Renacer [Entr.|Priv|P.R]
#1
Atributos Personaje


47 de Otoño del año 17
 En algún lugar del Reino de Sakura.
Apenas eran las cinco de la tarde y, en aquella recóndita isla de la Grand Line, se había hecho de noche.

De las chimeneas de las casas, como hálitos enfermizos o toses bruscas, el humo espeso de la leña quemada subía al cielo en columnas rectas y blanquiñosas. Tan claro, tan vaporoso, que al contemplarlo era imposible no asemejarlo a falanges muertas hundiéndose en la bóveda nocturna en busca de algo de calor astral. Sin embargo, desde donde estaba, Bai podía ver algo más. Y es que, bajo las bocas de piedra humeantes, un sudario de nieve resplandeciente cubría los tejados de paja —o teja— dando la sensación de infinitud mientras las ventanas, como ojos transparentes, le devolvían la mirada y le hablaban.

—¿Te pasa algo? —Un hombre de rasgos asiáticos, extraordinariamente pesado y grueso, se colocó a su lado fumando en pipa turca—. ¿O es que no sabes cerrar una ventana?

El hombre, de gran estatura y vigoroso, se sacó la pipa de la boca y de sus labios salió una delgada nube en forma de "o".

—Ya lo hago yo...

El hombre, rudo en toda la extensión de la palabra, extendió su mano gruesa hacia la persiana y tomó el frailero para cerrarla.

Fuera, el viento quemaba la piel y, aunque no arreciaba, cuando azotaba, los latigazos eran tan fuertes que las hojas de cerezo se desprendían, cayendo sobre la pulverizada capa de nieve.

—¿No vas a decir nada?

Bai observó al roble antiguo de cabello grisáceo que había frente a ella, se quedó en silencio durante un rato y lo imitó.

—Bai —respondió llevándose una mano al pecho. Después, señaló su propia espada y añadió: "—Espada.

Jingping, pues así se llamaba el hombre, torció el rostro extrañado, arrugando la curtida tez por el viento y el sol en el gesto. Luego, se llevó la pipa a la boca, aspiró y le dio la espalda. Al hacerlo, Bai se percató de algo que no había visto al entrar en la tienda de armas: Le faltaba una puerta.

—¿No me entiendes, verdad? —su voz sonaba apagada por la pipa y el humo—. Bueno... Para ser justos, yo tampoco entendí nada de lo que dijiste.

La risa del hombre reverberó en la estancia mientras se bamboleaba hacia el expositor de armas.

—Supongo que quieres una.

En silencio, la birkiniana siguió al hombre mientras este continuaba intentando entablar una conversación; sobre el terciopelo del expositor reposaba una pequeña colección de filos compuesta por espadas cortas, largas y dagas; el brillo mercurial de las primeras hizo que Bai observara con curiosidad el perfecto semicírculo en el que se hallaban.

—¿Te gustan estas? —preguntó el hombre tocando el mango de marfil de una de ellas.

Bai negó con la cabeza como si lo hubiera entendido. Dio un paso al lado y tocó un mandoble de doble empuñadura que yacía de forma transversal en paralelo a las acurrucadas dagas que dormían sobre las otras espadas.

Esta, por favor.

Jingping supuso que la megalítica mujer le estaba pidiendo lo más genérico que tenía en la tienda. Achicó los ojos, meditabundo, para luego volver a soltar una calada y murmurar algo que ni siquiera él mismo llegó a comprender.

—¿Puedo?

Sin esperar su aprobación, Bai tomó el arma y la sopesó. No parecía pesado. Después, se llevó la mano enguantada a la boca, mordió la punta del dedo índice izquierdo y se quitó el guante.

Jingping la observó sin dejar de fumar.

El metal ceniciento e industrial, que parecía absorber la luz en lugar de reflejarla, sorprendentemente brilló por una fracción de segundo cuando Bai giró la espada y el filo miró hacia ella.

Jingping sonrió.

Acercó el dedo y presionó la carne con cuidado, observando cómo su piel se abría sin dolor.

—Eh, eh, eh —con la sonrisa borrada, el dueño le quitó la espada—. No hace falta que hagas eso si quieres probarla.

Bai se limitó a observar al hombre que, bamboleándose nuevamente, se dirigía al mostrador.

—Interesante... —murmuró antes de coger el guante y enfundarse la mano. —¿Sólo? —preguntó al ver sobre el mostrador una nota con un número.

Al parecer, su nueva arma no iba a salirle tan cara.

—Espera, no corras. —Sacándose la pipa de la boca, en asiático le hizo un gesto para que esperara.

Mientras tanto, la oharanense observó paciente cómo el hombre contaba el dinero.

—Acompáñame —demandó autoritario y acompañando sus palabras con otro gesto.

Bai le hizo caso y lo acompañó.

Sobre el umbral de la puerta, hasta donde el hombre le había guiado, un cartel indicaba lo siguiente: Sala de entrenamiento. Bai pasó sus dedos por encima de este como si así pudiera entenderlo.

—Bonito, ¿eh? —La voz del dueño le llamó la atención, pero, para su desgracia, la figura de Jingping devoraba el umbral de la puerta, bloqueando la entrada—. Aquí podrás probar tu nueva adquisición.

Jingping continuó hablando, mientras que Bai, frustrada por no poder ver más allá de él, se decidió a bajar la mirada buscando algo destacable en el suelo. Y si lo había, un tapiz granulado, una amalgama de arena áspera, paja triturada y aserrín virgen que parecía extenderse más allá de la figura del hombre.

—Así que pasa —dijo finalmente haciéndose al lado—. A ti no te cobraré nada por entrenar.

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Bai Mudan
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#2
El año no le podía importar menos… el día. Menos aún. Maki vive cada día como si fuera el ultimo, con intensidad, sentimientos y fuerza. No le importaba tampoco conocer la calidad geográfica del lugar ni sus habitantes. Solo sus deseos cumplidos era lo que necesitaba y ya. Sakura. Un nombre poderoso y un hermoso lugar.

Oscurecía bastante temprano. Maki no tenia un reloj, pero intuía que era algún tipo de movida loca de la isla, había islas con climas extremos incluso unas cerca de otras. llevaba lo que parecía ser un nuevo disfraz… unas cosas que saco de entre el baúl de tonterías que tenía Merlot y Hyakinthos. Al final encontró algo de combinación entre las prendas de ambos baúles.

Caminaba distraída entre las vitrinas… una de ellas mostro su figura… hermosa, atlético pero fuerte. Le gustaba lo que veía, pero… su rostro… horrendo, marcado por sus pecados, por el fuego implacable y despiadado, frunció el ceño, se tocó el cuello en una caricia suave intentando sentir las dolorosas marcas de quemaduras en su piel, pero solo podía sentir dolor. Recordó a su hermana y la cruzada de la venganza por su muerte una vez más doblo la esquina de su mente para emerger como una herida que volvía a abrirse. Una mueca de dolor y el puño alzado. Casi que quería romper el vidrio o el reflejo de su horrenda forma. Se contuvo.

