[Pasado] El precio de una palabra
#21
La puerta de la tasca era ancha para un humano grande y justa para un algo mas grande. Pera Hanma no era ninguna de las dos cosas y como todas las demás puertas a las que se había enfrentado era un aro al que había que meterse de lado, agachando los cuernos para que no le arrancaran el marco de cuajo. Hanma se incorporó dentro, casi rozando las vigas con la frente, y fue contando: espacio justo, techo más bajo que el de las bodegas del puerto, dos caras mirando hacia él y una más al fondo que no levantaba la vista. Esa se encorvaba sobre un cuenco de sopa con el cucharón de madera. No había alzado los ojos desde que Hanma cruzó el umbral. El camarero, que ya había visto de todo en la vida del señor, palideció un punto al ver la escala real del bicho que le mandaba el crío. La marca del sopapo seguía ahí, en el pómulo, bien amarillita.

La cocina era pequeña. De las cuatro hornillas solo dos tenían buen fuego, y una de esas dos chisporroteaba por el lado equivocado de la olla. Había un gancho de hierro con cadena en el techo, reseca, con la última argolla algo ladeada. Manojo de hierbas colgado; medio polvoriento y con aspecto de llevar ahí mas que años tenia el gran oni. Hanma abrió donde guardaban la carne de un tirón suave y encontró lo que necesitaba: media pieza de cerdo salado, cebollas, dos dientes de ajo con una brotita verde en la punta, un puñado de pimentón con buen color y aceite de la isla, de ese afrutado asqueroso si me preguntan. No era su despensa ni era su herramienta. No importaba. -Me tendre que conformar con esto, que remedio.- se lo dijo a si mismo.

Cortó el cerdo en lascas con el cuchillo que colgaba de un gancho y las bajó a la sartén de hierro cuando el aceite aún no había cogido temperatura. Ratatouille asomó el hocico desde el cuello de la camiseta, olisqueó el aire de grasa caliente y se acomodó en la clavícula derecha. Los bigotes tiesos. El ojo sano clavado en la sartén. Sabía perfectamente cómo funcionaba esto. Cebollas en tiras, el ajo aplastado con el canto del cuchillo. Pimentón al último para que no amargara. El chisporroteo llenó la tasca de un olor espeso que se meta por las junturas de las puertas; el camarero dejó el trapo encima del mostrador y se quedó mirándolo sin pretender hacer otra cosa. Cuando las lascas tuvieron color en ambas caras las apiló en el centro y las tapó con la cebolla pochada. Bajó el fuego al mínimo. Diez minutos de reposo y se bañaban en su propio jugo. El plato sería grasiento y especiado y contundente; la clase de comida que no necesita nombre en la carta porque se entiende sola nada más olerla. No había pan. -Trae algo para limpiar el aceite, lo que tengas. Y un plato que aguante calor. Rápido.-

Al fondo, el cucharón de madera raspó el fondo del cuenco vacío. Un sonido pequeño, de los que nadie oye en un bar lleno, pero allí solo eran cuatro. El comensal giró el torso sin levantar la cabeza y se limpió la boca con la manga. No había dicho nada desde que Hanma entró.
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#22
El silencio se hizo por parte de los dos sujetos que estaban ahí, a parte de Kai, en cuanto vieron entrar a semejante bicho por la puerta, de un modo que sorprendería a los tres que miraban. El oni había pasado de lado y agachándose medianamente, si bien había hecho las cosas correctamente, el hecho de que tuviese cuidado con no destrozar algo en su camino era lo que lo tenía atónitos. Estaban viendo ángulos del pelirrojo que no sabían si realmente querían ver. El camarero, limpiador y cocinero levantó la mano y señaló con el pulgar la gran entrada a la cocina por la que pasaría sin dudarlo el gigante no tan noble. - Tienes ahí la despensa, cuidado con la cocina - Si bien la cocina no era la pasión del anfitrión, si que le entretenía cuando lo hacía y, sobre todo, le daba de comer más que otra cosa.

El comilón silencioso así se mantuvo, pero detuvo su sorber, el cucharón ya no raspaba el plato en busca de algo más nutritivo, tan solo miró de reojo, sin voltear la cara si quiera, y realmente no vio al pelirrojo aunque si su sombra. Aquello había sido suficiente para quitársele las ganas hasta de respirar, por lo que contuvo la respiración, sin moverse, hasta que Hanma se metiese en la cocina. - Quién lo habría dicho, que iba a vivir el inicio de un chiste en primera persona. Que god jeje - El peliblanco comenzó a juguetear con sus pies son la banqueta en la que estaba sentado.

El camarero se acercó al adolescente, curioso con la situación y se dispuso ante él. - ¿De dónde has sacado a alguien así? - Susurró al joven que levantó su cabeza, centrando toda su atención en él. El callejero lo miró y se encogió de hombros. Entonces el otro rodó los ojos, sabía que no le iba a salir gratis por lo que metió las manos bajo la barra y sacó un cuenco de aceitunas rellenas. Kai se mordió los labios y cogió el cuenco con velocidad. - Lo acabo de conocer, esta duro de pelar, literalmente. Es como un moai de esos - Se llevó un par de olivas a la boca y hablaba mientras las masticaba. - ¿Crees que le interesaría....ya sabes? - El mentirosillo levantó una ceja. - Y yo qué sé. Pregúntale tú. ¿Soy su manager ahora o que? Yo estoy aquí por comida loco, no me rayes - Entonces se escuchó la voz del pelirrojo desde el umbral de la cocina y Kai miró al camarero y levantó ambas cejas, no tuvo que decir nada.

