

![[Imagen: HC5Abkg.png]](https://imgur.com/HC5Abkg.png)
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[Presente Relativo] | La Sombra Del Ancla | [Aventura T1] [Vixen & Fumi]
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02-10-2026, 02:35 AM
(Última modificación: 03-10-2026, 09:10 AM por Vixen Ventress.)
El silencio de después siempre olía distinto. Vixen lo sabía por experiencia propia. Se quedó un momento plantada en medio del campo de escombros que había dejado de ser un comedor, con una zanahoria a medio roer entre los dedos, escuchando cómo una botella solitaria rodaba por el suelo hasta chocar contra la pata de una silla muerta. Vixen escuchó la historia del camarero con las orejas completamente quietas, lo cual, en su caso particular, era toda una declaración. Una madre enferma. Un tratamiento caro. Un préstamo. Y luego la letra pequeña: pagar poco a poco, sin problemas, palabra de caballeros... hasta que la palabra se pudre y aparecen diez tipos a cobrarte con intereses.
— Qué mundo de mierda, ¿eh? —masqué para mi, sin dirigirme a nadie en concreto.
No era lástima lo que le apretaba la garganta. Vixen no fabricaba lástima ni para venderla. Era esa otra cosa, esa que le ardía baja en el pecho cada vez que el mundo le recordaba su regla de oro no escrita: los grandes no prestan dinero, prestan cuerdas. Y luego te cobran la caída.
Pero hubo un detalle de todo aquel discurso que sí le encendió una chispa distinta, una chispa de las buenas. El "Jefe". Aiden no hablaba del babuino que ella había estampado contra el pilar. Hablaba de alguien más arriba. Alguien con suficiente gente de sobra como para mandar diez a una taberna de barrio y ni siquiera venir a mirar. La mano de Vixen buscó el bolsillo y encontró el caracol frío del Den Den Mushi. Lo apretó un segundo, pensativa, con una media sonrisa que no le salió graciosa. Salía hambrienta.
—Kishishi... pues mira tú —susurré—. El postre viene con mapa incluido.
Pero primero, las cosas en orden. Porque el olor a estofado empezaba a salir de la cocina, y Vixen tenía una regla personal que solo incumplía los días de marea alta: no se come en un estercolero. Sobre todo cuando el estercolero lleva tu firma en la mitad de los destrozos.
—A ver —anuncié, levantándome del taburete y soltándome el cuello con un crujido—. Antes de que vuelvas con esa olla, jefe, te devuelvo un poco de tu taberna. No toda, ojo, que no hago milagros. Hago lo que puedo.
Y se puso a ello.
Lo primero fue la zona de mesas. Vixen enderezó una que estaba volcada con una sola mano, la sostuvo en el aire mientras con la otra recogía las sillas caídas de alrededor y las apilaba contra la pared, cuatro en columna, con una precisión de mozo de almacén que no le pegaba nada a su cara de sonrisa torcida. Después, el cristal. No había escoba que sobreviviera a la noche, así que la Humink resolvió el problema a su manera: cogió la bandeja de un taburete roto y, con un par de movimientos secos, empezó a arrastrar los vidrios de la barra hasta formar montones ordenados, mientras el camarero trabajaba en la cocina.
—Sí, sí, me inmagino lo que pensáis —dije a los pocos clientes que quedaban—. La coneja recoge. Hacedle una foto, va, que luego no repito.
Dos de los cobradores seguían tirados en medio del pasillo, hechos unos fardos. Vixen los agarró a uno por el cuello de la chaqueta y por el cinturón, los arrastró sin ningún miramiento hasta la puerta y los dejó apilados en la calle, uno junto al otro, con un cuidado que no era tal, sino pura logística.
Volvió adentro, miró el agujero del suelo que la justiciera había dejado junto a la entrada, y lo tapó con la mesa más entera que encontró, encajándola encima como quien pone un parche a un barco que hace agua. Listo.
—De nada, casquito —le grité a Fumi, señalando el parche con el pulgar.
