Nacer en nieve | PA | Auto T.3
#1
75 de Otoño, año 18.

Al son de la fogata, un hombre baila. Su cuerpo sigue el ritmo que marca el crepitar de las llamas. Sus brazos intentan atrapar las chispas que se levantan y fluyen en espiral alrededor de la columna de humo, pero son demasiado rápidas. ¿O él es demasiado lento? Un brazo que va y el otro que viene; un pie plantado delante, el otro un poco más atrás. Intercambian lugares entre saltos que balancean el torso. Se oyen risas. ¿Risas? No, se oyen carcajadas. La dicha se expande desde el calor que emana de la pira. Las sombras se estiran, se retuercen y regresan a ella, multiplicadas. Un hombre y sus tres sombras bailan alrededor de la fogata, ríen y bailan, bailan y ríen, y nunca se detienen.

De pronto, el hombre tropieza. Su pie golpea una irregularidad del suelo y su figura se desploma, como un muñeco de trapo al que cortan sus hilos. Las sombras huyen de inmediato. Después de un segundo, abre los ojos y en ellos se refleja la consternación. Está perdido. Ve el fuego y se levanta de un salto, asustado. Dos pasos ponen distancia entre él y la pira, la cual no deja de observar. El fuego se refleja en sus ojos y nota algo raro. Arde de una manera extraña. Las llamas se delinean de rojo en su cúspide, antes de desaparecer. El humo, demasiado denso, baja en lugar de subir, aferrándose al suelo como una niebla espesa y pesada que abraza y se aferra a sus tobillos. Siente las piernas pesadas por su culpa. Su respiración se entrecorta, cansada. El pecho le arde, los ojos también. ¿Y los pies? Oh, los pies lo están matando. Siente mil agujas clavadas en cada uno, y cada paso sólo las hunde un poco más en su carne. Nota el cuero seco y enrojecido a causa del calor, los labios quebrados, la piel agrietada. ¿Qué tan cerca estaba del fuego? ¿Qué tan fuertes eran esas llamas? ¿Cuánto tiempo?

—Puta madre… —masculló. Su voz sonaba áspera, seca. Raspaba en la garganta al tratar de salir—. ¿Qué carajos es esto?

Al echar un vistazo a su alrededor, descubrió que se hallaba solo, sí, pero no en la mismísima nada como había tenido la sensación. Sus ojos enfocaron árboles sin hojas, cesped amarillo, matorrales secos y nieve, nieve salpicándolo todo. Un escenario familiar.

—¿Roshwan?

La isla donde había nacido. El lugar que fue su hogar durante la mayor parte de su vida.

—Es imposible… —susurró entre dientes—. Estamos a un mundo de Roshwan, no me jodas. Tendría que haberme dormido un mes. ¿Y cómo mierda van a saber los otros que soy de aquí? Algo huele mal… —Olisqueó el aire, su nariz se arrugó con asco—, y esta vez no soy yo.

El césped amarillo crujía bajo sus pies desnudos. Cada paso lo alejaba un poco más de la fogata, internándose, una huella a la vez, en el bosque de árboles grises que lo rodeaba. El suelo se sentía húmedo, blando y fangoso por culpa del deshielo, señal inequívoca de un invierno tardío, pronto a dejar paso a la primavera. Enji pudo recorrer unos pocos metros antes de verse obligado a apoyar la mano en el tronco de un viejo árbol y detenerse. Su respiración, agitada, y el sudor que corría de su frente no auguraban nada bueno.

«Estoy débil. Me tiemblan las piernas, tengo escalofríos… fiebre, fatiga… ¿Qué es esto?»

El aliento se le estaba acabando y había hecho… ¿qué? ¿Diez metros caminando? ¿Quince? Sentía todavía el calor de la fogata que crepitaba detrás suyo, su brillo picándole en el rabillo del ojo cuando miraba a los costados queriendo encontrar algún detalle, una marca, una señal que mínimamente lo orientara. Estaba en Roshwan, pero ¿en qué parte? ¿Se hallaba en mitad de la tundra? ¿Estaba cerca de la capital? ¿De su pueblo? ¿O qué mierda estaba pasando allí? Hundió las uñas, inusualmente largas, en la corteza del árbol que lo sostenía todavía en pie. Nada tenía sentido. Ni su locación, ni su estado, ni el frío que le calaba los huesos. Llevaba años sin sentir frío. Años desvistiéndose involuntariamente porque su cuerpo sentía calor de forma permanente, pues, además de sus quemaduras, también tenía una vida entera acostumbrándose a esas temperaturas bajo cero. Las mismas que ahora lo hacían desmoronarse. Los dientes le tiritaban sin control.

