Ayer, 03:04 AM
Farmear presencia; granjearla. Cultivarla con mimo, cuidarla con empeño y cosecharla con éxito. Mentalidad de ganador. No había otra de ser un campeón. Allí, la presencia ya había sido cultivada, y solo quedaba, una vez más, recoger el fruto de mi esplendor. Siempre me había puesto un poco nervioso ser el centro de atención, pero no había mal que por bien no viniese; era preciso ser visto para ser admirado. Sin embargo, mi reto en aquella batalla de presencias no había parecido surtir efecto, supuse que porque mi aspecto era suficiente como para mogearlos a todos hasta los cimientos. Mogeo táctico. El joven porcino se había negado a recoger el guante que le había lanzado, aparentemente. El señor mayor, cuyos testículos, sin ánimo de faltar el buen gusto, suponía colgones como un collar de sandías, había osado ponerse de espaldas a mí. Tal vez -43 de aura. Lógico, naturalmente; una reacción de puro terror ante el campeón definitivo, como un avestruz escondiendo la cabeza bajo la arena ante el brillo del sol. Un sol hermoso, esculpido y terso. Un sol con gusto por el matcha. Un sol sudoroso. Yo.
La mujer de aspecto aniñado, gusto cuestionable y cabello indiscutiblemente hortera (es decir, un peinado inapropiado de campeones, NO de ganador, aproximadamente -75 de aura, siendo generosos) tuvo la osadía de recoger el guante que tan generosamente había lanzado, mientras observaba sus movimientos como si contemplase un molusco en una pecera. No era para ella, claro; uno espera que sus desafíos sean correspondidos por individuos de cierta categoría, pero era de agradecer que al menos alguien se dignase a plantarme cara, y, más importante que eso: allí no había nadie digno realmente de recoger aquel particular guante. Había que valorar la actitud, en cualquier caso, aunque yo aspirase a competir con los mejores, como siempre había hecho. Mentalidad, sacrificio, ambición. Había algo en aquella buccaneer, enterrado bajo aquella masa de horterismo, que podía confundirse por potencial para la grandeza. Sin embargo, el talento natural, para su desgracia, no se podía comprar. No fue la única en moverse, y el resto también pareció comenzar a tomar posiciones. +15 de aura a todos ellos por atreverse a moverse al fin. O aquello me pareció, hasta que...
La del puto casco con las plumas. -280 de aura, calculados en apenas un instante, y ahora empezaba a pensar que me había pasado de benevolente, como solía suceder. Se había movido entre sus compañeros solo para dirigirse a mí (algo que era de apreciar, como levantarse para hablar a un superior). Respeto, mentalidad, deferencia, reconocimiento de un campeón. Ella sí que me retaba a una batalla de presencia, y tenía la osadía de sugerir que me teñía el pelo. En absoluto, claro: mi hermosa cabellera era absolutamente natural, de aquel blanco deslumbrante que tan bellamente contrastaba con mi piel de pulido ébano en privilegiada armonía cromática. Atribuir aquello a algo tan vulgar como el tinte era lamentable. Todo genética, trabajo duro, esfuerzo, superación, disciplina. Uno puede aceptar la derrota con dignidad o intentar desacreditar al campeón. Otros -50 de aura por envidiosa y por mala, apunté mentalmente. La excelencia despierta admiración en los grandes y resentimiento en los mediocres. Talento, orgullo, disciplina.
Su discurso, fuera lo que fuere lo que estuviese diciendo —yo estaba ocupado centrándome en que ni una sola de mis fibras musculares se saliese de su sitio, mateniendo aún la pose que había iniciado anteriormente, y con la que estimaba que podía optimizar mi ratio de presencia granjeada/segundo hasta +30 o +35 pasivos—, se cortó de golpe mientras me daba la espalda. Era evidente que se había quedado sin palabras, probablemente al pasársele la adrenalina y comprender el lío en el que se había metido. Pero era tarde. Su reto estaba lanzado, y era hora de que alguien empezase a pagar a plazos la deuda de presencia que (pese a mí) allí se estaba gestando. Empezaba a resultar urgente un mogeo táctico disciplinario. Disciplina, respeto, pasión. En absoluto hubiera admitido jamás que también me carcomía vivo la curiosidad por saber qué más había intentado decirme. La llama de mi espalda se apagó, como un soplido sobre la mecha de una vela, y la estancia quedó casi en penumbra, iluminada únicamente por la escasa luz natural que entraba a través de las irregularidades del techo. Volví a pasarme la mano por la frente, permitiendo que algunas perlas de mi preciado sudor se desprendiesen de la misma y se perdiesen en la oscuridad, al tiempo que echaba a volvar cargando el kanabo. Mis alas negras se movieron en la oscuridad de la enorme cueva, desplazándome en un abrir y cerrar de ojos. En primer lugar me desplacé hacia el sureste al tiempo que descendía hacia el suelo progresivamente, aterrizando. Una vez mis hermosas piernas (porque solo los perdedores descuidan los cuádriceps y los gemelos, que yo mantenía voluminosos y tonificados) tocaron el despreciable suelo de los mortales, eché a correr hacia el sur, para acabar situándome a apenas unos cinco metros de la del casco con plumas. Opté por no decir ni una palabra: en primer lugar, porque no merecían nada que saliese de mis labios, y en segundo lugar, porque estaba un pelín nervioso. Qué ganas. Iba a ser un mogeo, como decían los chavales, de locos.