Cuando el camarero regresó con los dos estofados, la taberna seguía siendo un desastre, sí. Pero era un desastre *ordenado*. Cristales en montones, sillas apiladas, basura humana en la acera, mesas donde debían estar las mesas. Vixen se dejó caer en su taburete con un suspiro de trabajo terminado, las mangas arremangadas y una astilla clavada en la palma que ni había notado. La primera cucharada le arrancó un gruñido grave de pura felicidad animal, con los ojos cerrados y las orejas caídas hacia atrás de gusto. La segunda ya fue con ritmo. La tercera, con la cara enterrada en el cuenco.
—Pinga, Aiden —admitió entre cucharada y cucharada, sin levantar la vista—. Cocinas como los dioses.
A mitad del segundo cuenco, se limpió la boca con el dorso de la mano, se levantó y caminó hasta la barra. Golpeó la madera dos veces con el nudillo, seca, como quien llama a una puerta. —Jefe, tenga. El monedero de cuero cayó con un golpe gordo, de esos que suenan a dinero serio. Detrás, el reloj de latón. Y al final, rodando en círculos hasta detenerse junto a la mancha de sangre del mostrador, el anillo de piedra falsa.
—Tuyo. Todo. —Me crucé de brazos antes de que pudiera abrir la boca—. Y corta el "no puedo aceptarlo", que me da urticaria. No es caridad, es aritmética: el estofado, las mesas, el suelo y las botellas salen a esto y pico. Yo rompo, yo pago. Es la única ley que cumplo en este mundo de mierda, así que no me la taches.
Hice una pausa, y por un segundo, solo uno, dejé la burla en el suelo, junto a los cristales. —Y lo que sobre... —añadí, más bajo, encogiéndome de hombros—. Mándaselo a tu madre. Dile que una desconocida con orejas dice que se ponga buena.
Le dio dos palmadas en la barra, cerrando el asunto a su manera, sin dejar hueco a los agradecimientos, que le daban más vergüenza que un puñetazo. Se guardó la petaca y el caracol, eso sí. Lo del caracol no era negociable: eso no era dinero, era una promesa.
Con el cuenco vacío y el estómago en paz, por fin se giró hacia la muchacha del casco. Estaba por allí, en medio del desastre medio ordenado, con su visor y su estampa de heroína de cartel. Vixen se quedó mirándola un buen rato, con la paciencia tranquila de quien ya ha decidido algo, y al final se acercó, se apoyó en el taburete roto de siempre y dejó que su sombra la cubriera entera, de arriba abajo.
—Centella —dije, saboreando el nombre despacio—. Ya lo pronuncio bien y todo. Aprendo rápido cuando el profesorado es de mi gusto. —Le alargué la petaca abierta, sosteniéndola en el aire entre las dos, con una sonrisa de lado—. Un trago, justiciera. Lo has ganado. Y no, no es veneno.
![]() Me acerqué un poco más hacia su oído, lo justo para que solo me oyera ella.
—Te cuento un secreto, nena: ese "Jefe" del que hablaba Aiden no se va a quedar contento cuando se entere de que sus diez muchachos acaban de dormir en la acera. Va a mandar más. Y a mí, mira qué casualidad, me ha caído un caracol con su número en el bolsillo. —Di unos golpecitos al bolsillo, sin sacarlo—. Yo pienso ir a presentarle mis respetos. Cobrarle el estofado con intereses, por decirlo fino. Y he pensado que las collejas absolutas y las patadas de conejo hacen buena pareja. Cinco y cinco la primera noche. Yo, en tu lugar, tendría picor.
Le guiñó un ojo, se enderezó y se alejó hacia la entrada sin esperar respuesta, porque las mejores preguntas son las que se dejan colgadas en el aire, curándose como heridas. Vixen se detuvo un momento junto a la puerta y echó un último vistazo al local. La Sombra del Ancla, herida pero en pie. Había sido una noche de lo más interesante, y no negaría que se llevaba unas cuantas caras bonitas para el recuerdo. Aunque, pensándolo bien, lo que de verdad necesitaba ahora mismo era un buen baño caliente para quitarse el olor a taberna y alcohol, y caer rendida en una cama blanda durante horas.
![]() Y salí a la noche
La calle olía a mar, a farolas fundiéndose y a borrachos cantando mal. La luna estaba alta y limpia, y el caracol dormía en mi puño, pesando poco para lo mucho que prometía. Mordí una zanahoria, me subí el cuello del traje y eché a andar hacia los tejados con las manos en los bolsillos y la cola meneándose, tranquila, satisfecha, sin ninguna prisa.
