¿Me ayudarías...? [Fic, Pasado, +18]
#1
La noche caía sin prisa sobre aquella ciudad portuaria de mala muerte, una de tantas islas ignoradas por la Marina salvo para cobrar impuestos y recordarles a todos quién mandaba. El aire se volvía más denso cuanto más se acercaba una al distrito rojo, donde las farolas tenían un zumbido enfermo y las sombras parecían reirse nerviosas imitando a sus dueños. Lelith caminaba observante pero sonriente, disfrutando del olor a podredumbre humana como quien pasea entre flores exóticas.

Entró en un bar destartalado de la esquina, con un letrero de neón que parpadeaba como si le diera un ataque. Dentro, humo rancio, vasos sucios y miradas torcidas. Lelith vió una pequeña y ruinosa mesa libre junto a la pared y se sentó con silenciosa indiferencia. El camarero, sin atreverse a mirarla demasiado, le sirvió lo que pidió con manos temblorosas.

- Relájate… si quisiera matarte, ya estarías en el suelo desde hace rato -murmuró Lelith con una sonrisa apenas visible, disfrutando del escalofrío que recorrió la espalda del hombre-.

Fue entonces cuando la vio... una muchacha joven y hermosa en un modo desgastado. Ojeras profundas, labios rotos de morderse inquieta, maquillaje corrido... Y miedo. Un miedo que intentaba esconder tras coquetería rota. Roselín. 

Miraba hacia la puerta, esperando, temiendo incluso que alguien entrara... Cuando sus ojos se cruzaron con los de Lelith, se quedó paralizada un segundo. Había visto algo, algo que solo ven los mas desesperados: una salida, aunque esa salida tuviera forma de cuchilla... Roselín se acercó, tragando saliva, con manos temblorosas...

- Tú… tú pareces fuerte -empezó, torpe, sin saber si hablar o huir- Necesito... necesito ayuda. Por favor...

Lelith ladeó la cabeza, divertida, como una niña observando un insecto raro.

- ¿Y por qué crees que yo ayudo a nadie, preciosa?

- Porque él... él me va a matar. Si no hago lo que quiere, si no le doy el dinero que pide, si no... -el resto se atragantó con lágrimas-.

Así lo llamaban... Un proxeneta con más crueldad que inteligencia, con fama de romperle las costillas a quien no obedecía. Lelith había oído ese nombre flotando entre las bocas podridas del barrio. Gente como él había muchos… pero no muchos que caminaran después de cruzarse en su camino. Roselín, casi sin aire, prosiguió...

- Tengo algo ahorrado, muy poco... pero si tú... si tú lo haces... si le quitas de en medio... te lo daré todo. Solo quiero vivir. Solo quiero... libertad.

Lelith sonrió. Una sonrisa lenta y peligrosa, genuinamente divertida.

- ¿Libertad? Oh, cariño... eso te va a costar más de lo que piensas...

Roselín se tensó.

- Aunque quizás... -dijo acercándole un dedo a la barbilla de la joven, obligándola a levantar la mirada- Puedo dejarme convencer. Me gusta cuando alguien suplica de verdad...

La joven tragó saliva. Era evidente que Lelith le provocaba al mismo tiempo terror y esperanza, una mezcla que la mantenía de pie. Volviendo a su bebida, sin dejar de observarla, indagó...

- Háblame de él. De lo que hace. Y de lo que guardas para mí...

Roselín, temblando, empezó a contarselo todo. Las palizas, el control, los chantajes... y que también había otra chica que también sufría como ella por su culpa. Lelith, juguetona, quedó maravillada.

<< Oh… dos niñas que quieren ser libres. Qué conveniente. La cosa mejora por momentos... >>

Muy en el fondo, Lelith ya estaba pensando en herramientas, ubicaciones, rutas de escape, lugares donde esconder cuerpos... La recompensa era ridícula por supuesto, pero el dinero jamás fue la razón. El brillo de esperanza y terror que poseían los ojos de la joven... el temblor en su voz... el hilo tenso de desesperación... eso sí que prometía.