Continúo caminando. Una tienda le llamo la atención… había gente fuera mirando armaduras, armas, y dentro podría escucharse el cantar del acero contra acero… Maki entro, dentro un viejo ojos rajados ella solo miro un par de cosas, todo le gustaba —Esto… ¿Tiene garantía?... necesito cosas poderosas y no tengo una armera decente por ahora… es decir… esta aprendiendo.— Miro de cerca el filo de un Kunai. Uno afilado, oscuro y mortal. Los ojos de Jinping se encontraron de frente con la de Maki… mierda… —Si… tonta tu viniste hace tres días, no recuerdas. Me rompiste la puerta de una patada para atrapar a un ladrón. No lo recuerdas?...—[/color]... … … Maki no entendía que decía. Ciertamente recordaba que había hecho algo similar, pero a este no lo conocía de nada. — Que dices viejo de mierda primera vez que te veo.— Su rostro estaba tan confuso en esa afirmación que Jingping casi dudo… —NOOOO no me engañas... tú me debes una puerta desgraciada.— Dijo apuntándole el rostro con el dedo.

Maki le tomo por las ropas de improviso con furia, el cuerpo del asiático se azoto contra el muro… espadas, dagas y otras armas cayeron al piso, el rostro del desgraciado se volvieron rojos de terror pero Maki entonces se calmó… no dijo más palabras… suspiro como aliviada… —Bien bien… como arreglamos… — Mientras se arreglo la ropa. Se sacudió y puso sus manos en su cintura.

Entraron en la habitación, por el portal de donde Maki aguardaba, este se ilumino y su vista se fijó en una chica alada… era enorme como 4 metros. Maki estaba en cuclillas sola en la oscuridad moviendo una especie de piedra de agua en el filo de una espada. una que parecía rota pero unida en su estructura. Afilada tanto como la determinación que debe portar una para que los sueños más grandes que una misma sean cumplidos. Las luces comenzaron a encenderse tenues apenas con el filo de la luna reflejándose en sus hojas… aunque ellas no estuvieran bañadas por su luz directamente parecía que las guardaban en la memoria de su acero. —Bien bien… que me has traído chino de mierda. — Se alzo finalmente su mentón altanero, confiado… deseoso de luchar se enmarco con las flamas de las antorchas detrás de sí.

La arena era una especie de circulo de combate antiguo, seguro había tenido días más gloriosos. Pero hoy no, no estaba ahí por la gloria, sino para probar a soldados y quizás probar las armas que vendía el propio Jingping. En la arena había notoriamente restos de oros combates. Dientes, pedazos de acero y sangre seca. El asiático miro a Maki y esta escupió al suelo… enfundo la hoja de los mil recuerdos rotos en su guitarra. El cuerpo de la misma resonó como mil lamentos de una batalla por empezar, gloriosa y armónica y llena de sentimiento. Maki miro hacia arriba a la mujer… —No te preguntare tu nombre por que seguro lo olvidare… como olvido a todos los que se paran frente a mi y salen con la cola entre las patas…— Dijo mientras dejo su armamento a un costado. Incluida su guitarra.

Se acerco a un atril donde descansaban unas espadas de madera. Toma una de ellas, un booken. Solido, negro, hermoso. Lo gira sobre si mismo y apunta al suelo con furia después hacia la chica. Alada. Hermosa, alta, aparentemente beligerante. —La señorita quiere probar su arma… esclava mía. Solo cuatro personas más que prueben sus técnicas contigo y serás libre de lo que rompiste.— las manos de Jingping se unieron en una especie de ruego desesperado para apartarse un poco y quedar al filo del campo de combate.

—Bien… deseas probar esa arma o probar la que tienes… ♫me da igual dulzura♫— Maki se preparó. Enfundo su Boken al cinto. Y sus manos se tensaron al costado bajando su centro de gravedad casi como si esperase que la otra le lanzara el golpe mas poderoso de su vida. —Adelante… me gusta desplumar polluelos.— Menciono con evidente emoción.

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#3
Con el arma ceñida al cinto, habiendo estado comprobando el peso y sintiendo el equilibrio de la hoja mientras se desplazaba por la sala, Bai se desabrochaba la pesada chaqueta mediante un brusco ademán justo en el instante en el que la puerta de la habitación se abría. De esta forma, para cuando sus dedos llegaron al último botón, frente a ella, Jingping entraba acompañado de una mujer extranjera; Bai hizo caso omiso a la aparición, pues poco o nada le importaba que otra persona fuera a probar su arma. Al menos siempre y cuando no quisieran probarla con ella.

En ese momento, mientras cavilaba acerca de qué era exactamente aquello que deseaba poner a prueba, una fugaz idea, tan rápida como un rayo, le asaltó la mente; y es que, tan pronto como se había adentrado en aquella arenisca artificial, sus botas se habían hundido unos centímetros en un lecho sembrado de diminutos retazos de acero que, sobresaliendo como cuchillos, estas no eran, en realidad, sino completamente inofensivas virutas. Además, la disposición circular sugería que toda la acción debía darse en el interior de aquella área. Los atriles, las armas de entrenamiento y... ¿Aquello era una mancha de sangre?

Bai hundió la punta de las botas en la grava y, al hacerlo, levantó parte de aquella arena que se escurría por su superficie como si pretendiera rehuirla.

«Parece una arena...», se dijo. «Quizás por eso están esos dos aquí conmigo», añadió.

Así pues, tras llegar a dicha conclusión, con la naturalidad de quien desconoce toda vergüenza ante la soledad del cuerpo humano en su estado más natural, Mudan se desprendió al fin de la chaqueta, provocando con ello que la tersa piel de animal acariciase la curva de sus hombros mientras la luz vacilante de las antorchas vacilaba por la circundante humedad.

«Fris, fras», sonó la chaqueta cuando se quitó la primera manga.

Bai no mostraba prisa alguna por dar comienzo a su coreografía; antes bien, el misterio de la bruñida carne de la birkiniana quedó por completo al descubierto y su pecho, ahora libre y apenas resguardado por una suerte de armadura, le regaló una sensación de liberación absoluta; sus hombros, su vientre, sus brazos, todo en ella parecía recobrar la movilidad que tanto extrañaba cuando se veía obligada a vestir de más.

—No te preguntare tu nombre...
Bai, sin poder apartar sus ojos de la otra, mirando con atención y tratando de adivinar qué decía, ladeó la cabeza ligeramente tratando de procesar toda aquella agresividad en su decir.

Pero no comprendía nada.

Entonces, al verla acercarse al atril, Bai se adelantó con ligereza hacia el centro del círculo, y, poniendo la mano sobre el gavilán de la espada, le hizo una señal con el mentón a la muchacha. A continuación, con reposada y gentil voz, dijo: —Entiendo que estás aquí para que pueda probar mi arma.
Y, aunque aquello era más bien una aclaración para sí —pues, de haberla entendido la otra, se habría  gratamente sorprendido— lo dijo igualmente en voz alta como si en el fondo esperara respuesta.

Después, mientras la voz de Jingping resonaba, trazando un roto semicírculo en el suelo al posicionar sus pies, desenvainó la espada con calma; su pie izquierdo había quedado ligeramente adelantado y, aunque su torso estaba ligeramente inclinado hacia adelante, su espalda se mantenía recta.

—Bien… deseas probar esa arma...

