[PA] [Auto T1] Actitud sospechosa
#1
63 de Otoño del año 18,
Isla del Kárate.

Observando a las personas podías descubrir muchas cosas. Entre ellas, una que más le había sorprendido a Aria era que no todos los que actúan de forma sospechosa lo hacen porque estén haciendo algo malo. Esa es la conclusión a la que había llegado aquella noche hacía una semana mientras volvía a casa. Al ver de cara a un hombre que gritaba criminal con todas las letras de la palabra parado en la esquina de un callejón, Aria se detuvo de inmediato y se ocultó tras un edificio. Iba vestido de negro, con un maletín de cuero oscuro, el típico que en las novelas de detectives se destina a guardar dinero sucio, y alternaba la mirada entre su reloj de muñeca y el lado contrario del callejón como si la vida le fuera en ello. Tal vez era su propio sesgo por haber consumido ese tipo de novelas, pero a sus ojos era obvio: un criminal a punto de cerrar un trato peligrosísimo, tal vez alguna clase de chantaje, o venta de algún objeto ilegal. No lo sabía, pero estaba segura de que ocurriría algo, por lo que permaneció escondida, al acecho.

Casi no pudo contener la risa y la vergüenza cuando apareció una mujer con un niño pequeño en brazos y se acercó al hombre con toda la calma del mundo. — ¿Has tenido que esperar mucho? — Preguntó con una sonrisa dándole un corto beso al hombre.
Este se relajó en cuanto la mujer entró en su campo de visión y sonrió tontamente, deshaciendo en el proceso cualquier apariencia de mafioso que pudiera tener. — Que va, acabo de llegar. — Mintió abrazando a la mujer. — Vamos, o cerrarán las puertas. — Tomó al niño y lo puso sobre sus hombros, sostuvo a la mujer de la mano, y la familia se alejó hablando amenamente sobre el día de ambos y la obra de teatro que iban a ver.
Aria se sintió una idiota. ¿Por qué las personas actuarían de forma tan sospechosa si no eran criminales? Nunca pensó que eso pudiera ocurrir. Tras esta pequeña revelación, siguió su camino a casa.

Y no volvió a ver a ese par hasta una semana más tarde, cuando volvió a cruzarse con el hombre, que al final no era un mafioso, atravesando el mercado nocturno a toda prisa. Tal vez pecó de curiosa, pero Aria decidió seguirle casi de inmediato. Una parte de ella lo veía estúpido, seguro que habría quedado de nuevo con la que parecía su pareja o mujer, tal vez para salir fuera con su hijo en común. Pero otra parte de ella había visto el miedo y el terror en lo profundo de los ojos del hombre, y no se habría quedado tranquila si no hubiera llevado su investigación hasta el final.
El hombre llegó hasta la misma esquina de la última noche una vez más. Esta vez no controlaba la hora ansiosamente, se limitaba a caminar de un lado a otro, perdido en sus pensamientos. En cuanto la mujer apareció en escena, este se abalanzó sobre ella en un abrazo y ella se derrumbó y comenzó a llorar. — ¿Qué diablos? — Pensó completamente confundida con la situación.
— Todo saldrá bien, te lo prometo. — Aseguraba el hombre sin soltar a la mujer. Su voz no sonaba tan confiada como aseguraban sus palabras.
La mujer asintió, aun sollozando, y se apartó un poco. — Si le llegara a pasar algo… — Murmuró con la voz quebrada.
El hombre negó con la cabeza rápidamente. — He traído el dinero, no le pasará nada, vamos. — Sostuvo de la mano a la mujer y comenzó a caminar a través del callejón.
Aria les siguió. Ninguno de los dos dijo mucho más. La mujer parecía pesimista sobre la situación, fuera cual fuera, y el hombre solo tenía frases de apoyo, pese a que parecía que él mismo estaba también al límite.

