[EVENTO CAMBIO ZONA] A la caza de los sueños; Parte 1
#51
Sin duda estaba en terreno desconocido, y muchas cosas pasaban en simultáneo, incluso mucha gente agolpada también… Un poco agobiante… Pero algunas cosas no podían ser pasadas por alto… Robaban y atrapaban la atención de uno como ladrón en la noche.

Muchos allí presentes estaban leyendo el periódico, muchos se veían rudos, otros interesantes, pero nadie pasando realmente desapercibido y yo no podía ser menos, allí estaba, sentado en la roca, leyendo la copia que tenía a mano. Cualquiera podría notar lo que ocurría a simple vista, no se leer, pero los demás tampoco que lo sepan. Jake a mi lado hojeaba atento también aquel periódico al revés al que “leía” con semblante serio e interesante para no desencajar.

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Un enorme gordo en tanga, era lo único que podía romper la tensión de aquel lugar… —Saaape— dije asombrado bajando el periódico mirando al gordo entangado con una media sonrisa en mi rostro y mirando todo lo que se desencadenó… De pronto todo tembló, y se derrumbó un muro abriendo una gruta que dejaba más que lugar a la imaginación de que allí algo pasaba… —¿Viste eso Jake el gordo rompió la cueva jiajiajiajiajia— comenté con mi peludo a carcajadas para incorporarme rapidamente al ver que todo comenzaba a tomar movimiento, incluso el gordo, sin más preámbulo la gruta iluminada con esas antorchas llamaba… Y el gordo que había ido allí también, quería saber como se llamaba y también que deparaba aquel sitio finalmente…

Sin dudarlo tomé a Jake en la mochila como siempre con su cabeza fuera para poder mirar y sin dudarlo mucho me avalancé corriendo hacia la zona a la cual me adentré de un salto imponente a la par de un buen —Sapeeeee no pierdas de vista al gordo, Jake JIAJIAJIAJIA—

La hora de aventura había llegado finalmente.

Hora de aventura
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~Pensamiento~—Hablar—
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#52
El trueno retumbó contra las paredes de basalto y Kazuma abrió los ojos de golpe como quien despierta justo en el compás que esperaba. Dejó caer el periódico hecho papilla, se puso de pie sobre la roca y alzó ambos brazos hacia el techo de la cueva con los dedos temblando de emoción.

- Silencio por favor… - susurró aunque nadie hablaba con él - Que empieza el primer movimiento.

La pared se derrumbó provocando un fuerte estruendo, haciendo que los cánticos cesaran, los murmullos acallaran y todas las miradas se dirigieran hacia el mismo punto. Mientras los cascotes llovían y el polvo se arremolinaba, Kazuma dirigía el derrumbe como un maestro. Una mano marcando el crescendo del desastre, la otra dejando caer el último golpe seco cuando la roca más grande tocó el suelo.

- ¡Fortissimo! - Gritó, con un gallo agudo que un pirata cercano se tapó los oídos molesto. Carraspeó intentando disimular el desafine, se alisó el haori manchado y recuperó la compostura con una dignidad injustificada.

Echó a caminar hacia la gruta con la katana golpeándole la cadera, descalzo sobre los charcos y trozos de roca como quien pisa una alfombra roja. Extrañamente feliz en una situación en la que todos estaban alerta y atentos a cualquier cosa extraña que sucedía.

En el umbral de la gruta, con las llamas al fondo y el trueno retumbando a su espalda se detuvo un instante. Agarró el farol de su cinto, lo alzó frente a una de las llamas y asintió con solemnidad.

- Luz prestada por el destino, sí…¡esto es un momento histórico! - Se lo colgó de nuevo y extendió los brazos hacia el fondo de la gruta, como si el mundo entero fuera su orquesta. - ¡Que alguien me traiga un atril, voy a componer el final de esta tormenta!

Y tarareando una marcha triunfal que acababa de inventarse, Kazuma cruzó el umbral con la barbilla en alto, dirigiéndose con una mano danzando al viento, otra marcando las llamas, hacia donde quiera que ese camino le llevara.

[Imagen: uKiviiu.png]

Sinfonía de Kazuma
KAZUMA AMEKAZE
[Imagen: Chat-GPT-Image-1-oct-2026-16-23-42.png]
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#53
Solo algunos de los muchos allí presentes parecieron atreverse a atravesar el agujero en el basalto para pasar a la gruta. Me encontraba alejada de las múltiples antorchas que, pobremente, eso sí, iluminaban el interior de aquella guarida. Mi voz fue la primera en romper el silencio después de la explosión, baja y suave.

—Pero si están todos medio acojonados —dije, haciendo un ademán hacia ellos, para que los demás viesen cómo la mayoría se había quedado fuera.