De nuevo, mientras la otra hablaba Bai aprovechó el momento. De esta forma, decidió flexionar las rodillas para afianzar la posición pues, antes de dar el primer golpe, necesitaba probar tanto la postura como el peso. Para eso, agarró su nueva adquisición con ambas manos y alzó la hoja en alto apuntando directamente a la cabeza de la mujer debido a su propia altura.

—Cuando gustes — dijo, indicándole que se acercara con un leve gesto de cabeza y sin bajar la guardia.

—Adelante… me gusta desplumar polluelos.

Por algún motivo que desconocía, quizás por la postura que la otra había tomado, quizás por el tono o, quizás, porque para ella aquellos fonemas sonaban demasiado toscos, la alada sintió que había sido invitanda.

—Entonces... —murmuró inclinando la cabeza hacia un lado —¿Mi hipótesis es cierta? —añadió afianzando sus puños a la espada.

A continuación, sabiendo que sus alas se había estremecido ante su decisión, dio un paso al frente. A este le siguió otro en menor tiempo y, al final, en grandes zancadas que parecían pequeños saltos, Bai se abalanzó sobre su rival.

«Zas», el sonido del metal reberberó en la habitación.

Acompañado de un paso oblicuo, el primer golpe fue corto y seco, nacido del codo y la muñeca; un tajo que ascendió con el filo largo en una diagonal perfecta desde la rodilla derecha hasta el hombro opuesto. El segundo por el contrario, aprovechando la inercia del primero, iba a ser un tajo descendente que buscaba la coronilla; sin embargo, en el último instante, el Bai giró la muñeca para herir de plano y golpear con la parte plana de la espada. El impacto de la mesa del acero contra el cráneo fue un chasquido sordo, una movimiento rápido que no buscaba herirla.

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#4
La arena había sido testigo de un sinfín de combates, había bebido sangre sudor y lágrimas, era más que un lugar para probar armas y Maki era una de aquellas que recibiría el daño de algunas para comprobar su utilidad, su dureza y su resistencia. El objetivo era claro. Que Jingping ganara renombre al ser una de las pocas que contaba con un pequeño coliseo. Cuando entro la mujer, Maki se maravilló en silencio por su belleza, sus sombrías intensiones retrocedieron pues tenía pensado cortarle la cabeza a quien apareciera. Pero ahora parecía una muy emocionante idea el entrenar los movimientos con ella. Al costado de las armas había varias lozas de entrenamiento con diversas durezas, pero la mejor era esta. En una especie de combate semireal.

—No es arena… no una común si te lo preguntas… es metralla, los participantes de estas peleas… o encuentros la usan para lanzársela a los ojos a los enemigos que se enfrentan en peleas reales o al menos eso deduzco. No caeré tan bajo como hacer eso. Descuida paloma.— Esbozo una sonrisa pícara y que dilucidaba que era una mentira mas contada por una villana, movió3 su bota como queriendo trazar una línea entre ella y la acompañante del “ojos rajados”. Se quito la chaqueta no como si quisiera despojarse normalmente de ella. sino como una especie de ritual, sus alas. Hermosas apariciones en un día lánguido, se alzaron y se movieron hermosas como la luna ascendiendo reflejando la luz lunar de las antorchas en su superficie.

Dijo algo… algo que no entendió, como… —¿Qué?... ¿Qué dijo esta de mí?... por qué me traes trogloditas que no saben decir buenos días en lengua común asqueroso chino come perros bueno da igual, asumiré que quiere saber si está segura de probar su arma.— Dijo meneando la cabeza encogiéndose de hombros mientras chasqueaba la lengua. —♫Bien… este es el lenguaje que conozco cariño, el cantar de las espadas. El resonar de cada acero reflejándose en la carne, en la sangre…♫— Menciono con su voz dulce y melódica mientras alzaba un brazo cubierto de cicatrices de quemaduras, pero entre ellas también había muchas de acero que besaron su carne.

Extendió los brazos, la espada, el bokken enfundado aún. La mujer debía probar el arma, el filo danzo en el movimiento ascendente, ambas manos en la espada de la mujer alada, Maki rechino los dientes y se preparo para recibir el daño completo. Después de todo de que servía usar una espada y probarla si no se daban las condiciones adecuadas. Maki apretó los dientes. Esto dolería. Pero necesitaba estar en paz con los armeros de la ciudad. Esta fría, fría ciudad.

La alada comenzó, su paso cauto y tranquilo, hasta temeroso parecía más retroceder que avanzar, pero después la las zancadas, los pasos más firmes rápidos y de pronto la carrera. Esto claramente visto por Maki, sus reflejos, su agilidad era superior, su primer embuste podría haberlo detenido en esa carrera, haber parado el arma, golpeando con toda su furia, desarmarla y desangrarla. Pero no era ese su cometido. Su misión era aguantar y que el cliente probara su técnica, su dureza y la calidad.

Que mierda… Maki se transformo en su forma híbrida apenas dio el primer paso, como una explosión de escamas esmeralda... su cola latigueo y se lanzó a interceptarla durante su carrera, era una peso pesada, ese movimiento desde donde estaba si que podía percibirlo, se lanzo con sus manos desnudas con increíble agilidad. Con fuerza de voluntad y con gracia en su movimiento… Maki pareció sorprender a su enemiga si es que se hubiera dado cuenta de aquello pero Maki tenia la creencia de que la gente grande era torpe y tonta. Su carrera en comparación fue aun mas rápida, justo cuando esta salto, Maki la atrapo mientras saltaba. A un metro de distancia del salto de la Birkiniana Maki salto como una pantera y la atrapo en el aire con un agarre brutal. Cuerpo a cuerpo. Por el torso… ambas cayeron al suelo en la brutalidad del choque y Maki sin soltar… se alzo del suelo con ella entre sus piernas, pero sin soltarla, su abrazo de oso era potente. Sus músculos… de hierro. Y alzándola sin soltarla, Maki giro sobre si misma para lanzarla contra una de las paredes del pequeño coliseo…  el daño… ínfimo. El dolor de no conectar… la furia infinita… —Ho Shing Ming!!! Tonta!! tonta!!! no hagas eso… desgraciada, tienes que defenderte o recibir el golpe!!! ESTAS TONTA!!— Salto de rabia Jingping desde donde miraba a la D. pero esta solo se carcajeo risueña del desgraciado que no le faltaban ganas de ir a ahorcarla el mismo.

—JAJAJSDJASDJASDJAJSDJ Me haces tanta gracia flacucho jajajaja… bien bien bien… que ataque, dile que ahora si estoy lista. No te sulfures.— Dijo Maki deshaciendo su transformación en un segundo y limpiándose una lagrima que casi corrió por su mejilla de la diversión. Fue entonces que se volvió a su adversaria… —Tengo una idea mejor… que te parece si te enseño alguna técnica… mira… bah…— Maki comprendió que la muchacha alada no entendía nada. Así que se paró de costado… le mostro el arma, hizo como que lanzo un golpe con el bokken apunto nuevamente su arma, después a ella… una vez más se acercó, le ayudo a levantarse y apunto el arma de la muchacha. Una vez mas lanzo un golpe al aire y la miro para que haga lo mismo… tomo su mano… la que sostenía su arma y lentamente hizo el mismo movimiento que ella hacia con la otra mano mientras lentamente asentía con la cabeza… sonrió algo divertida por que no sabia realmente como comunicarse con una persona que no hablase el mismo idioma… camino de vuelta… esta vez a apenas tres metros de distancia, el suficiente como para que ambos ataques se movieran a la velocidad máxima de su destreza.