El único trabajador del bar se acercó, nervioso, hasta la cocina, primero hecho un vistazo a la sartén y luego comenzó a caminar en paralelo al gigante, intentando no acercarse demasiado. Abrió un mueble del que sacó un plato casi plano, parecía piedra pizarra, pero se trataba literalmente de una piedra tallada con forma de plato, tratada para que no fuese porosa, hecha para emplatar carnes. - Sabes lo que haces - Intentaba sonar seguro y con convicción, como si no se estremeciese al tener cerca la monstruosa rodilla del pelirrojo. Descolgó el paño que llevaba al hombro y se lo dejó a lado de los fogones, tras eso volvió a su lugar en la barra.

Mientras todo aquello pasaba aquel que lloraba en silencio, masticaba sin hacerlo, se giró hacia la barra habiendo casi terminado su plato. En su cara se podía ver sangre seca, hinchada, con una mezcla de colores dignas del más grande pintor, Bob Leymar. En su cara se mezclaban el verde, amarillo, morado y algún toque azulado. ¿Era acaso momento de pedir más sopita? No lo creía así que volvió a girarse para quedar frente a su plato y su botella de agua. - Oye Hanma. ¿Por qué buscas a tu papucho? ¿Es el que te enseñó a cocinar? ¿Tienes que robarle la receta familiar? ¿El ingrediente secreto? ¿Podrías hacer una sopa con tus cuernos? - Preguntaba sin cesar mirando a través del umbral de la puerta.

En seguida llegó el olorcillo hasta las fosas nasales del peliblanco y, como no trajesen pronto el plato de comida, iba a empezar a flotar como Tom.
Leyenda de una Leyenda
- Narro -
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- Pienso - 
- *Burp* Eructo -
- *Fhiii* Pedo Ninja - 
- *FWRA* Pedo Pesado - 
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#23
El camarero dejó el plato de pizarra junto a la sartén sin meterse más en el asunto. Una piedra tallada, plana, con la superficie tratada por dentro para que no absorbiera. La cogió Hanma sin apartar los ojos del fuego, la sopesó en la palma y la aceptó. Buena pieza. La retahíla de preguntas llegó desde la barra como si el crío tuviese moscas en los labios y las fuera soltando una a una. El papucho. La receta. El ingrediente secreto. La sopa con cuernos. Hanma no se giró. Levantó el fondo de la sartén y dejó caer las lascas de cerdo sobre la pizarra con su jugo, la cebolla pochada cubriéndolas despacio. El pimentón había entrado a tiempo: color rojo oscuro, casi teja. Sin quemarse. Cogió el paño que el tabernero había dejado al lado de los fogones y limpió el borde del plato.

-Mi padre no me enseñó a cocinar.- Lo dijo al plato, no a Kai. Sin levantar la vista. -Me lo enseñó un tipo al que no le caía bien. Dos meses acarreando bidones a cambio de que me explicara la temperatura. Akuma cocinaba como come: a bocados y sin receta. Si hubiera esperado a que me enseñara él, estarías comiendo arroz frío y agradecido.- Puso el pan al lado del plato, en equilibrio sobre el borde de la pizarra, para limpiar el aceite sobrante. Luego cogió el conjunto por las dos esquinas con las palmas abiertas. Ratatouille lo notó antes de que el plato saliera de la cocina. Llevaba un buen rato con el hocico blanco apuntando a la carne desde la clavícula, el ojo sano sin moverse, los bigotes rectos. En cuanto Hanma se acercó al marco de la puerta, la rata bajó por su antebrazo como por una rampa, llegó hasta el canto del plato y olisqueó el borde dos veces. -Primero ella.- Avisó. No era negociable.

Dejó el plato sobre el mostrador frente a Kai con un golpe sordo. La pizarra pesaba y el impacto tuvo su propio argumento. El olor salió de golpe hacia arriba: grasa de cerdo, pimentón, el dulce suave de la cebolla. Ratatouille arrancó un trozo del borde con el morro y lo engulló sin bajarse del brazo. Sin pedir permiso a nadie. -Con mis cuernos no, pero con tu pellejo si.- Seco. Como quien cierra un cajón. El plato echaba vaho y las lascas seguían calientes.

No se sentó. Apoyó el codo en el mostrador y miró de reojo hacia el fondo de la sala. El comensal del cuenco vacío no se había movido del taburete. Seguía de espaldas. Pero el gimoteo había parado, y ahora que el olor del guiso llenaba el local, el tipo giró apenas la cabeza hacia el mostrador. Fue un momento; lo suficiente para que Hanma le viera la cara de lado. Verde sobre el pómulo izquierdo. Amarillo debajo del ojo. Morado en la mandíbula. Sangre seca de hace horas que nadie había limpiado. La boca apretada de quien aguanta algo que ya no duele pero que tampoco ha terminado de irse. Hanma volvió la vista al plato. No dijo nada.
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