[Aventura T2 - PR] La bolsa o la fama
#1
Día 73 de Verano, Año 18
Ainokura, Isla de Kárate
18:00

La isla de Kárate, un lugar dedicado en cuerpo y alma al combate. Un territorio al que viajaban luchadores de todo el South Blue para aprender nuevas habilidades, para entrenar sin descanso. En definitiva, para volverse más poderosos. Todo en esta isla parecía estar a disposición de esta función. Su escarpada montaña, que no solo servía de refugio a los diferentes dojos, sino que también se prestaba como altar para el estadio Ki. Los campos de arrozales también aportaban su granito, pues servían como campo de entrenamiento para endurecer el cuerpo de los aprendices. Hasta la más pequeña aldea estaba a la disposición para encontrar nuevos luchadores con potencial. Por pequeña que fuese, toda aldea organizaba sus propios ejercicios, eventos o certámenes para atraer peleadores.

Así es como llegamos a nuestra pequeña aldea, Ainokura. El ambiente en aquel rincón siempre estaba en calma. El viento sopla con suavidad, meciendo las hojas de los árboles a su son. Si se presta atención, se puede oír el sonido de los granos de arroz que habían sido recogidos aquel año, cayendo en barriles a la espera de ser transportado. Los edificios, levantados con madera humedecida y con sus tejados puntiagudos, sirven como almacén de grano. Si tiene suerte, un viajero podría ver una de las pocas caravanas que viajan trimestralmente a los dojos a repartir suministros. Las escasas viviendas que formaban la aldea se organizan a lo largo de dos calles; una que marca el camino entre los arrozales y los dojos, la otra, perpendicular a la primera, que acaba en una especie de plaza. Lo que ellos llaman el estadio de Ainokura.

Sin embargo, hoy toda esa calma ha quedado a un lado. Una caravana de gente vino desde los arrozales, pero esta vez no traían arroz. Se trataba de una ocasión especial. Al día siguiente, tendrá lugar el torneo que se celebra en esta aldea de manera anual. Aunque a decir verdad, llamarlo torneo sería demasiado generoso. Era más bien como una serie de combates entre campesinos o aspirantes a estudiar en alguno de los dojos. Algo de bajo nivel, pero que demostraba cómo la cultura de la isla había calado hondo en cada uno de sus habitantes.

Un par de hombres portan una buena pila de maderas a sus espaldas, tablones que utilizarán para construir unas pequeñas gradas y alzar una mesa para los jueces. Tras ellos, una mujer hace sonar una campana a la vez que anuncia el evento que tendrá lugar al día siguiente. Ella será la encargada de tomar los datos de quienes quieran participar en el «torneo». Detrás de ella, un hombre y una mujer, de ropas algo más selectas (o algo menos sucias), avanzan con aires de superioridad. Sin duda, se trata de los encargados de valorar el desempeño de los participantes. Y cerrando el grupo, un hombre grande y gordo, con ropajes roídos, una gran bolsa atada al cinturón y una cara que deja ver que su atención sobre cualquier cosa, como mucho, podría ser mínima. 

—¡Venid todos! Medid vuestras fuerzas en el gran torneo de Ainokura. Demostrad ser los más fuertes —hizo sonar la campanilla con más fuerza. Puso el revés de su mano junto a la boca, un gesto que denotaría querer decir algo como si fuera en secreto, de no ser porque subió su tono de voz. Su mirada se llenó de picardía—. ¿O es que acaso solo estarías interesado en nuestro jugoso premio? ¿Quién podría rechazar 10000 berries?

La gente comenzó a seguir a la mujer como lo harían las ratas a un flautista. Tanto es así, que la calle principal quedó casi desierta. Los cantos de sirena de aquella mujer habían arrastrado a todos los habitantes, pero no habían podido con la falta de atención de el último de su comitiva. El grandulón se había quedado pasmado mirando una de las piedras del camino. Pese a que todavía se veía al gran grupo de gente avanzar hacia el estadio, el hombre permaneció en el cruce mirando de un lado para otro, como si no supiese que dirección tomar.