—Vamos a ver si el pez gordo grita bonito por teléfono... —murmuré a la noche, con media sonrisa—. Kishishi. Esta noche ha estado de puta madre. Y la oscuridad del puerto me tragó entera, como si también ella supiera que aquello no había sido un final.
Había sido solo el primer plato.
Bolsillo Táctico
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03-10-2026, 10:51 AM
Al parecer, mi despliegue de habilidades terminó siendo contraproducente, no solo porque termine dañando aún más el inmueble con mis propias manos, sino también por que apenas unos segundos después, antes aún de terminar yo de asimilarlo, pude oír como la misma mujer que trataba de impresionar se reía de lo que acababa de hacer… No solo acabo de romper mi palabra con el camarero, también había quedado en ridículo ante la coneja.
¿¡Acaso puede seguir considerándose una heroína!?
![]() Menos lamentos y más soluciones, Fumi. Si la cagas, lo arreglas lo mejor que puedas. Dije levantándome rápidamente, preparándome para arreglar este desastre, empezando por desencajar al hombre que acababa de dejar metido en el suelo. Tras lo que fueron varios tirones, conseguí sacarlo de ahí y, con una facilidad que sorprendería a cualquier civil que no me conozca, lo levanté sobre mi cabeza y lo lleve a fuera, dejándolo tirado en la calle donde no moleste. Volví a dentro para ver como la Humink se encontraba expropiando todas las pertenencias que podía a los cobradores abatidos, cual señora en las ofertas del mercadillo, así que aproveché para ir sacando a los que iba encontrando con los bolsillos hacía afuera, dejando los dos últimos con los que aún estaba para que se tomara su tiempo tranquila. Un poco después, mientras colocaba unos taburetes, la mujer se acercó a mí. Una parte de mi creía que sus encantos ya no podrían surtir tanto efecto sobre mi, pero, a medida que se aproximaba, la diferencia de altura entre las dos se iba haciendo más notoria, haciendo que mi corazón acelerara a cada paso que daba. Mientras intentaba mantener la compostura lo mejor que podía, ella comenzó a alabar mi actuación anterior; ante lo cual no pude evitar que mi cara dibujase una pequeña sonrisa. No puedo creérmelo. ¡Piensa que soy medianamente guay! Antes de que mis ojos se iluminase casi como si tuviesen estrellas, como siempre que estoy a punto de desvariar hablando de técnicas con alguien que sabe apreciarlas, la coneja se acercó un poco más, cubriéndome completamente con su sombra y haciendo que me congelara en seco, al mismo tiempo que se me saltaba un latido. Con un tono mucho más bajo, pronunció por primera vez en toda la noche mi alias heroico… Y, Dios mío, en ese momento lo único que todo mi ser estaba deseando era que me llamase así por mi verdadero nombre. ![]() — S-si quieres que te enseñe como hacer buenas poses o t-técnicas heroicas, cuenta conmigo. ¡AHÁ! — le respondí con un tono tembloroso en mi voz, sin terminar de comprender del todo su propuesta. Tras esa interacción, ella se marchó a hablar con el camarero, mientras que yo decidí seguir ordenando la taberna lo mejor que iba pudiendo, al mismo tiempo que prestaba atención a su conversación. Ahí la pude oír: la triste realidad del pobre camarero. El pobre pidió el préstamo para intentar salvar a su madre enferma. En ese momento, me frene un segundo, pensando en mi madre y recordando como falleció enferma, ya que no pudimos costear su tratamiento. Por muy triste que fuera, su recuerdo traía siempre una sonrisa a mi cara, y eso, junto con el pensamiento de haber podido evitar que la historia se repitiese, esta vez para este pobre hombre, hizo que me renovarse de energías como nunca, todo con un único propósito: ayudar a este hombre todo lo que pueda. Así que comencé a limpiar las manchas de la columna, frotando con todas mis fuerzas, carreteando tablas de madera de un lado a otro y recogiendo todo tipo de jarras y cubiertos del suelo como nunca nadie lo había