- Y dime, Roselín... -susurró Lelith, mirándola desde arriba con aire de depredadora aburrida- ¿Dónde está ahora ese tal Luciano? ¿Y la otra chica? Quiero ver las piezas del juego antes de moverlas...

La muchacha dudó, pero la mirada que se clavaba en ella era clara, brutal, directa, prometedora... Le contó la rutina del proxeneta, los lugares donde solía esconderse, los callejones donde esperaba a sus chicas. Lelith lo escuchó todo con calma.

<< Perfecto... >>

- Vamos a darle un sustito a tu dueño pues... -dijo con una expectación que helaba la sangre a la muchacha-.

Rosalina abrió los labios para preguntar qué planeaba, pero Lelith ya se estaba poniendo en pie.

- Pero antes, bonita... -añadió con una risita suave- Necesito saber qué tan convincente es tu miedo cuando ese malnacido llegue al sitio que yo elija -inclinándose para clavarle la mirada en sus ojos, casi nariz con nariz- Enséñame cómo lloras, Roselín. Muéstrame como te derrumbas... debes hacerlo precioso llegado el momento...
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#2
Roselín salió del bar con Lelith tras ella, casi tropezando con sus propios pasos. Disfrutaba cada segundo del temblor de la muchacha, observando cómo sus nervios la mantenían dócil, atenta, obediente... A pocas calles del bar, habló en voz baja.

- La otra chica... Mariel... Lleva poco tiempo en este mundo, Luciano no suele perderla de vista asique quizás...

A Lelith le brillaron los ojos con un chispazo juguetón, haciendo que Roselín tragase saliva nerviosa y mirara de nuevo al suelo.

- Tráela al muelle viejo, el que está detrás del astillero abandonado. Dile que nos iremos esta misma noche y que tengo un barco preparado. Haz que se lo crea de verdad, dale todas las esperanzas posibles para que tangamos una oportunidad perfecta... 

Tras cruzar media ciudad, encontraron a Mariel poco antes del anochecer, en un callejón mojado donde la muchacha intentaba calentarse las manos en un brasero oxidado. Al ver a Roselín, corrió hacia ella con un alivio desesperado.

- Roselín, menos mal que has vuelto... Luciano ha preguntado por ti, andaba buscándote... ¿Qué ocurre? -acercándose susurró- ¿Ha pasado algo? ¿Por qué tiemblas así?

Roselín actuó bien, había aprendido a mentir decentemente en la calle al parecer... Lelith, oculta entre sombras a unos metros, sonrió con orgullo casi maternal mientras escuchaba.

- Vamos a escapar -dijo, llorando de verdad esta vez- Hay una mujer… peligrosa, sí… pero va ha ayudarnos... Solo hay que aprovechar ahora e ir al muelle viejo... Tenemos que irnos ya o perderemos nuestra oportunidad librarnos de Luciano…

El brillo de esperanza en los ojos de Mariel fue casi poético. Roselín bajó la mirada, fingiendo valentía donde solo había un guion cuidadosamente aprendido.

- ¿Y si nos descubre? -preguntó temblando-.

- Si nos movemos rápido, no nos encontrará...

Una mentira preciosa... Lelith casi aplaudió. El plan funcionó con precisión quirúrgica. Mariel estaba demasiado nerviosa, demasiado rota, demasiado acostumbrada al dolor, y los nerviosos cometen errores. Caminaban por la calle principal rumbo al muelle cuando ella se volvió para mirar atrás una vez... dos... tres... sus pasos acelerados, su respiración demasiado audible. Suficiente para llamar la atención equivocada, hubiese sido casi insultante que nadie notase que algo tramaban. A dos manzanas, apoyado contra la pared de un tugurio, Luciano vio a las chicas pasar y sus ojos se clavaron en ellas con una mezcla repugnante de posesión y prepotencia... Sabía que tramaban algo y que pretendiesen ocultárselo solo le parecía algo imperdonable. De modo que apretó los dientes furioso y fue tras ellas.

