de segundos las burbujas llenaron la caverna del suelo al techo, en una espuma tornasolada que olía a jabón limpio y dejaba la piedra resbaladiza y brillante. En el punto más alto de mi vuelo, con las piernas inútiles colgando, hice lo único que una diva puede hacer cuando la tiran: caer con estilo. Las burbujas se apretaron a mi alrededor en un capullo espeso y tibio, cada vez más denso, que amortiguó mi descenso hasta posarme de nuevo sobre la grava, en el mismo punto exacto del que me habían arrancado. El jabón se cerró tanto a mi alrededor que dejé de verlos, y la verdad es que lo agradecí.
Todos sus insultos me habían ofendido sinceramente, ¿por qué buscaban insultarme cuando yo solo les ofrecía espectáculo y drenarles la vida como pago único de presenciar el mismo? – “No solo les falta aura, abominables, también les sobra odio” – les dije desde el mar de jabón que se generaba a mi alrededor – “¿acaso siempre buscan señalar el físico de otros?” – crucé los brazos bajo mis tersas axilas dentro de mi capullo de jabón, con el ceño fruncido y los labios apretados en un ‘duckface’ furioso – “Y ni se molesten en acercarse, que después de esta noche no los quiero ni ver… salvo a ti, osito de la tanga, que tú sí sabes reconocer el arte cuando lo tienes delante.”
Cerré los ojos dentro de la espuma y volví a concentrarme en mi poder interior, dejando que mis nubes siguieran haciendo su trabajo con todos ellos.
Aquel chico de pelo blanco, Kai según su wanted, empezó a mover la boca a un ritmo frenético el cual rebotó contra la cúpula. Tenía su gracia, lo admito, podía farmear aún más aura con el mismo, aunque le faltaba un buen bajo. Lo cortó en seco en cuanto le devolví la mirada, y en el instante en que mi carcajada rebotó contra la piedra, el muchacho arqueó la espalda y salió disparado hacia mí corriendo diez metros y saltando veintisiete con los puños por delante, pero para entonces yo ya había empezado mi pasarela y no pensaba detenerla por nadie. Lo vi venir con total claridad, seguí contoneando las caderas sin perder el compás y lo dejé pasar a mi costado, me gritó que parara mientras cerraba los brazos con todas sus fuerzas alrededor del aire donde yo había estado un parpadeo antes, y terminó aterrizando a veinte metros a mi espalda, justo donde yo había caído inicialmente, abrazando la nada.
A mi derecha, la muchacha de cabello bermellón por lo visto también aceptó la batalla de aura pues su piel se cubrió de escamas, su cabeza se coronó con un domo de hueso rodeado de cuernitos, y de su espalda brotó una cola robusta que golpeó la grava con un chasquido seco – “¡Que guapo!” – pensé al ver que había gente que traían cosplays preparados y toda la cosa. La chica arrancó a correr hacia mí con los ojos clavados en mi pecho, y ¿quién podría culparla?, se detuvo a varios metros de donde me había detenido yo, claramente una afronta directa en una batalla de aura, ¿se sabría el Sush el duckface?, mientras que mis nubes de jabón empezaban a cubrir toda la cueva. Su zarpazo cortó el aire a un par de metros de mi abdomen; luego dio un saltito hacia delante y giró sobre sí misma para barrerme con la cola hacia el sur, pero lo único que barrió fue el vacío que tenía delante. Se quedó ahí, a un metro escaso de mí, resoplando de frente, ¿atacar?, no conocía ese movimiento, seguramente era algo que su personaje de cosplay dice normalmente.
Detrás de ella, la cosita de coletas celestes había respondido a mi pregunta antes que nadie, y le creí; no tenía ningún motivo para no hacerlo. Luego se pegó a la pared con una pistola entre las manos. El resto de la sala se desparramó en todas direcciones. El tipo naranja de los tatuajes saltó en diagonal hasta la pared oeste, se dio la vuelta con seis brazos en guardia y me llamó cerdo sin mirarme siquiera. El grandulón del escudo avanzó catorce metros a saltos y zancadas hasta plantarse a menos de cuatro de mí, cubierto tras el metal. La pelirroja del bate se alejó ocho metros de un salto hacia mi izquierda, sin quitarles el ojo de encima a mis nubes. Y el pelirrojo de la tanga floral, el único con buen gusto en toda la cueva, que me había dedicado un piropo nada más verme, salió corriendo por la pared este, saltó dieciocho metros y aterrizó de panza con un estruendo que hizo temblar las estalactitas, sin dejar de gritar.
Antes de todo esto, sin embargo, aquel guapetón moreno alado se movió a una velocidad que ni mis hermosos ojos pudieron seguir. En un parpadeo ya estaba treinta metros por encima del grupo, con sus las alas negras abiertas y una cara de asco que reconocí de inmediato y se atrevió a insultar mi preciado cabello. Aplaudió una sola vez y bajo mis pies, entre mis piernas paralizadas, una estaca de galleta coronada por un puño subió disparada directo a mis bolitas que solo podían ser tocadas por mis polvorinchines. El golpe me lanzó dieciséis metros hacia la cúpula, rompiendo de un tajo la concentración que estaba poniendo en potenciar los poderes que emanaban de mi maravilloso ser, pero, mientras subía, mi mar de nubes subió conmigo y en cuestión de segundos las burbujas llenaron la caverna del suelo al techo, en una espuma tornasolada que olía a jabón limpio y dejaba la piedra resbaladiza y brillante. En el punto más alto de mi vuelo, con las piernas inútiles colgando, hice lo único que una diva puede hacer cuando la tiran: caer con estilo. Las burbujas se apretaron a mi alrededor en un capullo espeso y tibio, cada vez más denso, que amortiguó mi descenso hasta posarme de nuevo sobre la grava, en el mismo punto exacto del que me habían arrancado. El jabón se cerró tanto a mi alrededor que dejé de verlos, y la verdad es que lo agradecí.
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Todos sus insultos me habían ofendido sinceramente, ¿por qué buscaban insultarme cuando yo solo les ofrecía espectáculo y drenarles la vida como pago único de presenciar el mismo? – “No solo les falta aura, abominables, también les sobra odio” – les dije desde el mar de jabón que se generaba a mi alrededor – “¿acaso siempre buscan señalar el físico de otros?” – crucé los brazos bajo mis tersas axilas dentro de mi capullo de jabón, con el ceño fruncido y los labios apretados en un ‘duckface’ furioso – “Y ni se molesten en acercarse, que después de esta noche no los quiero ni ver… salvo a ti, osito de la tanga, que tú sí sabes reconocer el arte cuando lo tienes delante.”
Cerré los ojos dentro de la espuma y volví a concentrarme en mi poder interior, dejando que mis nubes siguieran haciendo su trabajo con todos ellos.
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