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39 de Otoño, Año 18 ❥ Kutsukku
In this gothic underground city, we all sin
If i bring a couple rounds with me, then we all win
If i bring a couple rounds with me, then we all win
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La luz de ese atardecer luchaba por filtrarse entre la neblina para colarse dentro de las entrañas de Leviathan, bañando de calidez el espacio recubierto de roble blanco que lo componía, y era, ese espacio que utilizaban las mujeres de su división como servicio, el que se había vuelto su pequeña fortaleza en ese proceso de cambio. A ojo crítico volvió a repasar la imagen que le devolvía el espejo sobre el lavabo y aquello se sintió como un dejavu, solo que esta vez, no llevaba una camisa de lino grisácea, ese vestido sencillo con el que se había transformado en Nyssa Vale hace un par de años atrás en una posada mugrosa en baterilla.
No. Esta vez, Nyxara Archeron había tenido que jugar a esconder su propio alter ego.
Y aquello, casi le arranca una sonrisa gélida de esos carmesís.
¿Cuántas capas de falsedad podría aguantar su propio cuerpo antes de fracturarse bajo el peso de su propia farsa?
Cuando la orden de los altos mandos alcanzo al bastión de justicia que era la ochenta y uno pidiéndole investigar sobre el rumor de un nuevo “rey pirata”, a Nyx le pareció un insulto a la inteligencia de su división y la propia ¿Era una orden que estuviera respaldada o solo la pestilencia de un rumor de borracho? Aun así, la indicación de su capitana había sido clara, seguirían la petición, entregándole a ella la labor de dar con la indumentaria necesaria para casi todos; la Archeron había buscado en esos puestos que se caían a pedazos todos los recursos que estaban dispuestos a vender para utilizarse como fachada en sus compañeros y en la criatura de viento y sal que se había transformado en su hogar. Regateando hasta el último peso de cada berrie en esa isla cargada de neblina y chatarra.
Y, el reflejo que le regresaba el espejo le demostraba que ya no pertenecía a la justicia del blanco y el azul con la había decidido jugar su primera capa de falsedad. Ahora, se cargaba del negro, del cuero y del acero.
Como el tipo de criatura que ella era.
Y casi podía escuchar la risa burlesca de Aelira ante su propio reflejo.
Y casi podía ver la suave mirada de reproche de Seren ante su elección.
Si tan solo ambas estuvieran aún con ella.
El gesto fue lento hacia uno de esos aros de perla cultivada que llevaba consigo y el toque helado contra las yemas la ayudo a sostenerse, a mantener a raya la angustia que se cerraba en su garganta con el peso de un grillete. Incluso en ese juego, las había tenido que esconder del mundo. Allí, donde la tela de esa blusa dejaba al descubierto el secreto de aquel mapa estelar. Allí, donde los astros marcaban su piel y caían como estrellas fugaces hacia el abismo de sus senos generosos, rodeando la sombra erguida de esas tres montañas que significaban vida para ella, justo al centro, justo allí.
La hermandad de las Archeron grabada en su piel.
Esa había sido la razón real para volver el servicio su fortaleza, había tardado un par de horas en maquillar cada una de sus estrellas que coronaban sus senos amplios para que estas se esfumaran de ojos curiosos y se fundieran con su piel gracias al maquillaje y fijador a prueba de agua. Su tripulación lo desconocía y así tendría que seguir siendo.
Porque aquel hombre en Samba, le guardaría el secreto.
Y la sonrisa cargada de malicia le devolvió el gesto en el reflejo...
O ella, cobraría la promesa de arrancarle los dedos si sus caminos volvían a cruzarse.
El taco de sus botas contra la madera de Leviathan resonó con la misma fuerza que él pasado golpeaba su pecho cuando avanzó hacia la habitación que compartía con su capitana y su compañera de división. Ahí en la sencilla cama descansaban sus armas y su mochila de viaje junto a ese periódico que ya había revisado por completo durante la mañana, mientras trabajaba cambiando las velas e impidiendo que Alex hiciera una soberana estupidez sobre sí mismo ¿De quién había sido la brillante idea de esparcir el rumor que autolesionarse con tinta y fuego era la cúspide de la genialidad táctica?
La Archeron dudaba que el autor de semejante tontería le funcionaran dos neuronas a la vez.
Le dedico una última revisión a su bolso mientras repasaba la información relevante que había obtenido de esas letras impresas en tinta barata, cambios en la marina por ordenes de ese gobierno que desechaba personas como quien desechaba la basura en la isla cargada de neblina. Inevitable su garganta se contrajo, mientras ella se obligaba a tragar el asco de la podredumbre institucional.
Bandas criminales caídas, nuevas bandas criminales que estaban dispuestos a comerse a si mismos para ganarse el título del rey pirata y aquello, casi le arranca una sonrisa gélida de esos labios carmesís.
Cualquiera que estuviera dispuesto a cortarse su propio brazo para sobrevivir…
Era un espectáculo digno de observar.
Cangrejos fúricos, cantautores, poemas, personas que tomaban justicia por su propia mano y el mismo dueño del poema que había dedicado tiempo a criticar los glúteos de marine en un pantalón demasiado ajustado. Finalmente, la lista de todos esos “se busca” con el precio sobre sus cabezas como si a ella le importase el juego de poder que lanzaba ese gobierno desde sus tronos de marfil. Ironía macabra la que utilizaban para repartirse el mundo.