Road pudo haber visto todo, pues el había llegado al pueblo desde los arrozales. Se encontraba a unos 10 metros del cruce, es decir, a 10 metros del hombre grande y bobo. Pero ellos dos no eran los únicos que estaban en aquel lugar. Un anciano, encorvado sobre su bastón, no había podido seguir el paso del grupo. Se quedó mirando al grandulón y luego miró hacia Road.

—Venga, joven. No esperes más por ese pasmado. Tú deberías inscribirte en el torneo. Este idiota acabará llegando a su lugar —el viejo se giró y continuó avanzando hacia el estadio—. Todos los años hacen lo mismo. Le dan el dinero del premio a ese botarate para que lo proteja. Debe ser que creen que asustará a los de manos largas solo por su tamaño. En mis tiempos no hacíamos esas tonterías. Cuando yo era joven...


Las palabras del anciano se diluyeron más allá de la esquina entre las calles. Ahora ya solo quedaba saber qué haría Road. ¿Decidiría inscribirse en aquel torneo? ¿O por el contrario buscaría alguna otra manera de hacerse con el premio del torneo?



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#2
Con su esplendoroso olor a rosas el muchacho estaba listo para empezar a darlo todo en Karate ¿Cómo había llegado allí? No era tanto una cuestión de cómo si no de cuando, había llegado hace aproximadamente una semana para Isla Karate con un solo objetivo: Buscar a Eele, sabía que estaba entrenando por esos lares para volverse un tipo fornido o algo así y ahora tocaba llevarlo hacia donde su otra amiga estaba: Kutsukku

¿Pero que clase de aventura no tiene algunas desventuras en el medio? El analfabeto Lunarian y su fiel compañero monístico estaban andando por la isla cuando escucharon conversaciones ajenas que lo llevaban a acercarse cerca de los arrozales y los dojos donde supuestamente un premio de 10.000 Berries se iba a llevar a cabo.

Ahora bien, él no sabía escribir ese número pero entendía que con 10.000 berries te podías comprar muchas cosas ¿Verdad? Cómo tal sobrevoló el área curioso y expectante hasta que notó la fila, y descendió con ese mismo vuelo hasta el suelo donde se desempolvó la ropa al caer, tiró su flequillo hacia atrás, se sonrió para presumir la belleza natural de sus dientes blancos como perlas y entonces llevó su mirada a la situación.

No espero demasiado antes de impacientarse, y fue cuando escuchó la voz de un viejo que le aconsejaba colarse en la fila sin esperar para poder anotarse ¿Pero que clase de torneo era ese? ¿Tendría que agarrarse a combos como se decía en su ciudad natal? ¿O es que sería un torneo de otro tipo? Entendía que en Karate eran casi todos, si no todos, unos chalados de las artes marciales y a él mucha gracia no le hacía tener que ensuciarse la ropa, ni la idea de que pudiesen defigurarle el rostro, que con algo trabajaba.

— Tienes razón viejo feo, el tiempo es oro para los lindos como yo. No puedo perder el tiempo, gracias che

Lo ignoró sin más, no sin antes palmear con calma la cabeza del ancianito en señal de agradecimiento, avanzó por la fila colándose mientras usaba sus alas para empujar a las demás personas.

— Oigan feos ¿Dónde pinga me anoto che? Vengo por ese premio, la gloria, la fama, las mujeres, bugatti, maserati, todo. Road Twel Dorado y Puchero, los dos venimos de la gloriosa isla de Samba. Presten atención che, no se leer ni escribir así que van a tener que anotarme.

Exclamó orgulloso pese a todo, posando y tirando su flequillo hacia atrás con cada palabra que pronunciaba.