Resultaba decepcionante ver aquel vacilar en tantísimos de ellos. ¿Realmente era esa la valentía propia de quien pretendía unirse a una campaña de conquista del Grand Line, a un fulgurante ascenso hasta el One Piece? Arqueé una ceja, mientras, frente a mis ojos, solo un puñado de valientes parecían tomar la determinación suficiente como para pasar por encima de los restos despedazados de aquella falsa pared, mientras el resto se quedaba fuera, observando como un ejército de pusilánimes, bobalicones a los que solo les faltaba que les cayese un hilillo de baba a la espera de que otros tomasen lo que ellos decían haber venido a buscar.

El primero al que vi entrar fue otro Lunarian, que atravesó el umbral volando por los aires, seguido de alguna clase de Gran Oni, que irrumpió con determinación, como si entrase buscando algo. Aquella era una buena actitud, al menos, aunque parecían faltarle más luces que al camerino de Wewie Stonder. Los siguieron, acompañados de un desfile de nuevos curiosos ataviados de todos los colores, una joven pelirroja y una buccaneer de aspecto extrañamente aniñado. Tras ellos, que habían sido algunos de los más veloces (y que, dicho sea de paso, no habían vacilado), entraron varios grupos de malhechores del tres al cuarto, un discreto grupo de intimidantes criminales ataviados con capuchas y lo que parecía ser una tripulación enteramente formada por skypeans y brazos largos que acababan de desembarcar. Los fui observando de uno en uno, sin que mi mano, que reposaba sobre la empuñadura de mi arma, se relajase o se tensase. Entró también una joven pelirroja, cuyos volúmenes resultaban evidentes incluso bajo aquella luz penumbrosa y escasa, seguida de una oleada mayor en la que parecían convergir varias tripulaciones, medias tripulaciones y hasta pensionistas.

Miré a uno de mis compañeros al otro lado de la gruta, haciendo una sutil inclinación de cabeza, dándole a entender que espabilase. Había comenzado. Mi mirada volvió a mantenerse fija en todos los que iban entrando, echando el ocasional vistazo a los que se habían quedado fuera. ¿Eran realmente el tipo de pirata que uno querría en una expedición como la nuestra? Resultaba difícil responder, aunque no me correspondía a mí hacerlo en último término. Aquellos que se habían aventurado a entrar en la gruta tenían algo de madera, desde luego, pero no demostraban tener mucho cerebro. Los que se habían quedado fuera, por el contrario, eran unos cagaos. Vaya tesitura la nuestra.




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#54
Sabía exactamente qué estaba pensando Ann. Me lo podía imaginar, pero había pasado el suficiente tiempo junto a ella como para imaginarme por dónde iban los tiros. Los tiros, claro. Sonreí hacia mis adentros ante mi propia ocurrencia. Diablos, ya habían pasado años desde que Scorn había dejado de ser una fantasía entre cervezas (con limón y sin alcohol para mí) para pasar a ser aquel pequeño proyecto, de un pequeño sueño a un sueño mayor. Aquella siempre fue mi forma de pensar, que así se progresaba en la vida, entre ambición y ambición. Al fin y al cabo, el capitán había bautizado nuestra tripulación así por algo. Lo que iba a tener a cabo en aquel día era nada más y nada menos que el fruto de lo que habíamos meditado durante muchos días y, sobre todo, muchas noches, entre la luz de las velas y el humo de los bares, de una ciudad en otra, de una isla en otra, pero siempre con un objetivo en mente.

Me hallaba inmerso en mis pensamientos cuando el sutil gesto de Jellckama llamó mi atención, sacándome de mi sesión de nostalgia periódica. Arqueé las cejas, viendo cómo un gran mogollón comenzaba a hacerse sitio a través de la entrada de la gruta. Nuestra gruta había sido un auténtico regalo del cielo, los restos de alguna excavación que aquellos chalados habían llevado tiempo atrás allí mismo, en Kutsukku, en sus planes de montar un laboratorio de combate o una chorrada así. Creía recordar que hasta había salido en algún periódico cómo habían salido escaldados de aquello, suponía que tras haber intentado aprisionar a la gente equivocada.

El gran grupo había comenzado a avanzar desde la boca de la cueva, cuya entrada habíamos disimulado, al menos como habíamos podido, para revelar sola y únicamente en el momento adecuado. Oí cómo, entre los pasos que resonaban a lo largo de la gruta hasta mi posición, se colaba también el ruido del temporal en el exterior del fondeadero. Hasta podría haber jurado que oí los cascos de los barcos chocar entre sí. ¿Pero quién salía a navegar en un día como aquel, siendo aquel un sitio al que se podía acceder a pie? Novatos.

Aquel montón de gente, que empezaba a contarse por centenares, fue pasando hacia el interior de la gruta. —Atentos a nuestras indicaciones, por favor. El que se las salte va fuera. Id pasando, id pasando —dije con hastío, mientras hacía un movimiento circular repetitivo dándoles a entender que continuasen desplazándose hacia el fondo para no bloquear la entrada a los rezagados—. Cuidado con el suelo, que resbala. Señora, tápese, haga el favor.



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