Apuntó a la chica con su arma. Esta vez. Maki tenia la vista certera, los ojos afilados y la mente despejada y lista. Respiro profundamente, como quien desea probarse a si misma antes de una carrera. Sus labios se relamieron… —Lista?...Aquí voy!!!— Dijo dando un pequeño salto hacia adelante y lanzando su ataque con su brazo dotado de una especie de elasticidad anormal para que chocase contra el de la birkiniana. Para que ambas pudieran probar el peso de sus armas y la velocidad de su furia.

—Mas te vale que ahora dejes que te golpee maldita embustera.— Grito aun encolerizado Jingping

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#5
Su cuerpo —o, más exactamente, su espalda— se estrelló primero contra la pared rezumante de humedad con la brutal fuerza de sus casi trescientos kilos. Después, fruto del imacto, sus alas crujieron y se agitaron dejando caer —por aquí y por allá— un par de viejas plumas. A continuación, crujió la cadera, y aunque el estrépito resultó más aparatoso que doloroso, esa parte de la habitación  vibró bajo el golpe; el techo tembló apenas, un par de arañas huyeron y una lluvia de polvo fino cayó sobre ella como ceniza.

Al mismo tiempo, Bai alzó los antebrazos frente al rostro en un acto reflejo, protegiéndose la nariz antes de precipitarse contra el suelo. Luego, tal y como hubo previsto, cayó de bruces sobre esa especie de gravilla, que se le clavó en la piel con una aspereza desagradable.

—Brrrr… —gruñó, sacudiendo la cabeza como un perro empapado al salir del agua mientras empezaba a incorporarse lentamente.

Su espada yacía a varios metros de distancia.

Con el cabello alborotado y la cabeza gacha, Bai entrecerró los ojos observando ambas palmas de las manos con los dedos hundidos en aquella mezcla.
¿En qué momento la había soltado?
Probablemente en el mismo instante en que su cuerpo comprendió que, de no hacerlo, había una alta provabilidad de terminar atravesándose a sí misma con la hoja.

—¿Por qué…? —musitó, levantándo la cabeza mientras sentía cómo su materia gris terminaba de recolocarse dentro de su cráneo—. ¿No eran esas sus intenciones…? —se preguntó a sí misma, incrédula por haber fallado en sus cálculos sobre intención ajena.

Y, como si la respuesta pudiera ser encontrada en su arma, gateó apenas un par de pasos sobre lo que sospechaba eran virutas de hierro por la forma de cortar su piel hasta alcanzar el arma y, estirándose, cerró la mano alrededor de la empuñadura para recogerla.

—¡Tú! —exclamó de pronto, señalándola con el mismo tono severo con el que una madre reprendería a un hijo tras una travesura —. ¿No se suponía que íbamos a…?

La frase murió a medio camino pues, justo en ese momento, Maki empezó a gesticular.
Bai parpadeó, ¿le estaba hablando?
Procesando lo que veía, la birkiniana ladeó ligeramente la cabeza mientras traducía —o mejor dicho, interpretaba— lo que hacía.

Entonces, como si sus neuronas hubieran conectado, sus hombros temblaron con ligereza y, de pronto, rió. No en forma de carcajada seca —o, en todo caso, descontrolada— sino que más bien sonó como una risa baja y tímida, quizás incluso torpe, pero que dejaba ver más alivio que diversión per se.

Y, al hacerlo, se sentó sobre sus gemelos con las manos reposando en los muslos.

—Lo siento… —dijo, inclinando la cabeza tal y como le habían enseñado que debía hacerlo para disculparse cuando se hablaba en la lengua común.

Después se señaló el pecho.

—Yo… Bai —empezó a explicarse tocándose primero el pecho para luego tocar la sien con dos dedos —. Pensaba… —continuó mirando a Maki y tomar su mano para ayudarse a ponerse en pie —. Tú… pelear con Bai.

Terminó la frase señalando primero una de las armas con el mentón y luego la otra con un leve movimiento de cabeza para volverle a sonreir. Una vez hecho esto, estando ya incorporada, se sacudió la gravilla adherida a los pantalones y aleteó como aquel que estira sus músculos.

—Mmmmm… —musitó, pensativa contemplando los gestos ajenos.

Sin embargo, encontrándose perdida entre pobres traducciones, Bai sintió cómo su tez se enardecía cuando la mano de la otra mujer se posó sobre la suya para guiarla.

¿Tan torpe se había vuelto como para no entenderla? ¿O es que a caso sus gestos habían sido pobres? Fuera lo que fuese, la vergüenza la atravesó de inmediato.

Así pues, el rubor ascendió con presteza hasta teñir sus orejas marmóreas mientras desviaba la mirada hacia la espada, evitando encontrarse con los ojos ajenos por miedo a descubrir en ellos algún atisbo de burla. No es que resultara humillante —pues en errar está el aprender— sino que hacía ya mucho tiempo que nadie guiaba sus movimientos de una forma tan básica. Era como volver a ser una niña.

Bai tragó saliva discretamente.

Entonces, obedeciendo las indicaciones, elevó la espada y reprodujo el movimiento  golpeando apenas el aire en una imitación lenta del gesto que acababan de enseñarle. Después, volvió a intentarlo aumentando la velocidad pero con sumo cuidado de no alcanzarla.

Sin embargo, había una ligera incomodidad en la postura de sus manos por el peso de su nueva arma; demasiada tensión en las muñecas y espacios muerto entre los dedos y la empuñadura que sentía que no se le antojaban. Así que, mientras Maki se apartaba unos pasos, Bai separó las manos, recolocó los dedos sobre el mango, ajustó la presión hasta sentirse completamente cómo con el arma y destensó los hombros.

Ahora sí.

En un gesto amigable, la birkiniana se estiró para golpear el bokken con su hoja; el leve «toc» de la madera al ser golpeado por el metal resonó entre ambas y, esbozando una sonrisa infantiloide, quiso suponer que aquel pequeño choque bastaría para expresar lo que las palabras aún no podían.

«¡Plam!»

El sonido seco del choque inundó la sala al mismo tiempo que el impacto vibraba por sus brazos y  los músculos del terso antebrazo de Bai se marcaban bajo la piel; los tendones de sus muñecas sobresalían bulbosos al latir por la tensión y presión. Sus hombros descendieron, no demasiado, sólo lo justo para obligarla a compactar la postura, afianzar sus pies y trasladar la vibración hacia la espalda y sus alas que, vivas, se habían abierto esplendorosas.

Pero, ¿qué era realmente lo que había pasado?
En un burdo intento por imitar los movimientos de Maki, Bai, en vez de saltar, se había impulsado con las alas y había golpeado en forma de latigazo sin apenas usar sus músculos.

Mientras tanto, quienes tuvieran el placer de observarlas, podrían ver desde afuera cómo la espada cedía algunos grados; las muñecas inclinadas en un ángulo irregular, quizá entre diez y veinte grados, obligando al acero a ceder terreno. Aun así, no apartó el bokken de la línea de impacto.