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#3
Atrás quedó el grandullón que custodiaba la bolsa, y las opciones de hacerse con ella por la vía rápida. La gente siguió a los organizadores hacia la zona designada. El gentío se amontonaba alrededor de la mujer con la campana, que la agitaba sin cesar. El hombre y la mujer que harían de jurado se refugiaban tras ella, como si no quisieran pasar por aquellos trámites. Los únicos que parecían hacer bien su trabajo eran los operarios encargados de montar la tarima y la mesa, pues cuando Road quiso alcanzar la parte delantera del grupo, ya casi habían terminado su trabajo.

—¡Orden! ¡Orden! De uno en uno, por favor. 

La mujer del jurado se aproximó al otro miembro.

—Ya te dije yo que anunciar un premio como ese, solo nos iba a traer problemas.

—Yo no pienso estar evaluando luchadores durante el resto de mi vida. Tengo un viaje para la semana que viene.


La mujer de la campana torció el gesto ante la presentación del lunarian, pero estaba demasiado ocupada como para andar perdiendo el tiempo con reproches. Guardó la campana y sacó una pluma.

—A ver. Bien. Road el puchero. Ya tenemos uno. ¿Quién más? 


La mujer comenzó a anotar los nombres al vuelo. La gente le gritaba uno tras otro para obtener un puesto en el torneo. Los brazos se estiraban hacia la mujer y comenzaron a zarandearla. Esta giró la cabeza hacia atrás buscando ayuda por parte de sus compañeros, pero el hombre del jurado desvió su mirada hacia un lado y comenzó a silbar, como si pretendiese no haberla visto. Por si lado, la mujer no quitaba ojo a Road. Una voz sonó por encima del bullicio.

—Pues esto ya estaría, jefa. Les dejamos instalada la tarima y la mesa. Nosotros nos vamos ya.


Y se marcharon corriendo. Su actitud dejaba claro que no querían saber nada de la turba, aunque su potente manera de hablar parecía haber apaciguado los ánimos. La mujer y los jurados se acercaron para hablar 

—Ya te dije que no era buena idea. Hay demasiada gente

—He recogido el nombre de cuarenta y dos participantes. Con esa cantidad de luchadores necesitaríamos... Esto... Bueno, muchos combates. Demasiados. Tenemos que hacer algo —añadió la mujer de la campana señalando los garabatos que había tomado en la hoja.

—Tengo una idea —dijo la mujer del jurado mientras se mordía el labio sin despegar su mirada de Road—. Venga, acercaos.

Los tres se pegaron tanto y hablaron tan bajo que solo aquellos con un oído excepcional podrían oírlos. Las cabezas se juntaban, luego alguno se levantaba como si intentase hacer pasar las ideas y se volvían a juntar. Tras un rato así, la organizadora hizo sonar la campana.

—Caballeros! Este año tenemos una gran participación, por lo cual tenemos que introducir algunos cambios sobre lo esperado. Cómo sabréis, las artes marciales se especializan en cultivar el cuerpo, en llevar sus capacidades a otro nivel. Todo el mundo sabe que los luchadores han de tener un cuerpo sano. Y todos estáis aquí para demostrarlo. Pero entonces yo me pregunto ¿cuál será la mejor manera de demostrar que vuestro físico es mejor que el de los demás? —hizo una pausa dramática y reanudó su discurso pese a que nadie había dicho nada. Dió la espalda a los luchadores—. Exacto. No tiene nada que ver con darse de golpes. Claro que no. La mejor manera de hacerlo es... —se detuvo unos instantes. Se giró hacia los participantes abriendo los brazos en alto mientras agitaba la campanilla—. ¡Un concurso de belleza!

Los hombres allí presentes gruñeron y protestaron, pero al no recibir otra opción distinta por parte de los organizadores, aceptaron de mala gana. Los jurados se sentaron a la mesa y la mujer dió las últimas instrucciones.

—Pasad por la tarima de manera organizada y dadnos vuestra mejor pose. El campeón se hará con el fabuloso premio.