—P-P-Pu-Put-ta m-m-ma-mad-dre. ¡C-Car-rajo!

Apoyando un hombro en el árbol, dejó los brazos libres para abrazarse y frotarse la piel en busca de un poco de calor. ¡De calor! ¡Él buscando calor! Cuando los últimos años se había muerto del asco cada día de verano, primavera y algunos de otoño también. La ironía era amarga.

Enji cerró los ojos y descansó contra el árbol. En esa posición, los minutos corrieron. Lento. Demasiado lento. El tiempo parecía estar sufriendo de las inclemencias del clima. Las manecillas del reloj, escarchadas, sufrían para hacer llegar cada nuevo segundo. Dar a luz un nuevo momento se convertía en una tarea titánica en mitad de la ventisca. ¿Y a dónde conducía todo eso? ¿Qué es lo que estaba esperando? Se lo preguntó, una y otra vez, pero no tenía respuestas a sus propias preguntas. Sentía frío. El cuerpo le pesaba, la mente le pesaba, todo era difícil y nada podía hacer para remediarlo. La impotencia empezó a apoderarse de su mente, carcomerla. Sentía rabia, dolor. ¿Dónde estaba la solución? ¿Qué sentido tenía? ¿Qué debía aprender de todo eso? Que alguien, quien fuera, se lo dijera de una vez. Odiaba sentir frío. Siempre lo había odiado.

Apretó los párpados hasta que dejó de sentir los pómulos. De pronto, el frío se esfumó. ¿O es que ya tenía todo el cuerpo dormido? Los nervios muertos, la piel morada y después negra. Hipotermia, después gangrena. Amputación. No quería abrir los ojos para encontrarse con ese escenario. Prefería seguir en la dulce, dulce ignorancia. ¿La “dulce espera” sería algo parecido a eso? Se preguntó. Rápidamente llegó a la conclusión de que era un poco idiota. El frío le estaba haciendo mal.

«Estoy a gusto así. No quiero abrir los ojos. Cuando abro los ojos, hace frío. Puta que hace frío. ¿Cómo no me traje una chaquetita? Bien decía mi abuela: “Una chaqueta te puede salvar los huevos cualquier día”. Bah, siempre imaginé que diría cosas así. De algún lado de la familia tendrá que venir esta genialidad que tengo para decir tonterías.»

Su propio pensamiento le hizo gracia y el labio se le agrietó al formar un atisbo de sonrisa, como se parte el suelo en el desierto. El dolor volvió en tromba y la sorpresa lo obligó a abrir los ojos. Luz, otra vez. Pero, esta vez, no era la cegadora luz que bajaba del cielo y se reflejaba en los campos de nieve, prístina y pura. No. Era una luz amarilla, cálida, y no se reflejaba en nada. Provenía de una llama, una llamada confinada detrás de media docena de barrotes de hierro. Enji parpadeó, se enfocó y amplió su visión, dando un rápido vistazo alrededor. Ya no estaba en el bosque. Ahora había paredes, muebles, un techo y un fuego que poco a poco lo hacía olvidar del frío que le había calado en los huesos hasta entonces. Dejó de apoyarse en lo que creyó que seguía siendo el árbol, solo para descubrir que se trataba de un pilar de madera tallada. Veinte símbolos se podían apreciar a lo largo del pilar, desde la base hasta el techo. Veinte nombres que desconocía.

—Ese… —susurró—. Ese sí.

Vangelis.

Conocía ese lugar. Habían pasado años, una eternidad en sus ojos, pero jamás podría olvidarse de ese lugar. Su hogar. O lo que alguna vez pudo llamar hogar. Era la sala de estar en la casa de su familia, en Roshwan. La misma chimenea, el mismo sillón, la misma alfombra.

El mismo fuego.

—No, yo no quiero pensar en esto —se dijo, llevándose las manos a la cabeza—. No quiero. —Los dedos se hundieron entre sus cabellos, las uñas querían arrancarle el cuero cabelludo—. ¡Sáquenme de aquí! No es gracioso. Juan, Akira, ¡el que sea de ustedes que quiso jugarme esta broma!

Intentó dar un paso al frente y las piernas le fallaron. Cayó de rodillas sobre la alfombra y, por un instante, la vio teñida de rojo. La vio manchada de sangre y ceniza. Sangre y ceniza.