- ¿Adónde van, putas de mierda…? -escupió mientras las seguía sin disimulo-.

[Imagen: cgi-abandoned-fishing-pier-at-night-with...-video.jpg]

Roselín no necesitó mirar atrás para saber que venía. Lelith le había dicho que ocurriría así... Que Mariel la delataría sin querer... Que el proxeneta mordería el anzuelo como un animal rabioso... Y todo avanzaba de acuerdo al diseño. Las dos jóvenes cruzaron el último tramo del puerto, el que nadie con buen sentido visitaba después del ocaso. El muelle viejo era un monumento a la dejadez. Tablas podridas, redes olvidadas, barcos hundidos que crujían como si todavía protestaran. Más allá, el mar golpeaba contra los pilares con un murmullo lúgubre. Roselín se detuvo justo al borde y Mariel abrazó sus propios brazos, llorando ya sin intentar ocultarlo.

- ¿Y ahora qué…? -preguntó con un hilo de voz-.
- Ahora esperamos a que llegue nuestro medio para salir de aquí... Ella vendrá...

Y entonces lo oyeron. Pasos. Fuertes y seguros... impacientes y enfadados. Luciano emergió del camino que llevaba al muelle, con la camisa abierta, cuchillo en el cinturón y una sonrisa torcida llena de dientes podridos.

- Ah... ya decía yo... -gruñó mientras se acercaba- Roselín, Roselín... ¿de verdad pensaste que podías irte? ¿Y tú, perra? -añadió mirando a Mariel- Ni siquiera has trabajado lo suficiente para que me importe perderte, pero no pienso pasar esto por alto...

Mariel retrocedió llorando y aterrorizada. Roselín temblaba, pero se mantuvo firme, tapando con su cuerpo a la muchacha. Luciano siguió caminando hacia ellas con las sombras del muelle retorciéndose a sus espaldas como si celebraran su llegada.

- ¿Dónde está tu barquito, eh? -dijo en tono burlón- ¿A dónde pensabas ir? ¿Y dónde está ese salvador que te ha llenado la cabeza de idioteces? Vamos, Roselín… -extendió la mano- Ven aquí y no hagas esto más difícil...

Pero Roselín dio un paso atrás y Luciano rió.

- Muy bien, como quieras...

Y entonces sonó una voz. Ligera y burlona. Acariciando el aire como un susurro filoso.

- Oh, no te preocupes… yo lo haré bien fácil.

Luciano se giró en redondo, sobresaltado. Y allí estaba Lelith, apoyada sobre uno de los pilotes del muelle como si hubiera estado allí desde siempre, como si la escena entera hubiera sido preparada solo para entretenerla. La luz de la luna le acariciaba el rostro, marcando esa media sonrisa peligrosa que hacía que cualquiera con sentido común retrocediera.

- ¿Y tú quién demonios…? -empezó a espetar Luciano, pero Lelith levantó un dedo con elegancia, interrumpiéndolo-.

- Shhh… El espectáculo aún no empieza, no te adelantes.

Se enderezó lentamente, caminando hacia ellos con una calma inquietante. Sus pasos eran suaves… pero cada uno de ellos sonaba como una sentencia.

- Luciano -dijo con voz suave y divertida- Qué amable de tu parte llegar tan rápido. Tenía miedo de que mis niñas se aburrieran...

Roselín tragó saliva, sabiendo lo que venía, pero Mariel dio un paso atrás, confundida y aterrada. Luciano, por primera vez, pareció dudar frente a aquella depredadora.

- ¿Qué… qué es esto?

- Una fiesta -susurró, sonrió de verdad- Y tú eres el invitado de honor, cariño.
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