Uno a uno, los participantes fueron subiendo a la tarima y fueron deleitando a los presentes con sus mejores poses. Si hubiese sido un concurso de esfuerzo, se lo hubiesen puesto realmente difícil a Road. Sin embargo, este no era el caso. En esta ocasión... Bueno. Juzguen ustedes mismos.

Ejemplos de poses de los participantes


Bochorno tras bochorno, llegó el turno del lunarian. La mujer del jurado extendió la mano en su dirección señalándole con el dedo. 

—Ven aquí, bomboncito —volteó la mano para hacer gestos atrayentes con el dedo, su voz pretendía sonar sensual—. Es tu turno.



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#4
Si bien en un principio Road pensó que tendría que empezar a pulir los músculos de sus brazos enclenques para poder luchar, su mirada comenzó a moverse de lado a lado analizando el plan B: Robarse el premio en caso de tener que hacerlo. Sabía que si iba a toda velocidad con sus alas no podrían alcanzarle sin importar lo que intentasen ¿Pero era acaso una buena idea? Con cierto nerviosismo se mordió las uñas de la mano derecha mientras Puchero se movía con curiosidad de lado a lado del lugar analizando a todos con la mirada mientras buscaba comida, pero no abundaba en ese dojo lastimosamente.

Tratando lo mejor que pudo de ocultar su nerviosismo Road avanzaba junto con el resto de inscriptos, y se dispuso a prestar atención a la explicación. Su estomago rugió mientras él pensativo analizaba la mejor ruta de acción, pero grata fue su sorpresa cuando escuchó de qué se trataba la prueba. ¿Un certamen de belleza? Su sonrisa se dibujo de lado a lado mientras

— Nye he he he, ¡Che! ¡Puchero ponte en posición porque vamos a mostrarles a todo nuestra especialidad! ¡Ser hermosos!

El mono lo escuchó a la distancia, acercándose con tracción de sus cuatro patas para asentir contento ante la directiva de su compañero. Pensar que ellos no habían entrenado incesantemente para destacar sus bellezas naturales sería un despropósito, ellos estaban más que listos y a medida que cada persona que bajo el criterio de Road iba pasando, y demostrando la fealdad que los caracterizaba la confianza exacerbada del platino solo aumentaba.

Finalmente llegó su momento de brillar. Caminó con serenidad hasta el punto donde debía pararse, suspiró observando para todos lados, tiró su flequillo hacia atrás con confianza y entonces lanzó una sonrisa confiada para los jueces finalmente extendiendo su par de alas negras.

— ¡Maravíllense feos! ¡Desde el Reino de Samba, somos Road Twel Dorado y Puchero! ¡Los meros meros de este mar del Sur! ¡Venimos a ponerlo todo patas de cabeza con nuestro esplendor Che!

Entonces Road posó plegando su diestra bajo su mentón y extendiendo su zurda junto con sus alas abiertas de par en par demostrando la envergadura de casi tres metros de lado a lado que lo caracterizaba. No solo presumía su belleza, sino ese aura de gracia divina con la que había sido bendecido, su confianza también denotaba la egolatría que lo caracterizaba y el mono a su lado imitaba la pose de su mejor amigo con confianza.

[Imagen: spFgt8Y.png]

— ¡Buen momento para vaciar sus bolsillos y darme tributo! ¡Nye he he he! ¡Vine a llevarme el oro, la plata y el bronce!

Podía ser molesto, podía ser ruidoso, pero su confianza en si mismo era innegable despues de todo.

— ¿¡A alguien le dan los cojones para llevarme la contraria!? ¡Encima de feo será un necio! ¡Domaditos para sus casas!