Al contrario, esperó paciente llevando el arma al límite.

Para ello, las fibras de sus brazos volvieron a contraerse con mayor ahínco. El bíceps se compactó, el tríceps se endureció como una piedra y la musculatura dorsal, tan firme como su voluntad, trasladó la presión hasta las piernas. Ahora solo debía empujar. Así que usando los gemelos, redirigió su fuerza hacia el torso, tensó el abdomen y usando ese impulso y el pecho, levantó los hombros poco a poco ejerciendo una fuerza contraria.

Por desgracia eso no fue suficiente y terminó siendo golpeada en la cabeza. Al mismo tiempo, el hombre ladró algo y Bai arrugó el rostro por el dolor, sacudió la cabeza y le hizo un gesto a su compañera.

—Bai… —repitió, llevándose una mano al pecho, como llamando la atención.
Y, a continuación, inclinó el torso y reprodujo el movimiento cortando el aire con la espada, exagerándolo incluso más de lo necesario, para qud corrigiera el latigazo que había intentado imitar.

No era correcto ni de lejos.

Volvió a repetirlo un par de veces para que lo viera bien y, luego,  se acercó a Maki y, sin vergüenza alguna, apoyó una mano sobre su pecho antes de negar suavemente con la cabeza antes de preguntarle por su nombre.

—¿Bai? —Esa fue su forma de hacerlo, decir con el cuerpo «Tu no eres Bai». Algo simple a lo que cualquiera podría responder: «No, no soy Bai. Yo soy...»

Tras unos segundos, volvió a señalarla la espada y le hizo un gesto breve con la cabeza, invitándola a repetir el movimiento. Necesitaba verlo otra vez para desmontarlo y entenderlo. Sobretodo para comprender que en aquel gesto la fuerza no venía del impulso de sus alas sino de la propia gravedad tras el salto.

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#6
Maki era hábil en el combate, y la muchacha también. Aun así, gano el embuste. Sin embargo, era muy pero muy probable que fuera porque no entendía que esto era algo más real. Tenía que probar su arma. Su fuerza su velocidad máxima. —Debes darlo todo… vamos… soy resistente… no soy como las otras chicas.— Dijo golpeándose el pecho con fuerza y con ojos juguetones. La muchacha se levantó y el oriental le miro tan mal que parecía que le correría de su traba… espera no era un trabajo formal. Maki solo lo remedo. Cuando era recluta en la marina le habían enseñado que nunca jamás soltara su arma. Que su arma era lo único que le mantenía viva y que nada más se podía igualar a la seguridad de tener entre sus manos. Nada más alejado de la realidad.

Cuando ha caído se ha cortado. Cuando se ha resistido se ha apuñalado. A veces la mejor solución es soltar por reflejo y esta chica… chicota se había dejado llevar por su instinto le espada no estaba en sus manos. Pero tampoco estaba en sus tripas. —Tu…. Correr…— Dijo Maki mientras movía los dedos como si corriera con ellos y después negó con la cabeza. —Avanza… avanza… golpe seguro… no correr y saltar.— Dijo cruzando sus brazos frente a ella… era complicadísimo hacerle entender como funcionaban las cosas. —… solo si tu rápida… tu saltar… oponente…. Sino esperarlo preparada… ¿Entiendes?... preparada… … … mierda…. No se si me entiende. Pero vamos… no pasa nada.— Maki se rascaba la cabeza con algo de preocupación. 

—He? No entiendo lo que dices palomita.— Dijo negando con los hombros… Bai?... era su nombre o que se disculpaba?... no entendía bien. Pero Maki parecía que algo descifraba. Seguro que algún erudito o entendido le empezaba a dar clases. A ella… no le podía importar menos. Al menos concerniente a su problema de comunicación. Cuando se levantó sintió el peso y la solidez de su cuerpo era pesada. Y seguro si le daba un puñetazo podría desbaratarla.

Sea como sea. Incluso la gente que hablaba su idioma no entendía a Maki así que mucho menos alguien de una cultura tan diferente. Ella misma a pesar de todo. No solía entender cosas pues era una desgraciada. No solía prestar mucha atención a cosas y entre ellas. Lo que decía gente que recién conocía o que decidía ignorar.

La práctica de la técnica parecía correcta. Veloz y más prolija incluso que la de la propia Maki. Se notaba la diferencia. Maki era solo una artista con muy mala hostia mientras la hermosa angelical mujer. Era una valkiria guerrera. —Wow… si que tienes talento muñeca… no me des muy duro…— Dijo mientras se alejaba y miraba como con habilidad movía el arma. 

Se separo de ella… Maki no tenía por qué, pero a veces era agradable enseñar un poco su arte o al menos parte de su violencia. Se preparo y tomo el arma. Aunque era de madera si que dolía que le golpeasen con ella. Las armas chocaron entre sí. El boken era pesado hábilmente manejado por la artista, aun así. Era extraño que enfrentase madera contra acero. Había que tener algo de idea de cómo se combatía como para usarla de manera correcta.

El golpe de la birkiniana fue poderoso a pesar de sus errores. Maki sonrió algo emocionada. La vibración del golpe, el ángulo, la fuerza y destreza todo debía ser aplicado de manera correcta o no causaría el efecto que se necesitaba para derrotar al oponente. El ojos rajados cerro los ojos y aparto la vista ante el golpe de ambas. Y la fuerza de choque saco volando maicillo, tierra, pedazos de acero y dientes o marfil de quien sabe que bestias salieron desperdigados con el viento de ambas enfrentándose.

La furia de la técnica a aprender se deslizo entre el fulgor de la contemplación de sus corazones henchidos de poder. Cada fibra muscular vibro. Cada sueño se aunó a su fuerza desplazándose hacia delante y negándose a ser derrotadas… la furia de sus corazones depositada en sus embustes finalmente hizo que una de ellas venciera, pero más que nada por experiencia y practica que por poder. —Maldición tonta tonta… tonta iguana quemada del culo no le pegues al cliente caralho!!— Grito con rabia explosiva tan fuerte que parecía que sus zapatos se enroscarían.

Una vez mas Bai deseo aprender la técnica y entonces Maki entendió… —Yo… yo soy… Ma… Maki… Zen´in Maki y porto la voluntad de los D los enemigos de los dioses.— Se apunto el pecho con orgullo y una enorme sonrisa. Y vio como la mujer intentaba imitar la técnica.

Maki se apiado de la estudiante, no por débil, sino por que era la primera vez que se veía capaz de enseñar a alguien y mas aun… le lleno el corazón que alguien quisiera aprender de ella, bueno. Lo que sea. Movió su mano esta vez más lenta y con un pie hizo como que se levantó en el aire levemente. Cuando estuvo mas arriba de lo normal. Se detuvo. Aun con un pie, pero el otro flexionado. Haciendo la mímica de que volaba. Apunto su propia espalda y negó enérgicamente. —Tus alas… te restaran movilidad. No las pliegues… al contrario vuela en picada si puedes.— La cara de Maki casi exploto de risa. Hablaba con total soltura y seguro la mujer apenas le entendía lo que le decía.