La mujer de aspecto aniñado, gusto cuestionable y cabello indiscutiblemente hortera (es decir, un peinado inapropiado de campeones, NO de ganador, aproximadamente -75 de aura, siendo generosos) tuvo la osadía de recoger el guante que tan generosamente había lanzado, mientras observaba sus movimientos como si contemplase un molusco en una pecera. No era para ella, claro; uno espera que sus desafíos sean correspondidos por individuos de cierta categoría, pero era de agradecer que al menos alguien se dignase a plantarme cara, y, más importante que eso: allí no había nadie digno realmente de recoger aquel particular guante. Había que valorar la actitud, en cualquier caso, aunque yo aspirase a competir con los mejores, como siempre había hecho. Mentalidad, sacrificio, ambición. Había algo en aquella buccaneer, enterrado bajo aquella masa de horterismo, que podía confundirse por potencial para la grandeza. Sin embargo, el talento natural, para su desgracia, no se podía comprar. No fue la única en moverse, y el resto también pareció comenzar a tomar posiciones. +15 de aura a todos ellos por atreverse a moverse al fin. O aquello me pareció, hasta que...
La del puto casco con las plumas. -280 de aura, calculados en apenas un instante, y ahora empezaba a pensar que me había pasado de benevolente, como solía suceder. Se había movido entre sus compañeros solo para dirigirse a mí (algo que era de apreciar, como levantarse para hablar a un superior). Respeto, mentalidad, deferencia, reconocimiento de un campeón. Ella sí que me retaba a una batalla de presencia, y tenía la osadía de sugerir que me teñía el pelo. En absoluto, claro: mi hermosa cabellera era absolutamente natural, de aquel blanco deslumbrante que tan bellamente contrastaba con mi piel de pulido ébano en privilegiada armonía cromática. Atribuir aquello a algo tan vulgar como el tinte era lamentable. Todo genética, trabajo duro, esfuerzo, superación, disciplina. Uno puede aceptar la derrota con dignidad o intentar desacreditar al campeón. Otros -50 de aura por envidiosa y por mala, apunté mentalmente. La excelencia despierta admiración en los grandes y resentimiento en los mediocres. Talento, orgullo, disciplina.
Su discurso, fuera lo que fuere lo que estuviese diciendo —yo estaba ocupado centrándome en que ni una sola de mis fibras musculares se saliese de su sitio, mateniendo aún la pose que había iniciado anteriormente, y con la que estimaba que podía optimizar mi ratio de presencia granjeada/segundo hasta +30 o +35 pasivos—, se cortó de golpe mientras me daba la espalda. Era evidente que se había quedado sin palabras, probablemente al pasársele la adrenalina y comprender el lío en el que se había metido. Pero era tarde. Su reto estaba lanzado, y era hora de que alguien empezase a pagar a plazos la deuda de presencia que (pese a mí) allí se estaba gestando. Empezaba a resultar urgente un mogeo táctico disciplinario. Disciplina, respeto, pasión. En absoluto hubiera admitido jamás que también me carcomía vivo la curiosidad por saber qué más había intentado decirme. La llama de mi espalda se apagó, como un soplido sobre la mecha de una vela, y la estancia quedó casi en penumbra, iluminada únicamente por la escasa luz natural que entraba a través de las irregularidades del techo. Volví a pasarme la mano por la frente, permitiendo que algunas perlas de mi preciado sudor se desprendiesen de la misma y se perdiesen en la oscuridad, al tiempo que echaba a volvar cargando el kanabo. Mis alas negras se movieron en la oscuridad de la enorme cueva, desplazándome en un abrir y cerrar de ojos. En primer lugar me desplacé hacia el sureste al tiempo que descendía hacia el suelo progresivamente, aterrizando. Una vez mis hermosas piernas (porque solo los perdedores descuidan los cuádriceps y los gemelos, que yo mantenía voluminosos y tonificados) tocaron el despreciable suelo de los mortales, eché a correr hacia el sur, para acabar situándome a apenas unos cinco metros de la del casco con plumas. Opté por no decir ni una palabra: en primer lugar, porque no merecían nada que saliese de mis labios, y en segundo lugar, porque estaba un pelín nervioso. Qué ganas. Iba a ser un mogeo, como decían los chavales, de locos.
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