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#5
Los participantes habían sido arrastrados a un certamen que poco tenía que ver con lo que tenían en mente. Habían realizado entrenamientos de todo tipo. Unos se habían dedicado a golpear rocas, otros a transportar montañas absurdas de sacos, otros se habían limitado a pasar horas meditando bajo la corriente de una cascada. Pero tan solo dos de ellos estaban preparados para un concurso como aquel. Había llegado el turno del lunarian y su amigo, los cuales subieron a aquella suerte de escenario y llenos de seguridad en sí mismos, deleitaron a los presentes con una de sus mejores poses. Una especie de gemido recorrió aquella plaza. Uno que venía de alguno de los presentes, más en concreto desde la mesa de los jurados. Sin embargo, las palabras provocadoras de Road causaron una nueva reacción, una mucho más unánime. Los luchadores, ofendidos por sus palabras comenzaron a gruñir y maldecir al viento. Pero, por el contrario, alguien se había visto aún más emocionada.

—¡Sí! ¡Eso es! Llévatelo todo. Eres el mejor. Sí, Te declaro campeón del torneo. Se acabaron las rondas.

—¡¿Pero qué?! Si aún no hemos hablado. No hemos decidido nada —se quejó el otro miembro del jurado.

—No hay nada que decidir. ¿Tú lo has visto? Sin duda es el más guapo. Es bellísimo. Nadie es como él —la mujer guiñó un ojo hacia Road.

Los acontecimientos terminaron por caldear el ambiente. Los murmullos se convirtieron en gritos. Los gritos, en insultos. Las palabras dieron paso a una actitud hostil. Lejos había quedado aquella idea inicial en la que los luchadores iban a enfrentarse unos contra otros. Ahora, parecían haberse puesto de acuerdo. Todos tenían un mismo objetivo. Ya no era el premio de los 10000 berries.

—¡A por él! Démosle su merecido.

—Es todo su culpa. Seguro que tiene comprado al jurado.

—¡Tramposo!

Los hombres parecieron comenzar a organizarse. Ya no eran guerreros que se enfrentarían unos a otros en solitario. Ahora habían pasado a ser una turba agresiva. Como si de una pandilla de matones se tratase. Comenzaron a rodear a Road y Puchero. Algunos alzaron sus armas, otros apretaron sus puños. Todos se cernían sobre el lunarian y su amigo con actitud hostil, mientras la mujer organizadora y los miembros del jurado, observaban desde detrás del dúo de bellos.



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#6
La situación no tardó en decantarse a su favor cuando hizo alarde su belleza inusitada para, de manera muy cuestionable, llevar el torneo de Artes Marciales a su favor con todo menos lo que podría llamarse Artes Marciales. Con la diestra llevó su flequillo hacia atrás como era costumbre, en vano pues no tardaría el mismo a su posición habitual, y dibujó una victoriosa sonrisa en rostro mientras contemplaba al jurado al cual le dedicaba una reverencia.

— ¡Che! ¡Gracias, gracias personas no tan agraciadas! ¡Quiero dedicar esta sonrisa a mi mono Puchero ya que sin mi amigo esta victoria no hubiese sido posible! ¡Y a Mika, que la mira por Den Den Visual!

Entonces fue que la situación comenzó a darse de manera cuanto menos contraproducente, pues los artistas marciales parecían molestos. La cabeza de Road entonces se preguntó ¿Es que eran tontos? ¿Cómo no eran capaces de simplemente arrodillarse frente a él y pedirle que les enseñara como ser tan hermosos como él? Definitivamente en su cabeza el oriundo de Samba había pensado que su victoria le sentaría distinto a sus rivales.

Y ahora volvía a caer en una situación cuanto menos peliaguda. Tenía que defenderse contra artistas marciales que habían entrenado sus cuerpos durante años. Él sabía pelear, pero era físicamente más débil que un lunarian promedio. Normalmente se valía de armas improvisadas, pero ahora mismo no tenía nada a mano ¿Eso significaba que simplemente se iba a dejar golpear y arrebatar ese premio que él injustamente les había arrebatado con sus encantos en un primer lugar? ¡Ni de coña!