Ambos llegaron al puerto. La mujer se quedó más rezagada mientras el hombre comenzaba a buscar algo con la mirada.
— ¿Dónde será? — Preguntó al aire el hombre.
— Parece que es aquí. — Respondió la mujer acercándose a un pequeño bote. Se veía abandonado, tenía un par de cajas a bordo y una lona desgastada medio caída sobre ellas.
El hombre también se acercó y, tras unos momentos de vacilación, subió de un salto al bote. Este se meció bajo su peso y el hombre se tambaleó.
— ¡Ten cuidado, cariño! — Alertó la mujer, ayudando al hombre a mantener el equilibrio y evitar un baño en el agua helada.
El hombre agradeció con una débil sonrisa y comenzó a rebuscar en el barco.
— ¿Qué haces? — Preguntó ella.
— Intento descubrir dónde tengo que dejar el dinero.
— Solo déjalo ahí y volvamos, es peligroso quedarse aquí. — Pidió ella acercándose un poco al límite del suelo de piedra del puerto.
Por la información que habían dejado caer, parecía un claro caso de secuestro. Aria se inclinaba a pensar que alguien había raptado al niño, pero no podía estar segura de ello. Si ese era el caso, entonces todo cobraba sentido, y seguramente ni siquiera habrían advertido a las autoridades, pues estarían amenazados por el secuestrador. Sin embargo, la actitud de la mujer no dejaba de hacerla dudar. Había encontrado el barco muy rápido y parecía insistente con simplemente dejar el dinero e irse. Tal vez estaba sospechando de más de nuevo, tal vez solo era una madre preocupada que no quería arriesgarse a molestar al secuestrador de su hijo.
— ¡¿Qué es esto?!
El grito del hombre la sacó de su nube de pensamientos. La mujer se había armado con una vieja tubería de metal cercana y, antes de que Aria pudiera reaccionar, había golpeado al hombre con fuerza. Este había caído derrumbado al suelo del bote, apoyado contra las cajas ahora abiertas y libres de la lona que las cubría.
— ¿Qué significa esto? — Cuestionó en un hilo de voz. Trató de incorporarse, pero el golpe había sido tan fuerte que cayó de inmediato.
— Te dije que volvieras, si no hubieras sido un idiota no tendrías que morir.
Aria dudó, y dudó, y dudó. No quería seguir involucrándose en problemas. Y ese ciertamente no era cosa suya. Suspiró con frustración, más hacia su incapacidad por quedarse quieta que contra nada más. Sacó la pistola de su escondite y dejó preparadas las balas en su bolsillo por si acaso. Cuando la mujer estaba a punto de saltar al bote, Aria salió rápidamente, con arma en mano. — ¡Alto! — Exclamó apuntando con su pistola a la mujer.
Ella pareció completamente pillada por sorpresa. Apuntó la tubería hacia ella en una primera instancia, pero tras ver el arma de fuego, dudó.
— Suelta el arma. — Pidió Aria mientras preparaba el dedo en el gatillo. De ser necesario, dispararía, no volvería a dudar.
La mujer no obedeció de inmediato, en cambio, se quedó mirándola con una expresión de furia y frustración. — Como quieras. — Dijo finalmente y se deshizo del arma arrojándosela a ella.
Aria se vio obligada a esquivarla para evitar el golpe. La mujer aprovechó el momento para saltar al bote, sacar un cuchillo y tomar al hombre como rehén. — Ni te atrevas a moverte, mocosa, o le corto el cuello. — Amenazó con frialdad, acercando el filo del cuchillo a la garganta de su amante.
— ¡Por favor! — Sollozó el hombre. — ¡No me importa si muero, pero salva a mi hijo, está dentro de la caja!
Aria no se movió de su lugar. Comenzaba a comprender entonces qué era lo que había pasado y qué quería la mujer. Tal vez si el hombre no hubiera descubierto el escondite del niño, ella hubiera robado el dinero y él nunca hubiera descubierto qué había pasado.
— ¿Cómo puedes hacerle eso a tu propio hijo? — Cuestionó ella asqueada.
— No es mi hijo. — La mujer sonrió con suficiencia. — Ahora dame esa pistola.
Por la forma en la que hablaba, no creía que hubiera dejado vivo al niño tras todo lo sucedido. Sin embargo, estaba en un punto muerto, no podía disparar o ella mataría al hombre. Necesitaba más información, y si no obedecía pondría en peligro al rehén, por lo que a regañadientes, se vio obligada a jugar a su juego. — Está bien. — Cedió, bajó el arma y la lanzó hacia el barco. — ¿Qué vas a hacer?