La mano se movió rápidamente hacia abajo… con fuerza una vez… dos veces… pero esta vez cuando quiso ejecutar el golpe. Lo hizo con total fuerza girando en círculos sobre su cabeza ganando fuerza cinética y golpeando el suelo con violencia golpeando el suelo. Rebotando tan poderosamente que la arena salto nuevamente en todas direcciones. 

—Quizas… Hey… hey tu… Jingping… tienes esos dummies?... espera— Dijo mientras se volvió a la mujer. Quizás practicar el golpe contra un muñeco podría enseñarle a hacerlo mejor o al menos poder mirarle para corregirlo de mejor manera. En nada de tiempo Maki ayudo al nipón a traer unos sacos con forma humana con escudo y espada de manera atados en sus costados. Maki adelanto la mano e inclinando la cabeza hizo que Bai se adelantara para intentar el movimiento… —Circular… circular sobre la cabeza. Es en are… golpea a varios. — Hizo el movimiento sobre su cabeza para que comprendiese que era un movimiento circular, uno que atacaba a quien estuviera alrededor.

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#7
Su cuerpo era fascinante.
Tan fascinante, de hecho, que antes de darse cuenta Bai ya se había aproximado un par de pasos más. A su vez, la izquierda descansaba sobre el mentón en un gesto pensativo mientras la diestra aflojaba, casi sin querer, la presión que ejercía la sobre el aspa de su arma.

Y es que, bajo aquella prespectiva en la que su maestra se hallaba apoyada sobre una única pierna, la oharanense veía algo más que una persona. Veía el dibujo de cuerpo en reposo transformado en un complejo diagrama descompuesto en vectores dinámicos y poleas biológicas que le indicaba en qué dirección se ejercía la fuerza y cuál articulación se podía dañar.

Sin embargo, no fue hasta que recorrió varias veces con sus ojos la postura de Maki que, tras tratar de seguir el invisible recorrido de las fuerzas que atravesaban todo su cuerpo que aquella especie de epifanía, también le reveló que ella misma ya había incurrido en un pequeñísimo error que le desmontaba todo.

Quizá por costumbre, o quizás porque había pasado demasiados años acomodada al hecho de usar las alas como principal fuente de impulso, que Bai no había reparado en una cruel obviedad: su mentora carecía de alas. Por lo cual, la fuerza debía nacer de otro lugar...

Bai miró hacia abajo, descendiendo sus ojos hasta el pie de apoyo.

... De la inercia motriz en la contracción de los músculos gemelos.

Sí, Maki usaba una única pierna para saltar pero, siendo que Bai aún ignoraba la magnitud de su potencia y si sus propias capacidades le permitirían emular semejante proeza, parecía lógico empezar el ataque usando ambas en vez de sus alas.

«Primer paso», se dijo en sus adentros. «Anular la dependencia de mis alas».

Acto seguido, acortó la distancia al verse incapaz de contener su curiosidad. Incluso, en cierto momento, su vertiente más profesional estuvo a punto de traicionarla; sus ojos habían estado escrutándola con una intensidad impropia, provocando que la necesidad de asir la pierna de Maki y articularla como si se tratara de un maniquí de taller casi la dominara. De hecho, llegó a extender los dedos hacia la rodilla ajena aprovechando un instante de quietud de la mujer, pero, por fortuna, la prudencia prevaleció justo cuando la muchacha volvió a hablar.

Así pues, Bai retiró la mano como si nada hubiera ocurrido, ladeó ligeramente la cabeza y, permaneciendo inmóvil durante unos segundos más, la observó.

Después se incorporó despacio sin mediar palabra.

Y es que, a decir verdad, no estaba prestando demasiada atención a la explicación o los gestos ya que en realidad se estaba comparando en estatura para poder calcular lo que media y pesaba.

«A juzgar por el punto de mi propio torso donde se proyecta su coronilla, su estatura no debe exceder el metro ochenta. Y, siendo que tiene una complexión promedio, su masa corporal debe oscilar en torno a los ochenta kilogramos».

Bai frunció el ceño por un momento.

«Teniendo esto en consideración, y habiendo constatado con el golpe en la cabeza que su velocidad superó con creces a la mía en el último movimiento, solo hay una conclusión posible: si la distancia recorrida es constante y el tiempo empleado por ella fue menor que el mío, su agilidad es infinitamente superior».

Ladeó un poco más su cabeza dando la imagen de ser un gigantesco san bernardo mirando a su amo con curiosidad.

«Quizás debería suplir eso».

En ese momento, la gigantesca mujer achicó los ojos, entrecerrándolos al punto de que parecía que incluso iba a cerrarlos.

«No seas necia, Bai».

Su rostro se destensó por completo y sus ojos se abrieron dando paso a un resplandeciente brillo.

«¡Desde luego que sí! Si quiero equiparar la magnitud de su impacto con el mío, o mínimamente intentarlo, solo puedo hacer una cosa: potenciar el ataque usando el suelo como si fuera un resorte. Esto implicaría dos cosas. La primera que sí o sí debo usar los gemelos y las rodillas, no las alas. La segunda que...».

Un nudo seco y apretado le contrajo la garganta.
Tragó saliva.

«...si quisiera, esta mujer podría abrirme la cabeza».

Todavía no había superado aquel pensamiento cuando, de la nada,  Maki comenzó a dirigirse a ella señalando precisamente aquel apéndice de cuya ausencia Bai acababa de percatarse.

—¿Eh? —articuló la oharanense, emergiendo con torpeza de su ensimismamiento.

Después, parpadeó un par de veces tratando de ponerle atención y, en cuanto Maki se echó a reir, Bai, por una especie de reflejo también lo hizo. Al fin y al cabo, pensaba que ella lo hacía por la cara que debía haber puesto.

A continuación, se apartó un poco y, moviéndose en círculo, observó con cuidado cada uno de los movimientos.

«Su golpe no parece nacer únicamente de la fuerza del brazo», caviló, inclinándose levemente hacia adelante mientras el violento desplazamiento de aire generado por el arma le desordenaba el flequillo. «Aunque, pensándolo bien tiene mucho sentido. No solo se trata de utilizar el cuerpo sino también generar una aceleración extra que multiplique exponencialmente la fuerza».

En ese instante, una lluvia de grava proyectada por la onda de choque tableteó contra sus piernas.

«Impresionante golpe y manejo del arma».

Bai se arrodilló un momentó sin prestar demasiada atención a Maki.

«Definitivamente debo arquear más el golpe. Por no hablar de la postura final...»

Desde esa posición tenía un ángulo perfecto para entender cómo había caído y evitado el impacto en las rodillas.

«Si no lo hago bien voy a destrozarme las articulaciones».

En ese instante, aprovechandobque Maki hablaba con el asiático, Bai se aproximó al punto de colisión. Deslizó las yemas de los dedos sobre la hendidura profunda que surcaba la gravilla, traduciendo el relieve a funciones mentales.

«No creo que pueda sostener el cuerpo como lo ha hecho ella, y mucho menos en un solo entrenamiento. No obstante... Si soy capaz de impulsarme con ambas piernas y saltar con la inclinación adecuada puede que me acerque lo suficiente a lo que ella hace . De hecho... Creo que antes debería recogerme e imitar a un muelle».