Y No. No le importaba, pero la irritación sorda y el alivio retorcido en las cosillas cada vez que pasaba la mirada por esas caras…seguía allí.
Latente.
Mientras el eco de su osadía seguía susurrando una verdad que ella se negaba a oír.
Acomodo sus katanas al cinto donde acostumbraba a portarlas, el bolso a la espalda y se aseguró de guardar esas tres manzanas por si alguno necesitaba algo para mantener el azúcar en niveles estables, luego, salió a cubierta. El atardecer de otoño luchaba por hacerse notar en medio de esa neblina que nacía de las costas, y el aire cargado la recibió con ese golpe habitual que llevaba esa isla consigo, como si buscase colarse entre la ropa y adherirse a la piel, recordando que la decadencia podía hacerse con la buena fortuna en un pestañeo. Las palabras de su capitana los llevaron a reunirse al centro de la cubierta, aun así, la Archeron no podía dejar de pensar que le faltaban piezas a ese puzzle, olía a trampa y ellos, carne de cañón, tenían que seguir el rumor de una promesa vacía para que la marina y el gobierno decidieran hacer algo al respecto.
¿Importaba?
No después de ver como habían despachado dos mil vidas en tinta barata y una palmadita en la espalda.
Ajusto su postura sobre el hombro del juicio final, alzando con ligereza la barbilla mientras permitía que ese pequeño bicho que había comprado, ese que no tenía garras y dientes para defenderse y con el que estaba irremediablemente atada, sincronizara con sus compañeros para mantenerse en contracto. Nyxara Archeron se había acostumbrado al retumbar de su cuerpo a cada paso que daba el gigante, de alguna manera, Alex, la montaña, conseguía arrebatarle hasta la última pizca de control al moverla como una muñeca de porcelana, sin que ella pudiese hacer absolutamente nada para evitarlo.
Y aquello, era una afrenta que no podía perdonar.
No era personal.
Simplemente, el control no era algo que estaba dispuesta a entregar.
Ni a él. Ni a ningún otro.
A cada paso que daba su compañero de división, el bullicio proveniente del punto de encuentro iba ganando fuerza. Cuando Alex la depositó con delicadeza sobre el suelo del fondeadero al lado de su capitana, la Archeron se irguió con lentitud soberana, tensando cada línea de su silueta ceñida a ese corse de cuero; uno de los hombres que allí ya se encontraban se dirigió directamente al juicio final que era Alex, y el mar de los ojos de Nyx se clavó en los contrarios con el mismo interés de quien observa una pelusa en su ropa. El movimiento fue lento y deliberado, ese que posaba su mano sobre la bota del juicio final.
Puñal silencioso que declaraba la guerra: si quería doblegarlo, tendría que sobrevivir a la furia de su capitana.
Y la propia.
El mar de sus ojos volvió a la cueva, al instante que la música tomo el centro del escenario. El ruido rebotando sobre las parades de piedra lograba que el bullicio de las palabras, risas, caminatas y canciones ganara más fuerza al mezclarse, y el circo que se estaban montando bajo la mugre de aquella isla parecía atraer a Seraphin quien arrastraba consigo a Jesse. Esperaba que su compañera de división hubiese seguido la orden de su capitana revisando el periódico, de ser así, reconocería que las caras impresas en papel y tinta, tenían forma propia y un precio sobre sus cabezas.
Y Nyx, iba a odiarse por lo que estaba a punto de hacer.
Ese asco profundo le recorrido las entrañas mientras buscaba entre la multitud un hombre, cualquiera, quien fuera no importaba, solo necesitaba un pobre desgraciado a quien se dedicó a observar hasta que percibiera su mirada. Solo cuando la mirada de este se encontró con la suya, la Archeron fingió haber sido sorprendida: un suave sobresalto, un descenso calculado en el marco oscuro de sus pestañas sobre el mar de sus ojos, y, como si ella fuese incapaz de arrancarle las uñas, esbozó esa sonrisa tímida que rozaba la coquetería mientras una de sus uñas se posaba suave sobre sus dulces labios. El tipo de sonrisa que delataba que ha sido pillada observando algo que le gusta.
Como si no estuviese aguantando la arcada mental.
Ocupo la supuesta vergüenza para inclinarse hacia Kagura, haciendo que esos mechones que enmarcaban aquel rostro de líneas finas y pecas dispersas, se deslizaran por sobre su hombro desnudo acariciando su clavícula. Su mano cubrió su boca cerca del oído de su capitana, como si quisiera contarle el secreto íntimo de lo que acababa de pasar – Huele a ratonera, Kagura, y no tengo como probarlo – Lentamente, apoyo la mano sobre el hombro de su capitana para mantener la fachada del secreto cómplice, de ese hombre que parecía haber logrado mover el deseo en ella – Reunir a tanta cabecita cotizada bajo el rumor de un trono vacío, es demasiado conveniente – murmuró contra su oído – Si tenemos que sacar información, dividámonos antes que este vertedero nos explote en la cara – sentenció antes de enderezarse con esa elegancia orgullosa que realzaba la simetría de su silueta y se enmarcaba, bajo la cascada azabache que caía a su espalda.
Notice me, voz seductora-sempai uvu