La mujer no se movió en un inicio, parecía aún desconfiada. — ¿Por qué se lo contaría a alguien que va a morir? — Sin dejar de mantenerla vigilada, recogió la pistola rápidamente y soltó al hombre a un lado, casi deshaciéndose de él. — Ven aquí. — Ordenó apuntándola con la pistola. — ¿Ves? Ahora por idiota no solo tu hijo, tú y esta mocosa vais a tener que morir ahogados también.
El hombre, enfurecido, se incorporó tambaleándose. Ella, sin embargo, apuntó con rapidez la pistola hacia él y pareció que fue lo suficientemente disuasivo como para que él perdiera la fuerza y volviera a caer.
— ¿Ahogados? — Cuestionó Aria un poco confundida por lo específico de la afirmación. Disparar era mucho más fácil, y si de todos modos iba a matarlos a ambos, ¿por qué se complicaría tanto? Reconoció entonces la forma en la que se desenvolvía con el arma, le recordaba a su propio uso de ella la primera vez que se enfrentó a unos criminales. Tenía esa misma reticencia que trataba de ocultar. Estaba casi segura de que no dispararía, por lo menos no sin un momento de vacilación. Eso era suficiente, pues había un truco que podía probar.
— ¿Qué tanto murmuras? Ven aquí he dicho. — Ordenó la mujer, volviendo a hacer un gesto con la pistola para que obedeciera. — Oye, ¿qué haces? ¡Para! — Exclamó en el instante en el que Aria metía su mano en su bolsillo. — Deja de hacer tonterías, ¡quédate quieta o dispararé! — Exclamó apuntando de nuevo la pistola y preparando el dedo en el gatillo. Seguramente no sería la primera persona a la que mataría, lo veía en sus ojos, pese a eso, seguía actuando con cierta inseguridad.
— No podrás hacerlo. — Respondió Aria sacando la mano de su bolsillo y dejando caer algunas de las balas al suelo. Pudo ver el momento exacto en el que el sonido de las balas golpeando la piedra hacía que el color se fuera de la cara de la secuestradora. Aria trató de sonar lo más confiada posible. — Nunca llevo el arma cargada. — Mintió. La oscuridad de la noche y el apuro de la situación harían el resto.
Como esperaba, dejó de apuntar de inmediato para comprobar si lo que decía Aria era verdad. Ella no necesitó nada más, no parecía muy hábil con la pistola por lo que le daría tiempo suficiente a actuar. Se arrodilló, tomó la tubería que la mujer le había arrojado previamente y saltó al barco.
— ¡Sí que está cargada, maldita…! — Exclamó la mujer casi con ofensa, volviendo a apuntar la pistola. No lo suficientemente rápido, pues antes de que pudiera apretar el gatillo, Aria ya la había golpeado con la tubería. No esperaba gran cosa, no tenía tanta fuerza como para derribarla, pero fue suficiente como para que pudiera recuperar su pistola y apuntar a la mujer una vez más. Notó sus zapatos humedecerse, pero dejó esa preocupación para cuando la mujer estuviera bajo control.
— ¿Puedes levantarte? — Preguntó al hombre que estaba a su espalda.
— ¡Sí! — Respondió él de inmediato. Se incorporó y notó, pese a estar de espaldas, que se tambaleaba un poco.
— Aprésala. — Ordenó. — No te muevas. — Advirtió a la mujer.
El hombre utilizó la lona para inmovilizarla y la sacó del barco. De inmediato, y antes de que ella pudiera añadir nada más, el hombre volvió al barco, recogió a su hijo oculto en una de las cajas y volvió a salir del barco.
— Te dejas el dinero. — Señaló Aria. Se arrodilló para examinar mejor el estado del barco. Estaba comenzando a llenarse de agua poco a poco, definitivamente terminaría hundiéndose.
— Está bien, eso puede esperar. — El hombre abrazó con fuerza a su hijo, que aún permanecía dormido, y comenzó a sollozar. — Muchas gracias, muchas gracias. — Parecía haber llegado al límite y estaba comenzando a derrumbarse.
Aria no se vio con fuerzas para responder. Siguió investigando el viejo barco y encontró algunos cortes en la base de madera. Por un momento pensó que tal vez era natural, porque era viejo. Sin embargo, al tocar los cortes, estos parecían hechos artificialmente y no por el desgaste. Se levantó, comprendiendo por completo cuál era el plan original de la mujer y salió del barco, no sin antes tomar el maletín con el dinero y dejarlo cerca del hombre. Buscó por el suelo y recogió las balas que había dejado caer.