hecho. ![]() Tras un rato, mi compañera de combate volvió a ayudarme a volver este desastre lo más ordenado posible, entre todo, tapando el agujero que había hecho anteriormente, llamándome para asegurarse de que lo viera, a lo que simplemente le respondí con un intento de sonrisa que apenas ocultaba la vergüenza que sentía por dentro. Luego de unos minutos que se hicieron eternos, finalmente el desorden estaba ordenado. El lugar seguía siendo un desastre, pero al menos ahora sería mucho más fácil de recoger. Fue en ese momento justo cuando el camarero salió de la cocina con dos estofados, ofreciéndonos uno a cada una. De primeras, me sabría mal aceptarlo después de haberle jodido la entrada del local, pero, como era costumbre, llevaba todo el día sin comer y me moría de hambre. Tímidamente, acepte su plato y, del mismo modo, me lleve la primera cucharada a la boca. En ese mismo instante, mi cara se iluminó por completo y la timidez desapareció al mismo tiempo que devoraba cucharada a cucharada a toda velocidad. — Guau, señor, esto es una de las mejores cosas que he probado en toda la isla. ¡Muchísimas gracias! — Con el estómago lleno, me levanté a ver el local y pensar cómo podía seguir ayudando cuando la hermosa mujer conejo se acercó a mí, volviendo a eclipsarme con su sombra, y me volvió a llamar por mi alias. Mientras intentaba que no me diera un sofoco de lo roja que me estaba poniendo, pude asimilar sus palabras: Acaba… ¿¡ACABA DE DECIR QUE SOY DE SU AGRADO!? Y, antes de que me pusiera vergonzosamente a dar saltitos de felicidad, me ofreció un trago de su petaca, el cual casi rechazo instintivamente, pero lo pensé por un segundo y me di cuenta: ¡ESO SERÍA UN BESO INDIRECTO!, mí cara desbloqueo otro tono mayor de rojo y, sin pensárselo dos veces, agarré la petaca con mi mano temblorosa y, tras pararme a mirar la petaca por más segundos de los que se considerarían normales, le di un trago rápido y tímido, devolviéndosela rápidamente sin ser capaz de devolverle la mirada. Ante lo que ella se acercó a mi oído a susurrarme algo. Por un segundo, sentí que me iba a desmayar de tantas emociones seguidas, pero luego me centré en escuchar su preciosa voz atentamente. Me estaba ofreciendo formar equipo para ir a por el jefe de estos canallas. No solo le caía bien, sino que también quiere formar un equipo heroico conmigo. No me lo podía creer, pero, como siempre, antes de que pudiera responder, me guiño un ojo con su picardía habitual y se marchó, dejando la pregunta en el aire. No pude evitar dejar salir una pequeña carcajada pensando en como le gusta hacerse la dura y misteriosa. Solo podía pensar que me parecía adorable. Si se daba la oportunidad, la ayudaría sin dudarlo, pensé brevemente mientras la veía alejarse en la distancia, aunque, en este momento, lo único que podía pensar era que me sentía lo más feliz que me había sentido en muchísimo tiempo. ![]() No fue hasta que desapareció de mi campo de visión que aparte la mirada. El resto de la noche no fue mucho más interesante. Me quedé un rato más ayudando al camarero a recoger y sacar fuera los trozos de desorden que ya habíamos ordenado, despidiendome y agradeciendo nuevamente al hombre por su comida, deseándole lo mejor a él y su negocio. Aunque esa misma noche, alguna heroína anónima llenó las calles de panfletos publicitando una tal Taberna La Sombra Del Ancla. Quién sabe a lo mejor eso ayudé un poco a su negocio. ![]() Lo que si os puedo contar es que desde ese día la taberna cuanta con una nueva clienta habitual. ![]() — ¡Buenaaaas! ¡Ponme el estofado de siempre por favor! —
Tras la capa
Ayer, 09:26 PM
✓ Aventura T1: Completada Recompensas Narrador (Onizuka Jin) — Puntos Mugiwara: 6 — Puntos de Rol: 10 — Berries: 15.000 Recompensas User (Vixen) — Puntos Mugiwara: 5 — Reputación: 10+5+10(Karmas)=25 — Berries: 10.000-60%(Karmas)=4.000 Recompensas User (Fumigan) — Puntos Mugiwara: 5 — Reputación: 10 — Berries: 10.000 |