En ese momento, Maki colocó un muñeco de prácticas frente a ella y volvió a decirle cómo debía atacar; Bai retrocedió varios metros en línea recta, evaluando a ojo de buen cubero la distancia exacta que requeriría para el salto y, una vez lantuvo, comprimió los gemelos adoptando una posición similar a una sentadilla, extendió las alas —saltándose el primer principio— y se catapultó hacia adelante con toda la energía que sus fibras pudieron liberar.

—¡Vamos! —gritó completamente motivada.

Al llegar a media trayectoria, imprimió una rotación veloz a la espada y describió un arco horizontal en dirección al muñeco.

Seguía sin ser perfecto.
Había usado de nuevo las alas, aunque esta vez mucho mejor que la anterior, y carecía aún de la contorsión armónica del tren superior que el movimiento demandaba. Sin embargo, había logrado mínimamente entender cómo debía moverse para aumentar la inercia y, en consecuencia, mejorar el ataque.

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#8
Maki sentía que la mujer frente a ella tenía un espíritu potente, uno capaz de rebasar limites insospechados y que sería una gran promesa en el futuro. Ella misma no solía interesarse por las cosas formas y figuras de otros, pero ella si que había llamado su atención. Quizás sus alas resplandecientes, su forma tonificada o tal vez la maestría con la que manejaba sus armas. Todo parecía ser un conjunto fascinante para ella, pero considerarla un rival? Aunque suene presuntuoso. Pues no. al menos por ahora.

Explicarle a alguien que no habla el idioma de una era complicado, pero ella era una artista. Una combatiente con experiencia y seguro podría ingeniarse algo para entender los movimientos de la reptiliana. Solo se limitaba a concentrarse y a hacer cada movimiento lo más lento posible, lo suficiente como para que la Bird le entendiese lo suficiente como para ejecutar la técnica de manera correcta. Así al menos no demandarían al jodido ojos rajados por golpear a una compradora. Parecía que su mente funcionaba de manera diferente. Claro… más avanzada que Maki claro, porque ella solo era músculos. Nada de cerebro. Pero aun en su mente simple noto que ella le entendió las instrucciones.

Las alas principalmente provocaban una lenta caída inconsciente. Claro… Maki entendía que un ser con alas. Quizás tenia los huesos más livianos, tal vez hasta huecos, quien sabe. Sabia de medicina, pero no tanto aún. Pero sin duda era algo con lo que debería luchar la chica. Contra sus instintos, sería difícil pero no imposible.


Algo de sus manos le pareció raro… ¿Quería tocarla? Es probable, había gente que seguro necesitaba saber la cantidad de fibras musculares se necesitaba para ejecutar una técnica. ¿O es que pretendía otra cosa?, da igual, pues retrocedió en el instante. Quizás comprendido antes de que su tacto le invadiera. Seguro era eso. Su vista era especial, hermosa, parecía que cada mirada le desnudaba. Se sentía introspeccionada hasta el hartazgo… Maki trago saliva y comprendía eso si que su vista era especial o seguro tenía alguna habilidad mecánica que le permitía aprender cosas mejor mirando. ¿Por qué sospechaba eso? Porque a pesar de todo. Jamás hizo gesto alguno para detener a Maki. —Amplio… movimiento aaaaaaaammmmmpppllliiiioooo— Finalizo la instrucción mientras movía su tren superior muy extensamente para que notara que era como elástico.

Cuando los muñecos estuvieron en su lugar la mujer parecía lista, motivada y con la fuerza necesaria para realizar la técnica. Creía que entendería al fin como se realizaba dicha técnica, dicha ejecución y Maki no entendía que las dimensiones y las características de la raza de ella y de la otra eran completamente diferentes. De echo Maki no temía dañarse en cada golpe. Cada ataque perfectamente podría golpearle las manos, piernas, rodillas e incluso no temía que su arma rebotase en armaduras, muros, columnas y otras. Parecía que era descuidada también, y ella. Mas metódica y parecía cuidadosa de su precisión. De hacer todo de manera recta y pulcra como si fuera un ritual.

El golpe perfecto, o casi… pero surgió casi tan bien como el de Maki. Dos o tres veces más en ejecución y sin duda le superaría. Era una genio. —Perfecto… antes de seguir… ven… quiero comprobar la fuerza de tus golpes… dame con todo. Yo… preparare una sorpresa para ti. Practica conmigo… mierda… recordé que no entiendes ni perico los palotes… a ver…— Maki movió su arma al frente la presento con solemnidad y después la enfundo.

Puso sus manos al frente. ambos brazos cruzados en una equis. Maki adelanto la mano para indicarle que se acercase. Que atacase con su mejor técnica. Necesitaba medir su fuerza para quizás darle otro consejo se apunto a si misma… reafirmo sus brazos en cruz e hizo un movimiento con el torso como que avanzaría… —Usare mi técnica… Danza Escamosa: Torreón de escamas… prepárate!! y no te contengas pajarito!! …— Maki dio un paso, luego otro y otro y comenzó una carrera apenas trote. Cuando ella atacase aceleraría para defenderse con una técnica sorpresa que descoloca la defensa del rival.

Jingping se acariciaba el mentón... no era mala idea vender un arma y una tecnica nueva... podría haber un negocio ahí?

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#9
Por un instante, Bai observó a Maki con extrema atención; era como si la birkiniana no pudiera soportar perderla de vista y, ante cada variación —ya fuera un leve gesto o una inflexión en la voz—, sus ojos de un azul vibrante se desplazaban con nerviosa rapidez del rostro a las manos y de estas a los labios, intentando descifrar incluso la más mínima señal corporal, como si en ello le fuera dado comprender lo que se decía.

Sin embargo, aquello no era cierto: de la nada, nada puede surgir. Y, aunque Bai lo sabía —sabía que no basta con mirar para comprender, ni mucho menos con atender para conocer—, permanecía allí, haciendo ostentación de esa voluntad que precede al conocimiento, esa forma obstinada que también llamamos insistencia o terquedad.

Esto mismo se podía observar en esa intensidad que había en sus ojos, que no era otra cosa que su cerebro funcionando tan rápido como ella misma se permitía en un intento por entender alguna cosa.

De repente, al cabo de varios segundos, habiendo ya su cerebro revisado por quinta ves lo que Maki estaba diciendo, sus ojos se abrieron apenas más de lo habitual. No porque hubiera entendido algo, sino porque, por algún motivo que desconocía —o quizás fuera porque entre sus ancestros se encontraba un mink canino—, la palabra «ven» la dispuso enteramente a permanecer a su lado y dejar de hacer lo que estaba haciendo.

Entonces, llegó lo mejor.

Su pequeño engranaje volvió a activarse y, comparando los gestos ajenos con sus experiencias previas, logró captar parte de la idea general; creía haber reconocido el ademán de inmediato. Era un aderezo terriblemente parecido al de los combatientes más bárbaros y salvajes de su estirpe: un alarde de pura fuerza física que invitaba deliberadamente al contrario a golpear, mientras ellos se defendían valiéndose únicamente de sus guanteletes y su propia musculatura.

Sin embargo, para terminar de confirmar si aquello era lo que la otra quería, Bai tuvo que sopesar las diferencias culturales como parte del proceso lógico que solía llevar.