Puchero se trepó a la cabeza del Lunarian cuando fueron rodeados. Sintió las patadas de los enemigos contra su espalda y piernas más que nada, los puñetazos que venían que todas las direcciones, había manos intentando agarrar su alas negras que ahora mismo estaban envueltas alrededor de su cuerpo principalmente protegiendo al pequeño mono del embate furibundo de la horda.

— ¡CÓMO SI FUESE A DEJARLOS CACHOS MIERDA CHE!

Entonces el muchacho extendió sus alas y giró sobre su propio eje lanzando una ráfaga de viento repentina a su alrededor que buscaría desestabilizar, y derribar a los atacantes para comenzar a repartir una somanta de palos dignas de un guerrero enfurecido.


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#7
La victoria de Road y Puchero había sido innegable. Al menos, desde el punto de vista estético. Ellos habrían sido los ganadores en cualquier concurso de belleza, pero en una isla dedicada en cuerpo y alma a las artes marciales, cualquiera esperaba que un evento llamado torneo consistiese en liarse a piñas contra los demás participantes. Los perdedores del certamen al menos era lo que deseaban. Y de esa forma era que se habían lanzado sobre nuestro dúo ganador. Sin embargo, las bellezas de Samba no se iban a quedar impasibles. Ellos eran los ganadores y podían defender su victoria con la sonrisa o con los puños. 

Las alas del lunarian, que en primera instancia habían servido como escudo para proteger a su amigo, se desplegaron para generar una potente ráfaga de viento que apartó a sus enemigos. Tras esto, el hombre comenzó a deshacerse de ellos uno tras otro, valiéndose de su gran agilidad para no ser alcanzado por los atacantes. Hubo golpes de todo tipo, pero ninguno de los presentes tenía los reflejos suficientes para poder ver los rápidos movimientos de Road. Para los miembros del jurado, fue como si los luchadores fueran cayendo desplomados uno tras otro por arte de magia. Fue como si en un abrir y cerrar de ojos, la furia que les invadía se hubiese convertido en cansancio, mandándolos a dormir. Y entre todos los cuerpos derrotados, se erguía un imponente lunarian.

—¡Oh gracias a los dioses! ¡Nos has salvado! Ven a mis brazos —gritaba la mujer del jurado.

—Mira el lío en el que nos has metido.

—Yo no he hecho nada. Fueron esos brutos. Por suerte, estaba nuestro campeón para salvarnos —guiñó el ojo una vez más hacia Road.

—Bueno... Supongo que tienes razón. Tenemos un campeón.

El hombre miró a la organizadora, la cual se encogió de hombros e hizo sonar su campana, agitándola de lado a lado con fuerza.

—Declaro el final del torneo. Me complace anunciar que los meros meros del mar del Sur, las bellezas de Samba, ¡son os campeones de esta edición del torneo de Ainokura!

El anuncio vino seguido de un estruendo en aumento. Unos golpes cadenciosos, como si un árbol hubiese echado a andar, lentos y pesados, comenzaron a acercarse hasta la posición en la que se encontraban nuestros protagonistas. Desde el fondo de la calle, se pudo ver aparecer una figura humana grande y horonda.

—Ah, Sogaku! Llegas justo a tiempo. Dale el premio a este joven y vayámonos de aquí.

El hombre se detuvo a unos 10 metros de Road y lo miró de arriba a abajo.

—No. Usho me dijo que podía quedarme el dinero. Yo más fuerte. Yo gano torneo.

—Pero Sogaku. Ya tenemos un campeón.

—HE DICHO NO! Yo gano torneo.

El hombre de unos 4 metros de altura levantó los brazos hasta tenerlos frente a su cara y entonces apretó los puños. Parecía ir en serio cuando decía que quería ganar el torneo. Usho, la mujer organizadora, miró a los dos miembros del jurado. 

—Ah sí! Quiero ver luchar a mi belleza —esta vez, el guiño fue acompañado de un lanzamiento de beso.