Una vez más tranquilo, el hombre fue a dejar al niño (y el dinero) a un lugar seguro, seguramente a su casa, y a avisar a las autoridades mientras Aria mantenía a la secuestradora atada y controlada.
— Si tan solo no hubieras aparecido… — Seguía murmurando la mujer con clara frustración.
— ¿Por qué específicamente ahogarnos? Podrías habernos disparado desde un principio si ibas a matarnos de todos modos. — Cuestionó Aria con curiosidad.
La mujer rodó los ojos. — Disparar hace ruido. No podría haber pasado por un accidente. — Confesó como si fuera una obviedad.
Aria asintió con la cabeza. Todo encajaba: seguramente planeaba dejar al niño en la caja, tal vez cubrirla con la lona, y hundir el barco. Si hubiera desatado el barco para que fuera a la deriva, y eventualmente se hubiera hundido con el niño dentro, se vería como un simple accidente, y si hubiera tenido suerte, tal vez nunca habrían encontrado al niño. — Ya veo… ¿Pero por qué no simplemente recoger el dinero y huir en lugar de matarlo?
La mujer bufó con frustración, como si su pregunta fuera estúpida. — ¿De qué me hubiera servido vivo? Por lo menos muerto podría haberme convertido en una víctima. — Dijo con una fría sonrisa.  — Además, la muerte de un hijo separa a muchas familias. Solo tendría que haber aguantado un tiempo y después podría haber huido con el dinero.
A Aria aún le daba escalofríos ver la diferencia entre la mujer cálida de hacía una semana y la criminal que había intentado matar a un niño por dinero. Había pasado toda su vida convencida de que lo sospechoso equivalía a peligroso, y la lección de esa noche era prácticamente contraria: lo que parecía inofensivo tampoco tenía por qué serlo. Había juzgado mal a los dos. Cuantas más personas conocía, más claro tenía que no sabía leerlas. Era un poco asfixiante salir de ese terreno conocido que le propinaban los libros. 
Tras un largo rato en silencio, llegó el hombre seguido por un par de marines. Aria entró en pánico al instante. — Mierda, ¿por qué no lo pensé? — Se regañó mentalmente. Claro que iban a llegar marines, había habido un caso de secuestro.
— Muchas gracias. — Volvió a decir el hombre.
— No es nada. — Respondió de inmediato. — Debo irme. — No se detuvo a escuchar la respuesta del hombre y salió corriendo antes de que los marines pudieran darle una segunda mirada. ¿Por qué últimamente no podía dejar de tener esa clase de encuentros? No dejó de correr hasta llegar al edificio donde estaba el pequeño apartamento que había alquilado. Subió las escaleras sin aflojar el ritmo y solo se detuvo un poco tras cerrar la puerta tras de sí. Con agotamiento, caminó hasta su dormitorio. ¿Tantos marines había en el exterior?
— ¡Son una plaga! — Pensó dejándose caer sobre su cama, con la respiración agitada y el cuerpo aún tembloroso.




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[PA] [Auto T1] Actitud sospechosa - por Aria Áster - Hace 2 horas

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