Y es que, por un lado, sabía por experiencia que fuera de su tierra —e incluso en ciertas zonas de ella—, cuando la gente deseaba expresar una negativa, negaban con la cabeza en vez de utilizar las manos. Por el otro que, al menos en un sitio del mundo, cruzar los brazos frente a uno mismo tenía otro significado.

—Entonces... —murmuró.

Si la otra estuviera rechazando el combate, movería el cráneo pero, al no hacerlo y mover los brazos, debía tener el otro significado. Y, como solo conocía un significado más... Sí, sin duda debía tratarse de  una provocación.

—... ¿Quieres que te golpeé?

Tras sus pregunta, y valiéndose únicamente de la destreza de su mano diestra, Bai hizo pivotar la espada sobre su propio eje, describiendo un arco impecable en el aire que apenas sibiló. Después, reposicionó la hoja con presteza y aferró la mano izquierda al final de la empuñadura, afianzando el agarre. Acto seguido, flexionó las piernas en una marcada sentadilla; un esfuerzo deliberado por comprimir su enorme fisonomía y acortar la insalvable distancia que la separaba —aunque fuera mínimamente— de la estatura de Maki.

—Pues vamos — anunció.

Y, de un solo impulso, embistió contra la muchacha que corría hacia ella, desviando la trayectoria de la estocada hacia el centro de la equis en lugar del habitual ataque hacia las costillas. Sin embargo, al ser este golpe una ligera variante de su técnica, en vez de clavar la hoja buscando desgarrar al oponente, se limitó a encontrar la natural abertura que uno deja al superponer dos objetos —siendo estos últimos sus brazos— y  en lugar de forzar el acero a hundirse en la carne, acompañó el movimiento con un leve giro de la muñeca e hizo palanca para separar ambos brazos y quebrar la defensa de la otra.

Después, por simple inercia del movimiento, Bai derrapó sobre la gravilla levantando una diminuta nube de polvo. Mas su acción no quedó ahí pues, en lugar de oponerse a la fuerza del frenado, Bai la decidió canalizarla haciéndo que sus gemelos, comprimidos al límite, liberasen toda su potencia en una descarga explosiva contra el suelo.

Del impacto, y aprovechando las alas, se catapultó en diagonal hasta que al llegar máximoapogeo del salto, suspendida en medio de una  efímera ingrabidez, Bai ejecutó el golpe que Maki le estaba enseñando; su hombro, su espalda y su brazo se extendieron al unísono, luego, su espada zumbó y, al final golpeó tal y cómo le había enseñado.

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#10
Era brillante. Cada músculo, torneado por el sol, delataba la estirpe de aquella criatura. Solo necesitaba práctica para pulir sus habilidades. O al menos quizás llegar a su nivel seria suficiente. Maki sonreía cada vez que sus ojos se posaban en ella y notaba que la atención que le ponía por cierto era tremenda. Esperaba que de todo esto sacara algo el limpio y que ella también al menos aprendiese del estilo de pelea tan brutal que parecía dominar la chica.

Poco a poco parecía que el engranaje del entendimiento comenzaba a hacer lo suyo mientras Jing ping miraba con detenimiento acariciándose la barbilla. Su preocupación era evidente, seguro comenzaba a sopesar la idea de que hubiera alguna muerte en su local. Eso sería Telible. O un cercenamiento ho no… también telible pero menos telible. Pero por algún tipo de embrujo decidió que ambas mujeres siguieran con lo suyo. Con su intercambio, su coqueteo bélico pues eso parecía que se picaban y se mostraban tal cual eran.

Sus guantes, su fuerza, sus músculos se pusieron en marcha para intentar detener a la criatura que le enfrentaba. Una digna señora emisaria de los cielos que venía a repartir violencia a la paz de la tierra. Maki no lo permitiría, o al menos se divertiría en ello. No pensó en nada. solo en aguantar el choque. En mostrarle una vez más la misma técnica y quizás si era tan hábil como suponía, seguro podría ejecutarla visualmente para hacerla suya finalmente. Entendió una palabra, o parecida a una palabra… —Si… si quiero— Acompañada de un asentimiento de cabeza. Su sonrisa se disparó, se comió casi su rostro completo.

Ella bajo su centro de gravedad. Era astuta. No quería que Maki la agarrara otra vez y la lanzara. En esa posición no podría sorprenderla sin enfrentarse a la guardia de su hoja. Era sublime. Quizá pertenecía a esa clase de personas capaces de aprender cualquier cosa a velocidad de crucero. Una lástima que hablara como la mierda.

El objetivo de la muchacha fue astuto, quiso desbaratar la defensa de Maki. Fácilmente lo descubrió pues ella era espadachina y defendiéndose con los brazos era difícil que le superara a pesar de su fuerza. Fue entonces que la hoja se metió entre sus guanteletes y con un movimiento sus brazos se abrieron violentamente. La hoja reboto entre los guantes, hiriendo a la quemada. Que se quejó con una sonrisa.

Saltó, apenas unos centímetros, pero Maki supo inmediatamente qué estaba ocurriendo, había entendido, el movimiento era suyo ahora, fue hermoso, el arco circular en área, detono todo alrededor, el chasquido el aire fue enorme, Maki sintió orgullo y pesar al mismo tiempo, primero por ser tan buena maestra a pesar de que sonase tan presuntuoso, pesar por que recibiría el golpe de lleno que provoco que saliera rodando en una especie de giro de carro mandándola contra uno de los muñecos de entrenamientos que resulto amortiguando la caída, pero haciéndose pedazos en el proceso.

Rodo, se raspo, giro y trago tierra, pedazos de acero, dientes y polvo combinada con su sangre. Se levanto encolerizada, furibunda y llena de odio, escupió todo eso que conformaba la arena, lo que casi se tragó, dientes ajenos, polvo, tierra, acero y desenfundo rápidamente el Boken al levantarse con algo de esfuerzo, su respiración se comenzó a acelerar y Jingping apareció entonces con el rostro chorreando sudor. —Espera espera, ha aprendido el movimiento, eres genial, genial… ya esta.— Maki lo empujo con todas sus fuerzas haciendo que el comeperros cayera de espaldas levantando una gran polvareda. —Claro, claro… ahora que ha aprendido, si que parece ser un buen objetivo que te parece? Quieres probarme? ahora aprende la Danza Escamosa: Makina del caos— Maki tomo su arma con fuerza, comenzó a correr hacia su alumna algo olvidando en que estaban y se lanzo con violencia. Su ataque fugaz y rápido. Su color comenzó a cambiar nuevamente, esmeralda, una cola, garras, y escamas, una altura superior a la que mantenía antes y antes de llegar a la Birkaniana volteo sobre si misma para aumentar la fuerza de su movimiento produciendo un golpe aumentado por el peso de su cuerpo dotándole de una fuerza cinética tremenda. Ahora.

No quería enseñar mas

O tal vez una cosa más.

Solo resistencia al dolor.

el golpe ejecutado fue horizontal intentando golpear poderosamente el abdomen de Bai, para desbaratar sus defensas y someterla mas fácilmente para mat.... espera no era a muerte... mierda. Que estaba haciendo, estaba loca?.

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