El hombre del jurado agitaba su cabeza de un lado al otro, a la vez que levantó las manos sobre ella haciendo un gesto como si tirase algo hacia delate, en una total muestra de desinterés por lo que ocurriese. Se levantó y se apartó de allí.

—Haced lo que queráis. Que luchen. El que gane se queda con el premio. Ya qué más da todo. 

Sogaku se cuadró frente a Road y comenzó a andar hacia él con la guardia en alto. Iba en serio. Al fin iba a haber un combate en este torneo.



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#8
Cuando el Lunarian terminó de despachar a los luchadores más enclenques, Puchero comenzó a aplaudir contento bajando hasta el suelo desde el hombro derecho de Road para comenzar a andar por las proximidades palpando los bolsillos de los luchadores inconscientes para sacarles todos los berries que tuviesen encima mientras se reía jocoso a la par que el humanoide de la dupla se peinaba tras el despliegue que allí se había dado. Si bien había dispuesto que no era un artista marcial, terminó haciendo alarde de su supremacía física sobre los más débiles del torneo con un poco de su astucia para las peleas callejeras y bastante de su brutalidad al final.

Con ambas manos se palpó el rostro para revisar que siguiese siendo hermoso y, satisfecho al notar que casi todos los golpes habían sido a espalda, piernas y torso, el lunarian suspiró aliviado extendiendo nuevamente sus alas para alzar los brazos con una sonrisa salvaje en el rostro.

— ¡Aprendan su lugar! ¡No hay nada que puedan hacer contra mi magnificencia che!

Echó a reír cuando sintió los ligeros temblores del suelo como si hubiese un derrumbe, y entonces fue cuando levantó la mirada. Los otros lunarian no solían tener ningún tipo de problema con personas de ese porte pero, por supuesto, él no era como el resto de los Lunarian.

Era enorme y parecía dispuesto a defender su título con uñas y dientes. Ahora tenía que tomárselo en serio ¿Verdad? El humano gigante estaba frente a él, parecía fornido y fuerte, se acercaba poco a poco con la guardia en álto pero para su fortuna Road sabía que no necesariamente tenía que pelear limpiamente: El combate era simplemente defender lo que él había arrebatado limpiamente, o no tan limpiamente quizás pero arrebatado en fin. Ni Mika, ni Eele se dejarían amedrentar por éste tipo y para su fortuna ninguno de sus dos amigos había venido a competir contra él.

Estando a aproximadamente cinco metros de distancia el Lunarian comenzó su andar, Puchero estaba lo suficientemente lejos para observar desde un lugar seguro mientras emitía chillidos dignos de un mono apoyando a su compañero lanzando caca al gigante como mecanismo de defensa. Entonces se elevó ayudándose con el batir de sus alas el lunarian con un salto raudo de 5 metros a lo alto, avanzó en un círculo, a la par aplaudía, seis metros para quedar a exactamente un metro del gigante sobre su espalda y se giró completamente lanzando su puño hacia la misma.

El puño de Road ya estaba recubierto de galletas moldeadas entre sí para formar un gran puño que buscaría impactar irremediablemente contra la nuca del guerrero para tomar la iniciativa en lo que el combate respectaba, y lanzarlo volando con el empuje producido por su ataque mientras reía orgulloso para ascender tomando distancia nuevamente hasta ubicarse a unos diez metros del suelo.