—Feliz cumpleaños.

Una voz sonó detrás suyo.

—¿Ah?

Y Enji despertó.



Se incorporó en la cama de sopetón, asustado, y se llevó la mano al pecho. Tenía el corazón desbocado, azotándole detrás de las costillas como si quisiera escapar de su carne y salir corriendo. Respiraba agitado, acelerado, tratando de recuperar el aliento, y una fina película de sudor cubría su rostro; sus manos temblaban y su garganta ardía, reseca y lastimada. Se sentía como si hubiera estado horas tratando de gritar. Quizá ese había sido el caso. De cualquier modo, ningún grito había salido de su boca, ya que el resto de la división no había irrumpido en su cuarto. El silencio de la noche, roto únicamente por los lejanos ronquidos enredados de Juan y Akira, lo abrazaba.

—Que puta mierda me habré fumado —se preguntó—, para soñar con algo así. Hijo de… ¡Ugh!

Enojado, se sacó las sábanas de encima, se bajó de la cama y, completamente desnudo como estaba, salió de su camarote para dirigirse a paso pesado hasta la cubierta del barco.

El Ford’s Transit estaba atracado a una buena docena de metros del inicio de la playa, el ancla estaba baja y el viento apenas lograba mecerlos. No había prácticamente marea. Estaba solo, bajo la luz de una luna menguante y un sin número de estrellas. Se acercó a la barandilla de seguridad que cubría la caída al vacío, se subió encima y tomó asiento, sus piernas colgando sobre el precipicio que desembocaba en el mar.

«Feliz cumpleaños»

—No es mi cumpleaños —dijo, susurró al aire mientras se lograba calmar—. Si me querías volver loco, fue unos días atrás… Le erraste. ¡Shihahaha, le erraste! —exclamó, pero sólo fue respondido por su eco—. Fallaste, cabrón.

La sonrisa que esbozó por un segundo, así como llegó, desapareció. Enji se empezó a rascar el cuello con vehemencia mientras tomaba con la otra mano su cigarrillo de emergencia, siempre listo detrás de su oreja. Un pequeño atado de tabaco casero, desbaratado por el movimiento de la noche, se mantenía apenas en pie a la espera del fuego que le diera sentido a su propósito.

Meow.

Enji levantó la mirada. A su derecha, caminando por la baranda de madera, se acercaba el pequeño Ford, su gato. Ford llegó junto a él y se sentó. Enji le acarició la cabeza, justo detrás de las orejas, bajo las patas de sus lentes de sol.

—Apareces siempre en el momento justo, eh. —Rascó bajo el mentón del gato, bajó a su papada y después se dirigió al collar, de cuya chapa sacó un pequeño cerillo escondido. Siempre tenía formas de encender su cigarrillo. Siempre—. Gracias, enano.

Frotó la punta del cerillo en la madera de la baranda, lo que encendió una llama que llevó rápidamente a su cigarro. El papel se quemó, el tabaco se encendió y una larga pitada alimentó la brasa, llevándose a cambio una densa nube de humo en los pulmones. Todo lo que necesitaba en un momento como ese: su gato, la brisa del mar corriéndole entre las pelotas y un buen cigarrillo envenenándole el pecho. La vida volvía a tener sentido después de esa maldita pesadilla.

Enji exhaló y el humo se aglomeró en una densa cortina frente a su rostro. Luego, un soplo de viento lo dispersó y volvió a poder ver el cielo nocturno.

«”Feliz cumpleaños” —pensó con un deje de nostalgia—, A quién mierda le importarán los cumpleaños»

Volvió a sorber del cigarro, volvió a llenarse los pulmones, volvió a exhalar. La vida era demasiado buena últimamente. Tenía compañeros, una paga, reconocimiento y un cargo importante. Tenía todo lo que un hombre podía llegar a querer. Incluso tenía un linaje.

Demasiadas distracciones, eso tenía.

Había salido al mar con un objetivo, y un objetivo solamente. No se podía permitir dormirse en los laureles conseguidos, pues cuando empezaba a sentirse cómodo, cuando se relajaba, las pesadillas como aquella regresaban para recordarle de dónde venía, por qué se había puesto el uniforme en primer lugar y a dónde apuntaba su lanza. Quedaba mucho por hacer.

Después tendría muchísimo tiempo para dormir tranquilo.
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Nacer en nieve | PA | Auto T.3 - por Enji - Hace 59 minutos

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