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#9
Las risas del lunarian que habían parecido la banda sonora del saqueo de su mono amigo, se habían incrementado tras sus reproches al resto de luchadores, y lo habían hecho más aún cuando pudo comprobar que su rostro seguía intacto. No era para menos, a juzgar por las reacciones de alguna de las presentes, ya que su aspecto parecía tratarse de un tesoro digno de cuidar. Pero lo que llevó sus risas más allá fue el retumbar de los pasos que se acercaban a él. La diferencia de tamaños era notable, pero eso era algo que no iba a amedrentar al lunarian. Lejos de mostrar temor, se acercó andando con paso firme hacia su nuevo rival, a la vez que su compañero primate bombardeaba a Sogaku con fuego de cobertura fecal. Cuando hubo recortado la distancia suficiente, desapareció, al menos a ojos de los presentes. Había saltado para colocarse sobre el grandulón, justo detrás de él. Materializó unas galletas sobre su puño, como si de un guantelete se tratase y golpeó con fuerza la cabeza de Sogaku. El crujido de los huesos de su cráneo fue fácilmente audible. El hombre salió despedido unos metros por el tremendo impacto y cayó al suelo.

—¿Mami? ¿Era eso el tren de las seis y cuarto? ¿Pero si nunca es puntual?

Tras unos segundos de desorientación, el dolor llegó a su cuerpo. Se llevó las manos a ambos lados de la cabeza y comenzó a patalear a la vez que rodaba sobre sí mismo. Los movimientos del hombre repercutían a los presentes a través del suelo. Los golpes hicieron volar a los pocos pájaros que aún se atrevían a hacer de espectadores sobre los tejados cercanos. 

—Tú, demonio. No robas el dinero. El premio es mío.

Desde el suelo, Sogaku metió el brazo dentro de su camisa, en un movimiento lento, debido a el dolor que le había sido causado. La mano, temblorosa, salió poco a poco, sujetando una pistola. El cañón apuntó hacia el lunarian. No se mantenía firme, no sabemos si era a causa de las dudas o por las escasas fuerzas que le quedaban aún. Su dedo comenzó a hacer presión sobre el gatillo.

—¡Alto! No dañes algo tan bello —la mujer del jurado corrió a anteponerse entre Road y la pistola, no sin antes guiñar de nuevo un ojo hacia el joven.

Sogaku no pudo detenerse, o tal vez no quiso hacerlo. Quería luchar por su premio a toda costa. El estallido de la pistolla resonó en el improvisado estadio.



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#10
[Imagen: IsYWZNx.png]

La furia de Road durante el combate no era netamente una cuestión de desquitar su ira contra el oponente, sino de que por supuesto el enemigo tenía que ser neutralizado para que no repercutiese negativamente en su belleza. Sabía que su expresión de furia podia causar arrugas, y eso era algo impensable para el obsesionado con su belleza. Como tal estaba listo para seguir arremetiendo contra el oponente cuando notó el arma apuntando a su belleza inusitada, estaba más que listo para volar cuando notó que la mujer que tanto había alentado por él decidió sacrificarse por él.

Ella era libre de luchar por lo que quisiese por supuesto, pero Road tambien era libre de proteger a cuantos más pudiese por que eso era su camino. Por eso mismo es que él había decidido convertirse en un pirata, para cuidar a todos los animales ¡Y las personas que reconciesen su belleza eran tan nobles como animales!

Las alas del Lunarian volaron interceptando el disparo al envolverse alrededor de la mujer como una suerte de escudo, apenas sintió un rasguño girando alrededor de la mujer para pasar frente a ella volando nuevamente hacia el combatiente malherido. Con ambas manos alrededor del cuello comenzaría a asfixiarlo buscando que este decidiese darse por vencido, la ferocidad en su rostro era más que clara: Así fuese legal o ilegalmente él se consideraba un digno ganador, y todo lo que él quisiese hacer para detenerlo no era más que un esfuerzo inservible.

— ¡Che! ¡Suelta el arma y rindete si quieres vivir, feo hijo de puta!

No era un asesino, pero tampoco le temblaría el pulso para volverse uno. No mentía mientras sus manos presionaban el cuello del oponente. Puchero por su lado tiraba de la ropa de la mujer para que se alejase, dando saltos en el lugar y ejerciendo una suerte de chillido para alertarla. Confiaba ciegamente en el lunarian que desde que era un cachorro había sido como un hermano para él.

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